Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 51
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Capítulo 51

L a oscuridad más absoluta surgió a mi alrededor e invadió mi mente como una tormenta en la noche. Mi cuerpo estaba ingrávido, flotaba en el vacío, desconectado de la realidad.

Una niebla espesa se alzaba imponente sobre cada pensamiento mientras yo vagaba en la nada. Sentía todo entumecido, excepto por el leve cosquilleo que me subía por la columna. Un sentimiento de familiaridad se abrió paso a través del trance cuando lo reconocí.

Los zarcillos que había llegado a conocer bailaban, se entremezclaban con delicadeza alrededor de mi mente y pulsaban con calidez; un abrazo que ahora traía consigo confort.

Crecieron cada vez más y más, invadiendo mi mundo, liberándose de la carcasa de mi piel y extendiéndose hacia la oscuridad, titilando como velas en la noche.

Se extendieron sin parar en busca de algo. Lo que fuera.

¿Qué estábamos buscando?

Mi cabeza seguía hecha un mar de pensamientos, pesados y revueltos.

A lo lejos, un orbe brillante apareció a la vista, y mis zarcillos revolotearon hacia él como una polilla hacia la luz.

Entonces me acordé.

Buscábamos una mente.

El baile de luces en la distancia brillaba con fibras translúcidas que variaban entre tonos pastel de rosa, azul y violeta. Después, colores que no existían, colores que yo solo había visto en mi propia mente…, en mi propia telaraña.

A medida que mis zarcillos se aproximaron a la entidad, la sensación de algo no tan desconocido comenzó a aparecer en mis pensamientos.

Como si hubiera estado aquí antes. Visto esto antes. Sido esto antes.

Nada tenía sentido, aunque todo se sentía como debía.

Mi telaraña rodeando el orbe, serpenteando con cuidado…, buscando…, aprendiendo…, adaptándose.

Una luz violenta surgió a través de mí cuando se produjo el contacto.

«Fiandrial».

El nombre resonó en la extensión, en mi cabeza y entre mis extremidades.

¿Fiandrial? Ese nombre…

«Estábamos esperando que nos encontraras».

«Te hemos llamado desde la oscuridad, pero no estabas lista para vernos todavía».

¿Qué?

«Aún es muy pronto».

«Hay cosas que debes hacer».

«Pero el camino se ha establecido».

«La decisión se ha tomado».

Una luz incandescente se apoderó de mi visión cuando un torrente brotó a través de los zarcillos, aflojando el vínculo.

¿Qué estaba ocurriendo?

¿Quién era la mente?

No pude evitar sentir que ya la había oído antes…

Aunque no en esta vida.

«Cuando llegue la hora, nos volverás a encontrar. Despierta».

La mente me palpitaba con un dolor agudo cuando abrí los ojos y miré alrededor, pero no reconocí la habitación en la que me encontraba.

Se me aceleró el corazón.

«¿Dónde estoy?».

Estaba en una cama, tenía el cuerpo envuelto en sábanas blancas y mantas gruesas en varios tonos de gris.

Lo que yo creía que podría ser la luz del sol se colaba poco a poco por la ventana de una pared a mi derecha, pero no podía ver nada desde este punto.

Los rayos se veían apagados, como si lloviera, aunque no escuchaba las gotas caer fuera.

Las paredes estaban hechas de piedra negra brillante, irregular y dura. Me fijé en una mesa que había a los pies de la cama con lo que parecía una pila de ropa oscura encima.

Aún sentía las extremidades hechas polvo, el cuerpo flojo y los ojos con ganas de cerrarlos otra vez… Tal vez un poco más de sueño no me viniera tan mal…

«Despierta. ¡Estás en peligro!».

Mi mente me estaba chillando.

Hice una mueca mientras intentaba sentarme. Me incorporé, anticipando el dolor que seguro que me irradiaba desde el hombro.

Pero el dolor jamás llegó.

Me inspeccioné los huesos que sabía que me había roto y descubrí que no había nada fuera de lugar.

«Encuentra una salida».

Los pies se me fueron a las ventanas con barrotes y busqué algún punto débil.

Como era de esperar, no había ninguno.

Nos hallábamos a una altura apabullante; casi rozábamos las nubes. Las cimas de unas montañas de color carbón se erguían a lo lejos. Nada de verde… ni otro color, solo distintos tonos de desaturación.

No podía estar sucediendo.

Caminé hacia la puerta, sabiendo que la encontraría cerrada, pero lo intenté de todas formas. El pulso se me aceleró cuando el pomo permaneció rígido en el sitio.

«Piensa».

Necesitaba un plan. Y rápido. Trepé de vuelta a la cama y traté de calmar mi respiración. Mis pensamientos eran un torbellino. Me removí incómoda y noté las capas de encaje y tul que se me retorcían alrededor de los muslos. Aún llevaba el vestido hecho trizas del baile.

¿Todo aquello ocurrió anoche? Los recuerdos de mis últimos momentos en Emeraal llegaron en tropel.

¿Cómo de lejos me encontraba de casa?

El miedo me invadió cuando rememoré el largo viaje hasta aquí. Las bestias, las voces y las torres.

Me hallaba en una de esas torres.

«No, no, no».

Estaba atrapada, sin posibilidad de volver. A merced del enemigo que había asesinado a centenares de los nuestros sin pensárselo siquiera. Empezaron a temblarme las manos cuando la realidad me golpeó.

