Capítulo 46
L a consciencia volvió a mí y estiré el brazo; me dio un vuelco el corazón cuando palpé el hueco vacío en el que Laryk debería haber estado. Me encontraba sola. Unos destellos de luz se colaron por las cortinas. ¿Cuánto tiempo llevaba durmiendo?
Encontré el suelo con los pies, me estiré y la manta se me deslizó por los brazos. La apreté con más fuerza a mi alrededor y me dirigí al otro lado de la habitación, donde tiré de las cortinas con una floritura. El sol de última hora de la mañana se coló y me cegó durante un instante.
Mientras recogía mi ropa del suelo, lo único en lo que pude pensar fue en cómo habíamos llegado hasta allí.
No dejaba de recordar una y otra vez la entrada impetuosa de Laryk en el patio.
Reflexionar ahora sobre ello, sabiendo que lo había hecho lleno de celos, me complacía más de lo que debería.
Unos escalofríos me recorrieron la columna cuando mi imaginación se volvió demasiado realista.
Empecé a vestirme a la vez que me preguntaba cuánto tiempo tendría antes de que este puñetero baile empezase.
Cuando me acerqué a la puerta, se oyeron unos murmullos silenciosos al otro lado. Apoyé la oreja contra la madera robusta y aguardé a que pasaran. Lo último que necesitaba era que me pillaran escabulléndome de los aposentos del general.
Cerré los ojos y me centré en las voces de fuera. Ambas eran femeninas, y una me sonaba familiar…, pero no caía en quién era.
—Pobrecita, ¿no se ha dado cuenta de que él solo quiere una conquista? —oí que susurraba una de ellas. El Coágulo de Sangre. La ira me subió hasta la garganta y sentí cómo se me cerraban los dedos en puños apretados.
En mi periferia, una sombra oscura voló a través de la esquina de la habitación y giré rápido la cabeza hacia la izquierda, conteniendo la respiración.
Pero no había nada.
Dejé caer la cabeza entre las manos. ¿Me estaba volviendo loca?
¿Me estaban sumiendo mis emociones en este estado de paranoia, una que podría ser la distracción más mortal de todas?
¿O eran las preguntas sin responder… las que se me venían a la cabeza con más asiduidad de la que me gustaría admitir?
Me pasé una mano por el pelo revuelto y me calmé.
Laryk había sido claro conmigo sobre sus sentimientos hacia la monogamia. No era una idiota que pensase que alguna vez podríamos ser… algo más, pero me había dicho que era importante. Y diferente. Y otras palabras preciosas que se me grabaron para siempre en el cerebro.
Me giré y apoyé la espalda contra la puerta de madera. No tenía sentido que me dejara llevar por fantasías imposibles. A pesar de que esto fuera pasajero y significara más para mí que para él… Quizá podría aceptarlo.
Inhalé hondo y reproduje las palabras una y otra vez en mi mente, tratando de convencerme de que eran ciertas.
Pero la idea me provocaba un dolor en mi interior. Ya no podía mentirme a mí misma.
Me había enamorado hasta las trancas, hasta la médula y hasta el tuétano de este hombre, y aquel sentimiento era aterrador. La esperanza era aterradora.
Nunca me había permitido tenerla.
Eché la cabeza hacia atrás contra la puerta mientras me recomponía. Yo sería la que estaría a su lado en el baile esta noche, por muy inoportuno que fuera. Una parte de eso me reconfortó, pero no estaba segura de si debía hacerlo.
Rocé la puerta abierta con los dedos, me deslicé despacio hacia el pasillo y corrí en silencio hasta los dormitorios de los iniciados.
Sin duda, era necesario un cambio de ropa.
A medida que me acercaba a mi habitación, bajé el ritmo. La puerta estaba entornada. «Por todos los Esprithe». ¿No la había cerrado bien anoche? Una oleada de irritación me inundó mientras reproducía los pasos ebrios que había dado hasta el patio.
