Capítulo 43
L a habitación era más grande de lo que esperaba: tenía dos camas de matrimonio; una en cada rincón.
Unas puertas dobles con cristales esmeralda conducían a un balcón de tamaño modesto que daba al patio que había debajo.
Eché un vistazo al armario. Mi bolsa descansaba con cuidado en el suelo al lado de un gran baúl con hebillas de cobre.
Fruncí el ceño mientras me preguntaba si habrían traído las pertenencias de alguien más a mi habitación por error.
O si serían para mi futuro compañero de cuarto.
¿Estaríamos el tiempo suficiente para tener un compañero de cuarto?
Se me revolvieron las tripas por la ansiedad que sentí ante la idea de dormir con un extraño.
No obstante, supuse que debía acostumbrarme a este tipo de cosas.
Sobre todo si Laryk decidía llevarme con él a todas partes como su mascotita inútil.
Mis ojos se atrevieron a ponerse en blanco, agotados, cuando intenté tragarme mi creciente molestia. Me eché en la cama y me envolví de un tirón con las sábanas.
Un golpe en la puerta me hizo abrir los ojos. Me froté la frente y miré hacia el balcón. Todavía era de día fuera. Debía de haberme quedado frita, pero solo unas horas.
—Iniciada riftborne, es hora de comer. ¿Puedo acompañarte al salón comedor? —escuché una voz tímida decir al otro lado.
El estómago me gruñó ante la idea de comer.
Me puse las botas, abrí la puerta y me encontré con una cara amistosa devolviéndome la mirada.
Era un chico bajito con pecas y el pelo tan corto que no sabría decir si era rubio o castaño.
A juzgar por su uniforme, era recluta. Una sonrisa introvertida se le dibujó en la cara.
—¿Vienes conmigo? —preguntó, quebrándosele la voz.
Bajé la vista a su camisa y vi el nombre de Gareth Riftborne escrito en la pechera. Los ojos se me fueron a la marca de su mano izquierda.
—Otro riftborne. Vaya, la verdad es que no me lo esperaba —repliqué con una sonrisa.
—De hecho, somos unos cuantos en la clase de reclutamiento —susurró, mirando alrededor—. Todos los riftborne te conocemos. Sabemos cómo te uniste a la Guardia y acabaste en la facción especial del general… —Se detuvo—. Nos dio esperanzas a todos nosotros.
Las palabras de Gareth me golpearon como una ola. Jamás me imaginé que yo podría ser… una inspiración para nadie, y mucho menos para un riftborne en la otra punta de la isla.
—No sé qué decir. —Sacudí la cabeza con una leve sonrisa jugando en mis labios antes de que mis pensamientos tomaran otro rumbo—. ¿Y os han tratado bien a todos? —pregunté, arqueando una ceja.
—Tan bien como uno podría esperar. La gente parece estar aceptándolo. Además, la Guardia no está en posición de rechazar a nuevos reclutas. —Se encogió de hombros.
—Supongo —murmuré, y miré hacia el pasillo—. Me alegro mucho de conocerte, Gareth.
—Igualmente. Deberíamos llegar al salón comedor antes de que se hayan acabado las cosas buenas, ¿no? —preguntó de nuevo con una sonrisa enorme en la cara.
—Te sigo. —Sonreí, y dejé que guiara el camino.
El salón era inmenso y estaba decorado con gran ornamentación y un techo abovedado.
Unos mostradores largos de bufet se alineaban en la pared más lejana y había cientos de mesas esparcidas por el lugar.
Seguí a Gareth y cogí un plato. La boca se me hizo agua ante las opciones de comida; eran interminables.
Si la Guardia apreciaba algo por encima de todo era la buena comida.
Los dos nos llenamos los platos con chacina, quesos y pan, y luego él me señaló una mesa libre.
Tomé asiento, entusiasmada por darme un festín.
—Si necesitas ayuda para volver a tu dormitorio después de comer, ven a verme. Estaré en la mesa de los reclutas —dijo en voz baja.
—¿No vas a sentarte conmigo? —le pregunté mientras me giraba en el asiento. «No me dejes sola», quería pedirle.
—Los reclutas no pueden sentarse con los iniciados. —Suspiró, y señaló una mesa larga al fondo—. Nos sentamos allí.
Una oleada de decepción me embargó.
—Gracias, Gareth. Iré a verte si necesito ayuda. —Le lancé una mirada tranquilizadora y me volví a mi comida. Le di un mordisco al pan y de inmediato me supo rancio. Adiós apetito.
Observé la parte delantera de la sala, una zona elevada con mesas grandes.
Unos pocos tenientes se encontraban allí sentados.
Entrecerré los ojos cuando vi a Laryk sumido en lo que parecía una conversación profunda.
