Rinaryan: La huella de un fantasma 7. Depredador #2
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7. Depredador #2

—Y, aun así, aquí estamos —sentenció Vinadarian con una sonrisa—.

No digo que nos pongamos a comer bayas del bosque sin ton ni son, sean del color que sean…

Pero sí observar qué demonios nos rodea.

¿No os habéis fijado? Hay plantas espeluznantes, otras preciosas, algunas supuran líquidos raros…

También las criaturas, ¡los geevars! ¿No os llama muchísimo la atención?

Las malditas personas son las únicas que se han quedado igual que eran —exclamó con tenebrosa emoción.

Jinner se echó a reír y Minaryan y Kargu entrelazaron miradas confusas.

—Esos tintes de locura que centellean en tus ojos cuando hablas enmarañado de emoción solo tienen una posible respuesta. ¿Es ese tono que detecto el de uno de tus extraños planes? —contestó Jinner.

Vinadarian golpeó el puño derecho contra la mano izquierda y se enderezó con una sonrisa contenida.

Minaryan sintió cómo lo arrollaban sus propias emociones.

Podía verlo, la solemnidad en su gesto, la fuerza en su mirada, su rostro confiado…

Era como él siempre lo había visto, imaginado, creído, pero ahora encarnado en una entidad cuyo desconocimiento compartía un límite infinito con su familiaridad.

Por supuesto que se estremeció al darse cuenta de lo que estaba atestiguando.

—¿Un plan? ¿Es otra de tus extrañas promesas, Vinadarian? —preguntó Kargu, limpiándose de los zapatos el polvo y la tierra pegados a sus suelas—. ¿O es otro de los oscuros secretos que guardáis?

En un fugaz movimiento, Vinadarian le golpeó con suavidad en el hombro.

—Es el primer paso para romper el cascarón.

Puede que esté oscuro, y nadie puede prometer que se abrirá por mucho que lo golpeemos.

Pero puedo prometerte que estaré a tu lado, como tú has estado al mío, y quizá, si mi pobre intuición y mi profunda idiotez me permiten dar una humilde opinión, unidos labraremos un futuro esperanzador.

Trye no está para hacerlo, así que lo haré yo.

¿Has encontrado tu nombre? —continuó, estirando el brazo y ofreciéndole la mano para levantarse.

Kargu frunció el ceño con seriedad y se quedó mirándolo unos segundos en silencio sin cogerla.

—Mi lealtad precia de razón, Vinadarian. No seguiré a nadie a ciegas, ni siquiera a ti —respondió aún encorvado, manteniendo el contacto visual.

Jinner no se sorprendió un ápice, incluso se alivió al escucharlo, pues era el único compañero del que no se fiaba.

Vinadarian se carcajeó.

—¿Querrías escucharlo incluso aunque no pudieras creerlo? Llevamos juntos unos días, pero te conozco lo suficiente para saber que te aferras menos a las palabras que a los hechos, ¿no? Tenemos un secreto. No tardarás en atar cabos, y no dudo de tu palabra ni tampoco te pediré que jures nada.

Jinner irrumpió en la conversación, tratando de evitar lo que creía estaba a punto de pasar. Minaryan lo tomó del brazo y tiró de él con algo de fuerza, la suficiente como para que se percatara, pero trató de ignorarlo.

—No se lo digas, Vina. Él aceptó no saberlo y es natural que no quiera seguir un plan a ciegas. Déjalo ir. No hay problema, nos las apañaremos solos —dijo en voz alta frente al silencio de ambos.

— No iré a ningún sitio —respondió Kargu—. Y no te atrevas a hablar en mi nombre, promesa. —Se levantó en un parpadeo, irguiéndose frente a él.

La solución era tan obvia como drástica, pero las dudas de Vinadarian se desintegraron como la paz ante un disparo.

—No puedo morir —dijo en voz alta—. Al menos, no fácilmente.

Podemos hacer uso de mí, puedo convertirme en presa de todo lo que nos rodea, aprender cómo funciona.

Puede que no seamos científicos, pero nadie tiene tantos sujetos de prueba como nosotros.

¿Algo es venenoso? Lo sabremos. ¿Geevars con dientes tan afilados como cuchillos y tan grandes como un rascacielos?

Los descubriremos, quizá también sus puntos débiles, sus patrones de reproducción…

Todo lo que se nos pueda ocurrir, la información será nuestro poder.

Puede que como grupo seamos débiles, pero a través de nuestra debilidad encontraremos la esencia que nos diferencie y nos empodere.

Todos aquí, de alguna u otra forma, me habéis salvado, habéis decidido permanecer a mi lado.

Es un sacrificio, y os pago con la misma moneda.

Sé que es una locura, por eso no quería contároslo aún, pero Kargu tiene razón, no podéis fiaros de mí y simplemente moveros a ciegas.

Los tres quedaron perplejos ante la proposición de Vinadarian, tanto que se olvidaron de cualquier disputa con efecto inmediato.

