Capítulo 40
M iré detrás de nosotros mientras nuestros caballos seguían el camino para salir de la ciudad. No pude evitar pensar que aquella podía ser la última vez que viera el lugar al que había llamado hogar casi toda mi vida.
El sol aún estaba alto en el cielo, sobresaliendo justo por detrás de las torres más altas. Seguiríamos el río a través del valle Reyanthe y acamparíamos en las colinas de Aedenvale. Tardaríamos tres horas en llegar.
El bosque había cambiado desde la última vez que me aventuré en el claro. La mitad de los árboles ahora estaban desnudos y se retorcían como si intentaran alcanzar el cielo. El suelo permanecía en silencio; las hojas húmedas y las ramas desperdigadas estaban cubiertas de escarcha.
Laryk y yo cabalgábamos lado a lado a unos cuantos pasos de distancia de cinco guardias de Cuerpo.
Me removí en la montura, hiperconsciente de lo cerca que se encontraban nuestros caballos. De cómo su rodilla estaba a solo unos centímetros de la mía.
Me palpé los bolsillos para asegurarme de que tenía un vial de la poción de Ma a mano, pues necesitaba entretenerme con algo.
—¿Por qué estoy aquí? —pregunté, rompiendo el silencio.
—Creía que era obvio. —Mantuvo los ojos en el camino por delante.
—Entonces, todavía no confías en mí —dije sin expresión alguna.
Por fin me miró con esa sonrisa casi permanente en los labios.
—¿Que no confío en ti?
—En que no use mis poderes por accidente. —Puse los ojos en blanco.
Se le ensanchó la sonrisa.
—No, Fia. Creo que ya hemos superado eso.
Me sostuvo la mirada durante un instante demasiado largo antes de girarse hacia el camino.
—Entonces ¿por qué? —insistí.
Se detuvo.
—¿Me creerías si te dijera que tan solo disfruto de tu compañía?
La pregunta me pilló por sorpresa.
—Por supuesto que no.
—¿Y si te digo que necesitaré tu protección si nos topamos con algún espectro extraviado? —Ahora tenía una amplia sonrisa.
Yo contuve la mía.
—Estoy segura de que sí, dado que todavía no me has contado cuál es tu foco. Empiezo a pensar que no existe.
—Ah, ¿sí? —Me miró con algo de diversión maliciosa en los ojos.
—Se te da fatal viajar por los caminos —espeté.
Soltó una carcajada, y el sonido me provocó algo extraño en el pecho.
El viento arreció y le apartó el pelo de la cara. El sol de última hora de la tarde resaltó su tono cobrizo e hizo que le brillara dorada la piel. Me encontré observando la línea de su mandíbula, la curva en la que el cuello se le juntaba con el hombro.
Me obligué a apartar la vista.
—No es muy sencillo de explicar —contestó unos instantes más tarde—. Mi foco. Tiene una especie de dualidad.
Lo miré de nuevo, sorprendida por que me estaba respondiendo de verdad.
—Soy toda oídos.
—Mi percepción es extrañamente fuerte. Puedo ver detalles que otra gente no.
Eso me hace un maestro de la estrategia y de gran valor para la Guardia.
—Mantuvo la vista fija hacia delante—. Tengo don de gentes.
Puedo sentir lo que les emociona. Sé cómo conseguir lo que quiero de ellos.
Soy quien necesito ser dependiendo de las circunstancias.
—¿Y la otra parte?
—Siempre puedo ver un paso por delante. En una lucha, soy capaz de percibir la intención de mi oponente antes de que haga el movimiento. No me pueden sorprender. —Hizo una pausa—. Soy el mejor luchador de combate en una generación.
—Entonces ¿así es como supiste que serías capaz de entrenar mi foco? —pregunté.
—No exactamente. Eso se lo tenemos que atribuir a mi confianza apabullante. —Me dedicó una sonrisa que hizo que me quedara sin respiración—. Por alguna razón, mi foco parece no funcionar contigo.
Me dio un vuelco el corazón.
—¿Por qué?
—Bueno, está claro que hay algo raro en ti. Es la única posibilidad viable. Funciona a la perfección con los demás.
—A mí me parece más bien que hay algo raro en ti —contesté con suavidad.
Me sostuvo la mirada.
—Tal vez.
Nuestros caballos se acercaron cuando el camino se estrechó. Su pierna rozaba la mía. El contacto hizo que me invadiera un calor a través de todas las capas de tela.
Ninguno de los dos se apartó.
—Cuando nos vimos por primera vez —dije, pues necesitaba distraerme de la tensión repentina—, parecías errático. No conseguía entender quién eras. ¿Fue porque no podías ver lo que me emocionaba?
—No fui capaz de percibir lo que te motivaba en absoluto. —Apretó las manos en las riendas—. Así que tuve que hacerlo a la antigua usanza. Descubrir cuáles eran tus mayores miedos y cómo explotarlos. Fue muy frustrante.
La confesión me debería haber dolido; sin embargo, no lo hizo. Habían cambiado muchas cosas.
—Pero descifré suficiente sobre ti —continuó en voz baja—. Cada vez que mencionaba a Osta, volvías a obedecer con bastante facilidad.
—¿Y ahora? —le pregunté antes de poder contenerme.
Me miró. Me miró de verdad.
—Ahora eres mucho más difícil de leer.
Las palabras parecieron cargadas de algo tácito.
—¿Y eso supone un problema? —lo reté.
Me miró fijamente.
—Aún no lo he decidido.
