Capítulo 51 #2
Una confusión muda me envolvió.
Nuestro intercambio de miradas fijas llegó a un punto muerto. Los ojos de él eran muy intensos; me recordaban a los de alguien más.
Laryk… Sentí que el corazón me pesaba. Habíamos desaprovechado demasiado el tiempo. Si hubiera sabido que tendríamos tan poco… Las lágrimas amenazaron con emborronarme la visión, pero luché por contenerlas con una ferocidad recién descubierta.
—Embustero —solté furiosa.
Entrecerró los ojos, aunque un brillo de algo le cruzó aquellos infinitos iris dorados. Sucedió en un segundo y se marchó tan deprisa como había llegado.
—Cree lo que quieras, princesa. No tengo tiempo para esto. Debo salvar un reino de esos monstruos con los que pareces haberte encariñado tanto.
«Como me llame “princesa” otra vez, exploto».
Se giró hacia la puerta, pero se detuvo un momento antes de salir.
—Mis disculpas. No tenemos vestidos para que te los pongas. Aunque sí que te puedes cambiar de ropa y ponerte esa si quieres. —Señaló hacia la pila de prendas.
«Espera, ¿qué es lo que ha dicho?».
—No me hace ni puta gracia. Venís a nuestra tierra a matar sin ton ni son, pero ¿los monstruos somos nosotros? —La rabia se apoderó de mí.
Se detuvo en seco sobre sus pasos y se volvió para encararme con otro ceño fruncido. Prácticamente podía ver cómo el calor emanaba de su piel mientras los ojos le relucían con silenciosa furia.
—Llevo luchando por la libertad de Umbrathia desde que me estrellé contra sus rocosas profundidades hace toda una vida.
Esos con los que estás aliada han estado drenando este mundo, arrebatándonoslo todo.
La gente pasa hambre. Los niños se mueren.
El calor ha desaparecido casi por completo.
Pronto no quedará nada. Nos harán justo lo mismo que le hicieron a Riftdremar.
—El asombro me dio de lleno ante la mención de mi hogar.
Bajó la mirada y la clavó en la marca que se me extendía por la mano izquierda.
Aquellos ojos dorados ardieron hasta convertirse en bronce líquido—.
¿Te marcaron? —Su voz era áspera, con un matiz de algo oscuro.
Casi sentí cómo la marca me ardía con más fuerza en la piel.
Miedos de mi pasado comenzaron a abrirse paso en mi mente, los mismos que solían plagar toda mi existencia y me mantenían encadenada a una vida de sombras.
Los mismos que había dejado atrás. Los mismos que se basaban en creencias erróneas…
Los alejé a lo más profundo de mi mente. Jamás regresaría a ese sitio.
A esa debilidad.
Una mezcla de rabia e incertidumbre me envenenó la sangre y me anestesió las venas. No era verdad. No podía ser. De ninguna manera podía creerme ni una sola palabra que saliera de esa boca. Eran trucos, mentiras, destinados a desarmarme de alguna manera.
¿A cuántos de los nuestros habría matado él? Pensé en Gentry y en Val. En el aire siendo arrebatado de sus pulmones, en sus cuerpos retorciéndose y contorsionándose como si lucharan por su vida. Por sobrevivir. En los ataúdes vacíos que sus padres habían enterrado.
«No».
—No voy a caer en tus manipulaciones —repliqué entre dientes apretados.
Se hizo un silencio letal en la habitación mientras el corazón me iba a mil. Durante lo que pareció una eternidad, nos mantuvimos la mirada en un mano a mano mortal.
De repente, el aire crepitó con energía, y Aether se abalanzó sobre mí y agarró la barra del cabecero de la cama con las manos.
El pánico me recorrió de arriba abajo cuando los nudillos se le pusieron blancos.
Aquellos ojos dorados y aterradores destellaron otra vez, destilando rabia por aquellas profundidades doradas.
No se acercó más, pero el espacio entre nosotros pareció estrecharse, como si el aire se hubiera extinguido.
Mi mirada se quedó clavada en este momento, obligada a fijarse en los ojos del hombre delante de mí.
El odio se entremezclaba con algo mucho más aterrador en lo más hondo de mi ser, algo que sentí como una traición.
Algo que parecía que podría ser mi perdición.
El tiempo se detuvo cuando la energía me cubrió la superficie de la piel, poniéndome el vello de punta y bailando por los hombros.
Infiltrándose en mi mente. Era el viento, la enormidad del cielo, el susurro de miles de estrellas.
