Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

–P or favor, dime que mañana vamos a poder dormir. —Mi cuerpo yacía flojo; las sábanas aún entremezcladas entre nosotros.

—Bueno, tú sí. —Laryk se rio por lo bajo con suavidad.

—Estupendo —susurré mientras ponía los ojos en blanco—, porque es evidente que mi único propósito es quedarme en la cama mientras el destino del mundo pende de un hilo.

—Necesitarás descansar después de la noche que hemos pasado. —Pude escuchar su sonrisa petulante en la voz; la satisfacción impregnaba sus palabras como siempre hacía cuando se regodeaba.

Su cabello cobrizo se hallaba extendido sobre las sábanas blancas, haciéndome cosquillas en el extremo del brazo.

La cara tenía el mismo tono impecable que de costumbre, ahora acentuada por un rubor en las mejillas y un brillo en la frente.

Me lanzó esa mirada cargada de intenciones, y yo pensé que igual me derretía entera otra vez.

Pero era hora de respuestas.

—Sé sincero conmigo… ¿Para qué he venido? Nuestra facción podría estar dirigiéndose a una muerte segura mientras hablamos. —Aunque me encontraba hecha polvo, era incapaz de dejar de pensar en mis amigos.

—Los espectros no deberían atacar en los próximos días. —Miraba al techo con los brazos cruzados detrás de la cabeza.

—¿Cómo es que estás tan seguro?

—Nunca han atacado dos veces en la misma semana. No lo podemos saber fijo, claro, pero ese ha sido así hasta ahora. —Parpadeó despacio, luchando contra el sueño.

—Pero ¿por qué yo estoy aquí contigo y no el resto del equipo?

—pregunté de nuevo. No hacía más que evitar la pregunta.

Aunque esta noche no. No después de todo lo que había ocurrido.

No después de que sus manos me hubieran tocado por fin como lo había estado soñando.

No después de que él hubiera descubierto al fin todos los lugares en los que anhelaba sentir su aliento.

Laryk reflexionó unos minutos y ocultó su expresión tras sus largas pestañas, las mismas que harían que la mayoría de las chicas se murieran de envidia.

—Tengo más de una respuesta a eso. —Respiró hondo y exhaló mientras me acariciaba el brazo con el dedo, dejando un exquisito rastro cálido a su paso—.

En primer lugar, eres demasiado valiosa para enviarte al frente.

Tu foco continúa haciéndose más fuerte día a día.

Necesitamos más tiempo para averiguar con exactitud de lo que eres capaz.

Dejé que las palabras me calaran.

Quería más. Tenía que haber más.

—¿Y la segunda respuesta? —lo incité.

—Por desgracia, he descubierto que me resulta insoportable estar lejos de ti. —Suspiró y se pasó la mano por el pelo—. Es bastante molesta la situación en la que me encuentro.

No pude reprimir la sonrisa que se me dibujó en los labios.

—Qué irresponsable, general Ashford —lo provoqué, poniéndome de lado para encararlo.

—De lo más censurable —coincidió.

Un momento de dicha empalagosa transcurrió cuando tiró de mí hacia él y fundió los labios con los míos una vez más. Se le agitó el pecho debajo de mí, mandando chispas por todo mi cuerpo. Me derretí con el calor de su tacto. ¿No podíamos quedarnos en esta cama para siempre?

El pensamiento hizo que me diera una dolorosa punzada en el estómago cuando la realidad de nuestra situación volvió con premura. Me aparté y suspiré.

—Por mucho que me apetezca oírte decir eso… No puedo evitar sentir que podría estar haciendo algo de utilidad. —Planté la cara contra la almohada y resoplé, enviando un rizo blanco en espiral al aire.

—Debemos tener la reunión con el rey mañana, y luego nos marcharemos a Stormshire. Solo ten paciencia hasta entonces.

Alcé la mano y recorrí con los dedos la cicatriz que le marcaba el ojo derecho. Tenía relieve y estaba fría al tacto. Apretó la mandíbula.

—Cuéntame cómo te la hiciste —dije mientras me mordía el labio. No tenía muy claro si se trataba de otro asunto que prefería evitar.

—Ya sabes cómo. Los espectros. —Me agarró la mano y enlazó los dedos con los míos.

—Es que no he visto nunca a alguien con una cicatriz así. ¿Te la hicieron con un arma?

Se detuvo un buen rato en el que pareció contener el aliento. Noté cómo se me aceleró el pulso. Era evidente que le incomodaba hablar de ello, pero tenía que saberlo.

Exhaló al fin.

—Parecía una daga.

Arrugué el ceño y me di la vuelta para mirarle la cara.

