3. Perspectiva #3
En su enfado, había filtrado por completo un sonido importante, un pitido repetitivo que indicaba una cuenta atrás.
Dando un brinco, trató de salir tras sus amigos cuando el hueco que había dejado la tapa de alcantarilla reventó, triplicando su tamaño y dejando caer algunos escombros a ambos lados del túnel.
Recostado en el suelo, Vinadarian estaba junto a los otros, pero aún quedaban unos metros hasta darles esquinazo, por lo que debían mantener el sigilo para no atraerlos.
Con cuidado, lo ayudaron a levantarse mientras uno de los hombres se zambullía en el túnel.
Por suerte, miró primero hacia el otro lado. Sorprendido, se acercó a tocarlo.
—Mira esto —dijo aquel hombre. Apenas podían distinguir su silueta con el chorro de luz, solo discernieron que era alto e iba armado con un fusil—. Es redondeado, esférico, no es una mera línea recta… Esto es como si hubieran hinchado algo desde dentro de la roca…
—Eres un rarito —respondió el segundo—. ¿Está el bicho ahí o no?
—No. El explosivo lo habría alertado y me habría dado cuenta. Debe estar mucho más profundo.
—Lo que tú digas. ¿Eso significa que nos vamos?
—Supongo que sí —dijo volteándose. Miraba en dirección a los chicos, pero su atención residía arriba. La mano de su compañero estaba tendida para ayudarlo a salir.
—Puedo hacerlo solo.
—Rarito.
El primero se carcajeó con complicidad. La respiración contenida de los jóvenes estaba a punto de cortarse y exhalar un conjunto suspiro de alivio cuando, de pronto, un ruido, el ruido, una vibración, esa vibración. Todo en su dirección.
Los ojos entrechocaron y la orden de Vinadarian fue inmediata, empujando con las yemas de los dedos a Minaryan para, acto seguido, tratar de levantarse.
—Llévatelo —le dijo a Kargu, que asintió.
Aterrado y nervioso, Minaryan guio a Kargu entre los túneles en silencio mirando hacia atrás, incapaz de volverse a ayudar aunque todo su cuerpo le gritara hacerlo.
Vinadarian fue detrás, apenas unos segundos después, pero lo suficiente como para perder la vista al soldado durante un instante. Por desgracia, también como para hacerlo de su gente.
Desconcertado, trató de tomar el mismo camino que a duras penas recordaba mientras notaba cómo el desconocido se acercaba a toda velocidad.
La línea de túneles daba a seis direcciones.
Recordaba haber subido por la derecha, por lo que al bajar debería ser la izquierda.
La obviedad se hizo patente en su pensamiento.
Si seguía la dirección correcta, llevaría al enemigo hacia allí, por lo que tomar la equivocada a propósito los distraería lo suficiente como para asegurar la supervivencia.
Quizá incluso podría perderlos… Tomó la derecha.
La rampa era mucho más empinada que por donde había ido en primer lugar.
Se dejó caer tratando de mantener el equilibrio, pisando con cuidado una y otra vez hasta que tropezó y cayó rodando de costado.
Sus ojos se empaparon de lágrimas. «Sigo siendo el mismo imbécil», pensó al levantarse.
Los pasos tras él se aceleraban.
—¡Chico! ¿Puedes oírme? No pretendo hacerte nada malo. La locura se acabó, solo quiero llevarte a un lugar seguro.
Pudo escucharlo alto y claro, tanto como tenía por seguro que era mentira. Nadie que pudiera defender a esa mujer querría llevarlo jamás a un lugar seguro. No a él y menos aún ahora.
Salió todo lo rápido que pudo. El túnel era muy corto hasta el final, aunque otro partía hacia el lado opuesto.
Por desgracia, reconoció de inmediato su entorno.
Estaba en esas dichosas escaleras. Arriba, Kargu y Minaryan observaban impacientes para ayudarlo, pero él negó con la cabeza.
«FUERA», gesticuló con la boca. Caminó hacia ellos y, al mirar hacia atrás con el rabillo del ojo, tropezó con otro de los agujeros.
Se las apañó para echarse a un lado y levantarse rápidamente, intervalo en que, de nuevo, se escuchó un sonido.
Un golpecito repetitivo muy cerca de él, lo bastante claro como para reconocer una llamada de atención.
Justo bajo el agujero, la gravilla y el polvo aún se movían.
No cabía duda de que se trataba de la criatura a la que su hermano llamaba amigo, lo que le hizo dudar de si utilizarlo como una última distracción, pero decidió huir sin que se percataran de ella.
No la salvaría, pero tampoco la usaría de carnada.
El suelo vibró y el sonido se acrecentó. Vinadarian se zarandeó y cayó de nuevo. Se golpeó en la barbilla, lo que lo dejó entumecido y su cuerpo se deslizó sin control hacia el agujero, poniéndose en línea junto a la criatura.
—¡Mierda! —gritó el hombre al llegar a ver a ambos—. Tenía razón, ¡es una de esas!
Y el suelo dejó de vibrar, aunque un nuevo sonido se alzó, alertando a quien no debía ser alertada. El gatillo dio lugar a la luz, y la luz se impuso tal y como siempre ha hecho.
Trye siguió el estruendo, preparada para luchar. El brillo en sus ojos desvelaba la aún latente preocupación por su antiguo allegado, y se presentó extenuada con un arma blanca como única defensa ante los soldados.
Los proyectiles desfilaban uno tras otro, sirvientes de un temor imaginario y víctimas de lo desconocido. La criatura ni siquiera trató de defenderse; tan solo puso la pata contra la pared y golpeó con suavidad, aunque ya no se oía.
Desde arriba, un grito fluyó en un cauce catastrófico. Dicen que todo lo que puede salir mal saldrá mal, y la última bala en el cargador chocó con la última cuchilla de la banda de Oricalco.
El reguero de sangre de los tres supuraba desde la acumulación de sus cuerpos, todos muy próximos entre sí.
Los ojos de Vinadarian se cerraban despacio, pero no fue la oscuridad de sus párpados lo que le nubló la vista, sino las opacas lágrimas que centelleaban el más terrible de los destinos, uno que no quiso creer hasta verse así. Solo. De nuevo.
Una voz. El segundo.
—Qué puto desastre. Bueno, supongo que tú valdrás.
Vinadarian mantuvo la consciencia al escucharlo. Su cuerpo hervía y su mente se afiló como el cuchillo de la mujer cuya muerte acababa de presenciar.
Recogido como una bolsa de basura, lloró y lloró, empapando de agua el charco rojo sin emitir sonido alguno.
Siguió y siguió hasta quedarse seco, hasta que escuchó ese sonido.
Subió ese escalón. Vio ese rostro. Esas caras.
En la altura, Minaryan y Kargu se asomaban, vigilando a dónde se lo llevaban.
Quizá había algo distinto esta vez.
Quizá no.