Rinaryan: La huella de un fantasma 7. Depredador
19%

7. Depredador

En la realidad onírica, los sucesos marcan triunfo y decepción con una atracción fatal.

Los recuerdos se nublan y quedan solo las sensaciones de lo que una vez fue.

Vinadarian durmió muy profundo esa noche, el cansancio hizo mella en su mente más allá de cualquier daño que hubiera recibido su cuerpo.

Motas de polvo esparcidas en un aire seco dentro de una ciudad derruida, trozos irregulares de gravilla y roca flotaban a su alrededor, pero no podía ver más allá de la línea que trazaban sus ojos.

Esclavo de su propio ser, siguió adelante en busca de una certidumbre que le diera sentido a su búsqueda.

Paso a paso, escuchaba las manecillas del reloj, aunque eran mucho más lentas de lo habitual.

Allá donde alcanzó a ver, había un minúsculo bar.

El letrero estaba en perfecto estado, aunque mal colgado, lo que no le permitía leer todo lo que ponía, tan solo la primera letra, una C mayúscula.

Cantina, imaginó, molesto consigo mismo por no ser más ocurrente.

La bondad del sueño suele acabar al sentir una amenaza que está por hacernos daño, despertando el durmiente justo cuando se produciría el dolor; en cambio, el joven comenzó a sentir un punzante e inimaginable tormento en el pecho.

Cayó de rodillas y se llevó la mano al corazón, viéndola entonces empapada de sangre.

Notó una sombra cernirse sobre él. Con lágrimas en los ojos trató de voltearse, pero cayó al suelo y se desmayó durante horas, atrapado en una sensación abrumadora de impotencia, indefensión, saturación, furia y desesperación.

La sangre de sus venas ardía como nunca instantes antes de despertarse.

Empapado en lágrimas, apretando puños y dientes y con la intención de acabar con todo lo que se interpusiera en su camino, los vio.

Vio a sus amigos, a su hermano, asustados, preocupados.

Por un instante, se forzó a sí mismo a no darle importancia, a tratar de recordar ese extraño sueño, siendo incapaz de hacerlo, pues tan solo quedaban las últimas sensaciones y una imagen.

Él, tirado en el sueño con la mano en el corazón y todo empapado de su propia sangre.

Minaryan lo abrazó con cariño y delicadeza, aguantándose las ganas de llorar.

—¿Estás bien? —preguntó Jinner.

Kargu mantuvo el silencio detrás de los dos, observando con detalle las heridas completamente curadas de su amigo.

—Sí… Ha sido… una pesadilla, creo.

—¿Una pesadilla? Vina, hemos estado cerca de dos horas tratando de despertarte cuando hemos visto que… —continuó Jinner.

—Empezaste a sangrar. Mucho —dijo Minaryan, preocupado. Kargu intentó parar la sangre con las manos, pero se deslizaba y hacía una cosa muy rara. Se te quedaba encima, como si volara, quieta, echaba gotitas de vez en cuando. No sabíamos qué hacer.

—¿Alguna idea de la causa? —preguntó Kargu.

Jinner lo miró de reojo; era una información que debía saber el mínimo número de personas.

Vinadarian quedó pasmado unos segundos, la respiración se le cortó y dejó de parpadear y tragar saliva; aunque no se percató de estos hechos, los demás sí.

En un leve gesto, asintió sin decir nada y, con cierta vergüenza en la mirada, buscó el rostro de Kargu.

Temía que su semblante no fuera el mismo.

—No quiero inmiscuirme. Si creéis que no debo saberlo, confiaré en tu criterio, Vinadarian. Aun habiendo dicho esto, he sido testigo de ese extraño suceso. ¿Debería temer por mi seguridad a vuestro lado? —preguntó con la rotundidad que siempre lo había caracterizado.

En un suspiro de alivio, Vinadarian le contestó:

—Tarde o temprano alguna cosa rara como esa iba a pasar, aunque nunca había sido algo tan… espectacular. Lo único que podría pedirte es que no cuentes nada de lo que has visto, podría traernos problemas.

Kargu asintió con firmeza y una sonrisa de medio lado.

—Nada de qué preocuparse, entonces.

Vinadarian se carcajeó.

—Bueno… Por ahora parece que hemos podido dormir una noche entera, eso es un buen comienzo para el día de hoy. ¿Aún nos queda estofado?

—Queda un poco. Minaryan se comió casi todo —respondió Jinner—. Apenas pude salvarte un poco, en cuanto me despistaba tomaba otro cazo.

—Yo también he comido de más… Estaba famélico. Intentaré aportar hoy lo que no pude ayer —respondió Kargu.

Minaryan, aún pegado como una lapa a su hermano, no despegaba la cabeza ni un poco temiéndose su enfado. Vinadarian se levantó, apartándolo con tranquilidad.

—¿Estaba bueno? —le preguntó.

—No —contesto el niño con honestidad—. Sabía a estampida de lapiceros.

El comentario del pequeño les sacó la primera sonrisa del día a los tres.

—Pues menos mal, tendré que agradecérselo al cocinero, porque llega a estar bueno y no me dejas nada… —respondió Vinadarian en tono jocoso, una pequeña e inofensiva broma que relajó tanto a Jinner como a Kargu.

