Rinaryan: La huella de un fantasma 3. Perspectiva
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3. Perspectiva

La ignorancia, superpuesta al temor, es un enemigo cuyo reflejo es invisible; más aún cuando la luz brilla por su ausencia.

Los jóvenes, agotados, no tardarían en caer desmayados al poco de relajar, como pudieron, sus cuerpos respaldados en la fría pared de piedra.

Minaryan subía y bajaba las escaleras a pisotones tratando de regular su volumen.

Debía ser tan alto como para despertarlos sin que supieran que lo había hecho a propósito y tan bajo como para no molestar a la tenebrosa mujer que tan peligrosa advertencia les había hecho.

Un plan perfecto con una ejecución envidiable que, por desgracia para él, el único efecto que provocó fue que se cansara tanto que tuviera que sentarse también, observando a Kargu desde el piso de arriba.

El pequeño había decidido que el aburrimiento era su peor enemigo.

No sabía qué ocurría fuera ni tampoco le importaba demasiado ahora que estaba con su hermano.

Bueno, al menos lo estaría cuando se despertara, por lo que decidió esperar.

No duró mucho, no era rival para su enemigo, pero salir al exterior le daba mucho miedo por si se encontraba con ella, así que tramó otro plan: componer una canción golpeando con suavidad la pared tras de sí y haciendo ruidos bucales, pero silenciosos.

Eso impresionaría a su hermano si tardaba mucho en despertarse y salía bien.

Era una opción perfecta, por lo que comenzó la percusión.

Con las yemas de los dedos daba pequeños toques y soltaba alguna vocal de vez en cuando, a ver cuál quedaba mejor con el ritmo; de inmediato se enamoró de su propia creación y los golpecitos se independizaron de su diminutivo, así como los susurros evolucionaron a pequeños berridos similares al balar de una cabra.

De pronto, todo su mundo era seguir con su canción. Tanto fue así que, cuando escuchó algo sonar del otro lado de la pared, lo mandó callar con un siseo, aunque inmediatamente recobró su ser, disculpándose, arrepentido.

—Perdón, es que estoy teniendo un día terrible —dijo Minaryan en voz alta—. Me aburro como un zaguán. — Tras una leve pausa, soltó una risilla y continuó—: ¿Eres Zaguán? —preguntó entre risas—. ¿Guan-Guan? —continuó, golpeando dos veces en la pared.

Al principio no escuchó nada en respuesta, pero luego oyó un sonido muy leve, como si la punta de un bolígrafo hubiera rozado el otro lado.

—¿Guan-Guan? —preguntó el pequeño, emocionado por poder seguir su juego.

El pequeño roce se intensificó tal como lo hizo antes su melodía, pero también su frecuencia.

Minaryan se giró impresionado, buscando ayuda en sus mayores.

Incapaz de encontrarla, golpeó con más fuerza la pared para tratar de ahuyentar a lo que fuera que estuviera del otro lado, resultando en justo lo contrario.

La pared entera comenzó a vibrar, temblaba como un motor arrancando.

Tan raudo como pudo, el pequeño tiró de su hermano con cada fibra de su cuerpo, apenas pudiendo rotarle el torso hacia las escaleras de subida.

La gravilla en polvo caía alrededor de la piedra.

Solo pudo mantenerse atento, atónito ante lo desconocido.

Se planteó pedir ayuda a gritos, impedido tan solo por el temor aún mayor que le producía Trye.

Su alrededor comenzó a llenarse de un humo grisáceo que refulgía con los destellos de luz callejera que llegaban a través de la puerta de arriba. El movimiento rotatorio, balanceado e irregular de algo pequeño y afilado surgía de entre las rocas, aunque no podía distinguir bien qué era.

—Vi, despierta —balbuceó entre sollozos contenidos.

El movimiento cesó y Minaryan respiró hondo, aliviado. Tomó la mano de su hermano y apretó con fuerza manteniendo la vista fija en la pared sin siquiera parpadear o respirar durante unos segundos.

Un golpe seco seguido de un gruñido dolorido.

La completa ruptura de la piedra dejó entrever a una criatura peluda de un tamaño considerable, algo más grande que un perro de caza, y cubierta de toda clase de porquerías.

Sus ojos, compuestos como los de una mosca y grandes como los de un gato, le rodeaban toda la cabeza y de entre sus diminutas comisuras brotaban los pelos más gruesos y más largos de todo su cuerpo.

Sus dientes eran muy largos y bajaban en espiral alrededor de sus patas delanteras hasta casi tocar el suelo.

Aunque de apariencia similar al marfil, eran de una textura cartilaginosa, flexible en su mayor parte salvo en la punta, que era sólida y dura.

Su cuerpo era tan ancho y gordo que aún en cuatro patas la parte más alta de su espalda podía llegar a reposar en el octavo escalón.

Frente al pequeño, que zarandeaba la mano de su hermano como si fuera una espada para ahuyentarlo, lo ignoró con tal intensidad que despertó su interés, pues al salir de su agujero se recompuso del golpe que él mismo había dado y comenzó a tocar cada rincón de los escalones con la parte interior de la armadura dental de su pata derecha.

