Rinaryan: La huella de un fantasma 1. El fin
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1. El fin

El sabor de cada bocanada de aire lo maravillaba tanto que le nublaba la vista. Casi parecía que pudiera olvidarse de los ojos que lo acechaban, de la carga de portar su nombre.

Vinadarian miraba de un lado a otro en la inmensa vía principal, reparando en cada puesto, tienda, ventana, columna o semáforo.

Los coches circulaban a discreción; de vez en cuando oía sus pitidos, los gritos, las disputas.

También las conversaciones, palabras sin mucho significado precedidas de sonrisas despreocupadas, sin nada más que atender que sus propias vidas.

No había un fin mayor ni una competición.

Podía correr, gritar o reír sin tener que justificarse ante nadie, lo que embriagaba su corazón.

Lo dijo en voz alta, a sabiendas de que era una estupidez, de que nadie que pudiera entenderlo tendría buenas intenciones al escucharlo, pero era un momento ideal para volver a hacer estupideces.

—Vía humanitaria número siete, orfanato Luz del Conocimiento.

—Sol­tó una carcajada al decirlo. Era solo una dirección, y él una persona más entre la marabunta que iba y venía.

La luz verde indicaba que podía cruzar, que los vehículos se detendrían, pero lo hizo antes de que cambiara al color rojo.

Corrió con torpeza, hasta el punto de golpearse contra el bordillo del otro lado.

Un tipo se asomó a la ventanilla de su coche.

Rechinó un poco al bajarla y se quedó atascada a la mitad.

Para él, ver algo así no era muy distinto de haber viajado al pasado, incluso le causaba un cierto punto de ternura ver a alguien enfadarse tanto por algo tan banal.

Asintió al hombre con una sonrisa de medio lado, sin haber escuchado una sola palabra, y continuó su camino con un optimismo que le era desconocido.

Estaba a punto de lograrlo. Sacó su mapa, que no era más que un revuelto en una hoja mal trazado y con una letra cuyo entendimiento resultaría tan complicado para cualquier otro como usar una balanza para medir una estrella.

Se dio la vuelta y vio una de esas sombras, de las que miran encima de las cornisas y no devuelven reflejo.

Con suerte no lo estaría mirando a él, quizá no a Vinadarian, no a Seis ni al sujeto, sino al idiota del chico que había cruzado en rojo.

Giró a la derecha. Podía atajar por el callejón a pesar de su mal olor y la mugre incrustada en las paredes, resultado de algo que aún continuaba maravillándolo. Se dio la vuelta, esperando encontrar a alguien, a Jinner. «Y nosotros quejándonos de cómo olía…», lo escuchó musitar.

Pero estaba solo aún, nadie lo acompañaba. Y el peso del mundo volvió a caer sobre sus hombros, preso de su promesa y de sí mismo. Ni siquiera ahora podía permitirse ser feliz.

Apresuró la marcha, dejó de consentir semejantes distracciones, se convenció de que no había nadie tras él, tan solo un futuro delante.

Varias personas se ocultaban en las alturas comunicando cada movimiento del joven, apuntando, listos para disparar. Tres en la cercanía más próxima, muchos más esparcidos por el perímetro designado.

El aviso era inminente. El chico había estado evitando ese edificio, pero circundaba a su alrededor, y a la hora teorizada se acercaba al orfanato bajo sospecha.

El francotirador rozó el dispositivo en su oreja cuando percibió el sonido de una zancada larga oculto entre el bullicio urbano.

Se volteó, en guardia, pero no vio nada; tan solo sintió un leve cosquilleo en la oreja.

Retomó su vigilancia hacia el sujeto número Seis; todo seguía su curso salvo por la repentina y afilada punta de un cuchillo justo encima de su vientre.

La voz de un joven desconocido se impuso tras la daga.

—¿Por qué estáis siguiendo a ese chico? —preguntó.

Apenas podía ver de reojo su larga gabardina, pero sus movimientos delataban una experiencia preocupante para alguien de la edad que aparentaba su voz. No debía de ser mucho mayor que el chico al que seguían.

—Es una amenaza —contestó el hombre sin titubear.

—¿Amenaza? Lleva horas caminando, va desarmado y aún no se ha dado cuenta de la gravedad de su propia situación. Permíteme dudar que lo sea —respondió el chico.

—No lo entiendes. Para o te darán caza a ti también. —Consiguió voltearse al concluir su advertencia, pero no logró vislumbrar siquiera la figura del chico antes de que lo dejara inconsciente.

«Hasta ahora, ninguno ha mencionado Oricalco. Puede que esta vez sí sea diferente», pensó el joven mientras terminaba de registrar el uniforme del hombre. Encontró varias armas, cápsulas, dinero e incluso las directrices de captura, pero nada mencionaba la antaño renombrada banda.

