Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 49
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Capítulo 49

M is miedos cobraron vida cuando los remolinos de tinta infestaron el salón. La oscuridad estalló en ráfagas a su alrededor. A propósito, estratégicamente…, como si lo controlaran, pasándose el vacío de un lado a otro entre sí.

La oscuridad se propagó desde las sombras; unos zarcillos negros se alargaron para fusionarse con otras sombras de nada, envolviendo la estancia al completo en un velo nocturno.

Las lecciones nos habían enseñado que los espectros y la oscuridad eran uno solo, lo mismo. Pero, desde mi punto de vista, los espectros eran una entidad por sí misma. La oscuridad no era más que una señal de su presencia… Los seguía.

Me volví aterrada hacia Laryk, que analizaba la sala con los ojos a una velocidad imposible. Sacó la daga que llevaba a la cadera y se puso de rodillas, tiró de mi falda hacia él y desgarró la tela con la hoja mediante cortes rápidos. El vestido me quedó justo por debajo de las rodillas.

Podía correr.

Podía luchar.

—Fia, ¿los sientes? —preguntó en un tono apresurado mientras se quitaba la chaqueta.

Traté de acallar el pánico sobrecogedor de mi mente lo bastante para extender los zarcillos de mi foco. Como no comenzaron su ascenso de inmediato, tiré de ellos por pura fuerza de voluntad y los lancé a nuestro alrededor.

Cientos de orbes brillantes como los que había visto en el Enclave salieron disparados a través de la oscuridad. En el caos, era difícil distinguir los que procedían de los espectros y los de los aossí.

Las mentes parecían todas iguales.

A nuestras espaldas, los oficiales mandaban a los civiles a los barracones. Sus gritos se vieron cortados de pronto cuando los espectros se acercaron lo suficiente para arrebatarles el aliento y dejar sus palabras suspendidas en el aire.

Atacada, miré a todas partes buscando a Osta.

Pero no la encontraba.

Nos mantuvimos firmes mientras los aossí corrían a nuestro alrededor, desesperados por ponerse a salvo tras los muros del fuerte.

Un destello de pelo de color bronce reflejó la luz de la luna, y vi a una figura con un vestido esmeralda seguir a los civiles hacia la seguridad.

En lo más profundo de mi interior, me relajé al saber que Osta se encontraba a salvo, pero todos los demás nervios los tenía de punta.

—Están sucediendo muchas cosas ahora mismo aquí. No puedo distinguir a nadie —susurré. Me palpitaba la cabeza mientras intentaba mantener los nervios a raya.

El viento se intensificó en torno a nosotros a la par que se oían silbidos de arriba. El sonido de dagas lanzándose a través del aire reverberó, acompañado del chasquido metálico de las espadas al ser desenvainadas.

—Los espectros tendrán como objetivo la arcanita del prado norte. Debemos llegar allí. —Laryk se había ido; el general Ashford lo había sustituido. Algo le brilló en los ojos; algo que jamás había visto antes. Miedo.

Me saqué uno de los viales del vestido y se lo planté en la mano.

—Si te ves rodeado, bébetelo.

—¿Qué…? —Arrugó la frente.

—Lo ha creado Ma, pero no hay tiempo para explicaciones. Confía en mí —le imploré, y apreté la mano en torno a la suya un segundo más. No quería dejarlo marchar.

Lanzó una última mirada en mi dirección antes de salir disparado hacia la puerta.

Eché a correr tras él. Laryk abrió las gigantescas puertas de par en par, y nos precipitamos a la noche invernal mientras el silencio nos impactaba.

Ahora se veía mejor con la luna y las estrellas alumbrando el cielo.

La quietud predominaba en el patio en un crudo contraste con el caos y la muerte apenas unos pasos más allá.

—¡Por aquí! —gritó antes de girar a la izquierda y lanzarse por el camino de adoquines. Corrimos al unísono mientras la oscuridad se cernía ante nosotros. Se me contrajeron los músculos cuando me rodeé con los brazos, canalizando los zarcillos una vez más, preparándolos para la batalla.

En cuanto traspasamos las sombras, disparé la telaraña hacia delante en busca de una mente a la que atrapar. Los orbes brillaron a nuestro alrededor, disparados de un lado a otro a una velocidad alarmante. Seguí a uno con total concentración, aunque lo perdía cada vez que cambiaba de dirección.

Si no podía centrar mi foco en la mente, no podría controlar aquello. No podría destrozarlo. La conocida sensación de inutilidad se abrió paso a través de mi cuerpo, pero me deshice de ella. No tenía tiempo para sentir esas cosas.

—¡Fia! —oí que me gritó Laryk, y busqué su mente en el caos, encontrándola en el acto. Corrí en su dirección justo cuando lanzó una daga hacia una figura de tinta. Un siseo gutural surgió de entre la oscuridad, y Laryk tendió la mano hacia mí—. Fia, ¿dónde estás?

Me encontraba delante de él. Yo podía verlo. ¿Él a mí no?

—Laryk… —comencé a chillar, pero me quedé sin aire.

En un instante, salí disparada hacia atrás, lanzada con brutalidad antes de desplomarme en el suelo húmedo.

