Rinaryan: La huella de un fantasma
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Prólogo
Cuán patética debió haber sido mi vida para presenciar la ovación unánime de las grandes figuras ante mi muerte.
Lo recuerdo con una impotencia sobrecogedora y, sin embargo, para mí no eran más que meras siluetas que descorchaban botellas, reían y celebraban el gran acontecimiento.
Qué inocente es la mente de un crío atreviéndose a suponer que las personas pueden considerarse iguales entre sí.
La mano me temblaba y mi hermano, que se las había apañado para esconderse debajo de mi cama, envolvía con las suyas la otra en un discreto abrazo. Apretaba con fuerza llevándola contra su pecho en lo que ambos creíamos era mi último momento.
No pude dirigirme a él. Estaba demasiado ocupado mirándola a ella, la peor de todas las siluetas, una cuyo nombre pesaba más que el de todas las demás. Recuerdo bien mi respiración agitada; fruncía el ceño como si eso pudiera sacarla de allí, como si pudiera evitar su hipócrita sonrisa.
No había muerto. Mi corazón, aun herido, continuaba palpitando. Mis funciones vitales seguían intactas. El experimento había sido un éxito. El sujeto número seis. Un gran paso para la humanidad.
¿Por qué yo? No dejaba de preguntármelo. Me pesaba la cabeza cuando arrancaron la unión de nuestras manos hasta quedar inconsciente. Parece que cuando te preocupas sobre tu inmortalidad, la pérdida de sangre es algo secundario.
Desperté dos semanas después en una habitación bastante grande y bien equipada: televisión, consola, libros, ducha, monitores para mis constantes vitales, mi actividad física, mi actividad mental…
Y a saber qué más. No me hacía falta saberlo.
Había una gran placa encima de mi puerta, «Seis», así, con letras, no vaya a ser que se confundieran y me lo dijeran en otro idioma.
En una sagaz suposición, pensé que habría cinco más como yo, pero parece que lo sagaz no es mi fuerte.
No tardé en enterarme de que era el único superviviente. El sujeto seis. Fui a abrir la puerta, a buscar a Mina, pero no pude. Estaba encerrado ahí dentro.
Encendí la televisión, busqué en las noticias, pero nadie hacía referencia a mi condición. Me llevé la mano al corazón al recordarlo, metí el dedo índice por debajo de la camisa como quien mete el pie en el agua esperando que no esté fría, y comprobé que no había indicio alguno del disparo.
Con trece años, aún no estaba preparado para entender qué significa ser inmortal. Honestamente, ahora tampoco, y lo más probable es que nunca lo esté.
No tardaron mucho en abrir la puerta de sopetón.
Dos orangutanes con muchos estudios y poca educación me agarraron de los brazos y me llevaron a una sala donde me explicaron un montón de cosas de las que solo recuerdo lo interminable que era el pasillo y lo blancas y brillantes que eran sus paredes.
Todo era radiante; no por nada era parte del laboratorio del pináculo de la humanidad, como la llamaban a ella.
«¿Dónde está Minaryan?, ¿dónde está Minaryan?».
«¿Dónde está mi hermano? ¡Es lo único que me queda!».
Grité como si fuera a servir para algo; lo más probable es que ni siquiera supieran de quién hablaba a esas alturas.
Una semana para ellos era como veinte años para la gente común.
Todo el mundo era eficiente y trabajador hasta el vómito.
Experimentos, pruebas, investigaciones, innovaciones, reformulaciones y un montón de palabras complejas que terminé aprendiendo a regañadientes.
Me metieron en una clase, pero una muy distinta a lo que yo conocía.
No estaba dividida por cursos ni por edades o por conocimiento…
Ni siquiera por habilidad, excelencia o género, eso lo teníamos todos bien claro; era para los mayores prodigios de todo el mundo, y entre ellos, como un cepillo de dientes metido en una caja de cerillas, estaba yo.
En los últimos siete años la humanidad había avanzado tanto y a un ritmo tan vertiginoso que se creaban talleres anuales para explicar a la población los nuevos procesos para aumentar su longevidad, mejorar los combustibles fósiles…
Nunca antes una dominación mundial encontró un oponente tan sumiso como la que experimentó la revolución científica más relevante de la historia.
Me llamaban Seis. En todas partes y casi todos me dejaban bien claro que todo esto era a pesar de mí. Ni conmigo ni mucho menos gracias a mí.
Ella, en cambio, me llamaba Vinadarian, y yo sonreía cuando me lo decía, pero porque era irónico que me hiciera detestar más aún mi propio nombre que el que me habían impuesto.
Seguía preguntando por él. Por Mina, mi hermano.
Trataba de ser sumiso al principio, portarme bien, hacer lo que me pidieran.
Iba a clases, hacía un ridículo espantoso, estudiaba lo que podía, corría cuanto podía, sonreía cuanto podía.
