Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

E l viento sopló junto a mí cuando abrí la puerta de un tirón y me adentré en la tienda.

—¡Ahora mismo estoy contigo! —exclamó Ma desde la parte de atrás. El sonido del cristal rompiéndose reverberó por la tienda—. Ay, joder —la escuché gruñir.

Me abrí paso hacia la trastienda y me la encontré encorvada sobre las manos y las rodillas, barriendo una jarra rota y echándola en un recogedor.

—He dicho que ya mismo… —refunfuñó Ma mientras se daba la vuelta y me veía—. ¿Fia? —Frunció el ceño.

Me dio un vuelco el estómago.

—Eeeh… Hola, Ma. Perdona por pasarme así sin más, pero… —Se me apagó la voz mientras desviaba la vista por la habitación y me daba cuenta de lo limpia que se encontraba. Las estanterías de atrás estaban abastecidas y ordenadas.

—Sigues usando mi sistema —susurré, y me giré para mirarla.

—Sí, bueno. Supongo que me he acostumbrado —replicó, encogiéndose de hombros.

Hubo un momento de silencio incómodo.

—¿Por qué has venido, Fia? —acabó preguntando con los labios fruncidos, aunque la mirada de sus ojos hacía que se me encogiera el corazón.

—No dispongo de mucho tiempo, es que… Necesitaba despedirme —murmuré mientras desviaba la vista e intentaba no pensar en las lágrimas que se me agolpaban en los ojos.

—¿Te vas de Luminaria? —preguntó. Se apoyó contra el escritorio y lo agarró con fuerza.

Asentí.

—Parto para Stormshire en media hora.

Transcurrió otro momento de silencio. «¿Qué estoy haciendo?». Estos podrían ser mis últimos instantes con Ma y yo los estaba desperdiciando. Tenía que saberlo. Debía estar preparada en caso de que perdiéramos el control en el oeste. En caso de que yo muriese.

Me acerqué a ella con los ojos suplicantes.

—Sé que no entiendes esto, Ma. Sé que no estás de acuerdo.

Sé que estás asustada por lo que pueda pasarme.

Pero voy a contarte algo. Algo que te he estado ocultando; algo que a lo mejor hace que me veas de forma distinta.

—Se me quebró la voz, mas no había tiempo que perder—.

La noche de la celebración en la arboleda, ¿te acuerdas de cómo te conté que había canalizado?

Ma asintió despacio.

—No solo canalicé. Perdí el control. Estuve a punto de matar a dos chicas. —Las lágrimas se me acumularon en la comisura de los ojos.

Ma me miró con fijeza y un temblor en los labios. Empezó a sacudir la cabeza.

—No…, Fia, serías incapaz de… Es decir… —Bajó la vista.

—El general Ashford se las arregló para que los sanadores llegaran hasta ellas a tiempo, pero estaban a las puertas de la muerte.

De no haber sido por él, tendría las manos manchadas de sangre.

—Estabilicé la voz—. Por ese motivo me uní a la Guardia.

No podía soportar la idea de hacerte eso a ti.

O a Osta. Apenas era capaz de controlarlo.

Perdía los papeles a la mínima. Solo era cuestión de tiempo que yo…

Ma siguió con la mirada gacha.

—Jamás entendí por qué tú… No tenía sentido… —dijo en voz baja.

Posó los ojos en mí.

—Tenías que habérmelo contado, Fia. Quizá entonces lo habría comprendido. Quizá entonces no habríamos pasado los últimos meses… —Se detuvo, perdiendo la voz cuando una lágrima le corrió por la mejilla—. Habríamos tenido más tiempo —susurró.

—Me daba pánico que me vieras de forma distinta. Prefería que desaprobaras mi decisión de unirme a la Guardia en lugar de que me miraras con miedo en los ojos.

—Nada de lo que hagas cambiaría lo que siento por ti, Fia.

Eres… Bueno, siempre has sido… mi niña. Desde que entraste aquí con ese pelo indomable.

Ese primer día hace seis años. Vi la tristeza y el vacío en tu mirada y lo supe.

Éramos iguales. Dos almas perdidas en busca de su lugar en el mundo.

Y tú te convertiste en mi lugar. Mi hogar.

—Alargó el brazo y me cogió las manos entre las suyas.

Las tenía más callosas de lo que recordaba.

El pecho se me hinchó de alivio por sus palabras, pero se me formó un nudo en la garganta por la culpa.

—Lo siento mucho. Siento mucho haberte dejado aquí sola. —Notaba que los sollozos se me iban acumulando.

Ma tiró de mí y me abrazó mientras me rodeaba con fuerza y yo lloraba en su hombro. Permanecimos así hasta que mi cuerpo se calmó.

—¿Qué ocurre en Stormshire? —preguntó con cautela.

—Hay una amenaza… Una especie de enemigo.

No comprendemos todo sobre ellos, salvo que proceden de otro mundo.

Y son letales. —Respiré hondo—. Se supone que no debo contarte nada de esto, pero no podía dejarte a tu suerte.

Si fracasamos y no los contenemos… Vendrán a por Luminaria —expliqué—.

Pueden matar de diferentes formas, aunque su método preferido es la asfixia.

Literalmente, te sacan el aire de los pulmones.

—Hice una mueca al acordarme de la noche anterior.

Ma continuaba contemplando el suelo con los ojos abiertos como platos.

—¿Hay algún modo de destruirlos?

—No lo sabemos, pero nuestra mejor opción es sobrevivir el tiempo suficiente para averiguarlo.

Ma echó un vistazo a la parte trasera de la estancia y arrugó el entrecejo.

