Rinaryan: La huella de un fantasma 4. Escoria #2
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4. Escoria #2

—Cuando llegó la explosión, mi hermana pequeña se abalanzó sobre mí.

Mi padre estaba en casa, fregando los platos, y nosotras jugábamos fuera, en el jardín.

Desperté en este campamento esa misma noche, pero ella retomó la conciencia antes que yo.

Para cuando pude verla, estaba bajo la luz de la hoguera, un tipo se aguantaba la risa y le ofrecía unas bayas que tenía en la palma de la mano.

—Ella apretó el puño y desvió la vista a la entrada de la tienda—.

En ese momento ya me moría de ganas de arrearle.

Ni a ella ni a mí nos dan miedo los grandullones.

Ella se negó. Dijo que no aceptaba nada de desconocidos, que no podía fiarse de él.

Que estaba esperando que yo despertara para comer conmigo…

El mal parido la abofeteó delante de todos.

Le salía la sangre a chorros, escuché cómo mentaba el nombre de mi padre antes de desmayarse por el dolor.

—Soltó un suspiro y enderezó la vista al terminar la última palabra.

Se fijó en la expresión de Vinadarian, que levantaba las cejas y tensaba el rostro con preocupación.

»Empezaron los gritos —dijo ella negando con la cabeza—.

Obviamente, no le pareció bien a todo el mundo.

Se acercaban a reprenderlo, a socorrer a mi hermana.

—Hizo una breve pausa, apretó los labios y miró de reojo la entrada—.

Yo salí corriendo en medio del caos, agarré uno de los fusiles de los soldados y me adentré entre la multitud, apartando a todos hasta llegar a él.

—Tras un nuevo silencio, soltó un suspiro y devolvió la mirada a Vinadarian.

La observaba tan pasmado como atento, con los ojos abiertos como platos y la respiración entrecortada—.

Cuando lo tuve a tiro, estaba tan cerca que no tuve que apuntar mucho.

Me pudo la rabia y apreté el gatillo mientras levantaba esa cosa, pero resulta que tenía un retroceso de mil demonios, así que se descontroló; no maté a nadie de milagro.

Aunque le dejé la pierna como un queso —dijo con una fugaz carcajada nasal—.

Y bueno, aquí estamos. Supongo que puedes imaginarte el resto.

—¿Tu hermana está bien?

—Sí. Una chica cuida de ella al otro lado del campamento.

Viene de vez en cuando, algunos guardias la dejan colarse a hablar conmigo.

Algunas veces se las apaña para entrar sin ser vista y traerme algo de comida.

Dices que toda esta locura es una nueva oportunidad para dejar de ser tú, ¿no?

Yo nunca podré dejar de ser escoria. Incluso cuando más se espera de mí, tengo a mi hermana pequeña preocupada, cuidándome. ¿Se puede ser más patética que eso?

—No creo que ella dijera lo mismo.

—Mi padre siempre hablaba de lo importante que es hacer lo correcto, pero nunca he sabido reconocerlo.

¿Estuvo bien eso? ¿Habría estado bien que le hubiese dejado hacer lo que le viniera en gana?

—Conforme hablaba, apartaba la mirada unos instantes y volvía a enderezarla con curiosidad.

Vinadarian suspiró al terminar de oírla.

—Espero que sea una pregunta retórica, porque no tengo valor a contestar algo así.

Ella soltó una carcajada.

—Él diría algo como «lo correcto va más allá de la lógica, viene del corazón».

—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Vinadarian con una sonrisa de oreja a oreja.

—No lo sé. Es un idiota —respondió con una sonrisa recíproca.

—Te comprendo… Esos son los peores —sentenció él. Ambos rieron, y ella terminaría apartando la vista. Su sonrisa se diluyó y tragó saliva antes de continuar.

—Mi corazón me pedía acabar con él —dijo conteniendo las lágrimas y perdiendo por completo la expresión de alegría.

—Pero no lo hiciste. Quizá en el fondo sabías que era lo correcto.

—¿Y tú? ¿Por qué lo hiciste si no lo merecía?

—Creí que al salir de ahí dejaría de sentirme miserable. Que marcaría la diferencia, que era mi única salida.

—¿Funcionó?

Vinadarian se tumbó en el suelo, boca arriba, mirando al techo. Ella estaba sentada frente a él, expectante de su respuesta.

—Todavía lo estoy comprobando. Aunque, si te soy sincero, aún no ha funcionado, sigo siendo el mismo.

Pero quiero seguir intentándolo hasta ser alguien mejor, dejar de ser la escoria que todo el mundo ve cuando me mira.

Prometí a mi único amigo que lo encontraría.

Han pasado dos meses desde entonces y aún no tengo ninguna noticia sobre él.

—No creo que seas escoria. Quizá has cambiado un poquito. Aunque no puedo estar segura, es la primera vez que hablamos.

—Con suerte, no la última —espetó Vinadarian con una sonrisa burlona—. Ahora los dos tenemos a alguien a quien preguntar con sinceridad.

—Si no has tenido la valentía de responderme antes, no te vas a atrever a decirme algo así.

—Bueno, creo que tú sí me lo dirías. No te andas con rodeos, precisamente. ¿Cómo te llamas?

—Jyon. ¿Y tú? No mencionaron tu nombre.

