6. El principio #3
—Tienes razón. Disparadle en las rodillas y llevémoslo con los demás —dijo el joven con agresividad y energía.
—Es una amenaza —contestó Vinadarian, apresurado.
Más rápido fue su compañero, que, desde las sombras y con una puntería ejemplar, disparó en la cabeza del joven delgado al son de las palabras de su amigo, quien hizo su mayor esfuerzo para actuar como si no pasara nada—.
Una declaración de intenciones. No tenéis posibilidad alguna de llevarme con vosotros, ni por las buenas ni por las malas.
Las reglas las decidimos nosotros, y en nuestra benevolencia, deseamos que viváis y llevéis con vosotros la trágica realidad.
Sois débiles. —Vinadarian entonces tiró su arma al suelo—.
Vuestras patéticas artimañas no funcionarán en el mundo que irónicamente creó vuestra fallecida líder.
La supervivencia del más fuerte domina el tablero de juego una vez más.
No sois más que peones… No… Ni siquiera sois dignos de ser considerados fichas, ¿por qué mataros?
No perdamos el tiempo, damas y caballeros, cualquiera podría ser vuestro último segundo aquí.
Marchaos con las manos en alto, las armas enfundadas y sin recoger nada de vuestro tenderete de mierda —dijo con firmeza y un nerviosismo inquietante que hizo temblar su voz lo suficiente como para que quienes no lo conocieran pensaran que estaba conteniéndose la risa.
Atónitos y aterrados, algunos incluso tiraron sus armas al suelo antes de levantar los brazos y asentir con la cabeza rogando a los cielos no ser disparados también.
Conforme se retiraban, Vinadarian avanzó sin recoger la pistola y los apresuró hasta llegar al tenderete central, donde estaba el estofado que habían olisqueado desde un principio.
Un caldero entero del que podrían comer las ocho personas que estaban allí, aún caliente.
A su alrededor, fotos, colgantes, pendientes… Vidas.
Tomó el caldero desde abajo y lo levantó contra sus antebrazos, quemándose gravemente. Aguantó el dolor con el ceño fruncido sin mirar atrás y se dirigió hacia Jinner.
—Mataste a otro —dijo Vinadarian con la voz quebrada.
—No. Hemos salvado la vida a cinco personas que no lo merecían —respondió—. Es admirable de tu parte, pero muy estúpido. —Vinadarian lo ignoró, molesto—. ¿Queda algo más?
—No lo sé. No creo que debieras ir cargado, esto nos sirve para hoy y quizá también mañana si lo racionamos como es debido.
—Sí, y también tendremos que movernos. Un precio caro por dejarlos vivos —dijo Jinner.
—¿En serio? ¿Los has visto bien?
—No. Quedan cientos más. Miles, puede que millones.
—Ya —contestó, seco y enfadado—. Dejémoslo así. No es momento para hablarlo. Ha salido bien, al menos para nosotros.
Jinner asintió y esbozó una sonrisa.
—Ahora, a llevar el premio con los otros dos. El pequeño… es tu hermano, ¿no? El que buscabas. ¿Cómo se llamaba? Minaryan, ¿no?
Vinadarian asintió.
—Sí. Y el otro chico nos salvó la vida durante toda esta locura, llevamos juntos desde entonces. Se llama Kargu, creo que deberías presentarte cuando lleguemos con más tranquilidad. No creo que tengan una buena impresión de ti por ahora.
Jinner negó con la cabeza.
—No te preocupes. No hay que forzar nada, tampoco que tengan buena opinión de mí —dijo soltando una leve carcajada—. Tú tampoco la tuviste.
Vinadarian acompasó la carcajada con otra y respondió:
—Podría decir lo mismo.
Jinner entonces alzó la mano y sostuvo el caldero.
Y así, con el sol de la madrugada volvieron con Kargu y Minaryan, quienes estaban extenuados tras tan ajetreados días y no pudieron mascullar palabra alguna.
Juntos y guiados por Jinner terminarían llegando a la cueva, una con la entrada pequeña y algo escabrosa pero con la suficiente profundidad como para entrar los cuatro sin estar muy apretados y en la que el fresco de la noche aún perduraba.
No tardarían mucho en dormirse. Incluso pese al hambre y las dudas que los inundaban acerca del nuevo integrante del grupo, Kargu y Minaryan pudieron descansar bajo la atenta mirada de un Jinner vigilante.
Vinadarian tardó un poco más. Sentía culpabilidad y remordimiento, pero los mitigaba la lógica del superviviente.
Ante tanta tara mental, terminaría sucumbiendo al cansancio con el paso de las horas, casi llegado el mediodía.
Y justo cuando sus ojos no pudieron más, sus oídos escucharon algo inesperado.
Era Minaryan, recién despertado y aún cansado, que dirigió sus primeras palabras a Jinner.
—Me das miedo. —Lo dijo con una rotunda sinceridad.
No pretendía ofenderlo ni tampoco una contestación, más bien fue un pensamiento que se deslizó entre su boca hasta llegar a los oídos de su ahora compañero, quien esbozó una sonrisa de oreja a oreja y mantuvo la mirada fuera de la cueva, con los rayos solares entrando.
—Bien, porque seré cien veces peor para cualquiera que trate de hacerte daño.
Minaryan le sonrió también y volvió a dormirse, tal como hizo su hermano.