Rinaryan: La huella de un fantasma 4. Escoria #6
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4. Escoria #6

De pronto, oyeron fuertes pisoteadas acercándose, aceleradas, jadeaban asustados al dar el último paso tras la tienda. Escucharon la voz de Kargu susurrando algo, Herbia se asustó y caminó dos pasos hacia atrás sin decir nada. A punto de salir de la tienda, escuchó un grito advirtiéndola.

—No se te ocurra salir, niña. Tenemos órdenes de manteneros ahí durante toda la noche. Si tienes pis, mea dentro. No nos importa.

La cabeza de Minaryan brotó del extremo inferior de la tienda al otro lado de la puerta, sacó también la mano derecha y la agitó saludando a su hermano antes de decir nada.

Vinadarian dio un brinco y exhaló el aire que le quedaba.

Boquiabierto, no pudo reaccionar de ninguna forma antes de escucharlo.

—Solo han dejado dos guardias, y los dos están sentados en la hoguera en la entrada delantera.

Van armados con un fusil y una pistola, están preparados para disparar si se dan cuenta de que estáis intentando escapar.

Los demás han ido a ayudar con la carne de Tañita —recitó Minaryan de memoria en un torpe tono robótico.

—¿Tañita? —preguntó Jyon—. ¿El geevar?

Vinadarian, agitado, los mandó callar de inmediato.

—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Es que no ves que es peligroso? —susurró acercándosele.

—Venir a salvarte. —Minaryan le sonrió, confiado—. ¡Corre, tienes que darte prisa, Kargu se encarga de los señores de fuera!

Vinadarian abrió los ojos y se paralizó un instante. Se volteó y trató de correr a la entrada. Antes de llegar ya escuchaba ruidos de forcejeo, pero sus piernas debilitadas y las heridas recientes no le permitían acelerar más. Cojeando, arrastraba la pierna.

Dos guardias, tal y como había dicho el pequeño, a la izquierda y la derecha de la hoguera.

El primero portaba un fusil y un cuchillo y el segundo una única pistola.

Kargu estaba tras de este, lo amarraba con fuerza y alzaba su pistola en dirección al otro, controlando en el agarre sus manos con facilidad.

Debían ser rápidos, más de lo que podía lograr Vinadarian en su estado. Apretó los dientes y se dispuso a correr. Una mano abierta se paró en su pecho, lo hizo a un lado. Giró la cabeza, sorprendido, y la vio a ella sin dudas, sin miedo, mostrando los colmillos al correr hacia el peligro.

Lo tomó desprevenido. Agarró el brazo del guardia y lo volteó en su dirección, golpeándole de inmediato en la barbilla con un fuerte puñetazo; no fue suficiente. El hombre forcejeó con ella y trató de gritar al agarrarla del hombro y tirarla contra el suelo, aplastándole el codo derecho.

Jyon utilizó su mano libre para golpearle otra vez antes de que pudiera gritar y alertar al resto.

El hombre la apuntó con el arma de fuego, disparando de inmediato sin piedad.

Sin defensa alguna, echó un último vistazo a su hermana, preparada para morir, pero en su lugar contempló entonces a Vinadarian placar al soldado, cayendo ambos al suelo.

Los primeros disparos no encontraron objetivo, recorrieron el cielo nocturno, pero el hombre no soltó el gatillo hasta vaciar el cargador entero.

El pecho del chico se zarandeó de arriba abajo con cada disparo a bocajarro; a punto del vómito, tomó la boca del arma y la lanzó por los aires.

Jadeaba obnubilado cuando se apagó la luz del fuego.

Tomó el cuchillo del soldado, quien, boquiabierto, esperaba que Vinadarian se derrumbara y pereciera de un momento a otro, pero este le apuñaló la pierna con fuerza y le dejó clavado el cuchillo; no podría seguirles.

—Tenemos que separarnos. Aun sin luz escucharán nuestros pasos al correr, si vamos todos juntos somos un blanco fácil. Toma a tu hermana y salid de aquí, ¡vamos! —espetó apresurado Kargu.

Jyon no procesaba lo que acababa de contemplar, y Herbia se había quedado paralizada.

—No…—contestó Vinadarian con sus últimas fuerzas—. Venid con nosotros. No podéis quedaros solas.

Al oírlo, pese a lo que había visto, quiso creer que se equivocaba, que no iba a morir, que no había recibido más de una docena de balas en el pecho, que de alguna forma se habría librado de la mayoría del daño, que estaba bien.

—No se te ocurra preocuparte por nosotras, idiota. Nos marchamos, daos prisa. Yo no me preocupo, Vinadarian, no se te ocurra morir antes de cumplirla. —Ella sonrió, y él le devolvió la sonrisa.

—Cuida de tu hermana —dijo Kargu.

Jyon contestó con cierta rabia.

—No hace falta que lo menciones.

—No te lo decía a ti.

Herbia asintió con la cabeza y Jyon soltó una leve carcajada, la tomó la mano y salieron a la oscuridad. Comenzaba a escucharse el trote de los soldados.

Kargu tomó a Vinadarian del hombro y Minaryan le dio la mano para no perderse. Caminaron despacio. Incluso la luna parecía estar de su lado, escondiéndose en uno de los nubarrones negros, convirtiendo a la noche en su vía de escape.

Amparados bajo el velo de la oscuridad, portadores o enemigos del destino empañaron sus metas con el acuerdo de volverse a encontrar. Un antiguo dicho enuncia que las desgracias nunca vienen solas; quizá la escoria tampoco.