Capítulo 42
P usimos rumbo al oeste en cuanto el sol naciente empezó a resplandecer en el valle. La escarcha salpicada en las hojas coloridas reflejaba los rayos de primera hora de la mañana. Respiré hondo, inhalando el sabor fresco del aire invernal.
Las formaciones cambiaron esa mañana. Dos guardias se posicionaron en la parte trasera del grupo y tres en la delantera. Laryk se encontraba entre estos últimos.
Ni siquiera me atreví a mirar en su dirección mientras cabalgábamos. Ahora que lo tenía de espaldas, podía respirar al fin.
Había entrado en la mente de otra persona…
¿Había pasado aquello antes?
Se me vinieron a la mente los sueños que me habían estado atormentando durante el último año, y me percaté de que ninguno de ellos sucedía desde mi perspectiva. Parecían inofensivos en ese momento, pero ahora, al verlos en su conjunto… Sin duda, el patrón estaba ahí.
En el sueño que tenía lugar en el río, miraba a mis amigos desde encima del puente, pero, cuando sucedió aquello, me encontraba a orillas del río con Osta, a punto de zambullirnos las dos.
¿Lo vivía desde la perspectiva del segundo guardia?
¿Significaba aquello que lo que veía era un recuerdo?
¿Un sueño de un recuerdo? No lo entendía.
Los escenarios de mis sueños eran a menudo lugares en los que no había estado jamás ni tampoco imaginado durante mis horas despierta. El paisaje oscuro del sueño que se desvanecía, el herrero feroz… ¿Eran sitios reales? ¿Personas de verdad?
Me invadió una oleada de calor. Desde luego, el sueño de anoche había sido real. Y sabía que eso no era un recuerdo. Aun así… Había sentido su pasión a través del vínculo.
¿Verdad?
No pude evitar preguntarme cómo funcionaba la mente en un estado onírico. Llegados a este punto, me lo cuestionaba todo. La mayoría de la gente no podía controlar sus sueños, pero eso tenía que proceder de algún sitio dentro de su cabeza, ¿no? No podía haber surgido de la nada…
O tal vez fuera todo aleatorio. Quizá él se había sorprendido igual que yo del contenido. La vergüenza me embargó. Aquello seguro que era la última cosa que quería que viera. A pesar de que había sido de forma involuntaria, había invadido por completo sus pensamientos, ya tuviera algún mérito o no.
Suspiré y me pregunté si podríamos hablar alguna vez de aquello o si fingiríamos que nunca había ocurrido.
Me dio un vuelco el corazón cuando oí el sonido de un caballo acercándose.
De pronto, sentí que era él quien me estaba leyendo la mente a mí.
Laryk tenía el rostro relajado y sereno y una postura estoica.
Era evidente que cualquier muro que hubiera derribado lo había vuelto a erigir.
Desvié mi atención y me centré en las montañas al norte. Me dolía mirarlo.
Me quedé callada mientras los pasos de su caballo se acompasaban a los del mío. Casi pude sentir el frío que irradiaba.
—Otro don de tu foco, supongo, ¿no? —me preguntó distraído. Tragué saliva. ¿Por qué me sentía tan incómoda?
—No tengo ni idea. —Casi me atraganté con las palabras.
—Tranquilízate, por favor. No hay motivo para que te comportes así.
Te aseguro que no estoy nada interesado en discutir el contexto, pero sí más que fascinado por el hecho de que hayas podido entrar en mi sueño.
—Me dio un empujoncito en el brazo y me ofreció una manzana—. No has comido esta mañana.
Después de dudar durante un segundo, se la acepté y suspiré.
—Aún no entiendo cómo ha sucedido. Ni cómo lo he hecho. Ahora estoy pensando en todos los sueños que he tenido —comenté en voz baja.
—Parece que tu foco está creciendo más cada día que pasa. Dale tiempo y te acostumbrarás. —Mordió su manzana mientras miraba el camino por delante.
¿Cómo podía comportarse de manera tan despreocupada?
—En ocasiones parece que se me va mi propia mente —admití.
—No tengo ni idea de cómo entrenarte para mejorar esta habilidad. A ver, lo intentaré. Imagínate lo que podrías hacer… —Se calló.
Una parte dentro de mí se vino abajo.
No necesitaba terminar la frase. Sabía lo que iba a decir. Yo solo era un activo para él. El sueño no había significado nada.
Alcé la vista para ver las torres brillantes de Emeraal a lo lejos.
Ya era última hora de la tarde cuando llegamos a las afueras de la ciudad. El sol se había escondido tras una capa de nubes y, en su ausencia, el viento traía un frío glacial.
El camino a la ciudad era rocoso e inestable, pues había zonas con grietas y derrumbadas. La ciudad estaba compuesta en su mayoría por viviendas simples y majestuosas con paredes de madera y tejados muy inclinados con frontones asimétricos.
