3. Perspectiva #2
La pericia y la experiencia de las horas de exploración se hicieron notar; se deslizó con gracilidad entre túneles cual gigantesco y laberíntico tobogán, dejándose llevar por la gravedad y la inercia hasta caer en seco y salir pitando para saltar a sus brazos desde la profunda oscuridad.
Vinadarian, que observaba en silencio el agujero y se planteaba muy seriamente cómo lo habría hecho su hermano, se sobresaltó al notar el rápido movimiento de su silueta, cayéndose al suelo y recibiendo el golpe no intencionado de su hermano en la cabeza.
—¡¡Por fin!! —gritó entusiasmado el hermano menor.
Vinadarian, de inmediato, rechistó mandándole callar.
—Mina, mantén el tono de voz como el mío —dijo en un controlado susurro.
—Jolín, ¡es que estoy emocionado!
La voz de Kargu se escuchó desde el piso de abajo.
—Contrólate, chico. Haz caso a tu hermano.
Minaryan arrugó la nariz, molesto, y miró en su dirección.
—Lo que usted diga, señor. Perdón —respondió, planificando y forjando una traviesa sonrisa de oreja a oreja al volverse hacia su hermano.
—¿Puedo enseñarte una cosa superguay? —susurró, como si fuera parte de un castigo divino que Kargu no pudiera escucharlo.
—Depende —respondió Vinadarian tan estoico como pudo—. ¿Qué probabilidades hay de que nos termines matando a todos?
— Trente . ¿Eso es una posibilidad? —dijo Minaryan apretando los labios con los ojos a punto de cerrarse en gesto orgulloso, asintiendo con la cabeza.
Kargu se levantó y comenzó a subir los escalones despacio, tapándose con la palma de la mano el origen del dolor de sus costillas.
—¿Cómo has hecho estos agujeros, Mina? ¿Cuánto tiempo llevamos dormidos? —preguntó Vinadarian ante la risa de su hermano.
—No lo he hecho yo, aunque he ayudado. Mucho. Bueno, casi se podría decir que he necesitado ayuda y sí los he hecho yo —dijo alzando el tono, tratando de impresionarlos.
—¿Y quién te ha ayudado? —preguntó Vinadarian, impacientándose.
—No lo conoces, es un amigo muy ocupado.
—Si ha podido llegar aquí con la vigía de Trye, tu amigo debe ser bueno en lo que hace —dijo Kargu.
—Es mentira —respondió Vinadarian.
—No —dijo Minaryan esbozando de nuevo su sonrisa—. Se llama Guan-Guan.
—¿Es imaginario? —preguntó Vinadarian.
—No —contestó tras una leve risita—. Si me dejas enseñártelo, te lo cuento todo.
—Mina, deja de hacer el tonto. Esto es serio —respondió Vinadarian.
El niño se levantó y se adentró en el agujero.
—¡Lo sé, es muy serio! Mira.
Vinadarian y Kargu tenían que encorvarse para entrar, pero el suelo se mantenía firme y del techo apenas caía algo de polvo, muy despacio, agitándose al acercarse.
Las paredes tenían algunas ondulaciones sospechosas, pero eran casi tan lisas como el suelo, el paso era tan sencillo como caminar en la misma acera de la calle. El fuerte olor se hacía patente conforme caminaban hacia delante, siguiendo la silueta del pequeño.
Sorprendidos ante la longitud del agujero, la intriga sería aún mayor al comprobar la conexión entre túneles. El palpitar de sus corazones se acrecentó sobremanera al darse cuenta de que estaban en algo similar a una madriguera.
—¿Y cómo era tu amigo, Mina? —preguntó Vinadarian, nervioso, en un susurro.
—¿Qué? —contestó su hermano en voz alta—. Ah, pues era un poco rarito, la verdad. Pero un buen tipo.
—¿Era una persona? —respondió aliviado. En poco tiempo formuló en su cabeza una solución a todo lo que había ocurrido.
Alguien, preocupado por ellos, les ofreció su ayuda con un sistema de túneles que había diseñado en medio de toda esta locura para salvarse de lo que había ahí fuera.
Conoció a Minaryan y le pidió que cuando despertaran sus amigos, lo contactara de nuevo.
Todo listo, problema solucionado, incertidumbre resuelta.
—No —respondió Minaryan, desmontando en un instante todo lo planteado.
—¿No? —Vinadarian no contuvo su tono esta vez, retumbando y rebotando su voz por las paredes como una pelota contra una raqueta.
Kargu se llevó el dedo a la boca ordenando silencio. Vinadarian respondió de inmediato, esta vez sí en el susurro más leve que pudo.
—Sí, ya. Ojalá hubieras sido tan listo antes de entrar aquí.
Minaryan retrocedió hasta ellos.
—¿Qué pasa? ¿Por qué habláis tan bajito? —preguntó con inocencia.
—Mina, vámonos ahora mismo. Aquí no estamos seguros —respondió Vinadarian con rotundidad, agarrándolo del brazo.
—¡Espera! Todavía no has visto lo mejor… —dijo, zafándose del agarre de su hermano con facilidad.
—¡No quiero ver lo mejor! Ya ha sido más que suficiente.
—Minaryan, ya basta. Esto es peligroso —dijo Kargu.
—¿Peli… qué? ¡Que no, Guan-Guan es inormanselgo ! —respondió arrugando la nariz con cierto grado de condescendencia.
