5. Violencia #2
Minaryan, aterrado, entró corriendo, temiéndose lo peor.
Los berridos desesperados de los desconocidos imbuyeron un estado de miedo en su cuerpo que le impidió pensar.
Abrió la puerta de sopetón, chocándose con la mesa.
Consiguió dejar el suficiente espacio como para colarse de perfil.
Pudo ver al reflejo de la luna a dos chicos algo mayores que él lanzándose contra Kargu cuchillo en mano.
Este apartó al primero estirando el brazo y lo arrastró a un costado con la palma de la mano contra su pecho.
El otro fue contra las piernas del joven y comenzó a apuñalar tan frenético como pudo, sumido en un mar de adrenalina.
Por un momento subió el cuchillo apuntando a la yugular de un Kargu dolorido y agotado que no fue capaz de defenderse a tiempo.
Por suerte, Minaryan actuó antes. Llevado por el temor, levantó la mesa y la usó como parapeto contra el agresor, al que despojó de su arma y dejó tirado en el suelo.
El segundo chico, aún armado, miraba hacia la puerta abierta dubitativo; la huida parecía el plan más cauto, pero la lealtad a su compañero lo mantuvo junto a él.
Llevado por la brisa nocturna y acompasando la melodía del final con su tenebroso grito, se abalanzó sobre el sangrante y malherido Kargu, que aun cojeando se mantenía en pie.
Aunque angustiado, la determinación de Kargu recordó la imagen, aún cálida pese a todo, de Trye. Los actos de Minaryan obraron más que sus palabras, y el vínculo entre ellos comenzaba a transmitir la misma sensación que la de su antigua banda, la de su antigua familia.
Las palabras se formulaban en lo más profundo de su ser, una reacción química incontrolable.
Pensamientos nuevos y recuerdos antiguos colapsando dentro de sí.
Los necios dirían que estaba viendo su vida pasar ante sus ojos.
Antes de que pudiera planteárselo, estiró ambos brazos de nuevo.
Con el derecho esquivó el cuchillo del chico y atrapó toda su mano con la suya, mientras que con el izquierdo lo tomó del cuello y lo levantó un palmo del suelo.
El chico, derrotado, soltó el arma y se echó a llorar, quedando está colgando en la mano de Kargu, balanceándose al son del viento.
Este tomó aire, tragó saliva y dejó al chico en el suelo con la delicadeza de una madre dejando en la cuna a un recién nacido. Se volvió hacia Minaryan, que contenía las lágrimas tirado en el suelo con la espalda contra la pared.
—¿Estás bien? —le preguntó sin una muesca de dolor en su pronunciación, con una calma centelleante y no deliberada, dejando correr el flujo de sangre de su mano hasta el suelo.
—No —respondió el pequeño—. Me he hecho un montón de daño en la espalda.
Kargu se acercó y se tiró de costado, chocando primero su hombro derecho y deslizándose al lado del pequeño.
—¿Y vosotros? —preguntó dirigiendo la mirada a los otros chicos. Ambos de pelo negro y rizado, ojos azules y dientes largos. La breve calma posterior a la tormenta mostró que eran gemelos.
Ninguno contestó. Se acercaron el uno al otro y esprintaron hacia la salida manteniendo la vista hacia atrás cuando chocaron con algo blando, algo mullido y peludo.
A contraluz apenas se veía, pero Kargu vio restos de lo que parecía cabello de algún animal.
Todo fue tan rápido que un instante parecía una eternidad en comparación.
Minaryan cerró los ojos y se arrimó a Kargu, pasmado.
Fue un movimiento eficaz, rápido, brusco y contundente.
Sonó con limpieza justo antes del estruendo, como el corte de un tallo con una hoz afilada.
Era como si todo quedara en pausa, como si los trozos de madera no se quebraran contra el cristal de la ventana, como si la sangre no hubiera llegado todavía al suelo. Parecía irreal, una pesadilla.
