Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

A dherida al aire, la niebla flotaba a la deriva sobre la cordillera en la distancia. El sol estaba apenas comenzando a alzarse en el horizonte y no había ni un alma a la vista.

—Vale, creo que estoy lista. Hagamos otra ronda.

Volví a mirar a Fia.

Unos mechones de rizos blancos se le habían escapado de su cinta y le enmarcaban la cara sueltos, flotando como si nada en el viento. La piel le relucía por el sudor y la tenía colorada por el esfuerzo.

Mis ojos, descarados, recorrieron su pecho jadeante y subieron a su boca. Ella tomó un sorbo de su cantimplora, y yo seguí el trayecto del agua que se le salió de los labios, le goteó por el cuello y desapareció en el borde del uniforme.

De repente, me sentí sediento.

Moviendo los hombros en círculos, troté hasta el centro del campo, no muy lejos del campamento. Le alargué la venda a Fia. Ella se acercó y extendió la mano para coger la tela, pero yo retiré la mía y negué con la cabeza.

Le resplandecieron los ojos, presta a aceptar el desafío.

—Yo seré el que te la ponga. Ya sabes cuáles son las reglas —le recordé, refrenando las ganas de sacarla de quicio.

No pude evitar sonreír ante el rostro sonrojado y desafiante que puso antes de acceder y darme la espalda.

Ajusté la tela oscura sobre sus ojos y le acaricié la nuca con los dedos cuando aseguré el nudo. Observé cómo se estremeció ante el ligero contacto, y una sacudida de necesidad me atravesó sin pudor alguno. Me tragué el deseo de acercarla de un tirón contra mi pecho y retrocedí un paso.

Estaba más que impresionado con el desarrollo de su foco. Su habilidad para rastrear una mente en completa oscuridad sería inestimable.

Ella era inestimable.

Mi necesidad por ella había estado presente desde el principio a pesar de mis esfuerzos por ignorarlo. Había ardido en mi interior desde el mismo momento en el que la había visto en la arboleda rodeada de cuerpos con la energía aún irradiando de ella como agua sobre un pavimento caliente.

La rodeé en silencio. Ella inhaló una última vez y se detuvo con un pequeño jadeo antes de contener la respiración.

Y entonces se abalanzó sobre mí, moviendo los pies y los brazos a un ritmo diestro.

Cambié enseguida la posición y noté un golpe en el costado cuando atacó con el brazo e hizo contacto.

Se lo agarré y lo apreté contra mis costillas, colocándola en un ángulo extraño.

Se acabó la ronda.

Oí el pequeño siseo de oxígeno almacenado escapársele de los labios cuando se impulsó con las piernas y utilizó su propio peso para tirarnos al suelo. La sorpresa me hizo caer, pero giré el cuerpo y la aprisioné debajo de mí, donde se retorció.

—Ha sido un buen intento, Fia, pero te has puesto en una posición bastante precaria.

—Intenté utilizar un tono de burla; las palabras me salieron desiguales.

El modo en el que conseguía pillarme desprevenido era una mezcla aterradora, estimulante y eufórica.

Algo que nunca había experimentado antes.

Flexioné los dedos en torno a sus muñecas. La sensación de su cuerpo arqueándose contra el mío hizo que me diera vueltas la cabeza y me hiciera daño la parte delantera del uniforme. Su habitual y apetecible olor a romero y almizcle dulce resultaba abrumador con esta cercanía.

Joder. Tenía que moverme.

Liberó la pierna derecha de donde la tenía sujeta bajo mi rodilla, me rodeó con ella la parte de atrás del muslo y empujó hacia arriba para tratar de voltearme.

Entonces, se quedó paralizada.

Mi dureza ahora se presionaba enteramente contra ella y no había forma de que no se hubiera percatado.

El calor se propagó en mi interior de una manera casi dolorosa, y le solté las manos, me senté corriendo e intenté separar nuestras extremidades.

—Ya está bien por hoy —dije con voz ronca, agradecido de que todavía tuviera la venda puesta en su sitio.

—Laryk.

Mi nombre en sus labios hizo que me quedara quieto. Noté cómo la pierna con la que me había rodeado apretaba más, como si tirase de mí hacia ella otra vez. A ciegas, llevó los brazos hasta mi cuello, se impulsó y movió las caderas en círculos en un gesto provocador que me puso a mil.