—¿Cómo puede una sombra atacar con una daga?

—Eso mismo pienso yo —murmuró, y se llevó mi mano a los labios y me dio un tierno beso—. No sé cómo es posible que empuñen algo.

—¿Crees que podría haber algo más? —pregunté.

—No voy a cuestionar a los que me precedieron. Yo solo he visto las sombras. —Laryk hizo una pausa—. Pero juraría que una vez golpeé algo sólido. En la oscuridad.

El silencio se apoderó de la habitación mientras los dos digeríamos la implicación de sus palabras. Nada tenía sentido.

—Mercer mencionó algo de que su fuerza disminuía cuanto más se alejaban de la grieta. ¿Crees que eso es verdad? —Tragué saliva.

—Nuestros focos solo existen por la esencia de Sídhe. Si nos viéramos privados de ella, nos volveríamos inútiles. Quizá les ocurre lo mismo a los espectros.

De pronto, el corazón me volvió a ir a mil.

—Si consiguen la arcanita… —susurré.

—Lo cierto es que no queremos esperar a averiguarlo. Tengo especialistas listos en Stormshire. Si pudiéramos capturar a uno… A lo mejor lograríamos averiguar cómo detenerlos —dijo, y los ojos le brillaron con una nueva intensidad cuando los clavó, ardientes, en los míos.

«Oh».

—Crees que yo podría hacer eso. —De súbito, como un maremoto, lo vi claro.

Mi poder dependía de algo tangible. Esos espectros, aunque eran criaturas de sombra, poseían una pizca de consciencia, una vulnerabilidad que podíamos intentar explotar.

Eso es lo que él había tenido en mente para mí desde el principio, incluso antes de que la totalidad del alcance de mis habilidades se hubiera desarrollado.

—Jamás en mi vida había visto a nadie como tú —admitió—.

Diferente. La criatura más bella sobre la que alguna vez he posado los ojos…

—Se interrumpió, y yo pensé que era probable que el corazón me explotara en el pecho—.

Hasta cuando me odiabas, seguías adelante.

Hasta cuando el camino parecía desalentador, hasta cuando era imposible.

Era incapaz de percibir nada dentro de esa curiosa mente.

No tenía ni idea de lo que pensabas, de lo que harías después.

Eras un completo misterio para mí, aunque en lo más profundo de mi ser siempre he creído que eras lo que había estado buscando. Tenías que serlo.

Sus palabras se me grabaron a fuego en la piel, sofocando cualquier reserva que aún tuviera en mente, cualquier desconfianza que persistiese. Y entonces lo supe: masacraría ejércitos y reventaría mentes si eso era lo que él deseaba.

—Duérmete —susurró; su voz, un murmullo grave que me hizo estremecerme. Envolvió los brazos en torno a mi cintura y me arrastró a su órbita otra vez. El calor de su cuerpo ahuyentó el frío del aire nocturno—. El baile es mañana por la noche.

—¿El baile? —repetí sorprendida—. ¿Vamos a celebrar mientras el mundo se desmorona a nuestro alrededor?

«Increíble».

Un destello de algo incomprensible le cruzó la cara.

—Es la tradición —explicó con voz cortante—. El rey y la reina asistirán. No hay modo de escaquearse.

—Tradición —espeté—. Se perdieron sesenta vidas la semana pasada… ¿y nosotros damos vueltas por el salón de baile en su memoria?

Él suspiró; el sonido resonó con fuerza en la habitación silenciosa.

—Es mucho más que eso, Fia. —Permanecimos un instante callados—. Deberías tener algunos vestidos bonitos en el baúl que te he mandado a la habitación —añadió.

—Me preguntaba qué sería eso. —Puse los ojos en blanco—. Me muero por ver lo que has elegido. —Mi voz rezumaba sarcasmo.

—Tengo un gusto exquisito. Además, ¿te acuerdas de lo que llevabas puesto la primera vez que nos vimos? —Sonrió.

—No esperaba asistir a esa velada en concreto, ¿sabes? —farfullé, rememorando mi uniforme de boticaria manchado y lo fuera de lugar que me había sentido esa noche. Lo asustada que había estado. Lo descontrolada. Habían cambiado muchas cosas desde entonces.

—Bueno, me he encargado de que unas cuantas sirvientas te ayuden a prepararte para esta fiesta —declaró mientras me lanzaba una sonrisa maliciosa.

—¿De veras es necesario? —gruñí, hundiéndome en la cama.

—Sin lugar a dudas, me temo. —Tiró de mí de vuelta a su pecho y me besó en la frente—. Quiero que estés perfectamente lista para lo que ocurra tras el baile —murmuró contra mi pelo, provocándome un escalofrío en la columna.