Una grotesca y enorme criatura golpeó la fachada del recinto, destrozando la entrada y parte de la sala, acabando de inmediato con ambos niños. Salieron despedidos los restos de sus torsos en un torbellino de destrucción en el que la bestia ni siquiera reaccionó.
A contraluz solo se podía observar su silueta, pero era evidente que su tamaño superaba con creces el de cualquier oso o gorila, pues tan solo con su abdomen cubrió casi la totalidad de la puerta.
Estupefactos, se vieron superados por la situación cuando una lluvia de balas en todas direcciones penetró la madera del edificio y golpeó a la bestia, que, indemne, esprintó hacia el bosque con tal potencia que hacía temblar el suelo.
Gritos y chillidos humanos inundaron la escena. Minaryan se levantó con el brazo alrededor de Kargu y la mirada al frente, caminó con cuidado llevándolo hasta los restos de la entrada; tenían que comprobar el estado de Vinadarian.
Una mujer frente a ellos se los quedó mirando en silencio. Kargu negó con la cabeza, una súplica silenciosa. Ella apretó la mandíbula y frunció el ceño con disgusto, levantando la pistola en su contra.
—Manos arriba, poneos de rodillas —ordenó. Tenía una voz aguda y temblorosa y tomaba la pistola sin ímpetu, como si pesara demasiado.
—Por favor, no sabemos nada de qué está ocurriendo —dijo Kargu.
—¿Venís del norte o del sur? —dijo ella mirando hacia los lados en busca de ayuda.
Era imprescindible contestar con precisión.
Kargu sabía que venían del sureste, pero si ella pertenecía a la organización, todo habría acabado.
Sin embargo, si decía que venían del norte y ella detectaba su mentira, podrían acabar presos, ya que no tendrían motivos para mentir.
Habiendo tomado la decisión de decir la verdad para mayor seguridad del grupo, Minaryan se le adelantó.
—De allí —dijo señalando el noroeste, la dirección opuesta de la que venían.
Fue deliberado. Su razonamiento fue simple, se parecían a los que habían tomado prisionero a su hermano, así que, si pensaban que no eran ellos, cabría la posibilidad de que cesaran sus preguntas.
Kargu respiró aliviado, dándose cuenta de que lo que había ocurrido era lo mejor que podía pasar, pues la mentira de Minaryan sí tenía un porqué.
Al ser un niño asustado serían más indulgentes. Si ella la detectaba, él lo corregiría.
—¿Os ha herido ese psicópata? —preguntó ella.
Kargu asintió con la cabeza.
—Me sorprende que salierais con vida. Muchos otros no han tenido la misma suerte.
Íbamos en camino a su detención, no os preocupéis, ya ha pasado todo.
¿El chico del banco está con vosotros? Han atendido sus heridas, parece que está recuperándose —continuó la mujer—.
Un equipo os llevará a nuestra base, donde estaréis seguros, tendréis comida y agua.
—E-es… —Kargu apenas podía balbucear debido a su estado físico y mental—. Buscamos a un compañero perdido. Creemos que está por el norte.
—Lo más probable es que, si es un crío como vosotros, esté muerto o esté en nuestra base. Aprovechad la oportunidad e id allí antes de que otro de esos monstruos os encuentre. Id y descansad. Vuestro compañero está allí, con ellos.
La mujer guardó el arma y se dispuso a llevar a Kargu con el resto de su equipo, y al hacerlo contempló con pavor cómo, al igual que los gritos de los chicos atrajeron a la bestia, los disparos hicieron lo propio con un grupo que iba hacia ellos y más criaturas.
Escuchaba pasos entre la maleza, movimientos bruscos, apresurados, organizados.
Su corazón se aceleraba, quería salir corriendo, pero no podía dejar a los niños heridos a su suerte.
Tiró a Kargu al suelo y desenfundó la pistola.