Rinaryan: La huella de un fantasma 6. El principio
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6. El principio

El olor a pólvora y sangre desbordaba por todas partes. El pequeño Minaryan observaba con los ojos tan llorosos como abiertos. Le temblaban las manos y respiraba agitado.

En una muestra de su inmenso valor, se lanzó cuesta abajo sin control lanzando el poco grito que pudo para proteger a su hermano, quien se percató de su presencia en el mismo momento en el que miró hacia arriba.

Kargu, aunque cojeaba, logró apañárselas para llegar hasta el pequeño y lanzarse a él con intención de detenerlo, una serie de movimientos bruscos que alertaron a Jinner, quien apartó a Vinadarian y arremetió contra ellos poniendo al herido en el foco de mira.

Era demasiado tarde como para detener el primer golpe.

—¡Jinner, tranquilo, no son enemigos! —gritó desesperado tan rápido como pudo.

Todos pudieron escucharlo, pero la inercia del cuerpo del atacante no pudo detenerse y estuvo a punto de golpear por accidente a Minaryan. Kargu lo detuvo agarrándolo por el antebrazo y apretando con fuerza en una declaración de intenciones, manteniendo la mirada firme.

Jinner contestó a su desafío con templanza, agitando levemente la cabeza en forma de aprobación y sacando despacio y sin fuerza el brazo del agarre de Kargu, quien no se lo permitió; se mantuvo firme y sin desviar la vista.

El pequeño se apartó de ambos y fue con su hermano, al que le dio un fuerte abrazo en silencio, dejando fluir todas sus emociones por los ojos.

—¿Puedes llevarnos a algún sitio seguro? Están muy desgastados, han sido días muy duros —dijo Vinadarian, apresurado.

—No quedan sitios seguros. Los pocos que pudieran haber existido han sido ya destruidos por unas bestias o por otras, pero cerca de aquí hay una cueva que podría darnos el tiempo suficiente para que os movilicéis de nuevo —respondió Jinner.

—Servirá. Vamos, no hay tiempo que perder —farfulló Vinadarian, angustiado. Jinner asintió con la cabeza, manteniendo por un momento la vista enfocada en Minaryan y Kargu antes de ponerse en marcha. Una marcha rápida marcada por el gesto de silencio.

Kargu y Minaryan se mantuvieron callados, aunque por motivos distintos.

Si bien a Minaryan la presión en su pecho le formaba una bola en el estómago y los pulmones que le impedía emitir sonido alguno, Kargu observaba cada pequeño gesto del desconocido, pues notaba una enorme carga a su alrededor.

Una carga que quizá fuera demasiado pesada para el grupo en el que se encontraban, pero la necesidad llamaba a su puerta y la conversación podría esperar.

Los hermanos iban agarrados de la mano en un apretón férreo de alivio mutuo.

Kargu, por el contrario, se apoyaba en el hombro de Vinadarian con cierto grado de debilidad, lo que alertaba a su compañero, que se mantenía enfocado en Jinner en lugar de en sí mismo.

Era natural, las habladurías sobre él pesaban.

Además, Kargu detectaba con facilidad a aquellas personas con el pesar de la parca sobre su espalda.

Aun adentrándose en un bosque lleno de peligros en plena oscuridad, era evidente la habilidad del chico para la supervivencia: pasos silenciosos, largos y eficaces, reconocimiento visual inmediato del entorno y continuos avisos cortos gestualizando.

Evitaba el contacto físico con cualquier planta más allá de las briznas de hierba y las hojas tiradas en el suelo, e incluso trataba de pisar solo aquellas que ya estuvieran partidas si es que no le quedaba más remedio.

El sonido de los disparos aún se escuchaba a su alrededor, al igual que el movimiento de grandes y pequeñas bestias.

Hacían una breve pausa, mantenían la respiración evitando cualquier ruido posible y los ojos de Jinner se movían de un lado al otro, miraba las copas de los árboles, las sombras y las raíces y después a ellos.

Podían percibir cómo siempre que terminaba su ciclo de investigación existía la fracción de un instante en el que los consideraba amenazas.

Era como si sus ojos centellearan luz esmeralda, sentían cómo les oprimía el pecho y no podían ni tragar saliva, activando sus instintos de supervivencia más extremos.

Pasó algo más de un cuarto de hora hasta que Jinner les dirigió la palabra de nuevo.

—¿Tenéis algo de comida en los bolsillos u oculta en alguna parte? Asentid o denegad, no respondáis con la voz.

Los tres negaron con la cabeza.

—Escucho algo no muy lejos. Son personas, parecen cansadas y tienen provisiones. Vina, necesito que vengas conmigo. No hay geevars alrededor, tampoco otros soldados.

Vinadarian asintió, pero Minaryan fortificó su agarre.

—Tranquilo, no va a pasar nada. Ya casi estamos, solo tenéis que esperar un ratito —susurró tan bajo como pudo. Aflojó hasta soltarlo.

—Ten cuidado. No seáis imprudentes —le dijo Kargu dándole la mano. Vinadarian asintió y se acercó a Jinner de puntillas, tratando de imitar sus movimientos con la torpeza de un búho intentando nadar.

—Ven, sígueme de cerca —le dijo Jinner, aumentando mucho el ritmo.

