Rinaryan: La huella de un fantasma 4. Escoria
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4. Escoria

Al borde de la inconsciencia, los continuos zarandeos propinados por los soldados acomodándose su cuerpo sobre los hombros durante el trayecto le recordaban aquellos viajes en coche.

Un recuerdo manchado que le formó un nudo en la garganta.

Exhaló aire por la nariz, no se atrevía a abrir la boca.

Podía escuchar aún las reminiscencias de aquellas voces increpándolo por hacerlo.

Con los ojos entrecerrados, trató de ubicarse, pero el fulgor del sol de la mañana se reflejaba con intensidad en los charcos, impidiéndole ver nada e imperando que los cerrara de nuevo.

Lo más fácil hubiera sido dejarse llevar.

Por ellos, por él. ¿Qué iba a hacer? El calor en sus párpados a punto de cerrarse era un recordatorio constante de lo inútil que había sido pelear.

Quemaba, pero esta vez no era el sol, sino una llama en su garganta. Abrió la boca y la dejó escapar, un suspiro liberador. No cerraría los ojos. No cedería a sí mismo.

Retuvo las náuseas e ignoró el dolor. A punto de saborear la victoria, un último resquicio de luz le recordó que no tenía derecho a control alguno y cerró por fin los ojos en la más minúscula de las derrotas.

«¿Qué es diferente?», se preguntó cuando llegó la sombra.

Los volvió a abrir de golpe poco antes de sentir cómo lo lanzaban con fuerza contra el suelo.

La tierra, mojada y fría, apenas tenía unas pequeñas briznas de hierba aplastadas alrededor del joven.

Trató de levantar una con los dedos, aún tumbado boca abajo, pero no pudo.

Soltó una ligera carcajada al contemplarse haciendo algo tan fútil e innecesario, el cansancio le estaba pasando factura.

Miró la meseta frente a él. Una cadena montañas se extendía hacia el horizonte en la lejanía.

Las voces de los soldados temblaron al referirse a él.

—¿Estás segura? —espetó uno.

—Dile que se dé la vuelta —contestó otro.

—Te escucho —susurró Vinadarian—. No tiene que decírmelo nadie.

Abrió las manos y empujó el mundo bajo él. El barro en su espalda, el agua en su pecho… Era distinto, tanto que podía sonreír sin miedo, levantarse sin recelo.

La cabeza aún le daba vueltas y al enderezar la vista tardó en creer lo que estaba viendo, lo que volvía a ver: era ella, no cabía duda.

Una mujer de su edad, de pelo liso y castaño, cuidado, resplandeciente y bien peinado; su piel era tersa y oscura, contrastando con sus hermosos ojos azules.

La única diferencia era el cansancio en su mirada.

Estaba agotada, podía notarlo a pesar de todo. Hubo un solo día en el que pudo verla asustada, el último. Hizo el mismo gesto que entonces, llevarse las manos a la boca y retroceder un par de pasos con un leve chillido.

El joven sintió una punzada en el pecho, una nueva llama que le quemaba las entrañas. El recuerdo de su amigo, de su promesa, de sus demonios. Se forzó a mantener la sonrisa al preguntarle. Sabía que ella permaneció en aquel lugar tiempo después de su partida.

—¿Dónde está Jinner?

La mujer chilló aterrada.

—Es él. El asesino que acabó con uno de los guardias y se fugó de Praesidium, de las tres hermanas. ¡Es peligroso, no debe estar aquí!

Dejó escapar una sutil risotada al escucharla. Trató de avanzar, pero lo detuvo el soldado tras él.

—Está cerca, ¿verdad? —Vinadarian desvió la mirada con la fútil esperanza de verlo entre ellos. Amordazado o encadenado, le era indiferente; volverían a salir de esta juntos.

En su lugar contempló todo un asentamiento construido a lo largo y ancho de un descampado en la meseta. Cientos de personas rodeadas de soldados armados. Ni siquiera le prestaban atención, parecían haberse acostumbrado a estas situaciones.

Andaban en fila hasta las ollas, donde se repartían raciones de carne gruesa y dura, verduras y pan. Una ración cada tres personas. Había cajas apiladas tras la tienda más grande del campamento de donde sacaban los suministros. Pese a la multitud, apenas se podían escuchar murmullos a lo lejos.

Vinadarian reconocía muy bien ese tipo de silencio, las miradas de soslayo, las bocas entrecerradas que apretaban los labios cuando escondían lo que tuvieran que decir; miedo, miedo encapuchado bajo la premisa de la seguridad. No era nada nuevo.

Miraba más allá de lo que sus ojos alcanzaban, recordando las paredes blancas, los largos pasillos y los comentarios indiscretos, cómo lo llevaban de la mano, cómo lo empujaban, el murmullo que antaño se formaba a su paso, cómo recogía la comida sin intención de comerla, cómo evitaba cruzar la vista con cualquiera.

Agitó la cabeza. Se suplicaba a sí mismo no tener que volver a verlo, a sentirlo, en el momento en que recibió un contundente golpe en la nuca.

Se habría reído de haber podido. Tras tanta lucha, volvía al punto de partida.

Nada hubiese cambiado si se hubiera rendido. Tampoco era nada nuevo.