—Supongo que eso no suena tan mal. —Suspiré, y luché para contener una sonrisa mientras envolvía los brazos en torno a su pecho.

—Quizá haya otra sorpresa aguardándote mañana. Pero primero duerme —dijo con un bostezo.

Ni me molesté en discutir. Los párpados me pesaban y me sentía muy a gusto entre sus brazos. Aparté de mi mente la desasosegante sensación de que la fatalidad se cernía sobre las colinas del oeste.

Oscuridad. Sobrecogedora y asfixiante oscuridad. Estaba por doquier. La única luz que podía ver procedía de las pocas estrellas que salpicaban el cielo, pero hasta ellas quedaban distorsionadas por una negra neblina que se movía en la noche como esmog.

Escuché un siseo y volteé la cabeza a la izquierda. Entrecerré los ojos, ajustándolos para ver las volutas de una sombra negra como la tinta retorcerse y deformarse a mi lado, precipitándose hacia la noche.

Sentí desesperación, como si algo importante fuera a suceder. También había miedo… Un miedo enloquecedor que me envolvía. Como si estuviera poniendo en riesgo todo cuanto conocía. Todo cuanto amaba. Pero no tenía otra opción.

Más allá de la sombra, vislumbré el chapitel de la torre que había caído en ruinas. Había agujeros por toda la estructura y el suelo estaba lleno de piedras desmoronadas a su alrededor. Había una ventana rota con forma de luna creciente a media altura. No la reconocí.

Los siseos se hicieron más fuertes. Las sombras se extendieron hasta donde alcanzaba la vista. El corazón comenzó a latirme a toda velocidad en el pecho.

Me incorporé con brusquedad y jadeé en busca de aire.

Los espectros.

Ya venían.

Laryk se removió y extendió la mano hacia mí.

—Levántate, los espectros vienen a Stormshire. Ya —casi grité mientras apartaba las sábanas de nosotros—. Tienes que decírselo a todo el mundo. Hay que avisar a las facciones. No sé de cuánto tiempo disponemos. —Busqué frenética mi ropa en el suelo.

—Fia, ¿qué pasa? —preguntó Laryk, levantándose y caminando hacia mí con la confusión reflejada en la cara.

—Los he visto en mi sueño. A los espectros. Vienen a Stormshire. Ahora mismo —insistí mientras me ponía los pantalones.

—¿Estás segura de eso? —Ahora tenía los ojos abiertos de par en par.

—Eso creo. Yo… Mi sueño… Supongo que no puedo estar segura, pero ¿de veras vamos a asumir ese riesgo? —rogué.

—Quédate aquí. Voy a avisar a los demás generales. Comprobaremos si ha habido altercados en la frontera.

Asentí y le tendí la camisa.

—Los he visto pasar una torre… en ruinas con una ventana con forma de luna creciente.

Laryk tiró de mí y me besó la frente antes de salir atropelladamente del dormitorio.

Me senté en la cama, todavía con temblores por el sueño. No dejaba de pensar en mis amigos. Me acurruqué e intenté calmar mi respiración mientras esperaba a que Laryk regresara.

No sabría decir cuánto tiempo transcurrió hasta que se abrió la puerta. Me levanté de la cama de un salto cuando Laryk dobló la esquina.

—No ha habido altercados en la frontera.

—Pero los he visto —repliqué con el ceño fruncido—. ¿Estamos seguros? ¿Y si se han colado de algún modo? —Me crucé de brazos.

—La frontera al completo está repleta de guardias de Cuerpo desde el último ataque. Eso son kilómetros y kilómetros. Se habrían dado cuenta —dijo con calma y avanzando en mi dirección.

—Pero las ruinas… Las he visto con claridad —repuse mientras sacudía la cabeza. Nada de esto tenía sentido.

—Torre Creciente está muy al sur. Carecería de lógica que estuvieran allí —me tranquilizó—. De todas formas, tenemos tropas apostadas en esa zona a lo largo de la frontera. —Me cogió de la muñeca y tiró de mí hacia él.

—No sé… —murmuré. No podía quitarme la sensación de que algo horrible iba a suceder.

—A lo mejor era un recuerdo…, no de esta noche —susurró, y me llevó de vuelta a la cama.

Era posible. Mi sueño del río era el recuerdo de alguien más, no había duda. Exhalé con fuerza. Laryk tenía razón. Si no había altercados en la frontera, entonces estábamos a salvo. De momento.

Me esforcé todo lo posible por convencerme, pero la oscura presencia se quedó dándome vueltas en la cabeza.

Volví a cerrar los ojos y me obligué a dormirme otra vez.