Capítulo 50
–¿P or qué la traemos? —siseó una voz de mujer en mitad de la noche. El viento me azotaba la cara y arrojaba mi pelo en violentos remolinos. Mi consciencia iba y venía, cubierta de una niebla espesa, y mi cuerpo permanecía sin fuerzas, como si un peso invisible se me aferrara a los huesos.
—Ya has visto lo que ha hecho. —La voz del hombre era grave, imponente.
Podía entenderlos, aunque los captores tenían acentos extraños que me parecieron desconocidos. Sus palabras eran más agudas, guturales y entrecortadas.
—Pero es una de ellos —insistió la mujer, con un deje de irritación en su tono.
—Está claro que no —respondió él con frialdad—. Su alma está atada a la oscuridad.
—Eso es imposible.
Y volví a perder el conocimiento.
—No podemos dejar que vea la ruta. ¿Y si escapa?
La voz removió mi mente, que ya estaba envuelta en una neblina. Me aferraba a la consciencia por un hilo muy fino.
—Por eso contamos con que Rethlyn la mantenga inconsciente hasta que lleguemos a Ravenfell —explicó una mujer—. Si Rethlyn falla, yo misma le rebanaré la garganta. —Oí el ruido metálico de una daga reverberar en la noche.
—Nadie le va a poner una mano encima hasta que Aether lo diga —replicó un hombre inexpresivo.
De repente, la gravedad cambió y sentí cómo unos brazos me alzaban.
—¿Quién la quiere? —preguntó la mujer con un tono de burla.
—Cabalgará conmigo —dijo una voz grave masculina. Parecía el líder, el llamado Aether. Un instante después, me cogieron. Traté por todos los medios de mantener el cuerpo flojo.
Unas manos grandes me agarraron de la cintura y me subieron a lo que parecía una montura. Me ataron con una cuerda alrededor de los hombros y del pecho mientras sentía cómo se deslizaba mi espalda por un torso rígido. Mi consciencia comenzó a desvanecerse de nuevo.
—Ya está sujeta. Vamos. Vexa, lidéranos. Deberíamos llegar a Ravenfell antes del amanecer. —Noté cómo el pecho detrás de mí retumbaba con las palabras, y en un segundo nos propulsamos hacia delante. Unos cascos fuertes golpearon el suelo, corriendo a través del terreno rocoso.
Justo cuando volví a perder el conocimiento, sentí un nudo en el estómago en el momento en el que la bestia saltó y abandonó el suelo bajo nosotros mientras despegábamos.
Todo aquello parecía un sueño.
El viento me azotaba el cabello cuando volví a recuperar la consciencia. Todo mi cuerpo se sacudió cuando me percaté de que estábamos volando. Contuve un grito y me obligué a mantenerme quieta, lacia contra el pecho del hombre detrás de mí.
Abrí los ojos despacio a través de las pestañas. Estábamos elevándonos rápidamente por encima de las nubes.
«¿Cómo es posible?».
Atravesamos una fuerte ráfaga de viento y dejé que la cabeza se me cayera más, lo que me proporcionó una mejor vista de la criatura que estábamos montando.
Unas alas negras gigantes se expandían por una extensión de al menos el doble de mi estatura.
Estaban forradas con un pelaje aterciopelado, pero tenían unas membranas como las alas de los murciélagos.
Miré hacia el otro lado y encontré la parte de atrás de una crin de caballo.
No obstante, si esto era un caballo, era mucho más grande que los de Luminaria.
Me volvieron a pesar los ojos y me obligué a mantenerme despierta, luchando con los restos de la inconsciencia antinatural a la que me estaba forzando el tal Rethlyn.
—Preparaos para aterrizar —oí que gritaba la voz de la mujer, y de pronto caímos en picado. Mi pelo salió disparado hacia delante antes de volar hacia atrás sobre mi cara. Un grito se me agolpó en la garganta, pero lo contuve.
Cuando atravesamos las nubes, las torres oscuras aparecieron en la distancia, erigiéndose imponentes sobre lo que parecía una ciudad poco iluminada.
Ravenfell, la habían llamado.
La arquitectura parecía sacada de una pesadilla. Negra y afilada, con detalles en forma de cuchillas. El horizonte estaba hecho de dagas. Encima de los chapiteles, descansaban unas estatuas aterradoras.
El miedo me invadió cuando por fin recuperé la consciencia en todo su esplendor.
Tenía que hacer algo.
Tenía que escapar.
Se me tensaron los músculos cuando extendí poco a poco los zarcillos de mi columna. Empezaron a tejerse hacia arriba, a desparramarse fuera de mi cráneo, y los saqué con sutileza, buscando una mente que controlar.
Sentí que el cuerpo detrás de mí se removió y giré la cabeza para mirarlo a la cara. Sin embargo, lo único que pude distinguir en la oscuridad fueron dos ojos dorados brillantes.
Se me encogió el corazón.
Los reconocí.
—¡Rethlyn, está despierta! ¡Haz que pierda el conocimiento de nuevo! ¡Ahora mismo! —gritó el hombre.
Y, en un instante, todo se volvió negro una vez más.