2. Nombres #2
Kargu subió las escaleras y agarró del pecho a Vinadarian, le hizo chocar con la pared.
—No te atrevas a continuar.
Vinadarian lo miró a los ojos y acto seguido se giró hacia ella.
—No sé ni de qué iba la discusión, pero solo con oírte hablar sé una cosa. Sabíais que tenía razón, ¿no? La verdadera estupidez provino de que vuestro orgullo no os permitía aceptarlo. ¿Algo relacionado con Gales, quizá? Es lo mismo que con esa puta inmundicia de científica.
—¡He dicho que ya basta! —gritó Kargu, amenazándolo al levantar el puño.
Trye se acercó a él, apartó a Kargu y lo lanzó contra las escaleras de subida.
—Sabes de lo que hablas, ¿eh? No tendrá ese fantasma del que hablas un rostro familiar… ¿Verdad?
—No quiero que hables de él, Trye. Basta —dijo Kargu, amedrentado.
—Parece que el cerdito asustado era otro —respondió ella, señalándolo con el pulgar.
Vinadarian se encaró. Aun siendo mucho más pequeño y estando herido, podía sentir cómo le hervía la sangre.
—Tiene mi cara. Resignado, patético, humillado, arrastrado por el suelo. Una que quiero olvidar —respondió sin miramientos.
—Lo que defines no es lo que puedo ver, chaval. ¿Cómo te llamas? ¿Tienes nombre acaso? —preguntó Trye acercándose más al chico, tratando de asustarlo.
—No es de tu incumbencia, psicópata —respondió Vinadarian apretando los puños, preparado para pelear.
Trye se carcajeó.
—¡Así que tú sí tienes nombre! Gales te habría matado por soltar tanta burrada en su casa.
—No dejas de hablar de Gales. ¿Estás segura de que tú sí tienes nombre? —respondió Vinadarian—. ¿Qué vas a hacer tú?
Kargu se levantó en silencio y se sentó junto a Minaryan con los ojos cerrados. La mujer se volteó. Pudo escuchar la espalda del chico deslizándose por la pared.
—Es una buena pregunta… ¿No, Kargu? —respondió Trye sentándose junto a él y envolviéndole los hombros con el brazo.
Las lágrimas contenidas poco a poco comenzaron a brotar por su rostro.
—¿Qué voy a hacer yo…? — Su voz se quebró durante un instante antes de continuar.
Kargu notó cómo le temblaba el brazo—. Llevo preguntándomelo desde que murió.
—Soltó una pequeña carcajada cómplice, conteniéndose cuanto pudo con el mismo resultado que ella.
Algunas lágrimas se deslizaron por su mejilla.
—Kargu…, Gales te quería. Todos lo hacían, pero cuando te fuiste nos apuñalaste en el corazón.
Tus palabras llegaron tarde, nuestro destino estaba sellado —continuó ella, tensando el brazo que lo sostenía—.
Cómo pudiste ser tan egoísta, tan cobarde.
Tan estúpido… Él no te crio así. Tus palabras eran dulces y sus intenciones nos envenenaron.
Sé que eres lo bastante inteligente como para darte cuenta.
Quizá tú mismo lo pensaste, pequeño sin nombre.
Eras tan listo como él. Esa fue tu forma de acabar con nosotros, ¿con tu gente?
Sobresaltado, Vinadarian interpretó las intenciones de Trye poco antes de que actuara. Envuelta de nuevo por la furia, encaró a Kargu contra el suelo.
—¡Hazlo! —gritó Kargu—. Si de verdad lo crees, ¿a qué esperas, cobarde?
Navaja en mano, la punta le rozó la nuca, un momento de ira apaciguado durante una fracción de duda que fue suficiente tiempo hasta el golpe de Vinadarian, uno cuya fuerza sorprendió no solo a Trye, sino al mismo golpeador, pues la lanzó contra la pared con tal contundencia que la desarmó.
Tomó la navaja antes de que su enemigo pudiera levantarse.
Arma en mano, el abanico de posibilidades se ampliaba.
En el choque visual, Trye entendió que no tendría agallas para matarla al tiempo que el joven supo que, si no lo hacía, no sobrevivirían. En legítima defensa, la opción era clara y debía tomar la decisión en ese mismo momento.
Abalanzándose a su espalda, dispuesto a atravesarla tal y como ella pretendía haberlo hecho con su salvador, un resplandor esmeralda tapó la lucidez de su mente por completo. Los ojos de Minaryan se abrían. ¿Sería su hermano transformado en un asesino lo primero que vieran?
Paralizado ante una nueva decisión, tiró el arma hacia el piso de abajo y ella se levantó, revirtiendo la situación.
Kargu se puso de pie con suma tranquilidad.
—Te diré algo, Trye. Tienes razón. Sabía que mis palabras envenenarían al grupo, que era tarde para vosotros. Ya os habíais convertido en unos asesinos mucho antes de que yo naciera.
—Sí. Casi lograste tu objetivo. Te dejaste al último miembro —respondió ella.
Kargu desvió la vista hacia Vinadarian, quien lo observaba de reojo en busca de alguna señal, pero él negó con la cabeza manteniendo la calma, siendo el precio de esta el impacto de un potente puñetazo que lo hizo retroceder hasta el otro extremo del rellano, a punto de caer de bruces escaleras abajo. Esta vez se mantuvo firme.
Un chorro de sangre brotó de su nariz y su ojo derecho se inflamó de golpe, cerrándose por completo.
—El nombre del que tanto se enorgullecía se convirtió en su maldición —dijo el joven, manteniendo la voz tan rígida como pudo pese a la sangre envolviendo su boca.
