Rinaryan: La huella de un fantasma 2. Nombres
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2. Nombres

Amparados en el ojo de la tormenta, tuvieron el lujo de recorrer las calles despacio; ambos jóvenes desviaban la vista de vez en cuando, observando las ruinas a su alrededor.

El olor a sangre se diluía en la lluvia y el sonido de sus pasos chapoteando en el agua atravesaba la ahora silenciosa vía, que parecía interminable.

Una línea recta hacia el infinito en la que la incertidumbre oscurecía el destino.

Aún se formaban surcos en los charcos de lluvia teñidos de rojo, una mezcla que envolvía vida y muerte y que, sin embargo, perdía interés a cada paso.

Las vidrieras de los escaparates reflejaban los rayos del sol que se filtraban entre las nubes negras.

Su normalidad contrastaba con crudeza con la amalgama de escombros a su alrededor: cristales, muebles, vehículos y maniquíes rodeados de restos humanos a lo largo y ancho de la calle. Era imposible no reparar en ellos.

Los minutos pasaban. La lluvia se intensificó y, más pronto que tarde, un único pensamiento en común atravesó la consciencia de ambos jóvenes cuando contemplaron la enorme columna del lujoso cine derrumbarse frente a ellos.

Cayó con ella parte del primer piso. La hermosa tela roja y plata despedazada ondeaba con la leve brisa sobre el cuerpo sin vida de una chica de su edad cuyos hermosos ojos verdes aún resplandecían.

Debían encontrar un lugar seguro cuanto antes.

Aquello que caía desde el grisáceo cielo y que parecía tratar de limpiar el horror desatado no era un llanto, sino la muestra más cruda de una indiferencia atroz. Una que ellos también debían demostrar.

Cruzar esa línea, llegar a su destino, implicaría también la ineludible certeza de que, en efecto, la humanidad, quizá la existencia misma, se había bifurcado entre aquellos que podrían hacerlo y los que se quedaron al otro lado.

El fin de una era, no cabía duda. Aquellos con la fortuna de poder despedirse del de antaño lo harían de forma zafia y fría, incluso con desprecio, pero también con temor hacia lo que estaba por venir.

Muy pocos serían capaces de mirar hacia el futuro con luz en los ojos, tan solo aquellos que al mirar atrás no pudieran ver sino pesadillas, quizá también aquellos tan ilusos como para tratar de esculpir su propio destino.

Mantuvieron el paso firme y el crudo silencio distendido hasta entonces se resquebrajó.

—Casi hemos llegado —dijo Kargu observando un bloque de apartamentos cuya fachada había sido reducida a escombros.

—¿Es ahí? —preguntó Vinadarian con desdén—. No me digas que me has hecho caminar hasta aquí para meternos en un edificio cualquiera.

Kargu apartó la vista con un movimiento brusco, como si se hubiera hecho daño en los ojos al mirar; su compañero se dio cuenta, pero prefirió no comentar nada.

—Tiene garaje bajo tierra —sentenció.

—¿Y no crees que habrá más gente refugiándose dentro? Puede ser igual de peligroso que la calle —señaló Vinadarian haciendo su mayor esfuerzo por mantener un tono formal.

—Probablemente, pero estaremos seguros —respondió Kargu con la mirada clavada en aquella fachada.

Vinadarian se quedó perplejo ante la rotundidad de sus palabras y el fuego en su semblante. El chico tenía el ceño fruncido y los dientes apretados. No era el rostro de alguien que iba a descansar en un lugar seguro, pero era tarde para arrepentirse y no había más opciones.

La puerta yacía en el suelo, pero en el charco de su alrededor no se detectaba la más mínima rojez. Quizá sí fuera un lugar seguro después de todo, o eso llegó a pensar el joven Vinadarian durante el breve instante previo a escuchar los iracundos y frenéticos gritos de aquella mujer.

—¿¡Qué crees que haces, Kargu!?

Provenía de las alturas, pero al mirar a los pisos altos no se podía ver rastro alguno de nadie, tan solo una fachada derruida como cualquier otra.

Al oírla, el joven arrastró a los hermanos dentro sin miramientos; Vinadarian, aterrado, no dejaba de mirar a su alrededor sin pista alguna de la persona que hablaba.

Su tono de voz grave se agudizaba con el chillido angustioso que no dejaba de berrear, intimidando hasta el último de sus átomos.

Tenía un acento zafio y grotesco que acentuaba su agresividad y tintaba sus frases con colores de desprecio.

—Tú mismo nos dijiste que no eras uno de los nuestros, ¿no es así? ¿Ahora vienes arrastrándote como un vil gusano cuando las cosas se ponen feas? —continuó desde arriba.

Kargu hizo un ademán con la mano y se separó de Vinadarian. Entró él primero.

El interior era oscuro, las pétreas paredes pintadas de un negruzco verde impedían el paso de la luz de la calle, pero había un reflejo macabro en la pared del fondo, donde se vislumbraban motas de una luz metálica.

Kargu se apresuró hasta el marco de la puerta, en la pared derecha, y deslizó la yema del pulgar por la fría y húmeda madera hasta encontrar un pequeño bulto que presionó al mismo tiempo que empujó el portón con el hombro, abriéndose así el camino hacia una penumbra absoluta.

Encendió el interruptor, pero no funcionó.

