Capítulo 37
–J uro ante esta hoja guardar nuestro reino con coraje y nunca flaquear.
Al igual que las serpientes se enroscan en vigilancia constante, yo también lo haré para proteger el corazón del reino en los días más brillantes y en las noches más oscuras.
Prometo defender a nuestra gente, nuestras tierras y nuestro juramento.
Ante todo, juro lealtad a la Corona, pues ahora soy una extensión de su escudo de hierro.
Hago este juramento vinculado por la sangre.
—Nuestras voces sonaban a la vez, reverberando por el lugar cavernoso del salón de actos del cuartel.
Bajé la vista hacia el juego de dagas con esmeraldas incrustadas y respiré hondo antes de girar la punta contra mi mano y hacer una mueca de dolor cuando me produje el pequeño corte.
A cada unidad se le habían dado armas especiales, desde cimitarras hasta espadas cortas, todas con el emblema de Sídhe.
La mujer rubia que habíamos estado viendo durante los entrenamientos, con su uniforme esmeralda, dio un paso ante mí.
—Bienvenida a la Guardia, Fia Riftborne.
—Su voz era grave y elocuente. Se dio la vuelta y cogió un vial de un hombre que estaba de pie detrás de ella vestido con el mismo tono esmeralda—.
Tu último juramento de sangre —murmuró mientras sostenía el vial.
Ahora contenía muchos trocitos de pergamino, todos empapados de sangre que debía de haber estado seca, pero de algún modo seguía de un carmesí tan vibrante como el día que abandonó mis venas.
Una parte de mí titubeó, una que hacía mucho que no veía.
Un fantasma de mi vida pasada, cuando el miedo me controlaba a cada paso.
Todavía fluía a través de mí, pero ahora era diferente.
Era un tipo de miedo saludable, por la amenaza real de la frontera occidental.
Aunque no temía vivir. Ni sentir. Ni experimentar.
Unirme a la Guardia jamás me había parecido una decisión mía, no en realidad.
Al igual que tampoco me había parecido jamás una decisión mía que mi foco se descontrolase. Pero habían cambiado muchas cosas.
Esto sí. Esto sí era mi decisión.
Alcé la mano sobre el cristal y observé mientras una diminuta gota de sangre caía entre el resto. Una calma se apoderó de mí. La mujer asintió y fue hacia el siguiente recluta.
Tras la ceremonia, nos congregamos en el comedor para festejar. Busqué a Laryk, pero no se le veía por ninguna parte. Los generales llevaban todo el día reunidos.
—¡Salud! —exclamó Raine cuando todos chocamos los bordes de nuestras jarras. El vestíbulo estaba a reventar de nuevos iniciados de todas las facciones que celebraban su ascenso.
Después de la simulación de anoche, me hice un ovillo en la cama con un regusto amargo. Cuando pensaba que me encontraba bajo el agarre de los espectros, lo sentí muy real. Nunca había estado tan cerca de la muerte. Había sido aterrador.
Una cosa era aprender sobre estos enemigos en teoría y otra muy distinta enfrentarse a uno de ellos cara a cara. Real o no. No sabía si alguna vez estaría verdaderamente preparada, aunque me sentí aliviada cuando me percaté de que el motivo por el que mi foco no funcionaba era la simulación.
Deseé que los espectros auténticos tuvieran algún tipo de función cognitiva o, de lo contrario, sería una inútil. Me deshice de ese pensamiento con un escalofrío.
—Fia, ¿estás aquí con nosotros? —preguntó Briar meneando la mano delante de mi cara. Eché un vistazo y tomé un sorbo de cerveza.
—Perdón, supongo que sigo reventada —musité. Raine prácticamente me había sacado a rastras de la cama a mediodía para que pudiéramos prepararnos para la ceremonia de iniciación juntas.
—Bueno, ¿qué creéis que será lo siguiente que hagamos? —preguntó Draven mientras se comía un sándwich.
—Nos destinarán al oeste —replicó Nazul. Me lanzó una breve mirada—. A ver, ¿adónde más nos van a mandar? Es para lo que nos han entrenado.
Tragué saliva. Todo esto era mucho más real ahora.
—Estoy muy entusiasmado por recibir mi primer sueldo —intervino Briar—. Necesito un nuevo guardarropa para mis viajes.
