Capítulo 44
L a energía en el patio era excitante, al borde de lo peligroso. Aquel mundo era diferente. Los miembros aquí vivían con toda seguridad la vida al máximo; se la pasaban de juerga todo el tiempo que podían mientras aún podían. Había una urgencia por disfrutar de todo. Por vivir.
Juré haberlo visto en el centelleo de los ojos de los hombres: un desafío a dejarlo todo atrás. Yo lo necesitaba, o de lo contrario me quedaría atrapada en mi habitación sin dejar de pensar en el general…
«No. Disfruta del momento».
Con una confianza que jamás había tenido antes, amplificada por el alcohol, me acerqué a él y lo pillé cuando me recorrió con la vista de arriba abajo. Añadiendo un bamboleo sutil a mis caderas, me aproximé, ocultando mi diversión cuando uno de sus colegas le dio un golpe juguetón en el costado.
—¿Y a qué debemos el placer de tener a la secuaz riftborne del general entre nosotros? —se burló otro de sus amigos. Yo no me inmuté.
Me daba igual ser la extraña aquí.
Mi sonrisa se volvió empalagosa cuando me giré hacia el que había hablado. Parecía haberse pimplado dos botellas; le caía el pelo rubio por toda la cara, como si se lo hubiera estado apartando hacia atrás toda la tarde y no lo hubiera conseguido.
—A que espero tomarme una copa y divertirme un poco. ¿Estáis por la labor? —Volví a mirar al chico moreno, al que todavía le relucían los ojos con una promesa—. Por cierto, soy Fia.
—Yo, Ren; y este es Hayden —respondió, sonriéndome e inclinándose hacia delante en el asiento, con los brazos apoyados en la mesa—. Puedo servirte una copa, pero ¿someter a una dama como tú a este tipo de diversión? No me atrevería.
—¡Oye! ¡Somos muy divertidos! —protestó Hayden, casi cayéndose de la silla cuando fue a agarrar otra botella.
—Yo juzgaré eso —repliqué con una sonrisa pícara, y me apoyé en la mesa.
—Entonces, por supuesto… —Ren me tendió una botella con algo que no sabía qué era. La empiné y saboreé la dulce calidez del vino.
Cuando alcé la vista, Ren me estaba volviendo a sonreír. Tenía el cabello negro cortado al rape y sus rasgos afilados le otorgaban un leve atractivo comparado con las líneas marcadas de Laryk. Sacudí la cabeza para deshacerme de la comparación.
—Bueno, ¿por qué vas pegada al general? Creía que era Narissa la que lo hacía —preguntó Ren.
—Tendrás que preguntárselo a él. —Sonreí con suficiencia y le di un largo sorbo al vino. Oír el nombre de ella hizo que me ardieran las orejas.
—Parece que hay un poco de tensión ahí. —El rubio se rio.
—Solo busco diversión esta noche.
—¿Y yo te parezco divertido? —preguntó Ren con un destello curioso en los ojos.
—De lo contrario, no estaría aquí. —Hasta yo estaba sorprendida por mi comportamiento de esta noche.
Se levantó y se acercó a mí, derrochando confianza a cada paso. Su mano se abrió camino hasta la parte baja de mi espalda, como si nos conociéramos de hacía más tiempo que este breve instante.
Sentí la calidez de su aliento en la oreja, y cerré los ojos al segundo, anticipándome a las palabras bonitas sin sentido que me harían despejarme y acabar con este dolor eterno.
Pero no dijo ni una palabra.
Abrí los ojos despacio. El escándalo del patio se había acallado.
Lo único que pude oír fue el sutil tintineo de unas armas y los pasos acercándose a nuestra mesa.
—Me alegro de ver a todo el mundo preparado para un ataque. —Las palabras frías de Laryk rompieron el silencio, derrochando sarcasmo.
No me atreví a darme la vuelta.
