1. El fin #2
Con un vistazo, cualquiera se habría percatado de que sucedía algo inaudito.
Muchas de las personas a su alrededor presentaban anomalías nunca vistas; todas distintas entre sí, únicas e irregulares.
Brazos inmensos, ojos luminosos, garras en lugar de manos…
La lista era interminable, pero aquel anciano quedaría grabado en su memoria.
Gritaba pidiendo auxilio, inhalaba a punto del llanto al tratar de respirar, corría con el brazo derecho en alto y la boca abierta, inclinado hacia delante, clamando un instante más mientras combatía sus propios espasmos cuando llegó a la fuente.
Extendió el brazo, incluso formuló una breve sonrisa al rozar el agua cuando, de pronto, comenzó a arder desde sus entrañas.
Algo más poderoso que el fuego evaporó no solo su cuerpo, sino también toda el agua de la fuente, y ocasionó graves quemaduras a los más cercanos.
Aterrorizado, Vinadarian se giró hacia su hermano. ¿Qué podría hacer si le pasara algo parecido? ¿Hasta dónde habría llegado esa locura?
Escuchó gritos iracundos tratando de encontrar culpables, veía la desesperación en quienes usaban sus teléfonos intentando hablar con sus familias, pedir ambulancias, rogar por ayuda.
Siguió corriendo. Primero se dirigió al oeste; veía una empinada cuesta en las afueras, no muy lejos, pero a los pocos segundos uno de los rascacielos comenzó a desplomarse en su dirección.
Se dio la vuelta. Una estampida de personas le impedía volver sobre sus pasos.
Su respiración se aceleró tanto que comenzaba a marearse, y no era el único.
Las emociones tomaron el control ante la incertidumbre.
La situación los superaba por completo y, por desgracia para ellos, solo acababa de comenzar; pronto descubrirían que los humanos no eran los únicos afectados por el misterioso suceso.
Los animales mostraban el mismo patrón —anomalías físicas, confusión y algunas muertes repentinas—, pero su instinto de supervivencia los hizo recurrir a la violencia de forma inmediata.
Mandíbulas caninas que desprendían ácido que destruía incluso sus propias bocas se abalanzaban sobre aquello que encontraran; aves cuyas alas reflejaban al caer del cielo el brillo y el peso de los metales incluso en los lugares que pudieran haber parecido seguros.
El cielo azul se ocultaba entre la nube de polvo que dejaban los escombros. El refugio estructural de las alturas se había vuelto tan inestable que era incluso más peligroso que las abarrotadas y caóticas calles.
Salir de la ciudad era la única opción viable y hacerlo cuanto antes el requerimiento para tener una mínima posibilidad de supervivencia.
Corría en línea recta, aún con la vaga esperanza de que ocurriera algún milagro, que todo cesara de un instante a otro.
Recobrar la cordura, volver al mundo real, ver lo que tenía ante él, le hizo recordar la lección más importante de su vida: saber apartar la luz de la esperanza de sus ojos.
Caminar en la oscuridad siempre había sido el único modo de avanzar para la gente como él.
Un reguero de sangre cubría las aceras y los cadáveres y las personas inconscientes eran poco más que estorbos en el camino de los que sí podían huir.
Madres llorando a sus hijos, hijos llorando a sus madres.
Hermanos, amigos… La muerte se convirtió en norma y el sufrimiento en un lujo. Era el fin, no cabía duda.
Hordas de personas salían de sus hogares despavoridas, no había pudor alguno en la supervivencia.
Vinadarian aún tenía espacio suficiente como para adelantarse a la marabunta, pero la suerte no lo acompañaba; una de las terrazas al derrumbarse disparó cientos de fragmentos de piedra.
Algunos le golpearon la rodilla, tirándolo de bruces contra el suelo a mitad de la carrera e impidiéndole caminar con su hermano a cuestas.
En tan solo unos segundos, ellos terminarían por ser indiferenciables de los mismos cadáveres, meros estorbos frente a la posibilidad de vivir un minuto más. La estampida llegaría en breve sobre ellos.
Acostumbrado al dolor, solo pudo maldecir en silencio al destino por condenarlos de una forma tan cruel justo cuando todo parecía volver a brillar de nuevo. Sin embargo, su propia voz le contestó instantes antes de la estampida.
Volvió a recordar aquel momento. «No te atrevas a levantarte o te prometo que acabaré lo que he empezado, niño de mamá».
—Se lo prometí —dijo en voz baja para, acto seguido, dejar a Minaryan en el suelo con delicadeza.
Dormía como si nada pasara, como si el mundo siguiera girando a su alrededor, y al mirarlo a los ojos, Vinadarian no pudo contener más las lágrimas en los suyos—.
Y ya estoy harto de mis falsas promesas, Mina.
Sobre el asfalto, alejado de la mayoría de los edificios, Vinadarian extendió ambos brazos a los lados del cuerpo de su hermano y se apoyó en las rodillas.
Sentía cómo el calor recorría sus venas con gracilidad.
Frunció el ceño y se dispuso a aguantarlo todo, a protegerlo de cualquier cosa que pudiera ocurrir.
Él se convertiría en el más poderoso de los escudos; si esa onda era una fuerza imparable, él se convertiría en objeto inamovible.
