Rinaryan: La huella de un fantasma 4. Escoria #5
12%

4. Escoria #5

—No sois idiotas —respondió la niña—. No sois tontos, ni os habéis arriesgado por nada, ni tenéis por qué pelearos.

Sois valientes y buenos. Y no entiendo por qué os tenéis que castigar por serlo, ya os castigan suficiente los demás como para que además os peleéis.

Todo fue mi culpa. Si yo no hubiera ido, si hubiera confiado en Jyon, tú podrías haberte marchado con tus amigos y ahora no os estaríais gritando.

—No lo entiendo, Herbia. Siempre eres muy responsable y prudente, pero desde que estoy aquí te arriesgas continuamente. Te he dicho que puedo cuidar de mí misma, ¿por qué sigues haciéndolo?

La pequeña, con la cara enrojecida rompió a llorar y abrazó a su hermana.

—Lo siento —respondió afligida.

—No —contestó Vinadarian—. Mina, mi hermano, hubiese hecho lo mismo.

Siempre lo hace. Él gritó para que me levantara, para que huyera con ellos.

Si no hubieras estado allí, los hubieran rastreado.

Tu hermana tiene razón, fue una inconsciencia, una estupidez, y no debes volver a hacerlo.

Ella sabe cuidarse sola, pero… yo, te doy las gracias.

Te llamas Herbia, ¿no? Gracias. Por salvarlos. Por salvarnos… Por salvarme.

—Entonces, ¿por qué te rindes? —preguntó Jyon. Las emociones comenzaban a desbordarla; titubeaba con la cara roja y el ceño fruncido.

—Porque ya he perdido. No puedo cumplir mis promesas. Sigo siendo la misma escoria de siempre.

—Pues muere intentándolo.

—¿Por qué te importa? ¿Qué más te da?

—¡Porque no quiero verme reflejada en esto!

¡No quiero tener la posibilidad de rendirme otra vez y pensar en aquel chico, en que no sería la primera en hacerlo, en que no sería tan grave!

¿No lo ves? ¡Te están esperando! Tu hermano, tu amigo, el chico de tu promesa, la cría que mencionas.

¿Vas a fallarles a todos porque duele!? ¡¡¡A mí también me duele!

!! —gritó. Le tiró de la camiseta hasta levantarle el torso unos centímetros del suelo y lo volvió a empujar.

Se puso sobre él con el puño en alza, a punto de golpearlo—.

Me duele que mi hermana tenga que estar siempre preocupada por mí —dijo lanzando el golpe, contactando con la tierra al costado de su rostro.

Tenía los nudillos ensangrentados—. No saber si mis padres están bien.

—Repitió el golpe—. Que me hayan quitado mi casa, no tener conocidos.

¡Me duele, joder! Pero no voy a parar. ¡No puedo hacerlo, y tú no me vas a poner más fácil el frenarme!

Así que levanta de una vez y deja de compadecerte.

Tienes cosas que hacer. ¿Querías cambiar?

Esa fue tu primera promesa, ¿no? ¿Por qué eres el último en reconocerte en tu puta lista de prioridades?

—Cállate. No tienes ni idea.

—Sí, me callo. Mejor cierro la boca y te dejo compadecerte en tu lecho de lágrimas.

Seguro que el tipo que te está esperando, tu amigo y tu hermano te comprenderán perfectamente.

Ellos tampoco tienen ni idea, ¿no? ¡¡Levántate de una vez!

! —Mantuvo el silencio unos segundos con el puño derecho en alto y la mano izquierda apoyada en su hombro derecho.

Las lágrimas caían de sus ojos hasta contactar con las mejillas de Vinadarian, que por primera vez se quedó sin palabras.

—Jyon…, papá estaría orgulloso de ti —contestó Herbia, acercándose a ella.

De pronto, la luz se apagó, un hombre entraba carcajeándose. A contraluz apenas podían discernir su uniforme, aunque tenía la voz ronca y algo rota.

—Lamento interrumpir —dijo relamiéndose al verlos así.

Se hizo a un lado para que la luz iluminara lo que portaba en las manos: dos trozos gruesos de una carne extraña y plateada sobre dos trozos de cartón.

La piel que los envolvía tenía el color gris amarillento de la montaña, ni siquiera el fuego había podido quemarla—.

Es hora de probar los frutos de vuestro esfuerzo.

No habéis comido en todo el día, estaréis muertos de hambre.

En apenas unas horas, aquel magnífico ser que de alguna forma pudo conectar con su mente se presentaba frente a él de nuevo sobre la palma de la mano de aquel hombre, si es que podía referirse a él con esa palabra.

Por supuesto que podía. Solo un ser humano podría querer causarle tanto daño.

¿Por qué iba a cambiar? El mundo era otro, mas no sus habitantes.

Apretó los dientes, tanto que apenas sentía el dolor en su pecho, al menos no el del agujero de bala.