Se quedó mirando una foto del crío con un rótulo negro encima: «Sujeto número seis». «Una amenaza… Tampoco han mencionado su nombre. El sujeto número seis tampoco tiene uno». Hacía mucho tiempo que no veía una amenaza sin nombre, y no la perdería de vista ahora.

Vinadarian, aún cercenado de la realidad y con el constante clamor de sus palabras palpitando en el pensamiento, sí se distrajo por un instante cuando llegó al punto acordado.

Pensó que quizá su hermano no lo reconocería, pues de aquel entonces solo le quedaba la herida en la ceja derecha, los ojos marrones y el pelo negro.

Había engordado, la energía de su mirada se había apagado y su antigua sonrisa se formaba con dificultad.

Las luces dotaban de color los enormes edificios de la gran ciudad que, aun llena de vida, parecía emborronarse con cada instante que pasaba sin volver a verlo.

El orfanato estaba ya muy cerca, a no mucha distancia de un parque que incluso los niños parecían evitar pese a su renovado estado. El olor a pintura fresca saliendo del tobogán era tan fuerte que camuflaba el hedor del alcantarillado, pero el chirrido del columpio desdeñaba su reciente cuidado.

Surgía entonces la canción de sus pequeños pasos, el frenesí que caracterizaba la alegría más pura e inocente de un niño, la cadencia de sus pequeñas piernas.

Pronto pudo verlo. Corría a través del parque con una sonrisa de oreja a oreja, empapado de las luces de su alrededor.

Sus dorados cabellos brillaban reflejando en armonía el fulgor moderno, casi tanto como su sonrisa a ojos de su hermano, a quien el ambiente le era menos favorecedor, enalteciendo sus ojeras y heridas recientes.

Su moribundo estado no era suficiente para menoscabar la alegría del pequeño ni tampoco la suya.

Los peatones cercanos no se detenían. Si acaso, podían escuchar algún murmullo o ver alguna que otra mala mirada, pero les fue indiferente. Lo había logrado.

Los vehículos seguían cruzando, los infantes seguían riendo, llorando o gritando. Sus padres los consolaban, el mundo continuaba girando. Nada había cambiado y, sin embargo, la mirada de los hermanos se entrecruzó por primera vez tras tantos años. En realidad, todo había cambiado.

Las emociones los desbordaban. El pequeño Minaryan atropelló en su salto a su hermano, cayendo ambos al suelo entre risas. Vinadarian estaba cubierto de mugre, polvo, barro, sangre y sudor, pero no le importó. Con los ojos llenos de lágrimas, lo abrazó con todas sus fuerzas.

—Has crecido mucho, pequeñajo —le dijo entre sollozos.

Minaryan ni siquiera pudo contestarle; solo dejó la cabeza sobre el pecho de su hermano y disfrutó de su calor. Vinadarian sonreía complacido, conteniendo el llanto como podía. De pronto, todo lo que le había ocurrido estos años no era tan terrible.

—Oye, Mina —dijo con cariño, separándolo con delicadeza. El niño estaba pringado de barro, pero no quería limpiarse hasta escuchar lo que tenía que decir. Comenzaron a oírse lejanos gritos de angustia, ecos que no tardaron en acercarse.

Alertados, los hermanos cruzaron juntos el callejón hasta la vía principal, donde pudieron vislumbrar una onda lumínica opaca de color blanco que se expandía a una velocidad vertiginosa.

Como la caricia de un dios, nada escapaba a su tacto, no habría fortaleza indemne.

La humanidad cedía a su paso, un poder superior, desconocido y omnipotente, imparable e indestructible.

Vinadarian cubrió a su hermano con su propio cuerpo para protegerlo, pero la onda los atravesó a ambos con consecuencias muy dispares. Minaryan quedó inconsciente de inmediato, pero él apenas sintió un cosquilleo en el pecho.

El mayor levantó la cabeza tratando de encontrar una explicación entre los gritos, presenciando entonces la marabunta de cuerpos en el suelo.

Le tomó el pulso a su hermano temiéndose lo peor, y aunque notó los latidos de su corazón, el alivio se desvaneció.

Los edificios se derrumbaban segundos después del paso de la onda.

Quiso recomponerse, encontrar una solución, una vía de escape, un plan, pero, antes de formular su primer pensamiento, los escombros comenzaron a caer del cielo como la lluvia en otoño.

Se resquebrajaban contra el asfalto, el réquiem de un mundo pasado, estruendos que desmerecían el pánico de la humanidad. Su obra se convirtió en su matadero.

Subió al pequeño a su espalda y se alejó cuanto pudo mientras el cielo caía ante él. Corrió hasta un parquecito. La gente se arremolinaba en torno a la fuente central, cargando a quienes podían. Eran pocos quienes se atrevían a mantener la compostura.