—Jo… Perdón, es que a veces me vuelvo galénico también —respondió Minaryan señalando a Kargu, quien arqueó las cejas ante tal comentario.

—Famélico, Mina, significa que tenía mucha hambre —dijo Vinadarian conteniéndose la risa.

—¡Y yo! Menuda excusa más mala. Ponte las pilas, hombre, que así cualquiera.

—Minaryan se volvió hacia Jinner y lo vio sonriendo con el resto.

La luz del sol centelleaba tras él, deslizándose por su costado.

Fue una imagen reconfortante. Hasta entonces, no podía siquiera imaginarlo con un rostro diferente al de la mirada asesina cuando se mantenía en alerta.

Las risas perduraron unos segundos más y se adentraron de nuevo en la cruda realidad. El punzante silencio formaba un solemne pasillo hacia una frase que rondaba sus cabezas: ¿y ahora qué?

El objetivo de todos ellos se había cumplido, el viaje dio sus frutos, pero el frenesí del día a día no les había permitido ver más allá del escalón.

Un destino entrelazado que llevaba de nuevo a un pasillo sin salida, el lugar en el que empezaron.

De alguna forma, y a pesar de haber logrado lo que querían, todo volvía a parecer imposible una vez más.

Sí, paso a paso se acercaron hasta dar con él y sobrevivieron como pudieron, pero, al fin y al cabo, eran tan solo cuatro críos valiéndose por sí mismos.

La resolución final era clara: tarde o temprano necesitarían ayuda.

Quizá fuera demasiado pronto como para comentarlo, pues rompería con la fugaz felicidad del momento, así que se mantenían callados esperando que la burbuja se mantuviera así el mayor tiempo posible.

Una comodidad pasajera y frágil, destruida con tan solo el flujo lógico de pensamiento.

Con los hombros entumecidos y los brazos debilitados, Vinadarian se apoyó para ponerse de pie.

—Sé que es una tontería, pero me gustaría que, si existe un futuro, podamos recordar este momento.

Para mí, que estemos todos juntos… Todos aquí, doloridos, cansados o como sea…

, pero vivos, sanos… Me hace feliz. Puede que no haya forma de dejar constancia a la antigua usanza, con una cámara o haciendo un brindis, pero se me ha ocurrido otra cosa.

Coged todos una piedra, la que más rabia os dé o más bonita os parezca.

Cavemos un pequeño agujero en la tierra y juntémoslas como huevos en un nido.

—¿Qué? ¿Por qué huevos en un nido? —preguntó Kargu, extrañado.

—Mis padres decían que el cascarón no se rompe hasta que puedes verlo roto. Con suerte, dentro de unos años volveremos aquí y todos habremos salido del cascarón.

—Juntos —respondió Jinner.

Vinadarian sonrió, supo que había comprendido esta pequeña idiotez.

—Pero todas las piedras que hay son raras… No hay ninguna blanca, son todas negras, y hay muy pocas… —dijo Minaryan.

—Solo necesitamos cuatro —dijo Vinadarian tomando una del suelo.

Era oscura, pero reflejaba el brillo fuera de la cueva con un fulgor metálico, una piedra ancha e irregular.

Kargu se fue hasta la entrada, donde tomó otra más pequeña, de una forma más ovalada y bonita pero que emitía el mismo brillo.

Minaryan y Jinner tomaron la misma, la más grande y cuadriculada, con una grieta en la parte inferior.

Jinner la tomó con el índice y el pulgar y la separó, dejando el resto a Mina, y tomando él una porción triangular e irregular.

Cuatro pequeños minerales que guardaron en un agujero no muy profundo.

Una vez enterrado, Minaryan hizo una montañita de arena encima, marcando el lugar en el extremo más profundo de la cueva.

—Es solo el principio —dijo Vinadarian.

—Cuando volvamos, no seremos los mismos —continuó Kargu.

—Eran muy bonitas. Llevo tiempo fijándome en muchos minerales extraños, pero nunca había visto nada tan hermoso —continuó Jinner.

Vinadarian se carcajeó.

—No conocía esta faceta tuya.

—¡A mí también me han parecido muy bonitas! Jolín, me dan ganas de llevarme una —dijo Minaryan.

Jinner se adelantó un par de pasos.

—Es la despedida, ¿no? Nos vamos ya de este lugar.

—Espero que nos acordemos de dónde está —contestó Vinadarian.

—¿Ya? —preguntó Kargu—. ¿No es demasiado pronto?

—Es culpa mía. Lo siento, podemos correr peligro si nos quedamos.

—Entiendo… No hay nada que hacer, pues. ¿Tenéis algún otro destino en mente?

Vinadarian negó con la cabeza.

—Ningún destino… Solo promesas sin cumplir —dijo dando un brinco, adelantándose a Jinner—.

Pero ahora es distinto. No hay un enorme reloj marcando los segundos ni tampoco se escuchan disparos, gruñidos, rugidos o gritos en el horizonte.

Quizá dentro de unas horas esto se llene de gente buscándonos, pero ya estaremos en marcha…

Creo que es nuestra oportunidad de aprender.

—Es igual de peligroso. Los obligaban por una razón —respondió Kargu.