Pero me apagaba un poco más cada día con cada burla, con cada inyección y con cada mirada.
«¿Por qué tuvo que ser él?». Lo veía en los ojos de mis profesores, de los científicos, de los médicos y de mis compañeros.
Aunque no me hacía falta verlo. También lo escuchaba a diario.
Era parte de mi rutina conocer la desgracia de que hubiera sido yo, lo agradecido que debía estar y lo patético que era.
Tras el primer mes, Vinadarian se había desvanecido por completo. Era Seis. El sujeto Seis o, simplemente, el sujeto.
Y yo también desaparecí, al menos en un sentido metafórico o, mejor dicho, mental. Apenas recuerdo nada más allá de la rutina de estudiar, suspender, ser reprendido mis profesores, ser humillado por mis compañeros, ser analizado por mis médicos e irme a dormir a la misma hora.
Ni siquiera soñaba nada por aquel entonces, era como si viese mi vida en tercera persona.
Trataron de ponerme profesores de refuerzo.
Obviamente, estudiar las nanopartículas celulares durante el estado de reconversión de no sé qué energías era saltarse al menos un par de páginas en mi antiguo libro de Conocimiento del Medio de secundaria, y tampoco es que allí me fuera muy sencillo aprobar.
Me esforcé cuanto pude, pero era un fracaso tras otro, un círculo vicioso del que no tenía opción de escape.
Escuchaba a diario en las noticias cómo se acrecentaban las disputas entre las grandes figuras hasta que, con el paso de uno o dos años, estalló la guerra.
Parece que la relación entre ellas se fragmentaba poquito a poco, y yo tenía la ligera esperanza de que una bomba cayera en el sitio equivocado y abriera un boquete en el lugar correcto.
Cuando lo escuché, supe que no volvería a ver a mi hermano, no si me quedaba quieto.
Tras el primer año me llevaron a otra base, unas torres plateadas llenas de protocolos de limpieza, higiene, seguridad… Y, desde entonces, las mudanzas fueron mensuales. Recuerdo bien los garajes llenos de coches idénticos, blindados y con los cristales tintados.
No hacía falta ser un genio para saber que el resto me buscaba, pero no me daba ningún miedo. Supongo que es uno de los pocos beneficios de que te hayan quitado la identidad.
Conocí gente interesante en algunas de las bases, pero nadie a quien pudiera llegar a llamar amigo o que despertara en mí algo más de allá de curiosidad hasta el tercer año. Y es que el tercer año fue… caótico, pero lo importante es que estaba él.
El laboratorio era mucho más sofisticado, aunque también más pequeño, con tan solo un comedor grupal y una treintena de habitaciones. Algunas, como la de los críos, grupales. Aunque yo seguía solo. En ese momento, casi lo agradecía.
El paso de los años no era en balde, y el dinero y los medios se reinvertían hasta el infinito incluso cuando la guerra ya estaba a punto de estallar.
La primera vez que lo vi fue al levantarme de la maquinaria en la sala de análisis, una silla con un tubo enorme encima y dos cuerdas de un tejido especial cuyo nombre no me voy a atrever a pronunciar ni a escribir, un montón de cables y un montón de ordenadores, pero, lo más importante, ningún guardia durante el proceso, aunque a veces, como aquel día, ella, la científica también estaba.
Si ella pudo despojarme de mi nombre, yo puedo hacer lo mismo con el suyo.
La persona de la que hablo, un chico llamado Jinner, me miró por primera vez con una cara de asco terrible.
Quería fulminarlo con la mirada, como hacía con casi todos los demás, pero lo escuché carcajearse mientras yo cumplía con mi tarea diaria: intentar cargarme el aparato en el que me examinaban.
Así quizá podría romper mis cadenas y salir corriendo.
Nunca sirvió para nada, pero me tranquilizaba hacerlo; creo que me demostraba que aún no me había rendido del todo.
Él era muy diferente de mí, rubio y con los ojos verdes como Mina, pero musculoso y alto, uno de los diez mejores estudiantes del centro, por lo que no estaría de más decir que del mundo entero, atlético, valiente y obediente.
Era él quien rechazaba a los demás y no al revés, aunque al final estábamos igualmente solos.
Sentí un ridículo espantoso, pero noté que, pese al asco con el que me miraba, su carcajada, la risa intrínseca de alguien ante una actuación semejante, se había disipado. Había algo más: su mirada estaba clavada en mí pese a la presencia de la científica.
Tras tantos años, pude reconocerme en mí mismo antes de contestarle.
No iba a ponérselo tan fácil. «Realmente no significa nada, ¿no?
». Podría haberlo dicho porque hacía mucho viento, o mucho frío, y hubiera servido de lo mismo, de nada, no hubiese detenido la borrasca ni al clima.
Una lucha imposible. ¿Para qué seguir esforzándote en que el mar deje de estar húmedo?
