Rinaryan: La huella de un fantasma 4. Escoria #3
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4. Escoria #3

Lo empujaron a él primero, Jyon fue después. Un susurro sentido salía de la boca de uno de ellos, empapado de un temor contagioso:

—Avanza.

Vinadarian caminó unos pasos observándolos de reojo, percatándose enseguida de que no les apuntaban a ellos, sino más arriba, al risco alargado y anaranjado en la montaña más alta. Su silueta se dibujaba en compañía del atardecer encharcado de nubes negras en el cielo.

Continuó avanzando, obedeciendo, con la mirada clavada en la cima y conteniendo la respiración. Podía escuchar las pequeñas piedras cayendo por la ladera, el viento soplar entre las grietas. Sus propios pasos eran lo único que rompía su concentración.

Veía con claridad la roca que coronaba el risco; era gruesa, ovalada e irregular. Llegó incluso a percibir el leve empuje del viento en su costado derecho, una minúscula inclinación, el ruido de la fricción de la roca contra la tierra.

Liberó el aire que aún contenía.

Aún no desviaba la vista cuando la roca se inclinó por completo. La punta más afilada quedó apuntando en su dirección, desafiando la gravedad. Trató de retroceder cuando llegó el grito desde su espalda.

—¡Avanza! Un paso atrás y será el último.

Vinadarian notó cómo el suelo comenzaba a temblar.

Con el aliento contenido, miró a su alrededor buscando algún lugar donde pudieran protegerse, percatándose de algunos extraños hoyos en el suelo.

Eran amplios y no muy profundos, pero podían cubrirlo si se agachaba; también eran regulares, más de lo que pensaba.

No tardaría en dilucidar lo que confirmaría de inmediato.

Huellas procedentes del mismo ser que provocaba los temblores. El mismo al que habían venido a buscar, al que habían venido a matar.

El risco se volteó por completo, y la roca seguía apuntando al más adelantado del rastro humano.

Sus párpados pétreos se abrieron, denotando unos pequeños hoyos llenos de un semilíquido plateado con un único punto azul metálico y sólido en el centro.

Señalaban a Vinadarian como una brújula señala el norte.

Dicho risco formaba solo su cuello, que estiraba hacia ellos empujando el resto del cuerpo, y su inconmensurable fuerza generaba las vibraciones en el suelo como mera consecuencia.

Los soldados aún no se atrevían a disparar, pero tampoco a abrir la boca. Esperaban que Vinadarian siguiera por sí mismo. Por suerte para ellos, eso hizo. Apabullado ante la majestuosidad de la criatura, caminó boquiabierto en busca de una vista más cercana.

—¿Qué estás haciendo? —gritó Jyon a su espalda—. ¡Es un geevar!

La base de la montaña palpitaba y se estiraba hacia delante. Parte de ella se desligó de su origen, el color grisáceo y árido de la roca y la tierra se intensificó en un naranja más claro y, así, el torso de la criatura dejó su contenedor.

Surgió entonces desde el corazón de la montaña un torso alargado y cilíndrico, irregular como una piedra; se sostenía encima de unas largas patas traseras que contrastaban con el resto de su cuerpo, pues tenían una tonalidad clara y grisácea.

Las delanteras eran mucho más pequeñas y lucían un color negruzco intenso como el azabache.

Su tamaño permitía a la criatura mantener el cuello cerca del suelo.

Se arrimó entonces a Vinadarian en un único y gigantesco paso.

En medio del estruendoso sonido, de las corrientes de viento y de las vibraciones bajo sus pies, el chico escuchó un grito coartado, agudo y fugaz. Se ahogó tan rápido que quiso creer que se lo había imaginado. O quizá no eran solo alimañas quienes residían en la primera montaña.

Hubo un breve silencio tras la tempestad. La cabeza de la criatura, del geevar, se adelantó hasta casi tocarlo, quedándose entonces inmóvil. Sus movimientos, magníficos y elegantes, hipnotizaban a quien tuviera la suerte de presenciarlo.

Extasiado ante su presencia, entre el miedo y la fascinación, el chico, aún maniatado, subió ambos brazos tratando de tocarla. El temor se apaciguaba conforme se acercaba a la criatura, que parecía invitarlo a hacerlo.

Podía ver ambos ojos a los costados de la roca devolviéndole la mirada en un gesto de curiosidad recíproca. Un calor reconfortante lo envolvió como un halago eterno y, sin embargo, escuchó el primer disparo.

La bala atravesó la roca como si no lo fuese. La sangre de plata emanaba de la criatura, que, aún impasible en busca del contacto del chico, se acercó un palmo más.

—¡Sal de ahí, idiota! ¡Vas a conseguir que te maten! —lo alertó Jyon, temblorosa pese a que ya había tomado su decisión. Quería ayudarlo, pero no iba a arriesgarse por él; contempló extrañada entonces cómo el chico inclinó la cabeza hasta tocar con su frente la de la impasible criatura.

La avalancha de balas no se detenía a pesar de la mutua quietud de bestia y hombre.

La marca de las palabras de su padre se hacía patente en sus pensamientos; de ninguna forma podía considerar que dejarlos morir era lo correcto.

Apretó los puños y se dejó llevar en contra de sí misma, esprintó hasta tomarlo del brazo, percatándose entonces del rastro de lágrimas en el rostro de Vinadarian, aun manteniendo una plácida sonrisa.

