5. Violencia
Travesía tras travesía, este nuevo mundo no dejaba de fluctuar, giraba tan rápido que había que correr para mantenerse en el sitio.
Los gritos pronto se irían apagando en la distancia.
Las luces de sus linternas se esparcían sin éxito.
Atemorizados de qué pudiera haber más allá en la noche, el grupo de críos se alejó tanto como pudo.
—Estamos cerca —dijo Vinadarian, agarrándose en la espalda de Kargu con fuerza.
—No hables, conserva tu energía —respondió él.
Minaryan lo miró de reojo, esperando que estuviera bien, que el disparo no le hubiera dado. No otra vez. Presenció entonces cómo la luz de la luna le iluminaba la cara como si se tratara de un foco. Supuraba sangre y estaba algo cabizbajo y débil, pero sonreía de oreja a oreja con ambición.
—¿Conservarla? —respondió Vinadarian—. ¿De qué hablas? —contestó con la voz rota, la garganta supuraba sangre, y dejó salir una leve carcajada.
—¿Estás bien? —preguntó Kargu, confundido.
Vinadarian desvió la mirada hacia Minaryan apaciguando la sonrisa, pero, sin detenerla, tomó el foco de sus ojos y lo llevó hasta el risco con total naturalidad, como si lo llevara de la mano. Ambos hermanos se quedaron mirando en silencio unos segundos hasta que Vinadarian respondió.
—Lo estoy. Perdona. Aún estoy procesando muchas cosas.
Kargu respondió con suma tranquilidad.
—Lo entiendo. Me siento de la misma forma. Han sido unos días especialmente ajetreados.
—Sí… Y que lo digas. Por desgracia, no tiene pinta de que vaya a cambiar en una temporada.
Minaryan contestó preocupado.
—¿Y eso por qué?
Vinadarian alargó la mano y la zarandeó de un lado a otro. Kargu también pudo verlo de reojo.
—Porque parece que todavía tengo muchas promesas que cumplir, Mina. Encontrar a mi amigo será solo la primera de todas ellas.
—¿Y cuándo terminarás? ¿Cuál es la más difícil de todas? —respondió Minaryan.
—La mía.
—¿De qué se trata?
—Aún no lo sé del todo. Es como… un cuento. Pero en cuanto lo sepa, tú también lo sabrás, no creo ni que tengas que preguntármelo.
—Bueno, vale… Pero no vuelvas a dejarnos solos. Este tal Kargu es muy sospechoso.
—No prometo nada —respondió Vinadarian entre carcajadas que se apagaban hasta quedarse inconsciente.
Continuaron en silencio hasta que Kargu no pudo más; a pesar de su estado atlético, el pesado cuerpo de Vinadarian terminó desgastándolo, por lo que tuvieron que hacer una pausa en medio de la nada para descansar.
Con sumo cuidado lo dejó en el suelo, arrimándose Minaryan a él. En susurros, el pequeño preguntó:
—¿Nos vamos a quedar aquí a dormir?
Kargu no contestó. Con sutilidad y técnica deslizaba las puntas de los pies sin hacer ruido de un lado a otro, tratando de escuchar algo.
—¿Te vas a ir? ¿Nos dejas aquí? —preguntó Minaryan, alarmado al verlo moverse de un lado a otro, siendo replicado con un chasquido inmediato.
Minaryan se quedó hecho una bola al lado de su hermano en el suelo. La tierra estaba seca y dura y el frío azotaba sin misericordia, lo que aumentó su impaciencia; se levantó de nuevo y buscó con la mirada a Kargu a través de la oscuridad, pero no pudo encontrarlo.
El miedo se apoderó de él, aguzando y engañando sus sentidos al mismo tiempo, y comenzó a oír pasos donde no los había.
Su instinto le hizo mantenerse callado, pero las ganas de gritar aumentaban a cada instante.
Sentía movimiento a su alrededor, extrañas vibraciones que no cesaban.
Cuanto más tiempo pasaba solo, más lo percibía y a una mayor distancia.
Kargu volvió. En silencio, subió a Vinadarian a su espalda y se dispuso a caminar de nuevo.
Minaryan dejó de sentir las vibraciones; en cambio, sintió un leve cosquilleo en las piernas.
Al comprobar de qué se trataba vio un hierbajo que había crecido más alto que los demás y estaba rozándolo.
Aliviado, respiró hondo y mantuvo silencio al seguir los pasos de su compañero, que, por algún motivo y pese a ser tan sospechoso, maleducado y molesto, hacía que la noche no fuera tan atemorizante.
Juntos llegaron a un pequeño parque que servía como estación de descanso a los vehículos que pasaban por allí antes del incidente. Desde allí se podía escuchar el agua de un riachuelo cercano.
Había muchos coches aparcados, pero a primera vista nadie vigilaba ni había sospecha alguna de que hubiera más personas cerca. Tampoco tenían más opción que detenerse allí. No tenían comida ni agua y estaban agotados.