—Dudo mucho que a los espectros les importe cómo vistas. —Draven puso los ojos en blanco.
—Te sorprenderías. A lo mejor vienen a por nosotros a causa de estos uniformes horrendos.
Una risita se propagó por el grupo. Anoche recogimos el nuevo equipo de los iniciados antes de dirigirnos a nuestros dormitorios. Tendríamos que acostumbrarnos a uniformes de gala y conjuntos de cuero nuevos otra vez.
—Yo creo que están muy bien. Bueno, si obviamos los volant…
—Parecemos piratas —concluyó Briar de forma inexpresiva mientras interrumpía a Draven y ondeaba una de aquellas mangas fluidas.
Se me escapó una carcajada. Tenía razón.
—Yo creo que son muy favorecedores. Tú es que no los rellenas, Briar. Es evidente que están hechos para la figura femenina —señaló Raine.
Tuve que conceder que el nuevo uniforme sí que me quedaba muy bien a mí.
El chaleco protector de cuero abotonado por delante me iba que ni pintado y tenía mucho espacio para cuchillos y puñales.
Deslicé los dedos por la resistente superficie y sentí un repentino aguijonazo de nostalgia por mi cinturón de boticaria.
—Por fin somos libres. ¿Alguien se apunta a una partida de cartas? —preguntó Draven, y señaló hacia la mesa de juego que había en la esquina del salón.
—Prepárate para que te dé una paliza —soltó Raine dando un brinco. Cuando los dos se marcharon, Briar nos miró a Nazul y a mí con pinta de sentirse muy incómodo.
—Voy a ir a ver. —Exhaló un gemido cansado antes de seguirlos.
Nazul carraspeó, y yo noté sus ojos sobre mí.
—Imagino que quieres que te dé las gracias —dije con un suspiro, girándome hacia él. Supuse que lo íbamos a hacer ahora. Él parpadeó—. Pues gracias. —Dejé que una breve sonrisa se me formase en los labios—. Sé que nada de eso era real, pero tú no lo sabías. Y arriesgaste tu vida para salvarme.
—Pues claro que te salvé. Estamos en el mismo bando —contestó sin más, encogiéndose de hombros.
—Venga ya, Nazul. Sabes que no parecía que estuviéramos en el mismo bando. Primero por Baelor, y luego por Osta.
—Baelor es un capullo ignorante, y es evidente que es peligroso. Creo que solo me acordaba de cómo se comportaba cuando éramos críos. No siempre fue un matón. De hecho, por aquel entonces solía ser mi salvador. No sé en qué momento cambiaron las cosas.
—Seguro que nunca lo sabrás —repuse con los ojos en blanco. La idea de que Baelor hiciera algo no egoísta era hilarante.
—Creo que no me di cuenta de lo mucho que había cambiado hasta esa noche. —Suspiró y bajó la vista hacia su cerveza—. Siento que me llevara tanto tiempo.
—Bueno, estoy dispuesta a empezar de cero. Como mínimo, eso te lo debo. —Alcé mi jarra—. ¿Te parece?
Chocó el borde de su jarra contra el mío y los dos dimos un buen trago.
—Me parece. —Se pasó los dedos por el pelo con una postura menos rígida.
—No le hagas daño. —Entrecerré los ojos.
—Tienes mi palabra. —Sonrió—. ¿Quieres otra ronda?
Bajé la vista y me fijé en el fondo brillante de mi jarra.
—Eeeh…, claro. —Y se la entregué.
—Yo invito —contestó mientras se encaminaba a la barra.
Eché un vistazo hacia la mesa de juego y me percaté de que Mercer le susurraba algo al grupo. Raine, Briar y Draven se pusieron pálidos.
«¿Qué está ocurriendo?».
Fue entonces cuando oí el intenso chirrido de las puertas de metal al abrirse. Volví la cabeza hacia la derecha. Los cinco generales se dirigieron a la plataforma que había en el pasillo que conducía al vestíbulo.
Laryk agarró la barandilla. Había intensidad en su expresión; la mandíbula se le apretaba en una dura línea.
—Necesito la atención de todos. —Su voz bramó entre la multitud y se hizo el silencio en la sala—. Preparaos para partir. Saldremos al oeste al atardecer.