Capítulo 38
S e me paró el corazón.
Raine corrió hacia mí, con Draven y Briar siguiéndola muy de cerca.
—Otra sucesión de ataques en Stormshire. Mucho peor que la última vez. Hay sesenta fallecidos.
La cabeza me iba a toda velocidad mientras Raine tiraba de mí para que me levantara de la silla y me arrastraba a nuestra habitación para empacar. No podía formular ninguna palabra. Empecé a meter a empujones uniformes, herramientas y los últimos tónicos de curación en la bolsa.
«Tónicos de curación».
«Ma».
El corazón volvió a entrar en acción mientras cerraba la bolsa y me giraba.
—Debo irme. Necesito que me cubras. Volveré lo más rápido que pueda —indiqué, sin darle tiempo a que mostrara disconformidad.
—Sea lo que sea, hazlo rápido. —Raine me dirigió una mirada severa.
Asentí antes de agarrar la bolsa y salir de la habitación a toda prisa y detenerme en el pasillo cuando me di cuenta.
El juramento de sangre.
No podía advertir a Ma sobre nada. Ni siquiera se enteraría de lo que se avecinaba antes de que fuera demasiado tarde.
La cabeza comenzó a irme a mil y el estómago me dio una sacudida al pensar en dejarla sin saber nada.
Mis dos partes entraron en lucha; mi vieja vida se estrelló contra la nueva. No obstante, no tenía tiempo para pensar en aquello.
No necesitaba un juramento para mantener mi promesa a Sídhe. Había jurado lealtad hacía apenas unas horas y lo había hecho de verdad. Lo habría hecho incluso sin sangre. Pero mi lealtad a Ma no anulaba mi lealtad a la Guardia. Ambas podían existir a la vez.
Ese vial de sangre era lo único que se interponía en mi camino.
«Tengo que destruirlo».
Recordé haber visto a la guardia con el uniforme esmeralda transportar los viales más allá de la enfermería.
Empecé a encaminarme en esa dirección, navegando con facilidad por el caos de cuerpos que se preparaban para partir, aprovechándome de su distracción para que no me vieran.
La mayoría eran nuevos iniciados. Todos los demás ya habían sido desplegados.
Cuando por fin llegué al pasillo que daba al vestíbulo, giré a la derecha hacia el ala de Inmunidad y me detuve, pegándome a la pared mientras unos cuantos guardias con ropa beis salían corriendo por la puerta y arrastraban cajas hacia las verjas de la entrada.
Hasta por la rendija de la puerta pude ver que el pasillo estaba lleno de sanadores agarrando con torpeza el material, preparándose para el viaje al oeste.
Me removí y aguardé con impaciencia a que se despejara el espacio, aunque fuera durante unos segundos, el tiempo suficiente para que pudiera llegar al final del pasillo.
Recé por que la puerta permaneciera abierta.
Los sanadores comenzaron a retirarse poco a poco a cargar los vagones en la puerta principal con pilas de material médico. Por fin se marchó el último. Era mi momento.
Detuve la puerta del corredor con el pie y me colé dentro. Luego eché a correr por el pasillo, dirigiendo la vista con rapidez por encima del hombro para asegurarme de que nadie me había seguido.
En cuanto llegué a la puerta que buscaba, se abrió y me choqué con una guardia rubia que hizo que ambas nos cayéramos al suelo.
Me dio un vuelco el corazón.
Ella me miró con los ojos muy abiertos mientras yo me quedaba sin aire. Mis instintos tomaron el control y me inundaron la mente con la telaraña translúcida. Las fibras me ardían en la columna vertebral.
Nunca había canalizado tan rápido.
La telaraña salió disparada de mí como si siguiera su propia orden y se aferró a su mente con una seguridad que jamás había sentido antes, buscando el punto de acceso en un instante.
A ella le cambió la expresión, casi se quedó en blanco, libre ahora de la confusión que la embargaba hacía apenas unos segundos.
—Márchate. No me has visto aquí. Y no le vas a contar esto a nadie —dije, sintiendo cómo las palabras ardían a través del vínculo.
Ella asintió, se puso de pie y empezó a andar con calma hasta el final del pasillo.
Me permití inspirar hondo mientras los zarcillos volvían a mí. El corazón aún me iba a mil.
Podrían matarme por esto. Solo esperaba que funcionara, joder.
Me levanté, miré detrás de mí una vez más antes de colarme en la habitación poco iluminada, cerré la puerta y eché el pestillo.
La estancia era pequeña y estaba iluminada por una luz azul violácea que parpadeaba en el espacio.
Los cristales de arcanita estaban medio enterrados en las macetas, y las bandejas de viales se alineaban en las mesas.
Sin embargo, lo más impactante eran las enredaderas oscuras que crecían de las macetas.
Se retorcían y enrollaban en los pequeños frascos. Parecían… posesivas.
«¿Qué cojones?».
Me acerqué a la mesa que contenía la bandeja de viales más pequeña. Extendí la mano para examinar la enredadera. Rocé con los dedos las hojas y me aparté cuando sentí algo denso y pegajoso cubriendo la superficie.