Las casas tenían todas una característica en común: ventanas con vidrieras esmeraldas dispuestas en patrones de diamante, un homenaje a los enormes yacimientos de esmeralda que se encontraban en esta tierra.
Las chimeneas soltaban humo por toda la ciudad y hacían que el aire fuera oscuro y neblinoso y que apestara a carbón y madera.
Las calles eran escasas, y reparé en bastantes ventanas y puertas tapiadas. La poca gente que se había movido por la ciudad lo había hecho en silencio, apresurándose hacia su destino.
Mientras nos aproximábamos al centro de Emeraal, se vio a la perfección una catedral.
Se alzaba imponente sobre la ciudad, con altos chapiteles que llegaban hasta el techo y la fachada adornada con tallas y detalles intrincados en piedra que representaban escenas de los poderosos Esprithe.
Las mismas vidrieras se alineaban en el exterior y reflejaban el cielo dramático.
Parecía ser el lugar más concurrido de la ciudad, con aossí entrando y saliendo, dejando ofrendas en las escaleras principales.
Algunos se juntaban con sus familiares, sostenían velas y tarareaban en voz baja, casi en un trance.
El cántico de los himnos se podía oír desde las calles, pues los devotos llenaban el espacio cavernoso y les imploraban a los Esprithe su salvación.
Las brillantes torres del fuerte nos llamaban para que nos acercáramos mientras el camino comenzaba a convertirse en pendiente. El sendero subía en espiral por una colina recubierta de árboles de hoja perenne. Llegamos a la primera verja, y el guardia de la entrada reconoció de inmediato a Laryk.
Las barras de metal se abrieron con un chirrido y las atravesamos. No pude evitar lanzar una mirada furtiva a la ciudad detrás.
Volví a centrar la atención delante, en el fuerte de Emeraal. Los estandartes se sacudían con violencia por el viento, asegurados a altas torres de vigilancia que había repartidas por el perímetro. Más allá de las murallas, divisé torres en medio del bullicio.
Debajo de la colina, en el ala norte del fuerte, un chapitel de relucientes cristales azules y violetas sobresalía de la tierra, alto hasta el cielo. Los rayos de luz los atravesaban. Las piedras estaban rodeadas de su propio grupo de torres de vigilancia.
Arcanita.
No me había percatado de que aquí también había muchísima.
Nos acercamos a una casa del guardia enorme, flanqueada por unas verjas levadizas y barras de hierro. Entrecerré los ojos para ver más allá y me encontré con unos callejones estrechos que serpenteaban entre lo que debían de haber sido barracones, armerías y almacenes.
—General Ashford, bienvenido otra vez a Emeraal. Nuestro comandante te está esperando en la sala de reuniones —gritó un hombre desde arriba de la torre, haciendo una seña para que la verja se subiera.
Miré de reojo a Laryk, que todavía tenía una expresión de desinterés cuando asintió al soldado que había hablado.
Atravesamos la verja cabalgando y desmontamos. Los guardias de Cuerpo se acercaron a sujetar nuestros caballos, mientras que otro grupo llegó para trasladar nuestras pertenencias a nuestros cuartos.
—Mostradle a la iniciada riftborne su habitación, por favor —dijo Laryk sin volver a mirarme. Yo eché un vistazo a mi alrededor a los hombres que ahora me estaban observando la mano izquierda.
—Eh…, general, ¿podemos hablar? —solté, intentando hacerlo con un tono de respeto que quizá no había practicado tanto como debería antes de venir aquí.
—Que sea rápido —respondió, alejándose. Arqueó una ceja y ladeó la cabeza para que lo siguiera.
—¿No voy a las reuniones contigo? —pregunté con el ceño fruncido.
—Solo a los oficiales, tenientes y generales se les concede el acceso a las reuniones de Emeraal —contestó, como si fuera algo que yo ya tuviera que saber.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer yo? —inquirí, y la irritación se me entremezcló con los nervios en la garganta.
—Lo que quieras. Pero no te metas en problemas —replicó, volviendo de nuevo a la entrada.
—Entonces ¿por qué estoy aquí? —siseé.
—Haz lo que se te ha ordenado, Fia. Esto es zona de guerra.
Alégrate de que no estemos bajo ataque y puedas incluso pasearte con libertad hoy.
—Se detuvo antes de andar unos cuantos pasos en mi dirección otra vez, bajando la voz—.
Pero no vayas haciendo amigos. Los soldados de Cuerpo aquí son salvajes e impredecibles.
—Sus ojos tenían una intensidad que hizo que me removiera a pesar del enfado que me hervía a fuego lento bajo la piel.
Me quedé mirándolo y pasé por su lado, acercándome a uno de los guardias de Emeraal.
—Me gustaría que me enseñarais mi cuarto ahora, por favor. —Traté de ocultar la decepción en la voz. El sentimiento de inutilidad había vuelto.