Me incliné a un lado para tratar de ver con quién hablaba y me encontré con otra cabellera pelirroja.
Sus caras prácticamente se tocaban.
Por primera vez en meses, sentí un hormigueo en los dedos con un poder que yo no había invocado.
De pronto, por el rabillo del ojo vi una sombra moverse detrás del bufet. Me giré, haciendo que mi pelo volara, pero no vi nada fuera de lo normal. Serían imaginaciones mías. O igual solo estaba vigilante por encontrarme tan al oeste.
Volví a mirar a Laryk, que paseó la vista e hizo contacto visual conmigo por un instante. Me dedicó un ligero asentimiento y se giró hacia Narissa otra vez.
El estómago me dio un vuelco mientras me levantaba, iba con paso firme a la papelera y arrojaba los restos de comida. Birlé una botella de ginebra de la mesa de licores y corrí hacia el otro lado de la sala, donde abrí la puerta de un tirón y me precipité por el pasillo de vuelta a mi cuarto.
Me tumbé de nuevo en la cama y me llevé las manos a la cara. No quería sentirme de esta manera. Era como una ráfaga enloquecedora y casi maniaca de adrenalina. Los dedos me palpitaban y tenía la vista borrosa. La oscuridad se había apoderado de cada pensamiento.
Me había traído aquí sin haber considerado necesario contarme el motivo. Y no podía participar en las reuniones. Mi mente quería gritar. Me encontraba atrapada aquí, totalmente inútil, en lugar de preparándome para la batalla en Stormshire con el resto de mi equipo.
Y él estaba con ella.
Las horas pasaron mientras se me disparaban los pensamientos.
La ira se coció a fuego lento.
El hastío hizo acto de presencia.
Miré el rincón de mi dormitorio y me fijé en la botella de ginebra que había mangado antes. Sin pensarlo demasiado, me serví una copa y me la bebí del tirón. Y, acto seguido, me puse otra.
Deambulé por la sala hasta que el sol comenzó a ponerse detrás de la cordillera.
Iba a perder la cordura si no salía de esta habitación, pero no sabía a dónde ir.
A dónde tenía permitido ir.
Pronto, la noche cayó sobre la ciudad, y empecé a escuchar el murmullo de las voces abajo. Me acerqué al balcón, abrí la puerta y me asomé.
El regimiento entero se encontraba allí armando alboroto con carcajadas y gritos, como si ya hubieran bebido demasiado. Sin duda, este lugar contrastaba mucho con la ciudad que tenía debajo.
Fruncí los labios. A lo mejor una fiesta era justo lo que necesitaba para desahogarme.
Además, si él pensaba seguir actuando como si yo no existiera…
Bueno, quizá había encontrado una distracción que valía la pena.
No pude reprimir la sonrisa que se me extendió por la cara mientras me tranquilizaba. La rabia de antes se había convertido en algo más malicioso.
Me miré el uniforme de iniciada en el espejo y me puse de lado para observarlo desde todos los ángulos.
No estaba acostumbrada a tener una vista completa de mí misma.
Me desabotoné el chaleco, lo lancé a la cama y levanté la mano para desabrocharme algunos botones de la parte superior de la blusa y que esta se abriera solo lo justo.
Me quité la cinta de cuero del pelo y me pasé los dedos por las ondas para que cayeran en cascada sueltas por la espalda en capas salvajes.
Un poco de coqueteo inofensivo podría ser justo lo que necesitaba para distraerme. Con eso en mente, abrí la puerta y me encaminé a la escalera después de comprobar que el vial de Ma seguía en mi bolsillo.
Atravesé el patio. El cielo nocturno centelleaba arriba, y sentí un escalofrío cuando se levantó la brisa.
Parecía que dormir era un concepto desconocido para este grupo, ya que todo el mundo iba de aquí para allá, se pasaba botellas y cantaba a pleno pulmón viejos himnos que era mejor que se perdieran en el tiempo.
La multitud estaba compuesta casi por completo de guardias de Cuerpo. Era probable que la mayoría de los demás sectores se hubieran dirigido a Stormshire. Solo unos cuantos oficiales de alto rango de Escamas, Colmillos e Inmunidad se encontraban presentes.
El patio estaba lleno de mesas titilantes y bufets de comida.
Las imponentes murallas a nuestro alrededor se hallaban iluminadas con antorchas, lo que creaba una falsa atmósfera de seguridad, como si no existiera ninguna amenaza más allá de los confines de estas colinas, aunque cada sombra despertaba aprensión en el fondo de mi mente.
Otra copa y me podría olvidar de eso también.
Observé la fiesta en busca de la barra. En su lugar, crucé la mirada con un guardia sonriente de pelo oscuro que me hizo señas para que me acercara a él.
«Vaya, qué fácil».
Empecé a sonreír mientras caminaba hacia él.