—¡General! Solo estábamos pasando el rato, planeábamos terminar pronto —dijo Hayden, que se esforzaba por recuperar la compostura.
—Según los últimos patrones, no volverán hasta dentro de unos cuantos días —añadió Ren.
Sentí cómo se movía a mi lado, me quitaba la mano de la espalda y se giraba para mirar a Laryk.
El vacío en la mano de Ren fue llenado de inmediato por la mirada incandescente del general. Yo todavía no me había dado la vuelta, aunque pude sentir cómo me taladraba con los ojos.
—Muchos de mis hombres han muerto por conjeturas parecidas.
—La voz le salió con un gruñido, reteniendo lo que parecía un torrente de frustración—.
Fia —fue lo único que dijo cuando se alejó, pero sonó tanto a orden como a castigo.
¿Qué era yo? ¿Algún tipo de objeto al que podía llamar para que lo siguiera?
¿Después de haberme evitado durante todo el día?
«Me parece a mí que no».
Agarré la botella con más fuerza; los nudillos se me pusieron blancos cuando tomé otro sorbo. La tiré al suelo y me puse de pie. Mi buen humor se había hecho añicos y la ira lo había sustituido.
Lo seguí dando fuertes pisotones, sin molestarme en despedirme. Él llevaba ventaja, pero lo vi desaparecer por un pasillo segundos antes de que lo siguiera a toda prisa, corriendo hasta que nos encontramos en sus aposentos.
—¿Qué coño te pasa? —grité, incapaz de controlarme.
—Tu irresponsabilidad no conoce límites. Emborracharte y tomar a soldados rasos del Cuerpo como compañía. Menuda forma de prepararse para esta guerra —siseó.
La ira bulló en mi interior.
—No creo que nada de esto sea asunto tuyo. ¿Para qué me has traído? ¿Para ocultarme en mi habitación? No sé lo que me depararán los próximos días. No sé lo que nos vamos a encontrar cuando lleguemos a Stormshire. Solo quería sentir algo.
—¿Y qué estabas intentando sentir esta noche, Fia? —masculló.
Por dentro estaba gritando. Apreté los puños y me contuve de lanzarme hacia él.
—¡Cualquier cosa, Laryk! ¡Cualquier cosa para calmar esta sensación exasperante de…! —Me callé, apretando la mandíbula mientras cerraba la boca. No podía dejarme llevar por el alcohol. No iba a decirlo.
—Entonces ¿follarte a ese tío era la solución? —Su rabia se volvió serpentina, casi burlona.
Eso me enfureció aún más.
No iba a dejar que me subestimara.
—Desde luego, ¡iba a darle la oportunidad de intentarlo! —espeté.
Se fue corriendo al otro lado de la habitación y soltó sus armas con brusquedad en el suelo.
—Casi le arranco el brazo cuando lo he visto en tu espalda. —Su tono era oscuro.
Miró fijamente hacia delante, y noté cómo los músculos se le movían bajo la ropa, como si se estuviera obligando a mantenerse en el sitio.
Se hizo un silencio ensordecedor en la habitación.
No me moví mientras lo escudriñaba, estudiándolo con atención.
Su rostro era una máscara fría e inexpresiva mientras respiraba de manera consciente, fijándose tan solo en el espacio delante de él.
—No tienes ni idea de la más absoluta y puta condena en la que he vivido desde que te conocí, Fia.
De pronto, deseé que me mirase.
Ansiaba ver deslizarse la máscara, presenciar su deseo apenas contenido, y la ira me invadió de repente.
Caminé hacia él despacio y Laryk se encontró con mi mirada al momento; era lo único que me dejaba entrever lo que sentía bajo esos rasgos tan estoicos.
Me quedé sin respiración por la necesidad que vi. Antes de que pudiera titubear, él ya estaba sobre mí. Me quedé en blanco.
Sus labios sellaron los míos, mi cuerpo se amoldó al suyo, sucumbiendo por completo a la avalancha de emociones reprimidas a las que ambos habíamos decidido rendirnos.