—¿Qué? —preguntó Kargu volteándose hacia Vinadarian.
—Inofensivo, creo —respondió este de inmediato—. ¿Estás seguro, Mina?
—¡Que sí! —dijo para volver a adelantarse en un pequeño esprint hacia delante, trepando unos pocos metros más una pequeña cuesta—. Es aquí mismo, ¡mira!
Los mayores se echaron una mirada cómplice.
Valdría más seguirle la corriente y volver lo antes posible que tratar de obligarlo a nada.
Siguiendo sus pasos, no tardaría en golpearles en los ojos la potente luz del sol, cegándolos unos segundos que les provocaron una leve sonrisa.
En breve pudieron observar con claridad de dónde venía: una simple y común tapa de alcantarilla.
El agua filtrada dejaba un enorme charco justo debajo.
—Igual podemos irnos por aquí, ¿no? Así la señora no nos reñirá más. Además…, ¡parece divertido! ¡Llego hasta yo! —dijo colgándose de las barras de un saltito.
La luz se tapó un instante después, y la oscuridad duró una réplica de ese tiempo. El sonido de un paso rápido chapoteando en el agua se detuvo enseguida.
Minaryan, entusiasmado, trató de saludar de un grito, pero Vinadarian le tapó la boca a tiempo, negando con la cabeza para indicarle que mantuviera silencio.
Una voz varonil y algo desgastada surgía de la superficie.
—Estoy seguro, he oído a alguien por aquí. Lleva toda la mañana observándonos.
—No. Ya basta, hemos comprobado hasta el último puñetero rincón. No queda nadie.
Vinadarian se giró hacia Kargu con el ceño fruncido, y este se quedó estoico. Se mantuvieron en silencio por si decían algo más. Con cuidado, Minaryan retiró los dedos y se soltó, salpicando agua y haciendo un leve y rápido ruido al caer.
Los tres se quedaron mirando hacia arriba con la esperanza de que no se hubieran dado cuenta. Kargu rodeó con el brazo a los dos hermanos, empujándolos contra la pared para evitar que los vieran al mirar desde la alcantarilla.
—Aquí hay algo raro. El fondo es muy hondo y ese sonido no era una simple gota cayendo. Igual hay otra de esas criaturas.
Una segunda voz, seca, descuidada y grave, más alta que la primera, se oyó a apenas unos metros.
—¿Otra? Joder, es el puñetero apocalipsis. No sé cómo puedes defender nada de lo que está pasando —dijo.
—¿La hermana mediana? Habría que estar ciego para desconfiar de ella —respondió el primero, con el tono propio de los que saben que tienen razón.
—¿Todavía no recuerdas su nombre? ¿Sabes toda su puta trayectoria, pero no como se llama? —dijo el otro en tono jocoso y molesto.
—Es extraño pero también irrelevante. Ya hemos discutido bastante. Venga, abre la tapa y déjame bajar —contestó extenuado.
—No pienso bajar ahí. Hemos hecho cosas asquerosas estos dos días, pero la alcantarilla es mi límite.
—Ya, ya. Venga, quita la tapa, que bajo yo solo.
Algo tocó el suelo, estaban dejando alguna clase de objeto pesado. Vinadarian, alarmado, habló a su hermano.
—En cuanto nos vea, cuenta hasta tres. Si no he dicho nada, corre por los túneles hasta perderlos. Kargu y yo nos las apañaremos.
Minaryan negó la cabeza y Vinadarian respondió apretando los labios y frunciendo el ceño con los ojos muy abiertos. No estaba abierto a discusión.
Una palanca atravesó las rendijas de la alcantarilla.
Apoyándose en el pie para hacer fuerza con su propio peso, el hombre tiró con un éxito tan rotundo como inmediato.
De pronto…, se hizo la luz. Una pequeña linterna alumbró el interior del túnel.
Por suerte, ellos estaban pegados a una pared y sortearon su atención.
—Sí. Esto no es obra humana. Definitivamente, es otra de esas criaturas —dijo el primero.
—Nos quedan veinte o treinta balas… Puede no ser suficiente —respondió el otro con desgana.
—Cualquier cantidad puede no ser suficiente. Venga, anda, ya voy yo, llorica. Aparta, que no quepo, hay que hacer el hueco un poco más grande.
—Vale… Pero sigo diciendo que yo no bajo.
—Di lo que quieras. Ni siquiera sé por qué te han asignado conmigo en primer lugar.
—Pues para que haya alguno con un poco de cabeza.
—Ya, por eso mismo crees que la misma persona antiviolencia y diplomática y el mayor genio jamás habido en la historia, esa que ha dominado todo campo y creado avances con los que ni siquiera podríamos soñar, ha condenado al ochenta por ciento de la raza a la que pertenece al exterminio en un destello de locura —replicó el primero.
—Te recuerdo que ella misma lo dijo. Si ya en sus últimas semanas se había vuelto medio loca con todo eso del ciclo de no sé qué y con que nos íbamos a morir todos —sentenció el segundo.
—No es una locura, y no dijo eso… Los que sois capaces de decir esas sandeces deberíais haber muerto los primeros. Has tenido suerte.
Vinadarian cerró el puño y mantuvo la atención hacia arriba, siendo incapaz de percibir que Kargu y Minaryan se habían alejado un par de metros de él durante la charla de los desconocidos.
—Vi —dejó escapar Minaryan, preocupado, para alertarlo.