Rinaryan: La huella de un fantasma 8. Sacrificio #2
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8. Sacrificio #2

Taranae negó con la cabeza zarandeando lo que pudo el cuerpo de lado a lado.

—No vuelvas a decir eso, idiota. Eres la persona más inteligente que he conocido en la vida y siempre sabes de todo.

—No… De todo no, porque no tengo idea de qué se te ha podido ocurrir decirme por haber escuchado una sola vez mi tonto murmullo. Ni siquiera es tan profundo, es solo un soplo de aire al infinito. Una forma de liberarme.

Taranae soltó una risilla confiada.

—No trates de engañarme, sé por qué lo dices. Crees que este sitio tiene fecha de caducidad, ¿a que sí? Que en algún momento se nos acabará el chollo y será como volver a vivir el fin otra vez.

Lecoa soltó una carcajada y negó con la cabeza, luciendo una sonrisa orgullosa y bravucona.

—Siempre me sorprende lo inteligente que eres, estás un paso por delante —dijo provocando una mezcla mágica de satisfacción e incredulidad en la joven.

—¿De verdad? ¡Y yo que creía que me ibas a decir que era el tiempo que te quedaba para terminar o algo así…

! —respondió brincando con energía aunque sin fuerzas, pues al caer tuvo que esforzarse en mantener las piernas rectas.

Lecoa sintió una preocupación incandescente y genuina, no era la primera vez que la veía tan débil, pero se contuvo de comentar nada.

En su lugar, rio con ella, alegrándose de su pequeña victoria.

—Esa fue la primera vez que lo dije, pero, aunque me repito más que el ajo, cada vez que murmuro es por algo distinto.

Pienso en cómo la desgracia nos ha devuelto a nuestro estado más salvaje, por muy avanzados que estemos…

Por lo que he desarrollado un extraño hobby : me planteo qué será lo próximo.

Creo situaciones en mi cabeza para abstraerme, y cuando doy con una que creo lo suficiente razonable, me toca plantearme cuánto durará.

Horas, días, semanas… —dijo, dejando boquiabierta a su compañera.

—Pe-pero… Siempre que lo dices estás preocupada, ¿no? —preguntó alarmada la joven mientras caminaban hacia la salida.

—La vida me ha demostrado que, a menudo, la peor situación suele ser la más plausible… Pero no tienes por qué preocuparte, Tara, son los delirios de una señora mayor que no tiene nada mejor que hacer —respondió con calma Lecoa, ignorando el creciente dolor de su hombro para no preocuparla más.

—No. Eso no es cierto. Me da igual que no lo creas, pero yo sí.

Desde que llegamos aquí, desde que te conocí, me dejaste pasmada con tu capacidad de análisis —dijo Taranae al acercarse a la puerta exterior.

Lecoa se adelantó lo justo como para abrirla y voltearse hacia la joven con una sonrisa, pensando en burlarse de que se lo estaba tomando demasiado en serio, hasta que, al mirar su rostro, se quedó paralizada.

Taranae abrió los ojos de par en par con la mirada clavada en ella, el puño izquierdo cerrado y la mano derecha extendida.

Temblando, dejó de respirar e incluso de parpadear.

—¿Qué es… lo que viene ahora, Lecoa? —preguntó con la boca seca y los labios temblando.

Lecoa cerró la puerta y la abrazó con ambos brazos a pesar del dolor. La luz del alba atravesaba la vidriera, iluminando a ambas y proyectando tras de sí una sombra conjunta en forma de flecha.

—Te preocupas demasiado, cielo. Ni siquiera lo que yo hubiera llegado a pensar es tan horrible como para que tengas que poner esa carita —dijo con los ojos humedecidos.

—Lecoa —respondió Taranae, apartándose suavemente del abrazo y dando un paso hacia atrás con dificultad.

Su rostro entero cambió, su dulzura e inocencia tornó en dureza y fuerza, una mirada acusadora que desenmarañaría cualquier nudo que se interpusiera en su camino.

Hizo sentir a Lecoa un orgullo siniestro, una complacencia desconocida—.

¿Te he contado alguna vez como murió mi hermano?

—preguntó, centelleando rabia en sus ojos castaños.

—No, aunque sí sé todo lo que lo querías.

—Fue una negligencia. Sé que todos somos humanos, que tenemos derecho a errar, y creo que ya no los odio tanto como antaño, pero eso me ha supuesto algo que no puedo cambiar.