Aterricé sobre el hombro y lo oí romperse. Un alarido se me escapó y el dolor me invadió todo el cuerpo, aunque lo aparté de la mente.

Tenía que encontrar a Laryk.

El viento se alzó, y mis pies abandonaron el suelo en contra de mi voluntad. De repente, una forma dio vueltas a mi alrededor con violencia, creando el vórtice que sabía que eliminaría el aire del espacio.

Bajé la mano y cogí enseguida el vial de mi cinturilla, le quité la tapa y me lo bebí tan rápido como pude.

«Calma tu respiración».

El aire empezó a enrarecerse a mi alrededor; yo cerré los ojos para extender la telaraña. Vi la mente correr a toda velocidad en torno a mí como un insecto. Solo debía concentrarme.

Tenía que atraparlo.

«Fia, establece la puta conexión».

Ya no quedaba nada de aire. Solo era cuestión de tiempo que la poción dejara de hacer efecto.

«Date prisa». Desenvainé la daga, fijándome en cada hilo de la telaraña, sintiéndolos como si fueran una extensión de mi propio cuerpo. Aguardé el momento correcto.

«Venga».

Los segundos transcurrieron y se convirtieron en minutos mientras contemplaba el orbe que me rodeaba. Los oídos me pitaban de lo mucho que me estaba esforzando por rastrear al espectro.

De golpe, se produjo una explosión detrás de nosotros, y los espectros se ralentizaron apenas una fracción de segundo.

Era cuanto necesitaba.

Lancé la daga.

Y golpeé contra algo sólido.

Un siseo gutural rompió el silencio a mi alrededor, y me caí al suelo.

Me levanté y corrí hacia delante a pesar del dolor. El valle en la base de la colina apareció a la vista.

Cientos de guardias de Cuerpo rodeaban el inmenso chapitel de arcanita, creando un escudo de cuerpos.

Unos muros de fuego surgieron alrededor de los guardias y una cúpula brillante, que parecía un escudo, cubrió la punta de la arcanita desde arriba.

Observé horrorizada cómo los espectros volaron hacia la enorme piedra para luego replegarse hacia las sombras.

Se me encogió el corazón. Debía llegar allí. Tenía que ayudar.

«Busca a Laryk».

Alargué la telaraña otra vez y eché a correr colina abajo. Los orbes alumbraron a mi alrededor desde las sombras. Viré a la izquierda, clavando la daga en la mente del espectro cuando se alejó de las llamas. A lo mejor no era capaz de controlar mi foco plenamente, pero al menos podía hacer algo.

Esquivé las mentes que volaban hacia mí, huyendo de sus intentos de vórtices y atacando cuando tenía ocasión.

Cuando un espectro se abalanzó, me eché al suelo y rodé hacia atrás hasta quedar en cuclillas, y este salió volando demasiado cerca de la cúpula de encima, desorientándose por una fracción de segundo.

Corrí lo máximo posible, salté en el aire y estampé mi daga con fuerza en la maraña de sombras, donde escuché otro siseo procedente del espectro mientras este regresaba a las afueras del prado.

Cuando aterricé, vislumbré un destello de pelo cobrizo a mi izquierda.

«Laryk».

Luchaba por su vida, rodando, esquivando y golpeando con destreza y precisión, pero los espectros lo estaban rodeando.

Salí corriendo hacia él y me uní a la batalla. Luchamos codo con codo mientras el aire a nuestro alrededor disminuía.

No pensaba caer.

No esta noche.

Mi daga hizo contacto con otra sombra y la mandó disparada a la oscuridad.

Todo se detuvo.

Las formas de tinta explotaron en el cielo a la vez, formando una red de negrura en la parte superior de la cúpula. Un oficial comenzó a lanzar bolas de fuego hacia la masa, y la agujereó. Y, de súbito, los espectros salieron volando en la distancia, detrás del fuerte y hacia la noche.

Todos miraron alrededor conmocionados, preguntándose si se había acabado. Si de verdad habíamos ganado. Yo me derrumbé en el suelo, recuperando el aliento.

Noté a Laryk a mi lado.

—¿Cuándo has llegado? —jadeó.

—Justo antes de que empezaran el vórtice. ¿No podías verme? —resollé mientras tosía el humo que rodeaba el prado.

—No podía ver nada. —Estrechó la mirada y me observó—. ¿Tú a mí sí? —preguntó; su voz denotaba confusión.

—No bien, pero sí, un poco —respondí.

—¿Te refieres a que veías mi mente? —preguntó, tendiéndome la mano.

—Pues no te estaba buscando, pero podía verte.

Justo como te veo ahora mismo. A ver, estaba oscuro con tanta sombra, pero te vi luchar.

Por eso corrí hacia aquí —contesté mientras me levantaba.

El ceño se le frunció antes de volver a su estado normal—.

¿Se ha acabado? —pregunté, y eché un vistazo a la devastación que se había producido en el valle.

Sin responder, me agarró de la cintura y tiró de mí hacia él. En un instante, me cubrió los labios con los suyos, desesperado, anhelante. A pesar del dolor que todavía sentía en el hombro, llevé las manos a su pelo y saboreé la sensación de su cuerpo contra el mío una vez más.

«Jamás querré dejarlo marchar».