Apretó los dientes y tensó los músculos.
No sería la primera ni la última vez que soportaría el peso del mundo sobre sus hombros.
Pisotones, golpes y empujones lo golpeaban como la ola que ataca la roca hasta erosionarla.
Contemplar el plácido rostro, tierno e inocente, de su hermano tras todo lo que había luchado para volver a verlo lo hacía mantener la consciencia.
Le proporcionaba la fortaleza mental que habría jurado no tener y le suscitaba un aguante tan sobrehumano que desmerecía su mejor sueño.
Aunque cada impacto parecía más débil que el anterior, la piel de sus manos se hundía entre las piedras del suelo, empapándose con sangre.
Las enderezaba una y otra vez manteniéndose regio, recto, vivo.
La percepción del tiempo se disolvió en la humareda, y el peligro del que todos huían se fue con ellos. Quizá fueron segundos, puede que minutos o incluso horas, pero miró al pequeño a los ojos y sonrió al recostarse a su lado. Por un momento, la muerte y la ruina ya no parecían tan terribles.
—¿Estás bien? —preguntó, sabiendo que nadie contestaría. Sus ojos se entrecerraban, poco a poco su consciencia se desvanecía—. Aún tenemos que irnos, Mina. Despierta…
Adrenalina, determinación, angustia, todo se desvanecía. La consciencia del joven no podía soportarlo más, su cuerpo y su mente habían alcanzado al fin su límite, pero alguien les tendió una mano.
—Nunca había visto nada igual, es un milagro que sigáis vivos.
Era un chico unos años mayor que Vinadarian, alto y esbelto, de ojos negros y cabello castaño un poco largo.
Vestía una gabardina gruesa negra, pantalones grisáceos y zapatillas también negras, muy desgastadas, al contrario que el resto de su vestuario.
Parecía cansado, pero su voz no lo indicaba así.
Era contundente y directo, y su brazo se mantuvo firme incluso cuando Vinadarian lo utilizó para enderezarse de nuevo.
—¿Qué pretendes? No tenemos nada que te sea de utilidad. —Su encuentro no era tan casual como pudiera tratar de hacerle creer, podía verlo en sus ojos.
El chico retrocedió unos pasos.
—Nada. Pero no podía dejaros ahí tirados —respondió—. No te preocupes, no tendréis que sospechar de mí.
Vinadarian mantuvo el silencio, esperando que se marchara sin decir nada más, pero se quedó observando. Con cuidado, tomó a Minaryan del brazo, pero le fallaron las fuerzas antes de siquiera poder moverlo.
—¿No te vas a ir? —dijo Vinadarian.
—¿No me vas a pedir ayuda? —respondió el chico, de brazos cruzados.
Orgulloso e inmaduro, volvió a intentarlo, en vano. No solo no pudo levantar al pequeño, sino que su torpe esfuerzo le hizo caerse. Volvía a estar como al comienzo.
—No eres como esperaba —dijo el chico.
—Ya. Me lo dicen mucho —respondió Vinadarian, recostándose de nuevo.
—¿Qué pretendes hacer?
—Descansar un rato. En cuanto me sienta mejor podré seguir llevándolo a cuestas —respondió molesto.
—No es un buen plan.
— No. Pero es lo que hay.
—Podrías, simplemente…, ¿pedirme ayuda?
—Ya, tú también podrías, simplemente, largarte.
—Se acabó —respondió el chico, tomando a Minaryan del brazo y poniéndoselo a la espalda.
—¿Qué te crees que haces? —gritó Vinadarian, resbalándose con la sangre bajo sus manos al tratar de levantarse.
—¿A dónde vamos? —preguntó con serenidad el chico, quien, ante el silencio de Vinadarian, terminó por contestarse solo—. Bien, si no quieres decírmelo, lo llevaré a algún lugar más seguro. Tú puedes quedarte ahí, como una cucaracha dada la vuelta.
—No sé quién eres. No puedo confiarte nuestras vidas.
—Lo entiendo y lo respeto. Pero, como tú bien has dicho, es lo que hay. Entiende que es eso o dejar morir a ese crío porque, según tú, podría ser que busque algo a cambio. ¿Es eso suficiente pago por la vida de un niño?
— No lo entiendes.
—¡No! Eres tú quien no lo entiende. Estoy poniéndome en riesgo por tratar de convencerte de que os salvéis los dos. Suficiente, me marcho —contestó.
—Espera —respondió Vinadarian—. Lo siento. —Se tragó el orgullo y desvió la mirada al pequeño antes de continuar— Soy… —Enderezó la vista, notó cómo le brillaban los ojos cuando iba a mencionar su nombre, pero no percibía su ya familiar presión, sino genuina curiosidad—. Soy Vinadarian.
El chico le sonrió.
—Puedes llamarme Kargu.
—Estamos… Estoy buscando a un amigo, pero necesitaremos un lugar seguro hasta recuperarnos. Por favor, ayúdanos.
La contestación no requirió palabras, tan solo la unión de la sanguínea tinta roja en sus manos. El eterno recordatorio del día en que se conocieron.
Vinadarian se levantó de nuevo y apoyó la mano en el hombro de su salvador para poder continuar caminando.