4. Escoria #4
La criatura la cumpliría de inmediato. Vinadarian sintió el tirón de Jyon al momento y cayó en uno de los agujeros; ella saltó tras él.
Notó cómo varias balas le atravesaron el hombro derecho y parte del pecho. Ella estaba temblando con el ceño fruncido y el puño apretado, preparada para golpearlo.
—¿Qué ha sido eso? ¡Si querías morir, debiste habérmelo dicho antes! —gritó Jyon, golpeando la pared tras de ella—. Mierda. ¡Mierda, mierda!
Ella también estaba herida. Algunas balas la habían rozado y una le había atravesado el muslo derecho.
—Tu hermana también está aquí. Una niña del campamento nos ha seguido sin que nadie se percatara. No me cuadra nadie más —respondió Vinadarian, apresurado, tratando de salir del agujero.
—¿Y tú cómo podrías saber eso? ¡Te recuerdo que hace unos minutos te estaban arrastrando como un saco de basura inmunda! —gritó ella.
El tiroteo continuaba. El geevar dividió su cabeza horizontalmente en dos partes y elevó cabeza y cuello, sus ojos centrados en Vinadarian.
Su rugido se superpuso a cualquier disparo, zarandeándose de inmediato con sus últimas fuerzas, lo que causó un poderoso sismo que paralizó a sus captores e impidió que usaran sus armas.
La voz de Kargu surgía desde uno de los agujeros cercanos.
—Vina, podemos huir tras la cordillera. Hay obstáculos más que suficientes, podemos hacerlo.
—Es una buena oportunidad —respondió Jyon—. No sé si esto era parte de tu plan, pero si quieres salir, es el momento.
Vinadarian negó con la cabeza.
—Todavía no —contestó de inmediato.
—¡¡¡Viiinaaa!!! —gritó Minaryan desde lejos, alertando a los guardias, que no podían ubicarlo con claridad.
Jyon lo tomó de la pierna mientras escalaba el agujero.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó entre los temblores.
Vinadarian se zafó de su agarre y salió corriendo en dirección a los soldados, quienes trataban de apuntarle temiendo que pudiera intentar vengarse, pero el miedo y las vibraciones les impedían hacerlo.
La niña, una pequeña de diez o doce años, con pecas en la cara y algo más alta que Minaryan, los mismos ojos de color amarillo que su hermana, Jyon, perdía el equilibrio y se golpeaba contra el suelo al caer.
Sentía cómo sus huesos estaban a punto de romperse.
Estaba llorando, pero no se escuchaba el más mínimo rastro sonoro.
Mientras Vinadarian pasaba entre los guardias, uno le puso la boca de su arma contra el estómago y la retiró empujándola a un costado justo antes del disparo. Continuó entonces avanzando hasta llegar a la pequeña.
—¡Dame la mano! —le gritó. A él también le costaba caminar. Ella estaba mareada, marcada con hilos de sangre y tierra en la frente y lágrimas dolidas. La arrimó contra su pecho, alzándola cuanto pudo hasta que cesaron los temblores—. ¿Estás bien?
—Eres el de la tienda de campaña. El que estaba inconsciente… Gracias —respondió la niña.
—¿Eres la hermana de Jyon? Eres valiente, pero esto ha sido muy irresponsable, no puedes jugarte la vida así, debes confiar más en tu hermana…
—Perdón —dijo la pequeña, llorando a moco tendido—. Mi hermana… ¿está bien?
—Algo herida, por mi culpa. Pero está bien.
—No sé qué hacer para ayudarla. He venido pensando que quizá podía…
De espaldas a los soldados, Vinadarian rompió a llorar.
—¿Por qué lloras? —preguntó la pequeña.
—Han matado a mi amigo. No pude hacer nada para protegerlo, sigo siendo igual de inútil que siempre —balbuceó, incapaz de darse la vuelta para ver su ya frío cadáver. Podía percibir su muerte a través de la ruptura de su vínculo.
—No sé a qué te refieres, pero… a mí sí me has salvado —continuó ella.
Vinadarian sonrió; uno de los soldados arrancaba a la pequeña de sus manos.
—Gracias —sentenció.
—¿Era ella? —preguntó uno.
—¿La del grito? Sí, creo que sí. Con la locura de ese monstruo pensé que venía desde delante, pero cuando esta escoria le puso las zarpas encima, estaba llorando —respondió otro.
Seguían balbuceando mientras Jyon escalaba su agujero. Echando la vista hacia atrás, vio a Kargu escondido en uno cercano.
—No se os ocurra salir, ni a ti ni al otro niñato. Todo el numerito de tu amigo se irá al traste si os ven.
Kargu sabía que ella tenía razón. Aunque era incierto si podía confiar en ella, el hecho de que Vinadarian no hubiera dicho nada al respecto indicaba que así era.
Vio cómo ella contuvo su sobresalto. Su hermana, agarrada de los brazos por dos de los soldados y siendo inspeccionada de arriba abajo. Vinadarian tirado en el suelo, lleno de sangre y sin formular palabra.
—¿Qué es todo esto? Hemos hecho lo que nos habéis pedido, habéis matado a esa cosa sin que opusiera resistencia. ¿Qué más queréis de nosotros? ¿Por qué lo apaleáis como un saco de estiércol!? ¿Qué os creéis que hacéis con mi hermana?