Ahora que lo pienso, es muy infantil, pero eran mis pequeñas venganzas: gritar, zarandearme, no dejárselo tan fácil.
En general, no servía para nada más que para molestarles, pero era lo único sobre lo que tenía decisión y obrar en su beneficio hubiese sido quebrantar lo poco que quedaba de mí.
Él se quedó de piedra y yo me sentí radiante, como si hubiera descubierto el sentido de la vida.
No sé si me enorgullezco o me avergüenzo de ese momento; lo que sí sé es que nos encontramos en la misma sala tiempo después, uno o dos meses.
Iba con su madre detrás y yo ya estaba saliendo cuando me habló.
Sus palabras eran crudas, pero me lo dijo con cuidado, como si temiera que fuera a morderle.
«Compórtate. Tus rabietas no sirven de nada».
Yo sabía que él tenía razón. Claro que lo sabía, pero estaba encendido, la sangre me ardía con fuerza, y le respondí sonriendo mientras apretaba los puños como si fuéramos a pelearnos.
«Yo también lo creo. Pienso que voy a estar aquí encerrado de por vida, que no voy a volver a ver a mi hermano, pero lo odio.
Detesto pensar así, así que escúchame bien: si tengo que arrancarme las muñecas para salir de aquí y verlo una vez más, si tengo que destrozarme las rodillas a mordiscos o arrancarme la cabeza de cuajo y tirarla por la ventana, seguiré intentándolo hasta que me entierren o me encierren un par de metros más cerca de él».
Hice una pausa dramática, le mantuve la mirada sin achantarme.
Puede que Jinner no estuviera tan errado en su juicio sobre mí. «¿Qué tienes tú?».
Alguien me respondió por él. Pero lo ignoré, quería escuchar qué tenía que decirme. Le temblaban los labios y tragó saliva antes de contestar. «¿Cómo te llamas?».
«Seis», contestó su madre. Yo lo llamé maleducado, le dije que yo sí sabía el suyo, Jinner. Y, entonces, respondí a su pregunta, exhalando un alivio que jamás hubiera entendido antes.
«Soy Vinadarian».
Era cierto, aunque casi lo hubiera olvidado. Tanto como que esa misma tarde volvimos a vernos. No sé cómo lo lograría después de ver cómo reaccionó su madre al verlo sonreír cuando habló conmigo.
Nos contamos nuestros problemas, hablamos sobre la guerra de fuera, sobre los grandes científicos, sobre el fracaso, sobre la pérdida, sobre…
, bueno, algunas cosas que no vale la pena mencionar.
En resumen, nos hicimos amigos. Tratamos de conversar y de juntarnos siempre que podíamos tras ese día.
No era fácil, pero hacía más amena nuestra vida.
Le pedí miles de veces que no diera la cara por mí, que estaba acostumbrado a todo ese entorno despectivo y hostil, pero le costaba contenerse.
Un día, al acabar el cuarto año, la humillación fue un poco más allá de lo normal, él estaba un poco más alterado de lo normal y había unos pocos menos guardias de lo normal. Tampoco es que ninguno de los dos fuéramos precisamente normales.
Terminé embadurnándome las manos con sangre y portando una pistola delante de un cadáver.
Tan fuerte y tan frágil… Jinner se quedó paralizado como una estatua, sin poder contestarme.
Venían a por nosotros; con un poco de suerte, solo a por mí.
Era mi única oportunidad para escapar y también la única para salvarnos a ambos.
«No te atrevas a levantarte o te prometo que acabaré lo que he empezado, niño de mamá».
Él levantó la cabeza y asintió hacia mí.
Mi promesa, encriptada, era tan solemne como determinada.
No habría batalla imposible que se pudiera interponer en mi camino. «Volveré a encontrarte, Jinner».
Por fin salí de allí, pude respirar aire libre, y traté, durante unas semanas, de zafarme de quienes intentaban encontrarme, escondido más entre las llamas de la guerra que en las sombras de los callejones.
Sea como fuere, esa fue nuestra primera gran victoria y la primera de mi vida tras morir, también, por primera vez.
Nota número seis
Dirijo este texto hacia un futuro incierto en el que no puedo aventurarme.
Incierto no quiere decir oscuro, pues desde aquí puedo ver la luz que emanáis, especulo con las grandes leyendas en las que os habréis convertido y, aun así, debéis comprender que esta vez no sois vosotros el objeto de esto. Quien necesite leerlo, lo encontrará. Si eres tú, lo sabrás.
Esta historia es mucho más grande que yo, pero mi corazón dicta que acepte la medida que mis allegados me han dado y, por ende, os contaré algo que me ha costado años aceptar.
Rinaryan comienza conmigo, y el libro, en su primera frase, talla una escritura que me pesará con cada página; un sonido apabullante que resuena a través de las eras.
Siento la molestia de algo tan vacío, pero si esto llega alguna vez a ver la luz, debe ser el prólogo del libro. Gracias.