—Me pregunto… —soltó, se puso de pie y fue hasta las estanterías de atrás. Se detuvo enfrente de un conjunto de viales con un contenido rojo. Los agarró deprisa y los llevó enseguida a su puesto de trabajo.

—Fia, corre. Coge el hueso de ballena triturado —ordenó.

La confusión se adueñó de mí, pero obedecí y tomé el tarro de cristal pequeño de la estantería del medio. Me acerqué y lo dejé junto a los viales que ahora estaba vaciando en el caldero. Agarró los polvos y los echó antes de agacharse para encender las brasas que había debajo.

—Ma, ¿qué haces?

—Tengo una idea —contestó, removiendo el caldero.

—Ma, de verdad que no tenemos mucho tiempo… —Me callé cuando un humo rojizo y el tufo a agua de mar impregnaron el espacio a nuestro alrededor.

—¿Has visto? No ha tardado mucho —repuso ella mientras usaba un cucharón para sacar el nuevo mejunje; echó un poco en un plato pequeño y el resto en viales transparentes—. Vale, está caliente, pero pruébalo —me instó con los ojos relucientes de curiosidad.

—Eeeh… Ma, ¿qué es esto? —Observé el líquido a la par que se me revolvía el estómago. Estaba enfriándose y haciéndose una pasta densa.

—Las algas rojas que recogí en Costa Escarlata.

Me fijé en que los peces de la zona se comportaban de manera inusual, así que empecé a estudiarlas.

Después de secarlas y machacarlas hasta hacerlas polvo…

Bueno, en realidad, todo fue un accidente.

El polvo era tan fino que se impregnó en el aire e inhalé un poco.

Al principio me puse algo nerviosa, pero tras unos segundos…

se me relajaron los pulmones. Y me percaté de que podía contener la respiración un buen rato.

Hice algunos experimentos y descubrí que una versión líquida tenía las mismas propiedades.

Es un avance médico en potencia, pero no se me ocurría qué uso práctico podría tener en verdad.

—Sujetó el plato—. Y, en cuanto al hueso de ballena, es un amplificador.

—Había extrañado el modo en el que se le iluminaban los ojos a Ma cuando hablaba de su trabajo.

Me acerqué poco a poco, cogí el plato y me lo aproximé a la nariz. Tosí cuando la bilis me subió por la garganta.

—¡No debes olerlo antes, so boba! —me regañó—. No tenemos mucho tiempo, Fia.

Cerré los ojos, incliné el plato hacia atrás y dejé que me cayera por la garganta. Hice un mohín. El sabor era inimaginable.

—¿Y bien? —Me observó.

—¿Qué se supone que debo sentir? —pregunté con una ceja arqueada.

—Prueba a contener el aliento —me instó mientras ponía los ojos en blanco.

Respiré hondo y me detuve cuando sentí los pulmones llenos.

Los segundos pasaron. Y luego casi un minuto entero.

No noté ninguna sensación de quemazón o urgencia por respirar. No se me contrajeron los pulmones.

Miré a Ma con los ojos abiertos como platos.

—Esto podría salvar muchas vidas. No te haces una idea.

—Solo llega para ti, Fia. No durará más que unos cuantos minutos, así que úsalo con sabiduría.

—Por favor, Ma. Si pudieras hacer más de esto, de verdad que sería de mucha ayuda. Podríamos ganar.

—Bueno, podría regresar a la costa y recoger más algas.

El hueso de ballena lo puedo conseguir de los comerciantes.

—Los engranajes se habían puesto en marcha detrás de sus ojos—.

Lo priorizaré —me aseguró—. A lo mejor me acompaña Jacquelina.

Puede que unos cuantos más. Así nos haremos con la máxima cantidad posible.

—Hablaré con el general. Quizá podríamos organizar alguna especie de distribución para el oeste —propuse mientras oía abrirse la puerta principal—. Ese debe de ser él. Imagino que se me ha acabado el tiempo —añadí, y volví a mirarla a los ojos—. Gracias por esto, Ma. No sé qué haría sin ti.

Me agarró y tiró de mí para abrazarme de nuevo.

—Ten cuidado, Fia. Y reserva esta cantidad para ti. ¿Me lo prometes? —Me abrió la bolsa, metió la mayoría de los viales con el resto del mejunje dentro y luego me guardó uno en el bolsillo.

—Te lo prometo —juré vacilante.

—Fia, es hora de marcharse —me gritó Laryk desde la parte delantera de la tienda.

—Te escribiré si puedo —le dije mientras cogía la bolsa de la mesa.

—Estaré esperando. Te quiero, chica —se despidió con una suave sonrisa.

—Yo también te quiero —le respondí antes de dirigirme a la parte delantera. No me siguió.

Laryk se encontraba en la puerta, sujetándola abierta.

—Vamos —dijo, y poco después íbamos por los adoquines, caminando aprisa hasta que giró a la derecha.

—El cuartel está en la otra dirección —repliqué mientras miraba a nuestras espaldas.

—No vamos al cuartel —anunció.

—¿Cómo? ¿Y a dónde vamos? —pregunté. Me ponía de los nervios cuando se guardaba información.

—A los establos.

—¿Me haces el favor de decirme qué está pasando? —La irritación se apoderó de mi voz.

—Vas a viajar conmigo. Cogeremos los caballos y nos marcharemos a Emeraal.

—¿A Emeraal? Creía que los ataques eran en Stormshire —dije con los ojos entrecerrados.

—Haremos una parada en Emeraal antes. El rey celebrará una reunión allí en unos días.

—Pero ¿por qué voy contigo? —pregunté.

—Solo date prisa, Fia. Debemos llegar al campamento antes de que anochezca.

Resoplé con la vista clavada al frente. Parecía que tendríamos mucho tiempo para hacer preguntas por el camino.