Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

A brí los ojos de par en par en cuanto los cuernos de guerra rompieron el silencio.

Examiné la oscuridad presa del pánico, con el corazón latiéndome a mil por hora.

Oí el ruido sordo de las botas justo al otro lado de la puerta.

El chasquido metálico y la marcha de los soldados reverberaron por todo el cuartel.

«¿Estoy soñando?».

No.

Aquellos sonidos demostraban lo contrario.

Nos estaban atacando.

Dirigí la vista al techo. Las órdenes frenéticas hacían eco por todo el cuartel.

—¡Raine! —grité, alzando la voz por encima del ruido—. ¡Nos atacan! ¡Levántate! ¡Vístete!

—Hostia puta —oí desde el otro lado de la habitación.

Me levanté de un salto de la cama; la urgencia les otorgaba rapidez a mis movimientos mientras me ponía con dificultad el traje de cuero. Busqué a tientas las botas en la oscuridad.

Otro toque de cuernos resonó en el aire.

—Estoy lista —grité mientras intentaba recogerme el pelo en la nuca.

—Vamos. —La figura de Raine, que apenas se discernía en medio de la noche, corrió a toda velocidad hacia la puerta. Yo la seguí muy de cerca.

La abrió de sopetón y reveló el caos en el que estaba envuelto el cuartel; la oscuridad tragaba todo a su paso.

—Tenemos que buscar a los demás —ordenó.

Me puse a su lado mientras corríamos por el pasillo, con el muro de piedras alineadas como nuestra única guía. Me centré en controlar la respiración y dejé que el instinto y el entrenamiento tomaran el mando.

—¡Flechas a los arcos! —La orden sonó desde arriba mientras nos dirigíamos a toda prisa hacia los dormitorios de los hombres, sorteando obstáculos lo mejor que podíamos en la oscuridad; cada movimiento lo avivaba la urgencia.

—¡Fuego! —chilló la voz mientras nos cruzábamos con reclutas de todas las facciones a los que solo discerníamos por el tintineo de la armadura y los destellos de tela blanca almidonada repentinos.

Se me removió el estómago al mismo tiempo que mi mente divagaba. Solo había una cosa que se había adueñado de mis pensamientos.

«Espectros».

Tenían que serlo. El cuartel nunca había estado tan oscuro.

Lo habían logrado. Habían llegado a Luminaria.

Un escalofrío me recorrió la espalda cuando lo comprendí.

De repente, Raine se cayó al suelo con un golpe seco. En un instante, volvió a ponerse de pie, mirando a su alrededor a ciegas en busca de lo que fuese con lo que se hubiera chocado antes de echar chispas por los dedos e iluminar el pequeño espacio en torno a nosotras.

Reparé en que había una figura tumbada.

—¿Raine? ¿Fia? —La voz de Draven provenía de abajo. Me acerqué y lo ayudé a levantarse.

—Raine, ¿puedes iluminar más? —Un destello de miedo cruzó el rostro de Nazul.

—No, a menos que quieras que te incineren —contestó Raine resollando y mirando el pasillo oscuro.

—Vale. Tenemos que llegar a la sala de control norte. Briar nos guiará. —Nazul se giró con rapidez y tanteó el umbral de la puerta.

Se oyó un chillido en el pasillo y nos marchamos al momento, corriendo una vez más a través de la oscuridad en una formación entrenada. Briar convocó un camino de raíces que irrumpió del suelo y trepó por las paredes, lo que le permitió avanzar a tientas.

—Manteneos cerca.

En cuanto atravesamos la puerta al salón principal, se me paralizaron las piernas. Los otros reclutas se detuvieron de golpe y todos paseamos la vista a nuestro alrededor sin rumbo fijo.

—¿Hacia dónde? —pregunté, tratando de calmar mi corazón, que me iba a mil.

Unos susurros chirriantes envolvieron la sala en un vórtice. Provenían de todas direcciones.

—Tenemos que dividirnos. Somos demasiado vulnerables en grupo —espetó Briar.

Agarró a Raine del brazo y se precipitó hacia los gimnasios de sparring , a la izquierda del cuartel.

Draven nos miró a unos y a otros varias veces y vio cómo las chispas de Raine desaparecían en la distancia antes de salir corriendo detrás de ellos.

De pronto, Nazul me empujó hacia la derecha y nos encontramos corriendo otra vez.

Me volví a centrar en la amenaza que se cernía sobre nosotros.