Era más que evidente que mis habilidades para tomar decisiones se encontraban en su mejor momento desde que nos marchamos de Luminaria.
Sacudí la cabeza, avancé y abrí del todo la puerta antes de dar un salto hacia atrás y agacharme a una posición de defensa. Había alguien en mi habitación.
—¿Vas a atacarme? —oí que decía una voz alegre antes de estallar en carcajadas. Me emocioné y corrí hasta encontrarme una cabeza de rizos peinados a la perfección sentada en la cama enfrente de la mía.
—¿Osta? —susurré mientras la envolvía en un abrazo. Llevaba semanas sin ver a mi mejor amiga.
—¿Sorprendida? —canturreó mientras la soltaba.
Los bucles llenos de vida de su cabello rebotaron cuando ella dio saltitos por la habitación—.
Esperaba darte una alegría anoche, pero desapareciste —dijo, ladeando la cabeza y estrechando aquellos ojos aguamarina—.
¿Te importaría contarme en qué cama te metiste?
Me puse colorada y bajé la vista, escapando de su mirada de emoción.
—Espera. ¿Cómo has llegado aquí siquiera? —pregunté a la par que alzaba los ojos de nuevo con rapidez. Me dejé caer en la cama con los brazos cruzados—. ¿Has venido con la familia Soleil? —continué en un intento desesperado de distraerla.
—Sí, bueno… A lord Soleil lo han convocado en Emeraal. Nos quedaremos aquí mientras el lord se marcha con las tropas a Stormshire mañana —explicó, apretando los labios. Se me hizo un nudo en el pecho. El mero pensamiento de que Osta se encontrara cerca del oeste me hacía querer vomitar.
—Espera. ¿Te has enterado de lo que está ocurriendo? —Miré hacia la puerta para asegurarme de que estaba cerrada.
—A ver, me han contado que nos enfrentábamos a una amenaza de la que no sabíamos mucho, pero que estaría perfectamente a salvo, así que he asumido que no sería tan grave. —Se encogió de hombros.
—¿Te han dicho que era seguro? Osta, es peligroso que estés aquí. Sé que no es Stormshire, pero nos encontramos bastante cerca.
—Fia, tú piensas que todo es peligroso. —Su exasperación era palpable—. El propio lord me lo ha asegurado. Nada me hará daño.
—Pensaba que no se relacionaba mucho con la Guardia.
—Por lo general, no. Pero han descubierto que su foco podría ser de ayuda cerca de la frontera. —Se volvió a encoger de hombros, y al fin se calmó y se sentó a mi lado.
—¿Cuál es su foco? —pregunté, dando por hecho que seguiría la línea familiar de todos los Soleil y sería algo relacionado con el fuego.
—Uno muy interesante. En realidad, no sé si entiendo cómo funciona, pero puede rastrear trazas de esencia y discernir dónde se originaron. Supongo que se podría decir que es como un sabueso para los rastros mágicos. Creo que tienen la esperanza de que él pueda…
—Averiguar cómo se mueven los enemigos. Tal vez incluso descubrir si han estado en sitios que no sepamos —espeté, mirando a la pared de enfrente—. Eso podría ser muy útil. Me sorprende que no lo hayan usado antes.
—Ya lo han hecho unas cuantas veces, creo, pero parece haber algún tipo de tema político entre la Guardia y él. Si tuviera que apostar, diría que es a causa de su hermano. Están distanciados, ¿sabes? —explicó, y se apoyó en la mano.
Pensé en Baelor. Era horrible. A saber cómo sería su padre en sus tiempos.
—Supongo que tiene sentido. Entonces ¿viajas con ellos adondequiera que vayan? ¿Por qué lo seguiría lady Soleil tan al oeste? —Tragué saliva. Jamás me había imaginado que Osta se encontraría en una zona activa de guerra.