Jyon se levantó a su costado, acercándose como podía con los puños apretados, manteniendo la mirada al guardia en una solemne promesa de venganza tácita y silenciosa.

El hombre tiró la comida al suelo, pateándola a propósito para que se entremezclara con la tierra del suelo.

—Coméoslo —ordenó sonriente.

Vinadarian no podía siquiera desviar la mirada hacia la carne.

Los jugos gástricos estaban revolviéndose con tal intensidad que podía sentir la quemazón en su garganta.

El asco que sintió al olerla solo era comparable a la imagen que se formulaba al pensar que tendría que hacerlo, que tendría que comérsela. Era un aroma penetrante y espeso,

—¿Estás bien? —le preguntó Jyon.

—No puedo hacerlo —contestó él.

Jyon, de inmediato, dio un paso hacia delante.

—Yo tomaré ambos.

El hombre sonrió de oreja a oreja y negó con la cabeza, rechistando varias veces con condescendencia.

—Me parece que no lo has entendido bien. Cada uno se come el suyo.

Afligida, Jyon tomó del suelo su trozo y lo partió en dos con fuerza, poniéndose rápidamente la primera mitad en la boca.

Estaba dura y su textura era arenosa, la piel al machacarse con las muelas desprendía un líquido grasoso que empapaba la lengua de sabor, pero le fue repulsivo.

Conteniendo las ganas de vomitar, tomó el segundo y lo cortó en partes más pequeñas que pudiera tragar masticando lo mínimo posible.

Vinadarian no podía hacerlo, sus manos no le respondían.

Temblaba como un flan mientras olía el asqueroso aroma que desprendía.

El hambre dispuso su cuerpo en su contra, pues su mente se horrorizaba por el mero hecho de planteárselo, pero su estómago también rugía con la imperiosa necesidad de comer.

El guardia terminó de decidir por él. Aprovechando su estado de shock , empujó a Jyon a un costado y se acercó a él.

Le agarró el labio inferior y, tirando de él con fuerza hasta desgarrar parte de su interior, le abrió la boca con la mano derecha, con la izquierda recogió el trozo del suelo y se lo metió hasta la úvula.

Vinadarian notó cómo se deslizaba por su garganta, le rozaba lo suficiente como para forzar el vómito, por lo que trató de forzarse a tragarlo de sopetón, pero fue aún peor cuando contempló al soldado apuntarle con el arma en la frente, luciendo esa pérfida sonrisa de oreja a oreja.

Estaba disfrutando de torturar al monstruo que creía que tenía enfrente.

Como un acto reflejo, reubicó la carne en el paladar tosiendo e inclinándose hacia delante, masticó con fuerza los trozos que separaba con la lengua para tragarse el más pequeño. De pronto, su mente formuló nuevas imágenes.

Minaryan cayendo por la ladera, siendo agarrado instantes antes de hacerse daño.

Un instante de calma en medio de la noche.

La luz de la luna arropando todo cuanto los rodeaba, el viento propagando un silencio pacífico y esperanzador, el frío justo como para percibir la pequeña sensación de calidez de sentirse cerca de su ser más querido, escuchar los latidos de su aún no formado corazón apoyado en una montaña, y en su cima dos pequeños más, durmiendo, protegiéndose el uno al otro.

Con esfuerzo, Vinadarian terminó de tragar y contuvo el llanto.

—Bien. Volveremos en unas horas —dijo el hombre al escucharlo tragar.

Antes de irse, pudo propinarle una patada traicionera en su aún abierta herida, pero el chico se mantuvo firme.

En un instante, salió de la tienda, dirigió tres o cuatro palabras a sus camaradas, rieron y se despidieron.

Un día más, un logro mayor, supervivencia asegurada.

Vinadarian sentía hervir su sangre en un huracán desmedido de furia, asco e impotencia. Se levantó con fuerzas renovadas, puso la mano derecha en el agujero de bala del pecho, ensangrentándola entera. Herbia socorría a su hermana en el suelo. Él le ofreció la mano.

—Tienes razón. No puedo detenerme. No después de haber llegado hasta aquí.

Jyon tosió dolorida antes de contestar.

—Bien. No puedo contarles a mis padres que la primera persona a la que salvé se ahogó con sus propios llantos.

Vinadarian se carcajeó al escucharla.

—Cuando encuentre a Jinner y tú a tus padres…, ¿volveremos a vernos? —preguntó.

—Promételo —respondió ella, sonriendo con complicidad. Tiró de su brazo para levantarse y Herbia se puso a su lado.

—Cuando salgamos de aquí, cuando encontremos a quienes buscamos…, volveremos a vernos. Es mi última promesa —sentenció Vinadarian con una tierna sonrisa en el rostro. Su palidez denotaba aún más cómo se sonrojaban sus mejillas, avergonzado de afirmar algo así.

—¿Cómo que la última? De eso nada, aún tienes que seguir engañándome un poco más —respondió ella dándole un golpecito en el hombro.