6. El principio #2
En un movimiento serpenteante, movió el torso hacia atrás hasta casi caerse y se dio la vuelta todo lo rápido que pudo para echar a correr. Desequilibrado, se apoyó en el tronco más próximo en el último momento y, lleno de nervios, salió pitando hacia la derecha, donde Jinner se escondía.
Los soldados apuntaron sus armas y, temerosos, volvieron a mirarse antes de disparar.
El sonido de un disparo no solo atraería a las bestias, y lo sabían muy bien.
La mano del hombre temblaba como una farola en un terremoto.
Molesto, guardó el arma en su funda y salió pitando en su busca.
Era rápido, muy rápido. Apenas fueron dos o tres segundos antes de que le alcanzara.
El joven no estaba seguro de que hubieran llegado al sitio acordado, pero conservaba la mente fría.
Una vez atrapado, dejó que todo fluyera como tuviera que ser. Se preparó para un par de golpes en el estómago, quizá en la nuca, un ojo o en la boca, pero no. El hombre lo levantó con delicadeza y le preguntó con la voz agitada y cierto sosiego y dulzura en su tono:
—Te lo has planteado, ¿no? A pesar de todo lo que sufriste… Te honra, Vinadarian.
El joven se quedó atónito. Esa persona era un contrario absoluto de todo lo que había experimentado con el grupo al que pertenecía.
La mujer que acabó con él, su disparo… Su rostro quedaba diluido en sus memorias, pero no el odio que sintió.
¿Por qué entonces tuvo que volver a escucharlo?
Volver a presenciarlo… Esta vez, el olor de la pólvora y la sangre aplastaría el fabuloso aroma del estofado. La pistola no la portaría un enemigo.
Jinner surgió sin hacer ruido de entre las sombras, tomó al hombre desprevenido, le robó la pistola en un parpadeo y con una frialdad irreconocible le disparó en el corazón. Vinadarian quedó pasmado, fue tan rápido… Tan inesperado… ¿De verdad conocía a ese chico?
La mujer, al presenciar la muerte de su compañero, cayó de rodillas al suelo, llorando desesperada, silenciada al instante por otra sentencia inmisericorde.
Las plantas quedaron empapadas de sangre, los cuerpos yacían conectando sus miradas perdidas con la de un Vinadarian que no daba crédito.
La situación lo sobrepasó por completo. Apenas pudo escuchar cómo Jinner lo felicitaba y bromeaba como si nada hubiera pasado.
—Ha sido impecable, me lo he creído hasta yo.
Cuando has fingido que casi te tropiezas para que guardara el arma…
Perfecto, Vina. Ahora queda la parte fácil y llevar el premio a los chicos.
Yo llevo un día sin comer, aunque anteayer me puse morado con otro de estos campamentos de búsqueda —dijo estoico y con una sonrisa complacida.
Con el puño apretado y el fuego ardiendo por sus venas, Vinadarian se puso frente a él y lo miró a los ojos con el ceño fruncido.
—¿Qué? ¿He dicho algo malo? —preguntó Jinner, confundido.
—¿Por qué coño los has matado?
—¿Qué? —Se carcajeó de él—. Dime que estás de coña.
—¿De coña? —Vinadarian lo empujó con fuerza, pero Jinner no retrocedió ni un centímetro—. ¿En esto te has convertido?
—¿Yo? Vina, son su gente. Estos mismos han ayudado a mantenernos cautivos años. ¿Ya no te acuerdas? ¡No son los primeros que caen! ¡Ni serán los últimos! Esto no es un cuento de hadas, ¿vale? A mí tampoco me gusta tener que hacerlo. Pero son ellos o nosotros.
—¿Así que no hay límite? ¡Como nos jodieron, ahora podemos hacer lo que queramos! ¿Es eso?
—¡No! Joder, tu hermano y tu amigo están heridos y muertos de hambre, al igual que tú.
Estos hijos de puta tienen comida de sobra, armas, protección…
Son un grupo poderoso; nosotros, cuatro niñatos tratando de sobrevivir.
Si viven, alertarán al resto. Te buscan por algo, Vinadarian.
Te volverán a separar de tu hermano, de tu amigo…
De mí —dijo Jinner con la mano temblorosa y la voz quebradiza.
—No tendría que ser así… —respondió con una convicción a medio hornear.
—¿Tienes otra respuesta? ¿Has terminado de desfogarte?
—Aún no. Pero la tendré —respondió mirándolo a los ojos y relajando el rostro.
—Bien. Cuando la tengas, estaré encantado de escucharla.
Mientras tanto, alguien tendrá que manteneros con vida y, visto lo visto, no serás tú.
—Jinner se volteó como si nada y caminó con calma—.
Coge su pistola. Aún quedan algunos, habrán escuchado el disparo y quizá también los gritos, pero no serán un problema.
—¿Vale la pena matarlos por un estofado? —preguntó con una muesca de agresividad.