Dirigí la vista hacia abajo y me encontré sangre en los dedos.
«¿Qué coño es esto?». Había visto casi todas las plantas del reino de una forma u otra, pero nunca nada como aquello.
Y la arcanita… ¿Estaba ayudando a que las enredaderas crecieran?
Se me fue la mente al experimento fallido de Ma con el cristal, a cómo les había absorbido la vida a todas sus plantas. Aquello no tenía sentido. Esta enredadera era enorme y, por lo que podía comprobar, estaba sana. No obstante, ahora no era el momento de investigar.
Me arrodillé y examiné los nombres grabados en los viales, y, cuando mi manga rozaba la enredadera, sentía escalofríos. Draven… Raine… Fia Riftborne. Arranqué el vial, y podría haber jurado que la enredadera opuso resistencia, pero no me atreví a mirarla otra vez.
Salí corriendo de esa sala tan rápido como pude y no me detuve hasta que me topé con el escándalo del comedor.
La gente pasaba a toda prisa, transportando materiales, bolsas y armas.
La energía era asfixiante. Nadie hablaba.
Vi incluso unas cuantas lágrimas resbalar por mandíbulas apretadas al tiempo que me abría paso a través de aquella locura.
Debía encontrar el modo de salir del cuartel.
Tomaría la salida este. Era la que menos vigilancia tenía, y podría escapar sin que me viera mucha gente. Atravesé corriendo el comedor hacia los gimnasios de entrenamiento y giré en un pequeño pasillo al fondo, cerca del alojamiento de los iniciados.
Subí las escaleras con tanta premura como pude sin hacer demasiado ruido y miré a mi alrededor en el pasillo antes de dirigirme a la verja.
«Mierda».
Había guardias apostados allí. Reduje el ritmo.
—¿Vas a algún lado, iniciada? —oí que me preguntó una voz aterciopelada detrás de mí.
Me giré con rapidez y me encontré a Laryk apoyado contra la pared, jugueteando con una daga entre los dedos.
Se me vino a la cabeza la primera noche que lo vi, cuando nos hallábamos cerca del bosque.
Cuando vio mi foco por primera vez. El suceso que lo comenzó todo.
—No estoy huyendo, pero no voy a marcharme sin ver a Ma una última vez —contesté, tratando de mantener la voz firme. El vial me pesaba mucho en la mano y me lo metí a toda prisa en el bolsillo. Él no podría enterarse nunca de esto.
—Creía que os habíais distanciado —respondió, y se metió la daga en el bolsillo del pecho y se cruzó de brazos.
—No importa. Tengo que verla antes de que partamos. Si no regreso… —Me callé—. No puedo permitir que las cosas sigan como hasta ahora.
—No puedo dejarte marchar.
—No te lo estaba pidiendo. —Entrecerré los ojos y me dirigí hacia la verja—. Diles que me dejen irme. Te prometo que volveré antes de que nos despleguemos.
Laryk sopesó mi petición mientras se pasaba una mano por el pelo. Chasqueó la lengua.
—Sé que lo harás. Porque te acompañaré y te traeré a rastras si tengo que hacerlo. Debemos salir antes de que anochezca.
—Trato hecho —dije de manera inexpresiva, y me precipité hacia la verja, echándole una mirada de irritación cuando él no me igualó el ritmo al instante.
La ciudad zumbaba con cierta energía eléctrica mientras nos dirigíamos al distrito central, casi como si reflejara el frenesí que estaba teniendo lugar en ese momento en el cuartel.
Cada rostro con el que nos cruzábamos hacía que la culpa brotara en mi interior.
Si fallábamos, nunca estarían preparados para lo que se avecinaba.
No se lo podía contar a nadie, pero sí a Ma.
Laryk esperó a la vuelta de la esquina mientras yo me aproximaba a las puertas de la botica. El olor familiar del romero me llenó los pulmones y me detuve. Hacía mucho tiempo que no me pasaba por allí. Habían cambiado muchas cosas, incluso yo.
Me paré justo antes de llegar a la puerta, recuperé el vial del bolsillo y miré a mi alrededor antes de colocarlo en los adoquines. Pisé con el talón de la bota el pequeño frasco y oí cómo se rompía con el golpe. La sensación del aire volviéndome a los pulmones casi me tumbó. Di un paso atrás.
El vial yacía roto sobre el pavimento, con papelitos empapados de sangre atrapados entre los fragmentos de vidrio. Me arrodillé para ver cómo la sangre se tornaba de un carmesí brillante a un marrón embarrado mientras el encantamiento que le estaba afectando se evaporaba.
Me erguí y le di una patada a los restos hacia el canal antes de girarme hacia la puerta de la botica.
La chica asustada que entró en esta tienda hace seis años parecía una extraña ahora. En el pasado, le di la espalda al mundo y me resigné a permanecer entre las sombras.
Inspiré hondo y agarré el pomo de la puerta.
Esa chica ya no existía.