«Se ha vuelto loco», pensó ella dando un fuerte tirón.

La conciencia del joven había desaparecido.

Sentía un torbellino entrelazando su ser con el de la criatura, percibía con sentidos que no poseía, traducía idiomas imposibles de entender, sentía su miedo, su curiosidad, su amor…

Notaba la silueta de un huevo dentro del corazón de la pequeña montaña a su lado; su cría.

Percibía el aire entre sus grietas, los pasos de gigantes y de microbios. El desgastador frío de la noche y la satisfacción de contemplar el amanecer. El ruido de las balas, los gritos aterrados.

El temor a defenderse. Podía comprenderlo; la criatura se comunicaba con solvencia: prefería morir que arriesgar la vida de su cría.

Dos personas corrían, escalaban por un lado con cuidado de no ser vistos. Mentaban su nombre.

Portaban bolsas con comida, conversaban, discutían mucho, pero ambos se alegraron al verlo. Podía escuchar algunas de sus discusiones.

—¡Cuidado con esa roca! ¿No ves que le haces daño? ¡La despeinas! —gruñó Minaryan agarrando una pequeña piedra que se había desplazado con un simple paso.

—Deja de decir tonterías y concéntrate, necesito tu ayuda para salvar a tu hermano —respondió Kargu, molesto.

—¡Bueno, vale, pero no por eso tienes que pegar palizas a bebés! —con­testó Minaryan, aún más molesto.

—¿Pero qué estás diciendo? —respondió Kargu.

—¡Lo que oyes! Compórtate, que ya eres mayorcito —sentenció Minaryan.

Kargu había pasado las noches despierto, contemplando con atención el campamento en la lejanía, observando los patrones de los guardias, su eficiencia al cambiar turnos, su profesionalidad, dónde guardaban las armas, la comida…

A pesar de la distancia, su análisis de las distintas personas que componían y controlaban el área de seguridad del campamento era riguroso.

Discutían planes de cómo sacarlo de allí, algunos mejores que otros, pero al final los dos aprendieron algo del otro.

Sentía la ternura que procesaba el geevar al verlos, profesaba un cariño inédito pese al poco tiempo transcurrido, un sentimiento cercano similar al lazo entre una mascota y su dueño.

—Si vuelvo con Guan-Guan mientras vigilas, juntos haremos un supertúnel hasta la tienda de Vina y nos iremos sin que nadie nos vea —dijo Minaryan.

—Si conseguimos robar una de las armas, podríamos tomar a uno de esos críos como rehén para obligarlos a que lo suelten…

—respondió Kargu. Algo llamó su atención al terminar de decirlo.

Uno de los niños se estaba separando del grupo, se escondía entre las tiendas de campaña y caminaba en dirección a Vinadarian.

Llevaba algo entre las manos, entraba y salía en un parpadeo, y con rapidez volvía con el resto del grupo antes de que pudieran percatarse.

—Pero si hacemos eso van a saber que queremos sacar a Vina… —con­testó Minaryan. Kargu se sorprendió al escucharlo.

—¿A qué te refieres?

—Pues que, si lo saben, es peor para nosotros, ¿no? Si no lo conseguimos…, puede pasar algo muy malo y me da mucho miedo.

—¿Así que prefieres un túnel gigante?

— Chi —contestó Minaryan con aún más seriedad.

Kargu se quedó callado unos segundos, manteniéndole la mirada hasta asentir con la cabeza, convencido.

—Quizá… Sí, quizá tengas razón —respondió obnubilado por la lógica del pequeño—. Pensaré otra cosa, pero deja de incordiar y mantente en silencio.

Minaryan sonrió de oreja a oreja.

—Eso siempre.

Llegaba la mañana, a punto de rozar el presente. Podía verse a sí mismo desde los ojos de la criatura, que, curiosa y protectora, también observaba con disimulo a sus dos amigos.

—La niña… ¿los está siguiendo? ¿Cómo es que no se dan cuenta?

—¿Ese es Vina? ¿Al que están llevando a rastras?

—Sí… ¿Conoces a la chica a su lado?

—Ni idea. ¿Seguro que no te lo estás inventando? Yo no veo nada.

—Has reconocido a tu hermano. La diferencia es que yo tengo más experiencia, pero tienes buenos ojos.

—¿Y qué vamos a hacer? Tenemos que sacarlo de ahí.

—Tú, quedarte aquí. No te muevas.

Kargu bajó por la ladera, pero Minaryan no tardaría en seguirlo pese a su orden.

El pensamiento de la criatura se formuló en la cabeza de Vinadarian claro como el agua; el profundo vínculo que sentía hacia ella le hacía escuchar con una atención inédita, preparado para cumplir cualquiera que fuera la que sabía que sería su última petición.

Con ambos corazones latiendo como uno solo, sentía cómo se apagaba rápidamente pese a su fuerza.

Vinadarian respondió a la criatura. «Por favor, sálvalos.

No puedo dejar que los vean. No puedo permitirme perderlos».

La silueta del huevo se hundía en el corazón de la montaña justo antes de romper la conexión, aún era parte de ella, aún no había formado el vínculo. «Prometo protegerlo». Una súplica cruzada. Una promesa recíproca.