Osta arrugó la nariz.
—En realidad, no sé por qué me necesita ella aquí.
Pero si lady Soleil viene, yo también. Ese es el trato.
—Volvió a esbozar una sonrisa radiante con los labios—.
Y es increíble, la verdad. No me podría haber imaginado a una jefa mejor.
Le encantan todos los diseños que le muestro.
—Se mordió el labio, pero todavía con una sonrisa desbordante.
Irradiaba pura felicidad a pesar de estar quizá en una de las zonas más peligrosas de la isla.
No quería arruinarle su emoción contándole todos los detalles. Ya estaba aquí. No había nada que pudiera hacer.
—Como ya te he dicho antes, te mereces lo mejor. —Suspiré y miré al balcón. Al menos, había conseguido distraerla.
—Bueno, te toca. ¿Dónde has estado toda la noche? —Giró la cabeza hacia mí, con los ojos resplandecientes de curiosidad.
«O igual no».
Sentí cómo se me formaba un nudo en el estómago.
Si me hubiera pillado esta mañana temprano, me habría derretido hasta formar un charco en el suelo y le habría soltado todos los detalles ilícitos.
Pero ¿ahora? El Coágulo de Sangre me había ensombrecido mi noche a pesar de lo mucho que había intentado quitarme de la mente lo que había dicho.
—Pues, eh… —empecé a decir, buscando las palabras propicias.
—Has estado con el general, ¿verdad? —chilló al mismo tiempo que me dio un golpecito en el brazo y daba saltitos en la cama.
Me encogí de hombros, pero no contesté.
Ella soltó un grito.
—¡Lo sabía! —Aplaudió—. Necesito que me lo cuentes todo. Lo supe desde el primer momento; ya en el baile él te estaba desnudando con los ojos. —Sacudió la cabeza, y una sonrisa de satisfacción infinita se le formó en los labios.
—Bueno, tengo que comenzar contándote lo que ocurrió de camino aquí. —Me giré hacia ella y subí una pierna a la cama.
Me pasé la siguiente hora colmándola de todos los detalles. Desde el descubrimiento de mi habilidad para meterme en los sueños hasta las palabras del Coágulo de Sangre fuera de la puerta de Laryk hacía unas horas.
—Solo está celosa. ¡Seguro que tenía la esperanza de que la oyeras!
¿Por qué si no iba a tener esa conversación en concreto justo fuera de la habitación del general?
Tenía que saber que te encontrabas allí —espetó Osta, suspirando de irritación y con los ojos en blanco—. A ver, es obvio, ¿no? —preguntó.
—Creía que nadie sabía que había pasado la noche en su cama… —Me callé.
—¿Estás segura de que nadie vio que lo seguías a su dormitorio? ¿Fuiste a escondidas?
Me sonrojé.
—A ver, no creo que resultara tan evidente.
—Me mordí el labio, recordando cómo había tirado la botella al suelo y lo había seguido dando pisotones en medio de un patio abarrotado de gente—.
Bueno, supongo que… hay una pequeña posibilidad de que alguien nos pudiera haber visto.
—Me tragué el nudo que se me estaba formando en la garganta.
—¿Ves? Eso es. Y los cotilleos como ese se expanden muy rápido en lugares así. O sea, ¿qué más pueden hacer? —Se puso de pie y empezó a pasearse—. ¿Has dicho que vas a un baile con él esta noche? —preguntó con una voz chillona.
Asentí, observando sus movimientos con sospecha.
—¿Y te ha mandado vestidos para que escojas? —Alzó las cejas a la par que se ponía de puntillas, enroscando los dedos a la espera.
Le dirigí una sonrisa de exasperación.
—Están en ese baúl. —Señalé al otro lado de la habitación—. Todo tuyo.
Al instante, Osta desabrochó los cierres y comenzó a excavar en el contenido, tirando telas de todos los colores por la habitación en un frenesí.