—Soy Vinadarian —respondió ofreciendo su puño izquierdo.

Jyon estaba a punto de devolverle el gesto cuando escucharon el último paso de alguien más entrando en la tienda.

Vislumbraron la silueta de un hombre alto y musculado cuya media melena ondeó al adentrarse.

Miró a ambos sin decir nada un instante, con la cabeza alta y la mirada baja.

No se contenía al arrugar la nariz, asqueado. Su desprecio era patente.

—Levantad. Tenéis trabajo. —Tomó a Jyon del codo y tiró de ella con tal fuerza que la hizo chocar de bruces con su pecho.

Vinadarian se levantó encolerizado y lo agarró de la muñeca.

—¿Qué crees que estás haciendo? ¿No os basta con denigrarnos aquí tirados, también tienes que maltratarla así?

—No te atrevas a levantarme el tono, asesino.

—¿O qué? —respondió Jyon con una carcajada burlesca y la sangre de la nariz llegándole hasta el labio superior—. ¿Nos enviaréis a la segunda división de adolescentes a que os hagan el trabajo? Putos cobardes.

El hombre tomó del brazo a Vinadarian y tiró de él hasta sacarlo de la tienda. Tres hombres armados le apuntaban listos para el fusilamiento.

Se acercó a Jyon y le abrió los párpados con el índice y el pulgar, revisando bien sus ojos durante un momento; le dio un golpecito en la mandíbula y dio un paso hacia atrás. Ella tenía los puños apretados y mantuvo el contacto directo sin retroceder ni un ápice; no se dejaría amedrentar.

Acto seguido, el hombre le propinó un potente puñetazo en el estómago que casi le hizo perder la consciencia. La lanzó después junto a Vinadarian, le pisó la cabeza a él y ordenó que los maniataran.

Vinadarian trató de reincorporarse, pero el hombre le propinó un pisotón en la nuca que alteró sus sentidos.

No hubo más resistencia. Atados de pies y manos, Jyon pudo levantarse con mucha dificultad antes de echar a andar tras de los guardias, sin saber por qué o a dónde. Tiraban con fuerza de la cuerda que le ataba las manos para obligarla a acelerar.

Su cabeza se balanceaba. Mareada, contemplaba al caminar la silueta de Vinadarian siendo arrastrado por el suelo, incapaz de erguirse o siquiera de formular palabra, con un lado del rostro chocando con la tierra.

Él a duras penas podía ver las montañas a las que los acercaban, una pequeña cordillera al norte que no le había pasado desapercibida el día que llegó.

Humillado y conmocionado, aunaba fuerzas para ponerse en pie, adelantaba la pisada en un acto fútil que Jyon miraba con pesar.

Jadeaba antes de repetirlo e incluso emitía un pequeño gruñido por el esfuerzo que le requería.

Reconocía muy bien los murmullos a su alrededor al hacerlo, las risas, la humillación.

Apretó los dientes y volvió a intentarlo.

—Levanta —dejó escapar ella, sin tener muy claro si era un deseo o una orden.

Él aún tomaba aire para recuperarse. Frunció el ceño. Su mente ya comenzaba a despejarse, parecía haberse rendido cuando ella levantó la voz.

—¡Levanta! —dijo con furia contenida y la respiración agitada. Se veía reflejada en su actuar, la eterna lucha sin recompensa, sin signo de la más mínima victoria. Humillación tras humillación, hiciese cuanto hiciese.

Vinadarian hincó los codos contra la tierra, que ahora era mucho más reseca y dura pese a la reciente lluvia; levantó el torso, se esforzó por patalear. La primera pisada se deslizó, pero pudo estabilizarse al lanzarse hacia delante con la segunda, pudiendo erguirse y ponerse en pie.

El murmullo se cortó de golpe. Volvía a ser la amenaza de la que habían oído hablar. El tan mencionado asesino.

Miró a Jyon de reojo, que devolvió una fugaz sonrisa, pues no tardaría en diluirse la más minúscula de las victorias al sentir la boca de un arma de fuego contra sus espaldas.

Al frente, a no menos de ciento cincuenta metros, nacían las dos primeras montañas de una cordillera que se extendía por el noreste, más allá de lo que sus ojos podían ver. Su altura se incrementaba a lo lejos, las últimas incluso subían por encima de las nubes.

Apenas algunos pequeños arbustos y árboles habían sobrevivido a la sequedad de la tierra en la segunda montaña, la más grande de las dos. Su pico concluía en una pequeña planicie. Aún se podían percibir fugaces rastros y sombras de los movimientos de alimañas huyendo.

La superficie de la primera montaña estaba mucho más viva. Era increíble observar la abundancia de flores y árboles y un verdor propio de la más radiante primavera, incluso pese a la sequedad térrea, pues el suelo circundante era marchito y yermo.

El corazón de Vinadarian palpitaba inquieto.

Se habían detenido ahí mismo, pero nada parecía indicar peligro alguno o razón suficiente para haberlos llevado tan lejos.

Sospechó de inmediato que pudiera tratarse de una ejecución donde no pudiera escucharse nada.

Apalearlos para llevárselos sin llamar demasiado la atención parecía una buena idea, aunque en un breve vistazo ya contaba más de veinte o treinta personas; demasiadas para ejecutar a dos críos.