Los ojos se me cerraron ante la sensación de ella restregándose contra mí. El cuerpo me palpitó de necesidad, aunque temblase con moderación.

—Fia —gruñí. Era una advertencia.

Rodó las caderas una vez más mientras echaba la cabeza hacia atrás y me exponía su precioso cuello. De los labios se le escapó un gemido que me pareció la canción más bonita que había escuchado jamás.

—Laryk…, por favor.

Perdí el sentido de la razón.

Mi boca estuvo sobre ella en un segundo; saboreé la suave piel de su cuello y recorrí su mandíbula hasta que capturé sus labios con los míos en un beso posesivo. Sabía incluso mejor de lo que me podría haber imaginado.

La presioné contra el suelo y acudí al encuentro de sus desesperadas caderas con una fuerte embestida que le sacó un jadeo.

Rompiendo el beso, le ordené:

—Eso es, Fia… Gime para mí.

Enredé una de las manos en su melena sedosa, de la que tiré con delicadeza, mientras que con la otra le desabroché con destreza los cierres del corpiño. La exploré con la boca; la impaciencia en conflicto con la necesidad mientras tiraba de la ropa que se nos pegaba a las pieles ardientes.

Cuando tuvo el pecho del todo expuesto al aire matutino, prácticamente se me hizo la boca agua. Solo me concedí un instante para disfrutar de la vista antes de chupar uno de los pezones con los labios… con cuidado…, con delicadeza…, antes de morder con fuerza.

—¡Ah! —gimoteó, y se arrancó la venda para mirarme con una intensidad embriagadora.

Le dediqué una sonrisa pícara.

No era conocido por ser un amante gentil, pero antes de que ella pudiera hacer otro sonido, aplané la lengua, calmé el dolor y volvió a derretirse contra mí.

—Buena chica —murmuré contra su piel, y fui hasta el otro pico, propinándole el mismo tratamiento. La miré cuando abrió los labios con una inhalación brusca. Se le cerraron enseguida los ojos mientras yo provocaba su piel sensible con la lengua.

Su cuerpo se estremeció cuando se presionó contra mí.

—Laryk, debemos apresurarnos. Pronto será de día. Alguien podría vernos…

El ruego de Fia me hizo perder la cordura. Con un gesto rápido, la tumbé y le bajé con fuerza las bragas antes de apartarlas a un lado.

Su sexo se encontraba totalmente presionado contra la parte frontal de mi cuerpo; solo mi ropa se interponía entre mi necesidad de ella y yo.

Deslicé las manos sobre la pálida extensión de sus muslos y la abrí para mí. Esa sensación de sed regresó y descendí, mordisqueándole con suavidad la delicada piel entre las piernas sin llegar nunca a mi destino.

—Dime que deseas esto. —Mi voz estaba ronca de deseo.

Me miró con aquellos deslumbrantes ojos de color ópalo y descubrí una desesperación que hacía juego con la mía.

—Te deseo a ti —me aseguró Fia, y me agarró del pelo con las manos y las usó para guiarme a su centro. Aquella era toda la confirmación que necesitaba.

Como un hombre hambriento, me sumergí en su calor e hice rodar la lengua. Ella era sublime. Un gemido gutural se me escapó de la garganta y…

Me desperté. Estaba despierta.

¿Qué… había sido eso?

Me temblaba el cuerpo, ruborizado, mientras buscaba con frenesí a mi alrededor y me di cuenta de que Laryk también estaba del todo despierto. Tenía los ojos clavados en mí al otro lado de las brasas del fuego que se apagaban. Se veía tan revuelto y excitado como yo me sentía.

—Creo que yo… ¿Estabas…? ¿Acabas de soñar conmigo? —susurré con la respiración entrecortada.

Le resplandecieron los ojos en la oscuridad antes de que se le tornaran fríos. Abrió la boca, pero la cerró igual de rápido. Incluso en la oscuridad, podía vislumbrar cómo el pecho le subía y bajaba al mismo ritmo que el mío.

No respondió, aunque su mirada me dijo que era cierto.

Había estado dentro de su sueño.

Se me comenzaron a descontrolar los pensamientos. Tragué saliva con fuerza; sabía que los dos teníamos las mismas preguntas rondándonos la cabeza.

—General, debemos partir pronto para llegar a tiempo —avisó un guardia fuera de la tienda. Laryk rompió el contacto visual primero, cogió su bolsa y salió disparado.

«Supongo que el entrenamiento de sparring queda cancelado».