—Reducidla. Es peligrosa —respondió otro soldado.
—¿¡PELIGROSA!? —gritó Jyon, encolerizada, recibiendo el mismo trato que su amigo, un golpe seco en la nuca. Escuchó el grito asustado de su hermana justo antes de caer inconsciente.
Era de noche cuando pudo volver a abrir los ojos. La luz de la hoguera de enfrente se colaba por la puerta abierta, aunque ahora no se escuchaba a nadie alrededor.
Vinadarian se había despertado primero. Recostado en el suelo, paralizado, aún lloraba y no formulaba palabra alguna.
Con la mirada perdida, ni siquiera se dirigió a ella.
Sangraba por ambos costados y su camiseta estaba empapada de rojo.
Lo habían dejado tirado sin ningún tratamiento, y él tampoco se había esforzado en detener la hemorragia.
Pálido como la nieve, el único leve sonido que podía escucharse además del viento eran sus moribundas exhalaciones.
Jyon no tardó en recobrar la ira.
—¿Qué ha sido todo eso? ¿Por qué te quedaste ahí mirando si sabías que tus amigos te esperaban? —gritó ella.
—Déjame en paz —contestó él, desviando la vista al suelo.
—¿Esa es tu respuesta? —Jyon se levantó y lo tomó por la camiseta, alzando el puño derecho, preparada para golpearle sin piedad.
—Hazlo. ¿Qué más da? —respondió él, mirándola a los ojos.
—Esta es la persona patética de la que me hablabas, ¿no?
Ahora lo entiendo. —Jyon apretó los labios hacia dentro, impotente, clavando su mirada desdichada y decepcionada en el rostro apagado de Vinadarian—.
Fui a salvarte por lo que me enseñó mi padre, pero verte así es un insulto a todo lo que me dijo. No vales la pena.
—¡Ya vale! —gritó la pequeña, poniéndose entre los dos. Jyon no había reparado en su presencia a pesar de estar en su costado derecho, cuidando de ella.
—¿Qué hace ella aquí? —preguntó Jyon dejando caer al chico—. ¿Qué haces aquí, Herbia?
—Decidieron que este fuera su castigo por insubordinación. La han dejado aquí, les da igual su edad. Dicen que no sería la primera niña en morir en vano, que por lo menos le dan un propósito —respondió Vinadarian con una voz desgarrada y sin energía.
—¿Qué es esa forma de hablar? ¿Qué me quieres decir respondiéndome así? —espetó Jyon, alzando la voz—. ¿Qué ya está? ¿Se acabó, no podemos hacer nada? ¿Es hora de tumbarte en el suelo y que se te coman los gusanos?
—A quién le importa.
—¡A mí! ¡¡A ellos!! —Jyon señaló el norte—. Esos dos idiotas ahí fuera se estaban jugando el pellejo para salvarte, y yo, idiota de mí, moví el puñetero culo para hacer lo mismo. ¿Y ahora por qué no me dices por qué estás aquí llorando después del numerito que montaste con ese puto geevar?
Vinadarian se mantuvo en silencio. Notaba cómo se intensificaba la agresividad de la chica, cómo el amarillo de sus ojos parecía una supernova estallando inmisericorde.
—Quieres morir, rendirte y dejarlo todo atrás.
Lo entiendo. Pero esta persona no es la que vienen a salvar esos dos idiotas —continuó Jyon, sus ojos se llenaron de lágrimas—.
Odiaría que mi padre me viera así. Aunque sé que me perdonaría en menos de un segundo, ¡pero yo no!
¡Yo no soy como ellos, Vinadarian! No entiendo qué se me pasó por la cabeza.
Lo que sí entiendo es que si te veo así…
Si vuelvo a verte rendido después de lo que hemos arriesgado por ti, acabaré contigo.
¿Me has oído? En el momento en el que dudes del valor de tu vida, dudas de todas las que hemos arriesgado por ti.
Pretendía no contestarla, pero las palabras fluyeron sin su consentimiento.
—No lo entiendes. He vuelto a hacer una promesa que no puedo cumplir —contestó él.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—El geevar. La criatura, no sé cómo, pero hablé con ella cuando se acercó. Había estado cuidando de ellos. Sin razón, solo… porque sí.
—¿Esperas que me crea que hablaste con un monstruo salido de dentro de una montaña?
—También vi sus recuerdos. A tu hermana entrando en esta misma tienda, te traía algo todas las noches. Comida, imagino. La vi escondiéndose entre las tiendas, metiéndose en los agujeros, detrás de los peñascos, vigilando, tratando de ayudarte.
—Estabas inconsciente… ¿O nos estabas engañando?
—No tengo necesidad de mentirte. Ella me pidió que cuidara de su cría.
Estaba preparada para morir sin defenderse por su propósito, salvar la vida de su cría, de su hija.
Y yo tuve que pedir algo a cambio… Como si ella no los hubiera protegido antes, como si debiera algo.
Y lo peor de todo es que por hacerlo casi acabo con la pequeña.
—Pero no lo hiciste —respondió Jyon. Se sentó a su lado—.
Toda esa pantomima… Quiero creerte. Mientras el suelo aún temblaba, eras capaz de moverte, de cargar a alguien más.
—Su voz se suavizó a medida que hablaba—.
Podías haberte largado con tus amigos, pero fuiste tras mi hermana. Eres igual de idiota que yo.