Nos reuniríamos otra vez en la sala de control. En caso de ataque sorpresa, teníamos la orden de ir allí para recibir instrucciones antes de entrar en combate.

Entrecerré los ojos para intentar discernir mejor el entorno. Podía ver, pero muy poco.

Nazul se chocó con una mesa a mi lado.

—Joder, no veo una mierda —soltó con la voz entrecortada.

Yo me apresuré a ayudarlo a levantarse y le di un minuto para que se estabilizara antes de continuar.

Me adelanté, pero una fuerza invisible me empujó hacia atrás y me lanzó por los aires. Retorcí el cuerpo y me preparé para hacer contacto con el suelo. Primero lo toqué con los pies, y luego coloqué la mano en el suelo para apoyarme agachada.

—¡Fia! ¿Dónde est…? —gritó Nazul justo cuando oí el sonido de su cuerpo golpeándose con la pared situada delante de mí.

Un rayo cayó al otro lado del salón principal e iluminó el espacio a nuestro alrededor un segundo.

Me ardieron los ojos por la claridad repentina, aunque vi las formas negras de los espectros por primera vez, las sombras monstruosas que atravesaban el aire lanzándose, girándose y extendiéndose a unas velocidades inimaginables.

Todo mi ser amenazó con derrumbarse, pero me volví a centrar. No había tiempo para tener miedo en este instante. Tenía que llegar hasta Nazul.

Me mantuve pegada al suelo y me arrastré hasta donde lo había oído colisionar con algo.

—Si puedes, cúbreme. Voy a intentar buscarlos —ordené.

—Hazlo rápido. Tengo el escudo alzado, pero si nos rodean… —Se calló cuando oímos más gritos procedentes de arriba.

Cerré los ojos de golpe y me imaginé la venda en los ojos. La telaraña ya estaba ascendiendo.

La extendí con la mente y busqué.

Pude percibir a Nazul a mi lado. Alargué los zarcillos a más distancia y los ramifiqué más allá de él.

Busqué.

«Vamos».

No notaba nada. Solo unas leves trazas de aquellos que luchaban sobre nuestras cabezas.

—No detecto nada a nuestro alrededor. Deberíamos seguir moviéndonos.

Nos pusimos de pie de un salto y tomamos el camino más cercano al perímetro. Los susurros volaban por el cuartel y amortiguaban cualquier otro sonido. El viento se intensificó en torno a nosotros.

Me acerqué a Nazul justo cuando otra fuerza invisible se estrelló contra mí y me tiró al suelo. Se me fracturaron las costillas por el impacto, y grité en medio de la noche.

De pronto, estaba en el aire, con los brazos detrás de mí mientras algo me rozaba la espalda. Traté de soltarme, pero no podía moverme. El viento sopló más que nunca y lanzó susurros guturales en todas direcciones.

Sentí cómo se acercaban y me rodeaban. El mundo desapareció de mi vista.

Lo único que podía ver era negro.

Luché para liberarme del agarre del espectro, pero no era capaz de mover las manos. No era lo bastante fuerte.

Cerré los ojos con fuerza, convoqué la telaraña y le ordené que buscara a mi atacante. Que lo matara.

Salió disparada a mi alrededor, desesperada por encontrar a su objetivo.

Pero nada de nada.

No había nada a lo que aferrarse.

Solo la oscuridad impenetrable.

El aire a mi alrededor empezó a disminuir mientras las sombras se retorcían en un vórtice más estrecho.

«Voy a morir».

—Nazul… —conseguí graznar en un último acto de desesperación. Me pesaban los párpados, me ardían las extremidades del adormecimiento. La telaraña se estaba volviendo loca a mi alrededor, todavía serpenteando en la oscuridad a la caza con una furia enloquecedora.

«Va a morir conmigo».

Ma. Osta. No podría salvarlas.

Una neblina me envolvió la mente mientras pataleaba; los pulmones suplicaban un aire que no iba a llegar.

Pronto se acabaría.

Poco a poco, mi cuerpo perdió la voluntad de luchar y me quedé flácida, suspendida por completo en la oscuridad. Acompañada tan solo por los espectros que me estaban absorbiendo la vida.

Mis poderes no servían contra este enemigo.

Era completa y totalmente inútil.

Laryk se había equivocado conmigo.

La mente comenzó a apagárseme. Tenía el pulso débil.