Era el ardor de la lluvia, la dentellada de una hoja, la caricia de la seda.
Era una calidez, un sol abrumador que llameaba en el tiempo y en el espacio, abrasando las paredes de esta habitación sofocante, justo derecho a mi alma.
Era como si algo se hubiera quebrado, rompiendo el universo en dos.
Nuestras respiraciones pesadas fueron los únicos sonidos que llenaban el silencio.
Debía liberarme y cortar esta conexión antes de que me consumiera por completo.
Un dolor me invadió cuando aparté los ojos de los suyos, jadeé en busca de aire y enrosqué los dedos en las sábanas pálidas.
El hombre retrocedió unos pasos dando tumbos, se apoyó en la pared que había a sus espaldas para equilibrarse y se giró para que su rostro quedara oculto.
«¿Qué coño ha sido eso?».
—Te han mentido. —Sus palabras prendieron algo en lo más profundo de mi ser, instando a que me hirviera la sangre. Violentos pulsos resonaron en mi interior y mandaron a mi mente al más oscuro de los lugares.
No podía soportarlo más. Las emociones eran demasiadas. Muy confusas. Muy poderosas. Estaba a punto de explotar. Invoqué la telaraña e intenté con desesperación alcanzar su mente otra vez. Aunque en esta ocasión iba a matar.
Tan veloz como la lancé hacia él, regresó hacia mí. El retroceso fue tan intenso que sentí el dolor agudo en mi mente.
—Tendrás que ser más rápida —espetó antes de marcharse con fatiga y dar un portazo tras él.
Quería chillar.
Me levanté y deambulé por la habitación. La molestia calentaba todas y cada una de las venas de mi cuerpo, y yo no tenía intención alguna de controlarla. ¿Qué era lo peor que podía hacer? Acabarían matándome de todas formas.
Mejor ahora que después.
Provocaría un caos absoluto. Gritaría tan fuerte que todo este condenado reino escucharía mis chillidos. Saldría de allí con alguna extremidad menos si era necesario.
Extendí la mano hacia abajo, sintiendo la daga que llevaba asegurada al muslo. Mi mente se llenó de un delicioso sabor a ira cuando toqué la vaina con la mano y la arranqué de la correa.
Mis poderes no importaban.
Le rebanaría la garganta.
O él moría, o yo lucharía hasta que me arrebatara la vida desde lo más hondo de mi ser.
Caminé firme con un propósito recién descubierto y me dirigí a la puerta, pero entonces un destello de pelo blanco hizo que me detuviera sobre mis pasos.
Era un reflejo del espejo… Yo.
Pero algo no cuadraba.
Ladeé la cabeza y me inspeccioné a mí misma mientras me acercaba. Todavía llevaba la melena en tirabuzones del baile. Las sombras bajo mis ojos sí que parecían más oscuras, aunque no era eso.
Me subí a la cama y coloqué la cara justo delante del cristal.
Se me paró el corazón.
Los ojos de color ópalo que siempre había tenido. Los que brillaban con luz blanca cada vez que utilizaba mi foco. El único rasgo que me definía, que jamás había cambiado, que jamás había faltado.
Ya no estaban.
Habían sido reemplazados por algo inquietante.
Algo siniestro.
Era como si me hubieran echado tinta directamente sobre los ojos.
Me llevé la mano a la boca mientras retrocedía y dejé vagar la mirada por la habitación. Noté cómo se me aceleró el pulso. Ya había visto esto antes. En la clase de Mercer.
El modo en el que había echado tinta en el agua, los giros y remolinos, la negrura extendiéndose, apoderándose de todo, colonizando el líquido transparente que había dentro.
Se arremolinaba en las comisuras de mis ojos, más allá de los iris opalescentes. Como si lucharan por el control.
Y entonces me di cuenta…
La oscuridad en torno a mis ojos…, que se había profundizado desde que estábamos en el oeste… Las sombras que había visto al llegar a Emeraal…
Los espectros solo podían emplear sus habilidades cuando se encontraban cerca de su hogar. Esta era la primera vez que me aventuraba fuera de Luminaria. La primera vez que me había acercado a la grieta entre mundos.
La destrucción, las sombras y los eventos del prado en Emeraal se me vinieron de golpe a la mente; los recuerdos atravesaron todos mis muros.
Él me había llamado dominadora de las sombras.
«Dominadora de las sombras».
Se me paralizó el corazón. Los susurros de un nombre resonaron en el fondo de mi mente.
Uno que había escuchado en un sueño.
Fiandrial.