Vinadarian se aproximó extrañado y miró de reojo, tomó aire y se armó de valor asintiendo con la cabeza al comprobar que el camino era hacia abajo.

Con cautela, bajó el primer tramo de escalones tras su compañero, y con ayuda de Kargu dejó a Minaryan apoyado de espaldas contra la pared.

—Ahora vuelvo. Voy a hablar con ella —dijo Kargu, exaltado y sin mayor explicación.

—No te preocupes, pequeñín —dijo la voz—. Ya he venido yo.

La mujer prendió una cerilla e incendió un trapo envuelto en un trozo de madera labrado de lo que podía haber sido un armario o una estantería destrozada, iluminando la escena.

A la luz del fuego parecía menos monstruosa.

Era una mujer de mediana edad, con una herida reciente en el labio inferior que le llegaba hasta el principio de la barbilla y una enorme marca de quemadura entre el ojo derecho y su alargada y gruesa nariz.

Los párpados caían sobre ambos ojos, pero, aun así, se podía reconocer su hermoso color azul claro que contrastaba con el negro de su pelo, tan oscuro como la penumbra que presenciaron instantes antes.

Faltaba uno de sus brazos, cercenado justo por encima del codo.

El muñón también tenía marcas de cortes y quemaduras que iban de fuera hacia dentro.

Su constitución delgada no mermaba su presencia.

Incluso Kargu parecía tambalearse al cruzar miradas.

Vestía una camiseta de tirantes blanca con dibujos irregulares negros alrededor, unos vaqueros grises largos desgastados y un cinturón de cuero, así como unas botas deportivas de color negro. En el hombro derecho tenía un tatuaje de un halcón.

Bajó el primer escalón con una fuerte pisada mientras mantenía su antorcha al frente.

La tela que ardía cayó sobre el siguiente.

Ella, impasible, continuó caminando y tiró con fuerza el trozo de madera contra Vinadarian, que reaccionó instintivamente poniendo el brazo como escudo, hiriéndose, pero desviando el proyectil justo a tiempo.

—Trye, ya basta. ¿Dónde están los demás? —preguntó Kargu con seguridad.

—¿Y a ti qué te importa, si se puede saber? ¿Crees que por hacerte el interesado no voy a hacerme mondadientes con los huesos de esos dos? —La voz de la mujer temblaba un poco al dirigirse a él.

—Solo necesitamos descansar. Nos iremos muy pronto. No os molestaremos, aún mantengo mi palabra —contestó Kargu.

—¿Tu palabra? —Contuvo una carcajada al gritar, formándose una burbuja de aire en su garganta que la hizo tragar saliva mientras apretaba las muelas al contemplar al crío. Instantes después, se abalanzó sobre él, empujándolo escaleras abajo—. Eres un sinnombre. Tu palabra no vale nada.

Kargu, aún aturdido por el daño, se levantó y respondió con rotundidad manteniendo el contacto visual.

—Es cierto. Pero la mantendré.

Escalón a escalón, ella se aproximaba.

—¿De qué va esto? ¿Qué está pasando? —preguntó Vinadarian, aterrado.

—Míralo, un cerdo en el matadero. ¿Lo has traído para que me lo coma, Kargu? Qué detalle —respondió ella—. Los tres cerditos contra una loba feroz. El primero era el pequeño, ¿no?

Con un juego de manos experto, la mujer deslizó los dedos bajo la hebilla de su cinturón y sacó, revoloteando entre ellos, una navaja al bajar el último escalón.

—El cielo mismo clamará mi nombre —dijo Kargu con los ojos cerrados, con su rostro hacia el suelo.

La mujer se paró en seco, sus ojos quedaron en blanco unos segundos. El fuego que aún ardía en el paño lo consumió por completo y se apagó antes de la respuesta.

—Esas no son tus palabras.

—No. Son de Gales, las mías ya las conoces, Trye.

—Afronta, pues, las consecuencias. No eres bienvenido aquí —contestó ella.

Vinadarian, apoyándose en la pared, consiguió levantarse a duras penas.

—Si el primero era el pequeño, creo que hoy cambiará el cuento —di­jo dando un paso frente a Minaryan—. Primero tendrás que derrumbar la casa de ladrillos.

—¿Él? —preguntó Trye, carcajeándose.

—No lo sé —respondió Kargu.

Trye apartó a Vinadarian empujándole en un costado. Aunque recuperó el equilibrio antes de caerse, para cuando quiso darse cuenta la mujer se había sentado junto a Minaryan mientras jugaba con su navaja.

—Están muertos —dijo ella con la voz temblorosa.

—Lo…, lo siento. Puede que no me creas, pero, a pesar de todo… Los quise como si fueran mi familia —respondió Kargu.

—Te creo… Pero te detesto. Nuestros últimos días no fueron más que broncas y palizas entre nosotros por tu puta estupidez —dijo Trye.

—No era lo que quería —respondió Kargu, incapaz de levantar el rostro.

—Sí lo era. Lo comprendí en cuanto las palabras salieron de tu boca aquel día. Querías que tuviéramos otra vida —contestó ella una vez más.

Kargu se mantuvo en silencio, pero Vinadarian no.

—Y, aun así, por más que lo insultas, él no se defiende. Cada cosa que dices es como ver un espectro de lo que querrías ser. ¿Te burlabas de mí por estar asustado? Puede que me salga caro decírtelo, pero ¿sabes qué? Eres patética.