No puedo permitir que ocurra algo similar.

Jamás. No ante mis ojos —concluyó ante el ahogado silencio de Lecoa, que bajó la cabeza despacio con decepción.

—Tara… No me gusta que me hables así —respondió calmada.

Ella mantuvo el silencio—. No lo entiendes…

Soy mayor, muchas de las cosas que dices que adivino son en realidad fruto de la experiencia, no de la deducción.

No puedo adivinar el futuro, ni puedes darme la responsabilidad de hacerlo, ni de acarrear con el peso de las vidas de inocentes en un mundo en el que no tengo potestad para cambiar nada.

Si ahora mismo nos atacara un simple tigre, moriríamos ambas, y las dos sabemos que una criatura así es, en comparación con lo que puebla los bosques, poco más que una inofensiva hormiga —dijo Lecoa con cautela, entonando con empatía y comprensión. La voz de una buena madre.

—No me refiero a eso, y lo sabes. No me subestimes.

Hablo de cosas como cuando, «al azar», diste un horario casi exacto de los dos grupos que rodearon el monasterio hace un par de días, el número de patrullas y miembros e, incluso, el número de balas.

Pudimos sobrevivir gracias a tu «azar» porque yo los convencí de que era lo mejor.

No es una sospecha, Lecoa, tienes una capacidad deductiva extraordinaria, tus conocimientos de criminología, estrategia, militares y conductuales son sobrecogedores.

Lo haces parecer fruto de la casualidad, pero no es así —respondió Taranae manteniendo la rudeza y tomándola de la barbilla con suavidad, subiendo su rostro hasta establecer de nuevo contacto visual.

—No soy lo que tus ojos ven, Tara.

—Vas a dejarnos morir, vas a dejar a esta pobre gente a su suerte, incluyéndote a ti.

Incapaz de mantener la compostura, Taranae rompió a llorar.

Sus piernas dejaron de sostenerla y cayó al suelo de rodillas.

Lecoa, aún paralizada, se quedó mirándola unos segundos en silencio.

Sus palabras pesaban en su espalda. Su llanto era gentil, sincero y lleno de una admiración correspondida.

Apretó los dientes tratando de no responder, puso la mano en la puerta con intención de irse.

No era su responsabilidad. Ni ella ni esa gente.

Tampoco tenía la potestad o la fuerza para lograr lo que le pedía.

A pesar de sus buenas intenciones, en el fondo no era más que una niña inmadura estableciendo una injusta conexión entre ella y el médico que no pudo tratar a su hermano.

—No siempre hay un primer paso, pero el camino se hace al andar —masculló Lecoa. Palabras fugadas de una mente centrada.

Taranae, con los ojos empapados con lágrimas, la miró. Entre la luz tras la puerta abierta, se formaba en la oscuridad su silueta. Por un motivo que aún no podía comprender, sintió a su hermano junto a ellas. A menudo las emociones pueden ser más rápidas que los pensamientos.

—¿Sabes lo que significa? —dijo Lecoa mientras mantenía la puerta abierta.

Taranae respondió con calma.

—¿Que vas a ayudar a esta gente? ¿Vas a contarles todo lo que has pensado para que puedan sobrevivir? —preguntó con gentileza.

—No —respondió con brusquedad—. Es una frase que le gustaba mucho a mi madre.

Proviene de un poeta que le encantaba, pero le dio su toque personal y se quedó grabada en mí —continuó haciendo una breve pausa para mirar al cielo—.

Significa que daré el primer paso, y, una vez dado, las dos comprobaremos quién tenía razón.

—Taranae soltó una pequeña risa victoriosa e ilusionada, lo que propició la respuesta contundente e inmediata de su compañera—.

Eso no significa que me vaya a hacer responsable de ninguna vida.

Tan solo daré mi punto de vista y, si es desechado, deberás aceptar la derrota.

La joven negó con la cabeza.

—Seguiré peleando —respondió con una preciosa sonrisa que se contagiaba como un virus.

Inevitablemente, Lecoa le devolvió la sonrisa y sosteniendo la puerta con su cuerpo, le tendió una mano y juntas se levantaron, rumbo hacia la luz del amanecer y la brisa del bosque.

Ambas sabían que la paz imperante en el monasterio debía terminar, aunque significara meterse de lleno en la desconocida y tenebrosa nueva era.

Esa noche fue el último oasis de la fingida paz, un precio que pagar por el futuro.