—No por la comida, pero sí por la seguridad.
¿Qué pasa si mañana se encuentran con la cueva a la que nos dirigimos?
Nos ven, te reconocen, matan a tu hermano, a mí y a tu otro amigo.
Te llevan con ellos y vuelta a empezar. Vuelves a ser su rata de laboratorio.
No estoy dispuesto a que se lleven a ninguno —respondió Jinner tan estoico como pudo.
—Tienes razón, pero se me ocurre otra idea.
—Dime que no tiene que ver con dejarles vivos.
—Sí, pero creo que tú estarás de acuerdo también.
Jinner suspiró, temiéndose lo que pudiera estar por venir.
—¿Qué se te ha ocurrido?
Vinadarian se agachó despacio, con una solemnidad silenciosa y la mirada fija en los ojos sin vida de la mujer. Tomó su arma de entre sus frías manos y miró a su amigo, quien comenzaba a tener sospechas sobre el supuesto plan que estaba tramando.
—¿Confías en mí? —preguntó Vinadarian.
—¿Es una excusa para no contarme lo que planeas? Sabes que si me lo cuentas te diré que no.
Vinadarian mantuvo la mirada fija en silencio. Jinner escuchaba cómo se acrecentaba la preocupación de sus enemigos. A pesar del lastre de su cobardía, terminaron optando por salir a buscar a sus compañeros perdidos.
—Haz lo que tengas que hacer. Confío en ti, pero ten algo muy claro. Si sale mal, podrás confiar en mí, aunque no te guste lo que veas.
Un leve movimiento de cabeza y un choque de miradas. Fuera como fuese, se diera como se diese, volvían a estar ahí. Volvían a ser un equipo.
Arma en mano, Vinadarian salió de entre los árboles.
Desplegados, los enemigos lucían tan aterrados como él mismo, muchos de ellos temblaron como un flan nada más verlo.
Antes de siquiera decir nada, escudriñó la zona con un rápido movimiento de ojos.
Seis personas; con los dos que habían matado eran un total de ocho hombres y mujeres de un rango diverso de edades.
—¿Dónde están los otros dos? —preguntó un chico flacucho, de no más de veintidós años, rompiendo el tenebroso muro del silencio.
—No quieres saberlo. Todos aquí sabéis quién soy.
Ellos mismos me lo confesaron. Me estabais buscando, un rumor os llevó en la dirección correcta, aunque no lo esperabais.
Nadie lo esperaba, no sois soldados. Probablemente, nunca hayáis matado a nadie.
Esa era su hipócrita doctrina, ¿no? La de vuestra querida científica de pacotilla…
Trató de respirar hondo por la nariz, pero sentía como si el aire se hubiese detenido, como si tuviera que doblegarlo.
Sin querer, abrió la boca para exhalar aire e hinchó el pecho dando tumbos con la mirada tratando de detectar algo.
Pasaron segundos sin respuesta. Armados, cerraban un cerco en su contra con el bosque tras él como su única salida.
Tenía que tomar una decisión, pues este era el punto crucial en el que se sustentaba su plan: su fama.
El miedo que pudieran percibir por su nombre, pero no surtía efecto.
No lo parecía al menos, por lo que quizá se equivocaba y Jinner tuviera razón, era lo más lógico.
Exhaló con fuerza presionado por la situación y eso generó una sutil reacción en uno de ellos. El chico que le había hablado por un momento, apenas una o dos décimas de segundo, miró a uno de sus compañeros.
Puede que no tuviera nada que ver, que incluso lo hubiera hecho por un motivo contrario a tenerle miedo, respeto o cualquier sentimiento que pudiera ser beneficioso para su extraña estrategia, pero fue el pequeño peldaño que le quedaba para atreverse a dar el siguiente paso.
—Por desgracia para vosotros, yo fui… No, soy su peor error.
Sabéis bien de lo que soy capaz y yo conozco vuestras limitaciones, por lo que os ofrezco una generosa oferta.
Solo os pido que os marchéis, volváis con valiosa información sobre mi paradero, confirméis la veracidad de los rumores y dejéis este lugar atrás.
Incluso dejaré que conservéis las armas para defenderos en el camino de vuelta.
Lo único que pido es que dejéis vuestra comida atrás.
Sois muchos, experimentados y armados. No debería ser un problema —dijo Vinadarian en voz alta—.
Si no…, nos veremos obligados a mataros a todos.
Jinner entendió que debía prepararse al escuchar dicha última frase, así como sus ellos entendieron que había un grupo más grande tras él.
—¿Por qué tú? ¿Por qué darnos información si de verdad podéis acabar con nosotros?
—preguntó una mujer. Era mayor, superaba los cincuenta o cincuenta y cinco años, y tenía el pelo débil, negro como el azabache y de poca densidad.
Era de baja estatura, menos de metro sesenta, y muy delgada; de hecho, al concentrar la vista en ella se podía comprobar los esfuerzos que hacía por mantener la pistola en alto.