Era hechizante contemplar tan extraña criatura, más aún con la dificultad de solo poder hacerlo en la casi absoluta penumbra.

La naturaleza curiosa del pequeño derrotó esta vez con suma facilidad el miedo al observarlo.

Con sumo cuidado, acercó la punta de los dedos hasta una de sus patas hasta rozarla, sintiendo aspereza en su pelambre, pero también cierto grado de calidez.

Su piel era muy blanda, incluso se le pasó por la cabeza que pudiera moldearla apretando un poquito.

Un leve pellizco intentándolo provocó que la criatura se zarandeara con agresividad.

Minaryan se sobresaltó un instante, dando un brinco hacia atrás y cayendo de espaldas, quedando boca arriba, incapaz de ver qué ocurría; en una rápida toma de decisiones, supuso que su mejor opción era hacerse el muerto tal y como había quedado, así que se puso lo más rígido que pudo y trató de aplacar la respiración escuchando cómo la criatura golpeaba con obsesión el suelo haciendo movimientos bruscos y amplios en bucle.

Podía percibirlo por las ráfagas de viento que producía.

Con el rabillo del ojo, echó un rápido vistazo a su hermano, que aún seguía inconsciente, y para cuando volvió la vista a su punto de partida el ruido cesó, lo que reinició la constante batalla interna del chico.

¿De verdad valdría la pena arriesgarse a levantarse solo para presenciar qué estaba ocurriendo?

La respuesta, como siempre, fue inmediata.

Minaryan rodó sobre su costado derecho y con la sonrisa triunfante de quien cree haber derrotado al sistema, siendo testigo entonces de cómo la criatura clavaba la punta de su diente creando un minúsculo agujero en el suelo y, acto seguido, su pata derecha, como quien trata de recoger una moneda caída dentro de un cubo; pronto comenzarían a sentirse unas vibraciones unidas al sonido de la piedra resquebrajándose.

Terminó rápido, dejando casi la mitad del espacio disponible en el rellano destruido.

Quedó un agujero taponado, pero no por la piedra que lo construyó en primer lugar, sino por un elemento grisáceo y endurecido que se desinflaba poco a poco como un globo, sorprendiendo al pequeño y dejándolo tan asombrado que se le olvidó por completo todo lo demás.

Fue aún más relevante lo que aconteció tras eso, pues la criatura no se percató de que tras el hueco había un vacío hasta el siguiente piso, golpeándose al caer y preocupando sobremanera a Minaryan, que de inmediato fue a su rescate.

La criatura, incapaz de levantarse al haber clavado ambos dientes en el suelo, rompía en salvajes e irrefrenables movimientos que le hacían cortes al chocarse contra sí mismo, quedando aún más dañado.

Pudo sacar el diente del lado derecho, pero el izquierdo se mantenía atrapado tras su agotamiento repentino.

Con cuidado, Minaryan tomó a la criatura por la pata, rodeó con el brazo su diente para no cortarse él también e hizo un leve esfuerzo para comprobar si le dolía.

Aunque sí emitía gruñidos, no eran exaltados ni doloridos, sino que parecían deberse al miedo que le suscitaba ya fuera él o la situación, por lo que dio un rápido pero delicado tirón y sacó el diente del suelo.

Sin más dilación, la criatura se arrimó a la pared contraria y repitió el proceso, golpe tras golpe, buscando un punto en el que hincar el diente de la forma más literal.

Temblores, sonidos y un fuerte estallido, destrucción y creación, la rígida roca cedió ante el intrépido explorador. La sonrisa se intensificó, el aburrimiento se desvaneció.

Restos de polvo caían de la parte superior y se sentían como la nieve a ojos de quien la presenciaba por primera vez, la primera nota de una canción prometida.

Acompañando a la criatura como su fiel escudero, Minaryan se adentró en el agujero, maravillado.

Poco más de un par de metros más adelante, contempló su alrededor.

Arriba, abajo, izquierda, derecha… Conectados unos con otros, la inmensidad de lo desconocido atemoriza hasta que el miedo pierde la batalla.

Arriba, abajo, izquierda y derecha. El pequeño se zambullía sin cesar de un lado a otro, escalando y dejándose caer, explorando hasta cuán hondo podía llegar el agujero.

Subió sin pretenderlo hasta la superficie.

Bajo una boca de alcantarilla observó cómo la luz de un sol matinal se colaba, embriagadora, denostando la necesidad del crío por ver más.

La diversión perturba la fluidez del tiempo, acelerando su paso de forma insospechada en función de cuán importante sea para nosotros que no llegue el final de la etapa, y Minaryan habría jurado que apenas habían pasado dos o tres horas desde que entró en el agujero, pero había pasado la noche entera y parte de una mañana.

—¿Mina? ¿Dónde estás? ¿Qué demonios es todo esto? —La voz de su hermano, tan confundida como inquieta, recorrió los túneles hasta llegar a él.