Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

—Qué cruel, Riftborne. —Me observó bajo sus pestañas de una forma que hizo que el corazón se me subiera a la garganta—. Narissa siempre se comporta de manera ejemplar.

—Tal vez deberías recordarle todo eso del compañerismo de tu charlita.

Se rio, y yo sentí el sonido en el pecho.

—Pareces estar insinuando que estamos juntos.

Me dio un vuelco el corazón.

—¿No lo estáis?

Entonces, me miró. Directo. Decidido.

—No, no lo estamos.

—¿Y se lo has dicho?

—Es de conocimiento común que mis prioridades residen en mi papel como general. El compromiso es imposible. No sé cómo Mercer lo hace.

Algo cálido y peligroso se me desplegó en el estómago. Lo aparté.

—Quizá tu problema vaya menos por el compromiso y más por la fidelidad.

—La monogamia solo se les otorga a aquellos con pocas responsabilidades —contestó.

Solté una carcajada sin poder evitarlo. Unos cuantos guardias miraron hacia atrás.

—Si eso te ayuda a dormir por las noches, general Ashford…

—Me sorprende que uses mi cargo oficial. Me alegro de ver que te estás metiendo en vereda.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde. Ya estoy disfrutando muchísimo de ello. —Los ojos le brillaron con diversión—. Repítelo.

—Ni de coña.

—«General Ashford» —aportó muy solícito—. Vamos.

—No voy a jugar a este jueguecito.

—¿Qué jueguecito? —Ahora tenía una amplia sonrisa—. Solo estoy apreciando tu respeto inesperado por el protocolo militar.

—Esta es la razón por la que nadie te aguanta.

—Tú me estás aguantando la mar de bien ahora mismo.

—Solo porque no puedo escapar. Vamos montados a caballo.

—Podrías cabalgar delante —señaló—. Y aun así…

Dejó la frase a medias, cargada de implicación.

—Y aun así estoy tratando de ser educada.

—Educada —repitió, como si estuviera saboreando la palabra—. ¿Así llamamos a esto?

—¿Cómo lo íbamos a llamar si no?

Me sostuvo la mirada durante un largo instante.

—Estoy seguro de que se me podrían ocurrir unas cuantas cosas.

Me puse colorada.

—Eres imposible.

—Eso has mencionado. Muchas veces, de hecho.

—Porque vale la pena repetirlo.

—Ah, ¿sí? —Se inclinó un poco hacia mí—. ¿O solo te gusta decirlo?

No se me ocurrió ninguna respuesta.

Su sonrisa se volvió absolutamente malvada.

—Eso pensaba.

Espoleé a mi caballo con el talón y troté unos cuantos metros por delante de él, con el calor inundándome la cara.

—¿Estás huyendo, Fia? —me gritó desde atrás con bastante diversión en la voz.

—Retirada táctica —repliqué sin mirarlo.

Su risa me siguió. Grave, cálida; provocaba cosas en mi compostura que me negaba a reconocer.

Me mantuve por delante de él durante el resto del camino, pero pude sentir sus ojos clavados en mí todo el tiempo.

Los guardias encendieron una hoguera con rapidez una vez que encontramos el campamento en las estribaciones del sur de Aedenvale.

Aquella era la pausa habitual del general en el punto medio perfecto entre Luminaria y las fortificaciones del oeste.

El lugar era estratégico. Con la inclinación rocosa protegiéndonos a las espaldas, solo teníamos que preocuparnos de defender un lado.

La cena fue tranquila, pues nos calentamos la comida precocinada que llevábamos del cuartel. Pescado asado con tubérculos, una exquisitez a la que todavía no me había acostumbrado.

Los guardias de Cuerpo se pasarían la noche vigilando y se habían colocado de forma estratégica alrededor del perímetro del campamento.

La disposición para dormir me pareció muy incómoda. Como el general acostumbraba a viajar solo, únicamente había una tienda para que compartiéramos los dos. Alabados fueran los Esprithe, los guardias habían traído una cama extra para mí.

Cuando el general mencionó una tienda, me esperaba la típica que usaban los cazadores durante la temporada de invierno, pero no eso en lo que me adentré una vez que terminé de comer.

Esto no se consideraría una tienda en ningún lado.

El espacio dentro era enorme, y el techo tenía el doble de tamaño que una vivienda común.

Un pequeño fuego ardía en el centro de la habitación, ayudando a luchar contra la rasca del invierno.

Unas pieles de animales aislaban las paredes y unas alfombras cubrían el suelo.

Había dos camas, una a cada lado, unos catres elevados con mantas de pelo encima. Me adentré y dejé mis pertenencias en una antes de sentarme y quitarme las botas. Estiré las piernas hasta los dedos de los pies. Sabía que mañana me iban a doler por pasar tanto tiempo a caballo.

Rebusqué en mi bolsa el camisón, deseando acostarme y quedarme dormida. Me pesaban los ojos, y sabía que íbamos a madrugar.

Busqué un lugar para cambiarme, pero parecía no haber privacidad. Era un espacio gigante y abierto.

Miré a Laryk. Se estaba recostando en la cama, revisando unos pergaminos; parecía absorto.

Inspiré hondo. Ambos éramos adultos.

Me giré un poco y me desabotoné el chaleco, me quité la blusa por encima de la cabeza y la reemplacé a toda prisa por el camisón. La tela susurró sobre mi piel mientras me quitaba los pantalones por debajo de este.

Cuando me volví para recogerme el pelo, lo pillé mirándome.

Nuestros ojos se encontraron durante un breve y tenso instante antes de que él bajara la vista a sus documentos. Pero tenía la mandíbula rígida.

Me trencé el pelo con manos temblorosas, hiperconsciente de su presencia al otro lado de la tienda.

Cuando volví a alzar la vista, se había puesto de pie. Se acercaba al fuego.

Se quitó la camisa por encima de la cabeza en un movimiento fluido y la tiró encima de la cama.

Debería haber apartado la mirada.

No lo hice.

La luz del fuego jugaba por su pecho desnudo, resaltando todos los músculos definidos, cada línea y plano de su torso. Tenía los pantalones bajos sobre las caderas mientras se agachaba para remover las brasas.

Debió de haber sentido mi mirada, porque clavó los ojos en los míos.

—Vamos a hacer sparring mañana temprano antes de irnos —dijo al final con una voz más áspera de lo habitual—. Quiero probar tu nueva habilidad.

—Vale —respondí.

Me metí en la cama y rodé para mirar a la pared; después tiré de las pieles para taparme hasta la barbilla, deseando que el corazón se me ralentizara.

La tienda se sumió en un silencio, salvo por el crepitar del fuego y el viento de fuera.

Lo oí moverse. Meterse en su cama.

Cerré los ojos, pero era imposible dormirse.

Me removí, tratando de ponerme cómoda, y las pieles hicieron ruido en medio del silencio.

—¿No puedes dormir? —Su voz vagó desde el otro lado de la habitación.

—Estoy bien.

Silencio.

—Fia.

Algo en la manera en la que dijo mi nombre me hizo darme la vuelta para mirarlo.

Estaba apoyado en un codo, observándome. La luz del fuego hacía que tuviera la mitad del rostro ensombrecida.

—¿Qué?

Parecía estar pensando algo. Luchando contra ello. Entonces, exhaló y se volvió a tumbar.

—Nada. Descansa —dijo.

El fuego ardió más bajo.

Y, en algún momento durante las pocas horas de la noche, el cansancio al final me venció.

Pero no hasta que lo oí removerse una vez más. No hasta que me pregunté si se encontraba despierto también, pensando en todas las cosas que no nos estábamos diciendo.