Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

Me acarició el labio con los dientes en una petición silenciosa para que le dejara entrar.

Nuestras lenguas chocaron entre sí, y tuve que echar la cabeza hacia atrás ante la fuerza.

Me estaba devorando, apoderándose de todos y cada uno de mis sentidos hasta que, de nuevo, solo existíamos nosotros dos.

La necesidad nos recorrió, conectando nuestros deseos, y pensé que este momento podría durar para siempre. Rogué para que durase para siempre.

Un grito se propagó por los muros y la fantasía se rompió a nuestro alrededor.

Nos separamos y los dos paseamos la mirada por el prado otra vez. Todos estaban alerta, intentando averiguar de dónde procedía el sonido.

Otro grito atravesó la noche, y todos movimos la cabeza hacia la izquierda, hacia el fuerte, justo cuando las enormes puertas dobles se abrieron de par en par y los civiles comenzaron a dispersarse por el prado, corriendo para salvar sus vidas.

Una bruma de sombras seguía su estela, envolviendo la zona de oscuridad.

Atisbé un destello esmeralda entre la masa de cuerpos y se me detuvo el corazón. Osta.

Era una estrategia. Los espectros los estaban usando como escudos.

«Mierda».

Le lancé una última mirada a Laryk antes de salir disparada hacia el revuelo. Por la expresión de su cara, supe que no podía verme.

—¡Fia! —lo oí gritarme desde atrás, pero no tenía tiempo.

Cuando alcancé los bordes de las sombras, un grupo de espectros rodeaba a Osta y a los Soleil.

Osta soltó un chillido que me heló la sangre.

La furia me invadió mientras sentía cómo entraba en un estado en el que no me había hallado en mucho tiempo. Un estado de descontrol. Un estado en el que la pura fuerza brotaba de mí y lo derribaba todo a su paso.

No podía detenerlo.

Un alarido se me escapó del pecho, y las sombras alrededor del prado vinieron a golpearme otra vez, reuniéndose a mis pies y envolviéndome entera.

Abrí los brazos a cada lado con las palmas abiertas cuando las oleadas de tinta se lanzaron contra mis manos como un río.

El peso de la oscuridad era tan intenso que mi cuerpo se vino abajo y caí de rodillas, temblando mientras se me metía dentro.

Recorrió cada vena, cada senda. La podía ver, arremolinándose en los rincones de mi visión.

De golpe, la oscuridad que me rodeaba se esfumó, absorbida por mi propio cuerpo.

Me temblaron las piernas cuando intenté retenerla dentro; mi mente chillaba por liberarse.

No sabía lo que estaba ocurriendo. Cómo lo hacía.

Mi control sobre la energía de mi interior empezaba a disminuir, y sentí las estructuras de mi mente romperse.

Era como si una bestia enjaulada intentara escaparse a través de mi piel.

Me aferré la cabeza con las manos, lo contuve lo máximo que pude, permitiendo que cada ápice de mi foco se alargara e intentara superar esta oscuridad desconocida.

Sentía un dolor insoportable en la cabeza y noté cómo se rompían las costuras en mi interior y se abrían brechas en mi soberanía mental.

El silencio me rodeó. Y todo se volvió negro.

Estaba en un vacío.

El pelo se me alzó por encima de los hombros, crepitando por la estática.

La oscuridad había infestado mi sangre y mis huesos. En ese momento entre la realidad y el vórtice, algo perverso dentro de mí ronroneó como si se hubiera producido un alineamiento. Un acuerdo en el que yo no había participado.

No estaba en un vacío.

«Yo soy el vacío».

Una ráfaga embriagadora me recorrió el cuerpo, ansiosa por desatarse.

Y la liberé.

Las sombras brotaron de la punta de mis dedos, bramando por el valle y derribando todo a su paso.

Mis sombras.

«Yo soy el vacío».

Mi pelo restalló a mi alrededor cuando la oscuridad se apoderó del terreno.

«Espera».

Un eco de algo susurró en mi mente.

Yo estaba haciendo algo. Estaba salvando a alguien. Los pensamientos se agolparon mientras intentaba recordar. Y entonces mi vista se quedó clavada en un par de ojos aguamarina conocidos.

Osta. Estaba salvando a Osta.

Ella me devolvió la mirada con la preocupación pintada en la cara mientras se arrodillaba con los Soleil. El viento seguía azotando. Bajé los brazos a los lados y jadeé en busca de aire, cayéndome de rodillas.

El prado entero se hallaba en silencio.

Todos los ojos estaban sobre mí.

«¿Qué acaba de pasar?».

Se me aflojó el cuerpo y me caí hacia delante; me golpeé el hombro contra el terreno cuando toqué el suelo. Sentí un torrente agudo de dolor, aunque no estaba a la altura de la confusión que atenazaba cada fibra de cada pensamiento.

Planté las manos en el suelo y me obligué a levantarme un poco para ver la destrucción que me rodeaba. Laryk me miraba con fijeza desde el otro lado del prado. En sus ojos abiertos de par en par había algo. Pavor.

«¿Laryk?».

Los recuerdos se me vinieron a la mente de nuevo.

Me dio un vuelco el corazón al verlo.

Lo necesitaba. Necesitaba que me ayudara.

Golpeé el suelo con la mano otra vez; agarré la tierra y me arrastré hacia delante cuando unas sombras aparecieron en mi visión periférica. Traté de chillar, pero tenía los pulmones hechos trizas.

Laryk avanzó un paso y luego vaciló. Quise gritar que me ayudara. ¿Por qué se quedaba ahí plantado?

La energía oscura se enroscó a mi alrededor, reptando por la hierba como humo, amarrándome los brazos, acariciándome la cara y tiñéndome la vista con el tono del hierro.

—¡Fia! ¡No! —chilló Osta en la distancia. Intenté dirigir la mirada a ella. Para verla aunque fuera por última vez. A mi mejor amiga. La persona más importante de mi vida.

Pero me quedé paralizada.

Los ojos se me clavaron en mi amante al otro lado del prado. El miedo me recorrió cuando el cuerpo se me elevó del suelo y sentí unos zarcillos de sombras rodearme las extremidades.

«¡Que alguien haga algo!».

Quería gritar, retorcerme, luchar. Pero mi cuerpo me había traicionado.

«Por favor».

No fue más que un pensamiento, una mera petición que se quedó en mi mente. Algo que rara vez hacía. El corazón se me aceleró en el pecho y el tiempo se ralentizó mientras esperaba.

Y esperaba.

Pero nadie vino. Nadie se movió.

Un destello de pelo cobrizo reflejando la luz de la luna fue la vista a la que me aferré cuando todo se desvaneció. Mi cuerpo se elevó en la noche, pasó rozando los árboles y cruzó la vasta extensión del oeste.

Torre Creciente resplandecía en la lejanía.

Se me volvió borrosa la vista, no sabía si por las lágrimas o por el agotamiento.

Jamás había sentido esta pesadez. Este vacío.

Todo se oscureció.