Me oí gemir, pero estaba tan perdida en la sensación de sus manos clavándoseme de forma posesiva en el cuerpo que no podía importarme menos que otros me escucharan.
Tiré con desesperación de su ropa, con la necesidad de sentir su piel contra la mía tanto como el aire para respirar.
Él me alzó en un rápido movimiento y me clavó los dedos en la parte trasera de los muslos.
Lo envolví con las piernas y se me escapó otro gemido de los labios por la dureza que sentí presionada contra el bajo vientre.
—Llevo deseando esto mucho tiempo —gruñó contra mi garganta.
Aturdida, asentí con la cabeza y luego la eché hacia atrás para darle a sus labios errantes mejor acceso.
Me las arreglé para levantarle la camisa por encima del torso cuando sentí que se golpeaba las rodillas contra algo sólido. Me caí con él al instante cuando me puso en el colchón y se hizo hueco entre mis piernas al filo de la cama.
Se quitó del todo la camisa y expuso su pecho musculoso y su cuerpo.
Era una obra de arte. En serio.
Jadeaba cuando se puso encima de mí, recorriéndome con ojos frenéticos el cuerpo, admirándome de arriba abajo.
Solo me había desabrochado unos cuantos botones, pero ya me sentía desnuda por completo.
—Espero que estés preparada para una noche en vela, porque tengo la intención de recrear todos los sueños que he tenido contigo hasta ahora.
Sus palabras me mandaron una oleada de placer; comprendí que el sueño que había presenciado no había sido el primero que había tenido.
—¿Y qué te retiene? —susurré.
Evitó mi mirada mientras se agachaba y dejaba la cara a la altura de mi pecho. Empezó a darme besos por toda la clavícula. Cada palabra me provocó un cosquilleo mientras me quitaba la blusa con brusquedad.
—No me puedo permitir una distracción como tú —jadeó.
Se aferró tanto a mi cintura con los dedos que supe que me dejaría marca.
Deslizó la boca para trazar el contorno de mi oreja mientras bajaba los dedos y me desabrochaba los botones del pantalón—.
Una cosa son los coqueteos nocturnos de vez en cuando…
, pero tú… Tú eres mucho más que eso. —Al fin alzó la cabeza para mirarme—. Tú eres importante.
No especificó si era importante para su causa o para él, pero el deseo en sus ojos me hizo esperar lo último.
Levanté una mano hasta su cara y tracé con el pulgar la plenitud de su labio inferior. Él lo capturó entre los dientes con una sonrisa ladina. Recordé el sueño, y mi núcleo se derritió. Quería sus labios en todos lados.
Lo agarré de la nuca y acerqué su rostro al mío, abriendo la boca para él. Me sentí atontada cuando él se apartó, comenzando su recorrido hacia abajo por mi cuerpo.
Notaba su aliento cálido contra la piel. Extendí la mano hacia su cinturilla, pero él me detuvo, me agarró las muñecas y me las sujetó por encima de la cabeza.
Luché contra su agarre, arqueándome para resistirme.
Una mirada de suficiencia le cruzó los rasgos cuando el movimiento empujó mi pecho contra sus labios a la espera. Se rio entre dientes de manera enigmática y se aferró a uno de mis pezones. El sonido que se me escapó resultaba extraño a mis propios oídos.
Se aseguró de dejar besos ardientes y marcas de mordiscos por las suaves curvas de mis pechos. Me provocaba de forma implacable, pero no le daría el gusto de suplicar como había hecho en su fantasía.
La mezcla de dolor y placer hizo que mi cuerpo se removiera debajo de él. Me quité de una patada los pantalones que aún tenía enredados en los tobillos. Él aflojó el agarre de mis muñecas y aproveché su distracción y la fuerza de mis piernas ahora libres para darnos la vuelta.
Ahora yo tenía el control.
—Te sienta bien estar debajo de mí —lo provoqué, sentándome a horcajadas sobre él.
