Capítulo 47
D espués de que Osta me obligara a probarme todos los vestidos del baúl, se marchó para atender a lady Soleil. No pasó mucho tiempo antes de que me sacaran de la habitación; las sirvientas me llevaron a unos aposentos en la parte alta de una de las torres.
El espacio circular tenía un tono verde; las vidrieras esmeralda creaban patrones imitando joyas en el suelo.
Las grandes puertas del balcón estaban sujetas con algo para que no se cerraran, lo que proporcionaba una vista espectacular de la ciudad debajo y las montañas con las cimas nevadas en la distancia.
Había una bañera con las patas en forma de garras en medio del suelo con pétalos danzando por la superficie. Salía vapor del agua caliente, y el aire fresco que se movía por la habitación portaba un aroma a madera de teca y vainilla.
Casi me sobresalté cuando una sirvienta se puso en silencio a mis espaldas, tratando de subirme la blusa.
—Oh, eh…, te agradezco tu ayuda, pero me desvestiré yo sola… —tartamudeé, apartándome de su alcance. Me aproximé al filo de la bañera y me quité las prendas con rapidez.
Me hundí bajo la superficie del agua, fuera del frío y lejos de las miradas curiosas de las extrañas. Seguro que se estaban preguntando quién era para recibir un trato así. Yo también me lo preguntaba.
Una vez que me bañé, las mujeres me peinaron. Tuve que admitir que sentí mucho gusto cuando me deslizaron los peines por el cuero cabelludo y toda la extensión de la espalda.
Un fuego crepitó en algún lugar fuera de mi vista, y, cerca de mí, agarraron una bandeja de metal con bigudíes.
Los observé con curiosidad mientras las mujeres se ponían guantes protectores, tomaban secciones de mi pelo y las envolvían alrededor de los bigudíes hasta que se convirtieron en unos rizos suaves y perfectos.
Luego, me recogieron los lados con facilidad y los engancharon con una elaborada horquilla de esmeraldas, adecuada para la ocasión y, supuse, otro regalo del general.
—¿Has estado durmiendo mal, querida? Tienes ojeras. Tengo un pigmento que las cubrirá. ¿Lo uso? —dijo una de las mujeres. Ya estaba buscando entre las otras polveras y botes.
Bufé al imaginarme lo rara que me vería si de repente perdiera las sombras que había tenido toda mi vida.
—Gracias, pero estaré bien sin nada —contesté.
Eso no le impidió añadir un tinte rosado a mis mejillas y pintarme los labios de un tono escarlata oscuro.
—Muy bien. Echa un vistazo y a ver qué te parece —me indicó, y por fin me permití mirarme en el espejo.
A pesar de que esto era con toda probabilidad lo más cerca de la nobleza que me había sentido, sí que me percaté de que tenía las sombras alrededor de los ojos más oscuras de lo normal. Me toqué la piel con los dedos. Mis iris opalescentes destacaban por el marcado contraste.
Tal vez la inquietud de los últimos días junto con el largo viaje me había afectado más de lo que creía.
Una parte de mí todavía se sentía fuera de lugar. Igual siempre lo haría. No obstante, la otra mitad se sentía… guapísima. Y más aún porque Laryk había preparado todo esto él mismo.