8. Sacrificio
La rueda del tiempo no se detiene, así como tampoco lo hace la rotación del planeta pese a la puesta de sol.
Las sonoras risas de los niños brillaban por su ausencia, al igual que los ahora únicamente recordados cantos de los pájaros.
Sin embargo, el cielo era el mismo. Azul, empañado a veces por las hermosas nubes, cual ornamento dorado en una estatua plateada.
Mientras pasaba la fregona por las hermosas tablas de madera vieja del exterior, solía regocijarse en el cielo diurno.
Le recordaba a cuando era niña y caía rendida del cansancio tras jugar durante horas.
Ese breve instante de calma en el que terminaba por reponer el aire en sus pulmones y dejaba de jadear, sonriendo con satisfacción, demostrándose a sí misma que había aprovechado el día a la perfección.
Una sensación simple en cuya simpleza radicaba una esencia irremplazable, con la singularidad de que su valor crecía a medida que lo recordaba.
Ella, con las arrugas de su temprana vejez, en el fondo se seguía sintiendo así. Necesitaba ese punto de apoyo en el que exhalaba su victoria, aunque ahora su cielo no estaba en las alturas.
Había terminado su jornada laboral. Recogió el cubo de agua sucia y lo llevó dentro.
Era un monasterio muy amplio y hermoso; las losas se conservaban a la perfección, las vidrieras resplandecían con la luz emanando un rayo de colores mágico, el techo abovedado tenía relieves y formas preciosas…
Era digno de contemplarse, pues además guardaba decenas de cuadros de gran valor, estatuas esculpidas por talentos perdidos…
Los símbolos que albergaba de su religión inspiraban fe, fuerza y fortaleza en tiempos tan oscuros.
Por todo ello, a menudo se convencía a sí misma cerrando los ojos y conteniendo la respiración.
«Qué afortunada soy», se decía antes de entrar.
Siempre dejaba esa zona para el final; era muy bonita y podía ver el exterior con calma, sabiendo que ya le quedaba poco para terminar.
Mirar al cielo, sonreír y esperar al próximo día.
No era mentira, ni mucho menos. Cualquiera podría darse cuenta de que su posición era en extremo favorecedora, sin peligro aparente, sin confrontaciones y sin hambre, frío o siquiera soledad.
Pero, cuando se iba a dormir y cuando se despertaba en la madrugada, un pensamiento la invadía como una brisa adentrándose entre las rocas de la montaña. Aquel día sonó más fuerte de lo usual.
—¿Hasta cuándo? —Era la voz más bonita del mundo. Dulce, alegre, algo aguda y calmada, se sentía como acercar la mano a una hoguera en pleno invierno. Hacía sentir ganas de sonreír, por fuerte que fuera el sueño que había interrumpido.
—Taranae… ¿Qué haces despierta a estas horas? —respondió ella. Su voz era más grave y con cierto temblor, aunque con la seguridad de quien sabe más de lo que dice.
Era una mujer joven, de rostro hermoso y sonrisa arrebatadora, aunque su pelo era escaso y muy debilitado, negro como el carbón y con algunas heridas en el cuero cabelludo. Su piel refinada y pálida la hacía parecer un ángel de porcelana.
—Llevo dándole vueltas toda la noche. Creo que tengo una respuesta —dijo sonriendo de oreja a oreja, dejándose caer de costado para tumbarse frente a ella en el suelo.
Solían susurrar cuando hablaban tan temprano en la madrugada, pues dormían en comuna, utilizando las alfombras como colchón y los ropajes rotos o muy grandes como mantas en caso de necesitarlos.
Esta situación provocaba a menudo problemas entre los huéspedes, quienes no tardaban en recurrir a las amenazas o a la violencia en caso de sentirse molestos, algo que la incertidumbre y la proliferación de las batallas y problemas de su alrededor habían multiplicado.
—Baja la voz… Salgamos, allí hablaremos tranquilas. Tengo un par de horas hasta empezar mi turno —respondió ella.
Una enorme sala, antaño digna de ser visitada por cultura, curiosidad o admiración de la magnificencia de un pasado glorioso, se había convertido en un enorme dormitorio repleto de obras de arte que de poco servían ya a ojos prácticos.
Para unos, un doloroso recuerdo del pasado y, quizá, una fugaz promesa de retorno.
Puede que sí fuera un milagro que la roca se sostuviera, al contrario que en los grandes edificios de las ciudades.
Eran más que rumores las habladurías de que no había quedado piedra encima de otra.
La manifestación de la fe se empoderaba en situaciones tan oscuras y aciagas, por lo que pruebas de ella, las sagradas obras que se mantenían en perfecto estado tras el caos, iluminaban más aún si cabe las mentes de aquellos que se resguardaban en sus creencias.
Entre los muchos que sí conciliaban el sueño, Lecoa detectaba con facilidad a aquellos que solo lo fingían, que pretendían algo o que buscaban el momento más oportuno para cometer algún tipo de inmoralidad sin ser vistos o solo por los ojos más temerosos o menos juzgadores.
La moralidad pesaba incluso en lugares tan privilegiados como ese.