—Quédate con tu hermano. No debes permitir que ningún desconocido se aproxime a él, ¿entendido?
Minaryan asintió con la cabeza.
—¿Y tú? ¿A dónde vas? —preguntó preocupado.
—A comprobar si hay más gente. Quédate aquí, no hagas ruido alguno. —Se aproximó a un pequeño recinto de madera junto al parque central del aparcamiento.
El viento silbaba entre la madera seca, la luz nocturna se intensificaba a medida que las nubes pasaban la frontera de la luna; con cautela, abrió la ventana lateral de la construcción en lugar de entrar por la puerta.
Fue tan silencioso como le fue posible, llegando al extremo de que Minaryan no escuchó nada a pesar de verlo realizar su cometido.
Levantó primero el cuerpo apoyado en las palmas de las manos contra el alfeizar de la ventana, pasó la cabeza y torso y dejó la mano derecha como único apoyo hasta deslizar la izquierda hasta el suelo.
El frío aire entró con él, destartalando, moviendo y tirando algunos objetos.
Kargu, nervioso se adentró a toda prisa, lo que acrecentó aún más la adrenalina que sentía.
Miró ambos lados de la sala. Su experiencia obrando en la penumbra le permitía distinguir algunas siluetas, como latas abiertas o la posición de una silla y una mesa en la que había un micrófono y varios vasos de cristal vacíos, lo que le dio una idea inmediata de cuál sería su próximo paso.
Se acercó con rapidez hasta los vasos, golpeando sin querer la silla con el empeine del zapato.
El ruido alertaría a cualquier posible residente no solo de la presencia de un intruso, sino también de su ubicación exacta.
La desventaja se hizo patente en su mente, la posibilidad de una amenaza incrementó su miedo aún más.
Raudo, tomó uno de los vasos y metió el dedo índice repasando los bordes para comprobar si quedaban restos de agua o algún tipo de líquido, verificándolo al instante.
Contuvo la respiración y dejó el vaso en su sitio procurando hacer suficiente ruido como advertencia a quien le estuviera escuchando.
Siguió rastreando la habitación, encontrando varias garrafas de agua, sacos de legumbres, arroz, cereales y restos de dulces.
También se percató de detalles como la ausencia de polvo en las encimeras, mesas y rincones.
Había un baño contiguo con la puerta medio abierta y otra habitación con la puerta cerrada, pero lo que más le llamaba la atención era el gran armario empotrado frente a la ventana.
No lo había abierto porque era su principal sospecha, pero una vez analizados los elementos de la habitación y a sabiendas de su recorrido a oscuras, solo quedaba un paso antes de revelar a quien o quienes se escondieran, así que comenzó a abrir los cajones bajo la mesa uno a uno.
En el primero había algunos trapos y monedas, polvo y un par de insectos extraños; parecían avispas, pero no tenían aguijón y sus alas eran opacas y mucho más grandes.
Cerró rápido y abrió el siguiente, en el que había cubiertos, en su mayoría, cucharas o tenedores, aunque había algún que otro palillo oriental, y un par de juegos de llaves.
En el tercero y último había un camión de juguete, un pájaro disecado y seis canicas.
En ninguno había nada que pudiera ser considerado un arma, lo que hizo sospechar a Kargu que las hubieran tomado antes de esconderse.
Los cuchillos serían un problema, pero de tener armas de fuego, no tendría posibilidad alguna de vencer una hipotética batalla.
Sin embargo, las múltiples veces que hizo ruido no salieron pese a tener un ángulo favorable y a distancia, por lo que, en teoría, no deberían tener armas de fuego.
Lo más probable entonces sería que solo tuvieran cuchillos.
Los restos de dulce, el camión de juguete…
, todo apuntaba a que había niños, quizá solos o puede que supervisados por algún adulto que fuera quien portara el arma.
Sea como fuere, trataban de evitar el conflicto y no eran muy experimentados en situaciones como esta.
Se le ocurrió una idea. Levantó la mesa para acercarla al armario para que, en caso de que lo abrieran para un ataque repentino, les estorbara lo suficiente como para darle tiempo a reaccionar y así convertir su desventaja en ventaja.
Sin embargo, al poco de hacerlo entró en acción un nuevo integrante en su fórmula.
La puerta se abrió de repente. El ruido, intensificado por lo grave de la situación, fue suficiente como para alertarlo y que soltara la mesa.
Las palabras del intruso intensificaron aún más la sensación de peligro de quienes se escondían.
—Pero si está abierta —dijo Minaryan—. ¿Kargu, estás aquí?
El caos y los gritos de dos sombras surgidas de dentro del armario estallaron en la habitación.
Armados con cuchillos tal y como había deducido, apartaron la mesa a un lado, contra la puerta, y placaron juntos contra él.
Dos chicos, uno casi tan alto como Kargu y otro que, aunque más bajito, también era más rápido.