La sorpresa en sus ojos se intensificó cuando vio mi cuerpo desnudo encima de él. Pude sentir su necesidad presionándose contra mí. Bajé la mano y acaricié con atrevimiento su considerable longitud por encima de la tela tensada.
Laryk gruñó; los músculos del vientre se le tensaron cuando alzó las caderas ante mi tacto. Me deslicé por su cuerpo, lo justo para dejarme espacio y desabrocharle los cierres elaborados del uniforme.
Contuvo el aliento mientras observaba mis movimientos; cada parte de él parecía un depredador a la espera.
Enganché los dedos en el borde de la cinturilla y tiré.
Su miembro se liberó, erigiéndose hacia arriba para apoyarse en mi vientre, descansando justo debajo de mi ombligo.
Se me hizo la boca agua ante la vista, pero Laryk eligió aquel momento para hacer su jugada y me envolvió con fuerza la cintura con un brazo y con el otro me agarró del pelo.
Me levantó hasta que mi entrada se cernió justo encima de él.
—Fia —susurró con la voz ronca, apretando el agarre contra mi cuero cabelludo—. ¿Quieres que te folle?
Asentí; me intenté liberar con las manos de su control mientras me apresuraba a bajar yo misma, deseándolo dentro de mí de inmediato, pero me apretó más con el brazo, negándomelo.
Me mordí el labio y gemí de la frustración. Una sonrisa maliciosa se le extendió por el rostro, y, de repente, la habitación giró cuando él me volteó y el colchón me golpeó la espalda. Me abrió las piernas con una rodilla, las separó con sus fuertes muslos y me inmovilizó con su peso.
—Quiero oírtelo decir, Fia. —Era una orden. No iba a dar su brazo a torcer.
—Fóllame, Laryk.
Deslizó la punta por mi centro. Pude sentir lo mojada que me había puesto.
—Laryk…
Con una fuerte embestida, entró, y su enorme tamaño me robó el aliento. Se movió para deslizarse fuera de mí y se detuvo unos segundos antes de enterrarse hasta la empuñadura otra vez.
Mi cuerpo meció la cama por la fuerza de aquello, y ambos soltamos un gemido. Yo lo agarré de los hombros, enterrándole las uñas en la piel mientras los movimientos se volvían implacables.
La euforia se apoderó de mí y me dejó hecha una maraña a su alrededor. Cada embestida me llevaba más cerca del borde, del olvido que tanto anhelaba.
«Más».
Mis caderas se encontraban con cada una de sus estocadas a medida que se volvían más apasionadas, más brutales.
Mis gemidos retumbaban por la habitación y respiraba en rápidos jadeos. Enredé los dedos en su pelo y enterré la cara en la curva de su cuello mientras mi cuerpo se ponía rígido.
—Córrete para mí, Fia.
Su orden fue seguida de una embestida final que hizo que se me rasgaran las costuras. Me inundaron unas oleadas de placer que me provocaron espasmos de éxtasis, sacudiéndome hasta lo más profundo.
Los músculos tensos se convirtieron en líquido; el cuerpo me tembló debajo de él, sin aire y desconectada de la realidad.
—Qué bien me haces sentir, joder —gruñó contra mi cuello, volviéndome a calentar con su aliento.
—Más —susurré, pasándole los dedos por la espalda y retorciéndome debajo de él.
—Todo lo que quieras —murmuró, tirándome de la oreja con los dientes.
En un rápido movimiento, salió de mí y me puso bocabajo.
Me agarró de las caderas y me obligó a alzarme para que hundiera las rodillas en las sábanas.
Bajó la mano con fuerza, haciendo que me ardiera la piel del trasero y mandando un chisporroteo por todo mi ser.
Y, en un instante, se deslizó de vuelta a mi interior.
Y otra vez.
Y otra más.
Un ritmo que siguió durante horas mientras hacía sus sueños realidad.