También había familias que comían a escondidas para alimentar a sus hambrientos hijos, quienes, irónicamente, debían esconderse más que la inmundicia oportunista, pues no existía más que un veredicto para quienes tenían la osadía de no respetar el alimento acordado por el consejo.
Y es que incluso los más afortunados pretenden señalarse entre sí, afirmando quién merece más y quién no merece nada.
El consejo lo formaban lo que a ojos del experto no serían más que tres necios, y los tres gozaban de las ventajas de ser considerados gobernantes pese a no tomar más decisión que la obligada moral de abrir sus puertas a quienes llamaban afligidos.
Uno era un pequeño, rechoncho y viejo sacerdote, cuya inquebrantable fe estaba barnizada con una ignorante bondad y el narcisismo suficiente como para creer que había sido designado como protector y elegido de su señor, una combinación que, como las rosas, era bonita a primera vista, pero con espinas con la potestad de dejar un reguero de sangre en las manos equivocadas.
Otro, un preso joven, alto, fuerte, de mandíbula prominente y cejas retocadas, que imploraba perdón aprovechando el caos para recuperar su libertad perdida y ganar de nuevo el estatus que creía merecer.
Y un último mandatario, o más bien el único, como a menudo ocurre en este tipo de consejos.
Un tercer hombre de mediana edad de mirada firme e ideales férreos, decidido a proteger a todos a cualquier coste, a que no pasaran hambre, penurias, frío o maldad alguna.
Incapaz de matar una mosca, valiente y justo, un hombre de paz que detestaba la violencia y creía en las segundas oportunidades.
Los tres dormían en el balcón superior, en un piso al que se podía acceder por unas escaleras en la sala contigua sin vigilancia o protección, tan solo cerrado por llave por el sacerdote, que mencionaba a menudo la importancia de la calidad del sueño para tomar las decisiones diarias a las que se veían expuestos.
El fugaz respeto de las personas a su cargo se desvanecía, pero las charlas benignas y el pacifismo imperante provocaban una sensación de tranquilidad que evocaba al reciente pasado, por lo que, mientras no hubiera conflictos mayores, no habría problemas con sus privilegios.
Salieron juntas con sumo cuidado y en silencio, sorteando de puntillas a las personas que dormitaban, hasta que, sin darse cuenta, una de ellas posó el pie sobre la mano de un hombre, despertándolo al instante con un grito de dolor.
Era mayor, quizá incluso más que ella, pero la edad no necesariamente forja la madurez, menos aún expuesto a una situación de presión como la que estaban viviendo y en la que la empatía era un lujo que todos requerían y ninguno quería permitirse.
Enfadado, el señor tiró de su pierna y la hizo caer de bruces contra otro hombre más joven y fuerte, ya despierto por el grito, quien la empujó contra el suelo.
—¿Qué hace esta puta vieja? ¿Es que aquí todo el mundo puede hacer lo que les venga en gana? —dijo levantándose en medio de la multitud.
—Se ha tropezado —respondió Taranae con la valentía de quien porta verdadera lealtad.
Ella trató de levantarse. Sangraba por la nariz y le dolía mucho el hombro derecho, por lo que solo pudo apoyarse en el brazo izquierdo. Taranae fue la única que trató de ayudarla.
—Gracias —susurró.
—Pido disculpas, no pretendía importunarte, Lunten. Ni a ningún otro. Por favor, no dejéis que este pequeño inconveniente perturbe vuestro sueño —respondió con cautela.
Lunten exhaló con fuerza por la nariz, mostrando su descontento, y haciendo gala de su muy mediocre autocontrol, masculló algo y se tumbó del otro lado.
—¿Cómo se llama, señor? —preguntó ella al hombre mayor con discreción y educación, pero este no dejó de ignorarla—. Le ruego me disculpe también, no pretendía pisarle. —Acto seguido, salió de puntillas, más despierta y más despacio, a pesar del latente dolor en el hombro.
Al abrir la puerta chirriante, el fulgor de la noche tardía se deslizó en el edificio, deshaciendo por un instante la furia que sentía en su interior.
—¿Estás bien, Lecoa? —preguntó Taranae, preocupada.
—Sí, no te preocupes. Aunque quizá tarde unos días en recuperarme del todo. Fregar todo esto con la izquierda va a ser un reto.
—Tendría que haberle cantado las cuarenta —dijo Taranae. Lecoa negó con la cabeza.
—Ese chico… Es un idiota, pero es fuerte. Tiene talento para la batalla cuerpo a cuerpo y diría que algún conocimiento marcial, aunque no gran cosa, es un diamante sin pulir. Pedirle perdón hoy puede salvarnos la vida mañana —respondió con la templanza de un samurái.
—Ser fuerte no hace que todo valga —dijo Taranae cerrando el puño, frustrada—. Tú vales mil veces más que él, aunque no pudieras partirle la cara en una pelea… Aunque de ti me lo creo todo, Lecoa.
Ella se carcajeó.
—No… Mi vida vale bien poco, lo justo para de vez en cuando hablar contigo y esperar que el suelo haya quedado bonito.