A duras penas sí podía seguirlo, pero incapaz de mantener el sigilo que tan relevante parecía.

—¡Jinner! —susurró Vinadarian tan alto como se puede considerar un susurro, tratando de llamarle la atención—. No puedo ir tan rápido.

Jinner se volvió.

— No te preocupes. No importa. Varios están durmiendo.

—¿Cómo lo sabes? ¿Y ese «varios» no significa que también los hay despiertos?

—Los escucho, te están buscando.

—¿Son de esos?

—Sí. Creo que son gente de la hermana mediana. Yo seguía el rumor, también trataba de buscarte, pero no era el único. Temía que te hubieran capturado a estas alturas, pero confié en ti, y no me fallaste.

—No es el momento, Jinner.

—Es importante. Tienes que saber que todavía sigues en el punto de mira, quizá nunca puedas no estarlo.

Vinadarian arrugó la nariz y emitió un chasquido molesto.

—Ya lo sé, pero…

—No hace falta que lo digas —dijo Jinner en una sonrisa cómplice.

—Gracias. Gracias por decírmelo a solas. No sé si estaba preparado para que ellos lo escucharan.

Jinner asintió y se enfocó en el objetivo. El bosque lucía azulado bajo el amparo de la luna; algunos hierbajos se movían en la dirección contraria al viento, esperando algún tipo de estímulo concreto al que responder, e inquietaban a ambos jóvenes.

Por unos segundos se quedaron absortos en la contemplación de las extrañas plantas.

Algunas se arremolinaban bajo las grandes raíces de los árboles.

De color verde oscuro, tenían un bulbo blanco que parecía que iba a gotear alguna clase de líquido amarillento, pero nunca terminaba de caer.

Cerca también había algunas flores rojas, cuyos pétalos se cerraban muy despacio y se volvían a abrir como si respiraran, atrapando esporas e insectos en un ciclo que resultaba atrapante y curioso.

Por desgracia, pronto pudieron escuchar balbuceos de una tenue conversación cercana.

—¿Están ahí detrás? —preguntó Vinadarian con desidia.

Jinner asintió de nuevo.

—Será más fácil de lo que parece.

—¿Ese está bien? —Apuntó a un árbol cerca del punto señalado por su compañero.

—Un poco más atrás, ese —corrigió este, señalando unos pocos metros en la dirección contraria.

—Vale… —Acto seguido tomó aire y comenzó a caminar en línea recta.

Paso a paso, caminó hasta que el ángulo le permitió ver qué se escondía en el bosque.

Jinner tenía razón, era un pequeño campamento muy rudimentario.

Dormían a la intemperie con un par de vigilantes que ofrecían una ilusión de protección a los que necesitaban descanso.

Se percataron de la presencia del chico en el mismo momento en el que surgió de entre las sombras de la arboleda.

—¿Hola? —gritó Vinadarian—. Necesito ayuda… Por favor, no puedo más.

Uno de los soldados, de pelo castaño y con una reciente y enorme cicatriz en la frente y de más de dos metros de altura, tomó su arma y se levantó de la piedra en la que se sentaba junto al otro vigilante, una mujer de poco más de metro ochenta de alto, pelo corto y lacio, de ojeras pronunciadas y con un solo brazo.

—Silencio, muchacho. Ya te hemos escuchado, vamos para allá.

—No… Espera… Os reconozco. Sois… sois parte de su gente, ¿verdad? ¿Me estabais buscando? ¡Maldición! —fingió Vinadarian con un tono de voz demasiado neutro para ser creíble. Sabía que era indiferente, solo tenía que ser reconocido e irían tras él, por lo que ni se esforzó.

—¿Qué? ¿Quién eres? —preguntó el hombre.

—Está algo cambiado, pero sí que lo reconozco. Es Vinadarian, el sujeto del suero, los rumores no mentían.

Los desconocidos tomaron sus armas, dos pistolas de gran calibre, ambas muy similares, en perfecto estado, sin muesca alguna o signo de suciedad.

Al levantarse desviaron la mirada del joven, que ya tenía mucha experiencia entre personas armadas, o al menos la suficiente como para darse cuenta de con quiénes podía tener opción de escapar. Estos no parecían tan hábiles.

Ambos caminaron despacio hacia él como si se tratara de un cervatillo asustado, y fue Vinadarian quien tuvo que esperar a que estuvieran tan cerca como para correr tras él con la mano alzada cuando fingiera su huida.

Fueron juntos, y desviaban la mirada cada pocos segundos esperando que el otro diera alguna orden.

Puede que lo buscaran, pero no trataban de encontrarlo.

Vinadarian se desconcentró por un momento, pues el aroma a estofado acarició sus fosas nasales seduciéndolo por completo.

Llevaba tres largos días sin comer nada más que un puñado de frutos y algún que otro hierbajo que pudiera parecer fresco y no potencialmente venenoso.

Todo sabe peor cuando no estás seguro de si es peor comértelo o morir de hambre.

Su penosa actuación se vio aún más manchada cuando desertó por completo de la realidad, esbozando una sonrisa al imaginarse saboreando la comida que tenía guardada esa gente.

Para cuando quiso darse cuenta, los soldados ya estaban a punto de agarrarlo, lo que hizo mucho más real su reacción.