¿Cómo iba a rescatarme alguien aquí?

¿Por qué Laryk no había salido corriendo tras de mí? Se había quedado plantado con esa mirada perpleja en la cara. Y el grito de Osta justo antes de desmayarme…

Era incapaz de imaginarme lo que Osta debía de estar pasando ahora mismo. No me cabía duda de que pensaría que yo había muerto.

Quizá la muerte hubiera sido mejor.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. ¿Por qué me habían traído aquí? Y, lo que era más raro aún, ¿por qué me mantenían con vida?

«No te alteres».

No había tiempo para entrar en pánico. No había tiempo para dejar que la mente se me perdiera en un mar de posibilidades. Fuera por el motivo que fuera, no pensaba cooperar. Moriría luchando.

Me encontraba tan aturdida que era difícil mantenerse centrada. Cambié el rumbo de mis pensamientos a las voces que me habían traído aquí. A lo que habían dicho. A donde estaba.

Lo habían llamado Ravenfell.

A pesar de que no los había visto, ahora sabía que sus sombras no eran más que un espejismo, un escudo para ocultar la verdad de sus formas físicas. Formas que no parecían tan diferentes de las nuestras.

Formas que hablaban el mismo idioma.

Me recosté e intenté aclarar mis pensamientos. Si quería sobrevivir, debía encontrar un modo de salir de aquí. Solo era cuestión de tiempo que decidieran matarme…

O peor…

«No vayas por ahí».

Una vez que logré calmar mi respiración, me concentré en lo único que tenía sentido.

Cerré los ojos, invoqué los zarcillos y los insté a salir de su lugar oculto.

Me encontré con resistencia. La cabeza me dio vueltas.

Me volví a concentrar y los incité a subir por la columna, sintiéndome aliviada cuando por fin se abrieron paso hasta el cráneo.

Mi conexión con ellos parecía distinta…

Más débil.

Respiré hondo, los desplegué y los envié al éter. Tal vez hubiera una mente de la que apoderarse. Aletearon por las paredes, hacia la puerta, a través de las grietas de abajo…

Un orbe apareció a pocos pasos de la habitación.

Una mente.

Brillaba con un tono más cálido que las otras a las que yo estaba acostumbrada, pero funcionaría igual. Latía a mi alcance, tranquila e inofensiva.

El objetivo perfecto.

Los zarcillos se deslizaron hacia ella, preparados para atacar, pero, en cuanto alcanzaron el orbe brillante, quedaron sofocados de golpe y se vieron lanzados de vuelta a las profundidades de mi columna, asustados.

«¿Qué coño?».

Se produjo una conmoción tras la puerta, y segundos después se abrió de par en par.

—No pruebes ninguno de esos jueguecitos mentales conmigo, princesa. No van a funcionar.

Se me escapó un jadeo de entre los labios cuando una figura enorme atravesó la puerta; su presencia llenó por completo la habitación. De pronto, me sentí increíblemente pequeña.

El cabello del color del cuervo le llegaba por los hombros. Unos diseños ónice recorrían partes de su piel pálida. Parecían desconocidos y extraños. Iba vestido de la cabeza a los pies con una armadura de cuero negro con detalles que jamás había visto.

Tenía el rostro anguloso y duro, con facciones tan afiladas que parecían cortar diamantes.

Unas orejas puntiagudas asomaban entre los mechones oscuros, cubiertas de piercings de metal plateado.

Llevaba otro piercing de barra en la ceja.

Su expresión era oscura e imposible de leer.

Los iris le brillaban como ascuas doradas.

Pero a su alrededor…

«Por todos los Esprithe».

Se me vinieron a la mente los recuerdos del baile. La mujer que había visto… Esa con la que compartía mis ojeras perpetuas.

Justo como el hombre que tenía delante de mí.

Un silencioso grito brotó en mi interior, pero no afloró ningún sonido. Las palabras que querían salir disparadas se me quedaron en la punta de la lengua.

Me quedé con la boca abierta. Y luego la cerré.

El hombre soltó una risita y sacudió la cabeza. Aunque había un filo en su risa. Un deje cortante que no lograba identificar.

La ira me embargó, y las palabras salieron al fin. Solo que no fueron las que yo quería.

—¿Por qué me habéis llevado con vosotros? —pregunté, intentando mantener la voz firme, pero soné más bien como una niña caprichosa.

Compuse una mueca.

—¿Que por qué te hemos salvado, dices? —me corrigió. Reconocí su profunda voz de barítono del viaje. Él era el captor que iba sentado detrás de mí sobre las bestias aladas. Aether.

«¿Salvarme? Tienes que estar de coña».

—Habrías muerto si no te hubiéramos traído a Umbrathia. —Se cruzó de brazos. Su voz era impasible, fría.

—Me habéis secuestrado, no me habéis salvado. Me habéis llevado con vosotros en contra de mi voluntad…

—Has sido tú la que se ha revelado. Te hemos hecho un favor —espetó, cortándome.

—¿Que me he revelado? ¿Tienes idea de lo majara que suenas?

—Invéntate lo que quieras. Nosotros no dejamos a los nuestros atrás.

—¿De qué hablas? —Me estaba frustrando. La cabeza volvió a darme punzadas.

—Eres una kalfar. Una dominadora de las sombras. Te habrían matado en un instante después de haberte expuesto.