De nuevo, otro golpe. Sin piedad, cayó rodando tres o cuatro escalones. Ella trató de acercarse, pero Vinadarian logró agarrarla por la espalda y tirar de ella unos segundos antes de que le propinara un codazo en la cara.
Minaryan, que empezaba a abrir los ojos, aún no se había acostumbrado a la oscuridad, por lo que no podía ver nada. Tan solo escuchaba la voz de Kargu y de Trye en silencio, aterrado e inmóvil.
—Su nombre fue nuestra salvación. Su fuerza, su inteligencia… Él nos forjó a todos, tú no fuiste la excepción, escoria —dijo ella, tambaleándose al caminar.
—Tienes razón. Y ambos lo sabíamos. Pero sabía que, al igual que pasó con él, también terminaría por acabar con vosotros. Una vez logró lo que quería, supo bien que se equivocaba y que os arrastró con él; por eso quería hacerlo, aunque nunca se atrevió.
Trye llegó hasta él y lo pateó sin piedad en el estómago, tirándolo todo el resto del tramo de escalones. Cayó encima del arma sin que esta pudiera atravesarlo. La tomó, la cerró y la tiró en dirección a su agresora. Con sumo esfuerzo, se levantó de nuevo tosiendo algo de sangre.
—Gales no le tenía miedo a nada —respondió Trye.
—Solo a perdernos. La noche que lo atraparon, fue él mismo quien se entregó, Trye.
Quería labrarse un nuevo nombre junto a vosotros, que estuvierais dispuestos a abrazar su arrepentimiento, pero la única forma de hacerlo era a través de mí.
Yo estaba tan asustado como él. Como has dicho, sabía lo que ocasionaría —dijo Kargu.
Trye agarró la navaja del suelo al terminar de bajar. No volvió a hablar, tan solo puso el filo contra la garganta del chico.
—Nunca olvidaré lo que me dijo aquella noche, Trye. Él era mi padre y tú eras… No, eres mi hermana. Y ni siquiera ese filo puede cambiarlo —respondió Kargu.
Vinadarian se acercó, pero Kargu lo apartó con un gesto.
—El último miembro, ¿no? ¿Cuál es el siguiente paso de Oricalco? ¿Cuál es tu verdadero nombre, Trye?
—Enuncia el juramento. Frente a él. Frente a mí. Convierte sus palabras en las tuyas —respondió ella.
La firmeza en su mirada contestó antes que sus palabras, pero su voz se enmarcaría en la memoria de todos los presentes por la eternidad. Quedarían registradas por siempre. Este sería el último de los juramentos de la banda.
—El cielo mismo clamará mi nombre y resonará en la tierra mi leyenda. Aun cuando la duda me embriague, mi pacto no atiende ofrendas. Tomar mi sangre será tan solo el comienzo de mi enmienda.
Trye tomó la palma de la mano del chico e hizo un tajo rápido y limpio pero profundo y doloroso. Un recuerdo permanente.
—Tres días. En tres días os iréis de aquí sin que os tenga que decir una sola palabra. No tomaréis ninguna de las provisiones, vosotros os conseguiréis vuestra propia comida y no me volveréis a dirigir la puta palabra, ¿queda claro?
El silencio sirvió como respuesta al compás de sus pasos subiendo. Kargu dejó que su espalda resbalara por la pared hasta llegar al suelo.
—¿Esta era tu idea de un lugar seguro? —preguntó Vinadarian—. ¿Nos has traído a la guarida de una puta banda criminal? Tienes suerte de estar herido, porque, si no, te iba a dejar la cara hecha un cuadro.
Kargu se carcajeó.
—Llevo desde los seis años intentando hacer el juramento. Ella siempre se negó, fue la única que cada año de mi vida se negó a que pudiera hacerlo, y hoy me lo ha ordenado, Vinadarian. Lo que le dijiste… Gracias.
Escuchar la voz de su hermano dio valor a Minaryan para levantar la suya.
—¿Vina? ¿Eres tú? ¿Qué está pasando? No… No veo nada… ¿Quién era esa señora?
Vinadarian se acercó a él, llevándole la cabeza junto a su pecho en un tierno abrazo.
—Una psicópata homicida —contestó sin filtro alguno, esperando que el pequeño lo tomara como una de sus bromas.
—¿Qué? ¿Y el chico de abajo? —preguntó Minaryan, aún más asustado que antes.
—Ah, sí. Intentó secuestrarte y tuve que acompañarlo hasta la guarida de su banda criminal —respondió Vinadarian. Kargu se carcajeó de nuevo mientras tosía dolorido.
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó escondiéndose tras Vinadarian. A pesar de la situación, ambos sonreían.
—Estamos hechos un desastre, ¿eh? —dijo su hermano ante el asentimiento silencioso de su amigo.
—¿Te has hecho daño? —preguntó Minaryan—. ¿Estás bien?
Con la sonrisa nerviosa dibujada en el rostro, le invadió una calma conquistadora, haciéndole exhalar la adrenalina que lo invadía.
—Ahora sí, peque —respondió, extenuado.
Minaryan sonrió aliviado.
—Menos mal. Si te desmayas, me iba a quedar solo con ese de abajo.
—Llámalo por su nombre, Mina —dijo Vinadarian.
—¿Sí? ¿Seguro? —preguntó el pequeño, extrañado.
Vinadarian asintió con la cabeza.
—Oye, ¿y cómo te llamas, señor secuestrador? Yo soy Minaryan —preguntó el pequeño.
Instantes antes de desmayarse, contestó:
—Encantado, Minaryan. Soy Kargu, aunque aún no tengo nombre.