El dolor de las costillas fracturadas disminuyó. Ya no podía sentir nada.

De repente, algo avanzó con rapidez por medio de los susurros. Mi cuerpo convulsionó y despertó a mis pulmones, lo que me hizo jadear con violencia. Sentí una mano en el brazo mientras el vórtice a mi alrededor desaparecía.

Me caí al suelo, aún con arcadas. No podía tomar el aire suficiente; mi mente todavía estaba sumida en una neblina. Incluso los zarcillos permanecían débiles, aflojados alrededor de mi columna vertebral. Parecían agitarse.

Nazul me arrastró al perímetro una vez más.

—He intentado alcanzarte antes. Protegerte con mi escudo. —Se veía ahogado y frenético.

—Sala… de control —susurré. Fue lo único que pude decir en ese momento.

Los poderes de Nazul habían crecido ante los espectros y los míos habían demostrado ser inútiles.

—Ya estamos cerca. ¿Puedes correr? —preguntó en voz baja.

Asentí y dejé que tirara de mí para levantarme.

Nazul me pasó un brazo por la espalda y nos pusimos en marcha otra vez, precipitándonos hacia la puerta que había al final de la habitación.

Me dolían las costillas e hice todo lo posible por mantener el tronco erguido, pero se me escapaba un jadeo cada vez que daba un paso hacia delante.

El dolor había vuelto en toda su plenitud. Un testimonio de vida.

Estábamos llegando al final del pasillo. Unos cuantos pasos más y nos encontraríamos en la sala de control.

El vórtice de susurros se alzó detrás de nosotros justo cuando atravesamos la puerta a toda prisa. Cerré los ojos de golpe cuando la habitación se iluminó a nuestro alrededor.

—¡Bien hecho, reclutas! —dijo el teniente Mercer mientras me desplomaba en el suelo agarrándome el costado.

«¿Qué coño?».

Raine me ayudó a ponerme de pie al instante. Eché un vistazo a la habitación a través de las pestañas. Mi visión captó el destello de un pelo cobrizo en una esquina.

Laryk.

Tenía el rostro serio, estoico, pero suavizó la mirada cuando se encontró con la mía. Apretó la mandíbula cuando desvió la vista a mis costillas.

Miré a mi alrededor y encontré a unos cuantos oficiales, iniciados y el resto de mi clase de reclutas.

Todo el equipo V que seguía en el cuartel estaba en la habitación.

—No era real —dedujo Briar desde su asiento. Tenía mal aspecto y se estaba agarrando el tobillo.

—Los sanadores vendrán pronto para tratar cualquier lesión —dijo Mercer—.

Me alegro de que todos hayáis podido llegar en el tiempo asignado.

Estaba comenzando a preocuparme por vosotros dos.

—Ladeó la cabeza en mi dirección y en la de Nazul—.

Tampoco os lo hemos puesto fácil. Todos habéis demostrado vuestra valía esta noche.

—¿Todo esto era una ilusión? —preguntó Draven, mirando a los guardias desconocidos.

—Bueno, ha sido un esfuerzo combinado. Pero, en esencia, sí. Hemos usado ilusionistas, expertos en levitación y dominadores del viento. Ha sido la simulación más precisa de la amenaza auténtica.

—Pero ella ha fallado —murmuró una voz de demonio, y el Coágulo de Sangre salió de detrás de unos cuantos oficiales con una sonrisa tímida en los labios.

En sus ojos solo había odio.

—Es obvio que no está lista para luchar en el oeste, a menos que queráis que muera. —Narissa se cruzó de brazos, desvió su atención hacia Laryk y se aclaró la garganta.

—El objetivo era llegar a la sala de control —replicó Mercer, metiéndose en su campo de visión—.

Fia lo ha conseguido. No es un experimento perfecto ni mucho menos, pero el trabajo en equipo es un factor importante.

Y todos habéis demostrado vuestra fortaleza al trabajar juntos para superar la amenaza. Ha sido impresionante de ver.

Narissa puso los ojos en blanco y se volvió a retirar hacia las sombras.

Me invadió un sentimiento de ira y de alivio a la vez.

Quise gritar.

Miré a Laryk ceñuda y él me guiñó un ojo antes de dar un paso al frente y aclararse la garganta.

—Supongo que os merecéis la enhorabuena. Esta prueba no ha sido una más. Ha sido vuestra última prueba. Bienvenidos a la Guardia, iniciados.