—¿Ese era tu plan? ¡Es lo más estúpido que has dicho nunca! —gritó Jinner, rabioso—. ¿Pretendes que nos quedemos mirando cómo te trituran y lo anotemos en un papelito que prefieren comer carne en tiras o que no les gusta comer tela? ¡No voy a consentir tal cosa!

Kargu, aún paralizado por la información, terminó volviendo al plano terrenal al cabo de unos segundos de griterío entre ambos.

—Gales… Gales decía que el mayor depredador es indistinguible de una presa hasta el momento preciso en el que se defiende.

—¿Eso qué significa? —preguntó Minaryan, temblando de preocupación.

—Si tu hermano no puede morir, y por eso lo buscan todos esos grupos, podemos escondernos a plena vista en el ojo del huracán, allá donde estén los geevars más peligrosos, las plantas más venenosas… Podríamos hacer que lo desconocido se golpeara entre sí hasta desvelar sus cartas.

—Sois muy débiles para sobrevivir a algo así —le respondió Jinner de inmediato—. Solo Vina y yo sobreviviríamos. Podría proteger al pequeño, pero dos es demasiada carga. Tendrías que irte.

Kargu se carcajeó.

—Es un buen plan, ¿eh? Que seamos un grupo tan pequeño ayuda aún más. Y sabes que no es la primera vez que viviría entre asesinos.

Vinadarian asintió incrédulo, con la voz temblorosa respondió:

—Entonces… ¿Manos a la obra?

Jinner suspiró exasperado, y Minaryan no pudo siquiera contestar. Apenas entendió algo más allá de que su hermano pretendía envenenarse para sacar información en el mejor de los casos.

—¿Seguro que no es mejor otra cosa? —preguntó el pequeño—. ¿Si puede ser, sin dolor? Bueno… Si queréis, yo aguanto un poquito.

—Mina, la otra opción es que vosotros dos vayáis con un grupo de adultos que ronde la zona, y Jinner y yo continuemos con el plan.

Creo que es lo mejor y lo más maduro, estoy siendo egoísta al querer tenerte a mi lado y tú eres muy pequeño para decidir por tu cuenta.

Pero nada ni nadie puede mantenerte a salvo con total certeza, y si tengo que fiarme de unos desconocidos o de nuestro grupo, quiero pensar que somos la opción correcta —respondió Vinadarian.

—No quiero irme, no quiero dejarte solo… —dijo Minaryan, retrocediendo un par de pasos.

—Ni yo a ti, peque, pero tienes que entender que ahora mismo todo tiene un precio, y si tengo que aguantar un poco de dolor por estar con vosotros… Es uno que pago con gusto, ¿no? —respondió acercándose a él con tranquilidad.

Minaryan apretó los labios y trató de no contestar, asintiendo con la cabeza, muy dubitativo, y agarrándole de la mano.

—Entonces, es un hecho, estamos todos de acuerdo. ¿Me equivoco? —dijo Vinadarian.

El silencio respondió por ellos.

—En marcha, entonces. Jinner, como siempre, tú nos guías. Rumbo al ojo del huracán.

Aun renegando de la dudosa decisión, su fe en la naturaleza excéntrica del pensamiento de su compañero lo impulso a afirmar una respuesta que en el fondo quería negar. En un destello de lucidez, un relámpago atravesó su mente con el dibujo de lo que podría ser.

Sea como fuere, funcionara su locura o no, sería el lazo que los ataría tal y como fue en el pasado.

El ojo del huracán era poco menos que su segundo hogar.

Nada les aseguraba que otra elección llevara a un mejor destino.

Ambos sabían que preferían la incertidumbre grabada en la libertad que ofrecía un camino sin rumbo, aunque su única dirección fuera la sangre y el dolor de aquel que dirigía la marcha.

Ese día anocheció temprano. El sol se escondió tras la montaña más cercana y la penumbra de la cueva se extendió más allá de sus ínfimos bordes, tal como el horizonte más allá de la vista de los cuatro jóvenes.

Jinner habría ordenado silencio si hubiera podido, pero no lo hizo.

Centrados, observaban sus pasos y lo seguían con atención.

Puede que no todos confiaran en él, pero, aun así, sentía cómo abrazaba su espíritu el calor de ser parte de algo.

Raudo, caminaba sin hacer ruido y escuchando sus alrededores.

Sentía las vibraciones de los pasos más allá del valle del este, el fluir del riachuelo cercano, la caída de las hojas de los árboles, los pequeños insectos apretando las mandíbulas, emitiendo ondas de sonidos, alertándose entre ellos.

Más allá de la cueva había todo un mundo. Más allá de la penumbra, de la violencia y de la sangre, la vida continuaba un ciclo nuevo. ¿Cómo podía no haberse dado cuenta antes?, se preguntaba con una sonrisa dibujada en el rostro.