—Pobre general. Debe de ser muy frustrante no tener el control total sobre todos los que te rodean.
—Sí, frustrante —coincidió, bajando la voz—. Entre otras cosas.
El modo en el que lo dijo hizo que se me subiera el corazón a la garganta.
—¿Qué otras cosas?
Una lenta sonrisa le curvó los labios.
—Intrigante. Enloquecedor. —Hizo una pausa—. Refrescante.
Tragué saliva.
—¿Refrescante?
—Hacía mucho tiempo que alguien no me sorprendía, Fia. —Me examinó el rostro—. Y, por lo visto, no me importa tanto como debería.
—Debería importarte —respondí; la voz me salió más suave de lo que pretendía—. Las sorpresas son peligrosas para alguien de tu posición.
—Quizá. —Su mirada no flaqueó—. O a lo mejor eso es justo lo que lo hace interesante.
No supe qué contestar a eso.
—Ahora ya conoces todos mis secretos —dijo él al final, y se volvió hacia el camino.
—Lo dudo mucho. Eres tan misterioso e intrigante como pareces.
—Ah, ¿sí? —Torció la comisura de la boca—. ¿Qué más quieres saber?
Todo. Nada. Ya no lo sabía.
Nuestros caballos viraron hacia la izquierda y descendieron por la pendiente de una colina.
—Te contaré todo lo que quieras saber —soltó, y la oferta pareció considerable—. Pero, primero, tienes que decirme cómo me venciste en la clase de Mercer.
Le expliqué lo de mi segunda visión, cómo podía percibir las mentes a mi alrededor.
—Intuitivo —comentó—. No se me había ocurrido.
—Así que no eres el único que puede ver cosas que los demás no —señalé.
—Por lo visto, no. —Me observó con algo indescifrable en la expresión—. Dime, cuando usas esa segunda visión… ¿Puedes verme ahora mismo?
La pregunta me aceleró el pulso.
—No la estoy utilizando.
—Pero podrías.
—Sí.
—Desde luego, eres una chica muy intrigante.
Vacilé.
—Ese es el motivo por el que mi foco no sirvió de nada durante el simulacro —repliqué, desesperada por cambiar de tema—. Aunque tampoco es que sepamos con seguridad que los espectros tengan mentes.
—Poseen una especie de función cognitiva. Mi habilidad también está muy ligada a la mente. No sé lo que el viento va a hacer. No sé si va a llover. Pero a ellos sí puedo leerlos. —Se frotó la cicatriz, distraído—. Eso me dice que tiene que haber algo detrás de las sombras.
Quería preguntarle por la cicatriz. Por cómo se la hizo. Sin embargo, algo en su postura me dijo que no abriera la boca.
—En fin —dijo, cambiando de tema—. ¿Hay algo en concreto que quieras saber sobre mí?
—Tu padre es un general famoso, ¿verdad?
Apretó la mandíbula.
—Supongo que se puede decir que sí.
—No tenemos que hablar sobre ello.
—Mi padre fue un magnífico cabrón, y no hay mucho más que saber de él. Mi madre es una mujer de la alta sociedad que solo se preocupa de su estatus y del próximo evento. —Su voz era monótona—. ¿Suficiente historial familiar?
—Suena genial. Ya veo por qué has salido así…
—Hubo alguien que me quiso y a quien yo también quise —me interrumpió—. Ya ha fallecido.
El cambio en el tono me hizo quedarme callada.
—Joline, mi niñera. —Tragó saliva—. Esa fue la mujer que me crio. Falleció cuando cumplí veinte años.
—Lo siento —dije en voz baja.
Asintió una vez, y luego pareció cambiar deliberadamente el peso de la conversación.
—¿Y tú? Te criaste en la Casa de la Unión, ¿no?
—Ya lo sabes todo sobre mí.
—Sé los hechos. No sé cuál fue tu experiencia. —Me sostuvo la mirada. Decisión. Quería saberlo de verdad.
—Pues como esperarías que fuera.
—La falsa modestia no te pega, Fia.
Le puse mala cara, pero transigí.
—Pude formar mi propia especie de familia con los otros niños riftborne. Hubo muchas noches sin dormir al principio. Los chicos echaban de menos a sus padres. Yo era demasiado pequeña para recordar a los míos. A los huérfanos más mayores les costó mucho más habituarse.
Se quedó callado, escuchando.
—La gente que nos cuidaba era fría y distante.
Nunca intentaron explicarnos lo que les había ocurrido a nuestras familias o por qué estábamos allí.
No nos enteramos hasta que fuimos al colegio y nos hablaron del levantamiento junto con todos los demás niños de Luminaria.
Puedes imaginarte cómo fue. En aquel entonces no sabíamos que teníamos que ocultar esto. —Alcé la mano que tenía marcada.
Laryk se quedó mirándola por un instante. Cuando habló, lo hizo con cautela.
—Nuestro mando cometió ciertos errores tras la guerra. Yo no comprendí mucho lo que sucedió en aquel tiempo, era muy joven. Sin embargo, en retrospectiva, creo que es obvio que se equivocaron.
Esa admisión me sorprendió tanto que me dejó sin palabras.
Pareció pasar una eternidad. Lo miré de reojo. Estaba mordiéndose el labio inferior y frunciendo el ceño. El pelo le caía sobre la cara, preso de la brisa.
Aparté la vista antes de que me pillara mirándolo.
—Me sorprende que tu sombra pelirroja no esté aquí con nosotros —espeté, desesperada por recomponerme—. ¿Le has asignado algo más que seguirte a todos lados y mirarme con odio?