Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

C ontemplé la vista cavernosa del salón de baile de abajo. Las paredes eran muy similares al resto del fuerte, esculpido en piedra gris y forrado por vidrieras esmeraldas.

La luz de la luna se filtraba desde la parte superior. Las velas y las antorchas montadas iluminaban el espacio y lanzaban un brillo dorado a la enorme habitación. Los aossí hacían piruetas al son de arpas y flautas que tocaban en vivo melodías evocadoras.

Los cuerpos se movían al unísono, bailando una danza que debía de ser tradicional para la gente de Emeraal. Miré a mi alrededor, tratando de encontrar algún rostro familiar entre la multitud, pero aún estaba demasiado arriba.

Me moví para bajar el primer escalón de las escaleras de mármol, levantando los bajos del vestido para no tropezar. Había notado el peso de la prenda en cuanto Osta me la había arrojado en nuestra habitación compartida; era lujosa pero muy pesada.

La tela negra me caía en cascada por el cuerpo, me serpenteaba alrededor de los brazos en patrones delicados antes de descender en olas de encaje negro que creaban una cola a mi paso.

Llevaba los hombros desnudos, pues los bordes salpicados de estrellas del escote se hundían en una forma de V perfecta en el pecho.

Estiré los brazos y me ajusté el vestido. Había escondido dos de los viales de Ma bajo la cinturilla y se movían al mismo tiempo que yo.

Me agarré con fuerza a la barandilla y bajé las escaleras. Los ojos se volvieron en mi dirección, y los nervios empezaron a hacer que me hormigueara la nuca.

No veía a Laryk por ningún sitio.

Cuando llegué al final de las escaleras, el corazón me retumbaba con violencia en el pecho. Había muchísimos aossí mirándome ahora, separándose para dejar espacio. Sus ojos eran una mezcla de desenfreno y curiosidad.

—¡Fia, es perfecto! —Me giré para encontrarme a Osta unos pocos pasos detrás de mí con un vestido de seda verde oscuro que reflejaba la belleza evocadora de Emeraal.

Se me ralentizaron los latidos del corazón cuando me acerqué a ella.

Los ojos que me taladraban antes ahora habían vuelto a sus conversaciones.

Ella me agarró las manos entre las suyas.

—Sé que el diseño no es mío, pero aun así es despampanante —susurró, haciéndome dar una vuelta—. El general tiene buen gusto.

—Preferiría que no le mencionaras eso. Su ego no puede crecer más. —Sonreí, y al final me di cuenta de que había una pareja detrás de ella.

Carraspeé y le hice una señal a Osta para que nos presentara.

Ella abrió los ojos de par en par.

—¡Ay, perdonad mis modales! —Se giró al instante y me arrastró del brazo—. Fia, estos son lord y lady Soleil.

—Fia Riftborne, hemos oído mucho sobre ti. Qué bien que por fin te hayamos conocido —dijo lady Soleil con una gracia que me pareció desconocida.

—Es un placer conoceros a ambos, de verdad. Osta me ha contado lo maravilloso que es trabajar para vosotros. —Sonreí con educación, intentando hacer una reverencia.

—Tenemos que charlar más tarde, después de la cena quizá —añadió lady Soleil—. Ahora mismo, será mejor que busque nuestros asientos. Osta, querida, ¿me acompañas? Me gustaría presentarte a una amiga mía.

—¡Por supuesto! Nos vemos luego, Fia. —Me sonrió de oreja a oreja. Lady Soleil le dirigió una mirada a su marido que no pude interpretar antes de que Osta y ella se adentraran en la multitud de cuerpos que había delante.

Paseé la vista hasta encontrarme con la de lord Soleil. Él desvió la atención hacia mi mano izquierda, donde mi marca Riftborne se extendía más allá de la manga de mi vestido. El lord se detuvo, alzó una ceja un poco antes de que le brillaran los ojos.

—Es un placer conocerte, Fia. Perdóname. Qué vestido más bello llevas. —Sacudió la cabeza como si estuviera volviendo de un trance y sonrió antes de pasar por mi lado. No se había alejado mucho cuando sentí su mano en el brazo.

Se inclinó y me susurró:

—Es genial tenerte de nuestro lado. —Y, en un santiamén, desapareció entre la gente también. Yo me miré la marca y me tapé la muñeca con la tela.

Sola otra vez, agarré un cóctel reluciente de la mesa de bebidas y observé el entorno.

Aún no había ni rastro de Laryk. Suspiré y me dirigí a los alrededores de la fiesta. Le di un sorbo a la bebida, y unas burbujas florales se me expandieron por la lengua.

Las palabras de Narissa se me volvieron a venir a la cabeza mientras contemplaba a las parejas bailar con elegancia delante de mí. ¿Habría cambiado de parecer? Me removí en el sitio y miré mi vestido nerviosa. De pronto, sentí el corpiño demasiado apretado…, la falda rozaba lo ostentoso.

Un sentimiento de desasosiego se apoderó de mí mientras me tomaba de un trago el resto de la bebida. Dejé la copa en una mesa y la aparté despacio.

—¿Te traigo otra? —susurró Laryk mientras sus labios me rozaban la oreja.

Me invadió una oleada de calma y me envolvió en un calor delicioso.

La chispa se convirtió en llamarada cuando lo miré a los ojos.