Despertó boca arriba. Podía ver la tela azulada de una tienda de campaña sobre él, tan gruesa que opacaba los rayos del sol, pero la cremallera de la entrada estaba abierta.

Resopló con la nariz y levantó el puño, golpeando el suelo acto seguido.

La tela de la tienda no cubría el suelo de tierra.

Fue un golpe seco y muy contundente, hasta el punto de hacerse algo de daño inesperado.

—¡Eh! ¡No muevas un pelo! —No era la voz de un guardia, era más juvenil y algo grave pese a ser femenina—. Pensé que, con un poco de suerte, no despertarías hasta que me hubiera largado. O que habrías muerto.

—Bien. No sé quién eres, pero ya somos dos. ¿Qué tal si mantienes la boquita cerrada y que cada uno siga su camino? —respondió Vinadarian sin siquiera pestañear.

—¡Me encantaría! De verdad que sí, pocas cosas me generan menos interés que hablar contigo.

Por eso mismo necesito saberlo bien. Con todo eso de tu fuga de Praesidium, ¿a cuántos mataste?

—preguntó. El joven se volteó y la miró.

Era una chica de su edad, tan solo un par de centímetros más baja que él.

Tenía los labios finos, la nariz pequeña y respingona.

La intensidad de su agresiva mirada se intensificaba debido a la mayor de sus extrañezas: los ojos amarillos, un tono debilitado y cálido que contrastaba con su pelo rojo y desarrapado mucho más intenso.

Notó cómo apretaba los dientes y tomaba aire despacio por la nariz para calmarse.

Clavaba su mirada en él y analizaba cada pequeño movimiento suyo.

Verla tan preocupada a pesar de la arrogancia que cargaba sus palabras le hizo soltar una ligera carcajada. Se limpió la tierra de la mano derecha contra su camiseta en silencio. Ella retrocedió y él enderezó la postura hasta sentarse con las piernas cruzadas, manteniéndole la mirada.

Escuchaba bullicio alrededor, así que bajó el tono, era probable que los estuvieran escuchando.

—¿Cuántos crees? —susurró con fingida seriedad, inclinando el cuerpo hacia delante.

—Hay quien dice que fueron dos. Pero también tres, y cinco. ¿Tú cuantos contaste? —respondió ella con vehemencia.

—Depende. ¿Las embarazadas cuentan doble? —Se le dibujó una sonrisa contenida al terminar de decirlo. Ella, lejos de asustarse, no pudo evitar reírse al escucharlo.

—Solo si ya habían decidido el nombre del bebé.

Ambos rieron un rato, hasta que las carcajadas se diluyeron en el rostro del chico, que se quedó en silencio.

—En realidad, fue solo uno. —Se llevó la mano al corazón, sentía como volvía a palpitar con el frenesí de aquel día.

—Así que es cierto… —contestó ella, levantándose de golpe. Le tembló la voz al preguntar—: ¿L-lo merecía?

Un silencio asfixiante abrió de nuevo la barrera entre los dos.

—No —contestó Vinadarian, enterrando la mirada.

—¿De qué escapabas? Creía que Praesidium era solo para los mejores. Los guardias estaban para amedrentar a las otras dos hermanas y su séquito de flipados y drogadictos. ¿Por qué matar uno?

—No sabes de lo que hablas. Parece ser que la ciencia es una excusa muy buena para hacer lo que se te venga en gana con despojos como yo.

Ella volvió a carcajearse.

—Entonces, ¿te escapas de la organización más admirada del planeta y acabas secuestrado por una panda de tarugos en medio de la nada? Si no fuera porque te han metido aquí por eso, pensaría que te lo estás inventando.

—Eso parece. Parece que evitar que me secuestren no es mi fuerte —res­pondió él, sonriendo de medio lado.

Ella volvió a sentarse y suspiró antes de responder.

—Las fugas, en cambio… —sentenció ella. Ambos soltaron fugaces carcajadas—. Oye. Y todo esto…, ¿cómo fue para ti?

—¿El qué? —preguntó él con resquemor.

—Cálmate. Me refiero al fin, todo lo que pasó cuando llegó esa onda de luz, esa explosión. ¿Pudiste verla?

—Sí. Lo vi todo. Fue… extraño.

—¿Seguro? A todos los demás nos pareció de lo más normal —bromeó ella.

—Fue rápido y doloroso, agobiante, frenético y aterrador. Pero siento que, en cierta forma, me está dando una oportunidad.

—¿Oportunidad de qué? Mira a tu alrededor, hay poco que puedas hacer aquí.

—De dejar de ser yo. De ser escoria.

—No quiero alarmarte, pero vas por mal camino. Estás solo y probablemente mueras pronto.

—No moriré pronto. Y no estoy solo —sentenció.

—Yo tampoco estoy sola, pero ellos lo creen así.

Aquí somos los modelos de prueba, por eso no podemos salir de la tienda, nos quieren bien controlados.

Ratoncitos de laboratorio que muerden lo que nos pidan para ver si está envenenado, es comestible o estalla.

Nos acercan a los geevars para comprobar si son o no peligrosos…

Lo normal es palmarla en un par de días, por eso utilizan a gente solitaria.

Así servimos para algo más que para quitarles sus preciados recursos.

—¿Y cómo es que has acabado aquí?