Cualquier preocupación previa quedó reducida a cenizas.

Esta noche tenía el pelo suelto y le caía en cascada por los hombros, en olas hipnotizantes de cobre, como más me gustaba.

Llevaba un traje de chaqueta hecho a su perfecta medida de todos los tonos y texturas del negro.

Los toques de dorado brillaban encima del terciopelo que se le extendía por el fornido cuerpo.

Se le formó en los labios la risa más perversa del mundo cuando me recorrió de arriba abajo.

Se acercó a mí despacio, entrecerrando los ojos.

—Si sigues mirándome así, abandonaré esta cena sin dudarlo y te llevaré a la cama. —Su voz era baja, depredadora. Las ascuas en mi interior volvieron a prenderse, y contuve una sonrisa. Era casi embriagador estar a su lado en este estado.

Y, en un segundo, me atrajo hacia él.

—Sabes cuánto me encanta que vistas de negro —susurró, apretando mi cuerpo a través del vestido.

Una parte lejana de mi mente pensó en los ojos que sin duda nos estarían observando, pero este ardiente e intenso momento en el que nos encontrábamos estaba incinerando poco a poco la capacidad de que me importase.

Deseaba su boca sobre mí. Inhalé hondo, tratando de absorber cada fibra de su ser. El aroma embriagador a vetiver y ámbar quemado me vino a la nariz. Este hombre era la viva encarnación del éxtasis.

—Baila conmigo —murmuró.

No era una petición.

Antes de que me diera cuenta, estaba tirando de mí hacia el mar de cuerpos que se movía de manera metódica por la habitación.

Entrecruzó los dedos con los míos y me envolvió el otro brazo de forma posesiva alrededor de la cintura. Nuestros cuerpos chocaron en una colisión pasional cuando me acercó a él.

Y entonces nos movimos, giramos, dimos vueltas. Mi mente era incapaz de seguirle el ritmo. Lo único que podía hacer era quedarme mirándolo a los ojos y continuar perdiéndome. Quería vivir en aquel instante para siempre.

La canción terminó y la realidad empezó a surgir de nuevo a mi alrededor.

Un sentimiento de zozobra me devoró el corazón cuando él me apartó y sentí frío en las partes del cuerpo que él había tocado.

Al igual que si bajara de una nube maravillosa, el sonido de los aossí en torno a nosotros me sacó del trance, y, así, el fuego salvaje se extinguió y la realidad se abrió paso.

—Vamos a buscar nuestros asientos, Fia. —Laryk me condujo a través de la multitud, con los dedos todavía entrelazados. Me pregunté si íbamos a sentarnos juntos, dada nuestra considerable diferencia de rango.

Me guio hacia la mesa más larga que había a un lado, a solo unos pocos pasos de la tarima elevada en la que se iban a sentar el rey y la reina.

Arqueó una ceja antes de retirar una silla y hacerme un gesto para que me sentara. Se lo agradecí y miré toda la extensión de la mesa. No había nadie que me sonara.

—Volveré enseguida. Hay algo de lo que tengo que ocuparme.

—Me dio un beso en la frente antes de dirigirse hacia la otra punta del salón de baile.

Lo seguí con la mirada, preguntándome para qué se había tenido que marchar.

Justo cuando estuve a punto de apartar la vista, alcancé a ver un cabello pelirrojo.

La ira me invadió cuando lo vi agarrar a Narissa del brazo y bajar su rostro hacia el de ella.

Me puse de pie, empujando mi silla hacia atrás mientras me giraba y andaba hacia ambos. Hice todo lo posible por parecer calmada, pero las emociones alcanzaron su máximo histórico. Por el rabillo del ojo, emergió una figura negra y centré toda mi atención en la izquierda, con el corazón en un puño.

El alivio me invadió una vez que me di cuenta de que era el traje elaborado de una mujer que no había visto jamás.

Era más alta que yo y tenía un rostro tan apuesto que mis ojos nunca habían contemplado nada igual. Tenía el pelo cortado al ras, un estilo inusual en Luminaria. Y había algo en su piel… Era demasiado perfecta. Etérea, inquietante.

Llevaba un cuervo disecado en el hombro e iba vestida por completo con telas negras. Entrecerré los ojos, examinando su atuendo extraño. Hizo contacto visual conmigo y ladeó el mentón hacia un lado, frunciendo el ceño. Había oscuridad alrededor de sus ojos…, sombras. Como las mías. «¿Quién es?».

Dio un paso en mi dirección, pero vi por el rabillo del ojo un mechón de pelo cobrizo y me volví a centrar. Tendría que buscarla más tarde. En ese instante, debía ocuparme del Coágulo de Sangre. Me alisé el vestido antes de proseguir mi camino.

Una oleada de veneno me invadió cuando vi lo cerca que Narissa se hallaba de Laryk. Estaba harta de sentir sus miradas de odio en cada encuentro. Ni siquiera habíamos hablado aún entre nosotras. Eso se iba a acabar. Esta noche.

Mientras me aproximaba a los dos, oí el final de los susurros severos de Laryk:

—Te dije que acompañaras a las tropas a Stormshire. Que estés aquí es una insubordinación directa a mis órdenes.

Ella me divisó, y los ojos se le volvieron fríos y una sonrisa cruel se le formó en los labios.