Capítulo 35 #2
Los dos hombres danzaban uno en torno al otro con una precisión férrea. Nunca había visto a Laryk en acción… y no quería que acabase.
—Fia, cierra la boca —susurró Raine, a quien saltaba a la vista que no le afectaba del mismo modo.
Unos músculos definidos se le marcaban a Laryk bajo la camiseta ajustada de entrenar, ahora empapada de sudor mientras se movía a una velocidad casi imposible.
Llevaba el pelo sujeto sin apretar en la nuca y unos cuantos mechones se le habían soltado y le enmarcaban la cara.
Tensó la mandíbula a la perfección cuando esquivó un ataque de Mercer.
De repente, Laryk pasó rodando junto a su oponente, se levantó y se colocó en una posición de ataque. La mirada de sus ojos era feroz pero metódica. Como si su único propósito fuera vencer, derrotar e incluso matar.
Laryk se inclinó hacia delante y se precipitó hacia la izquierda de Mercer, le agarró el pecho con manos expertas y lo lanzó por los aires antes de mandarlo de un violento golpe al tatami. El teniente rodó sobre su costado y jadeó en busca de aliento.
Me quedé en shock. Nunca pensé que vería cómo le daban una paliza a Mercer.
El hombre golpeó el tatami tres veces, y Laryk le dedicó una sonrisa maliciosa y extendió la mano hacia el teniente. Lo ayudó a levantarse y le dio unas palmadas afectuosas en la espalda.
—No te preocupes, viejo amigo. A lo mejor la próxima vez me ganas —dijo Laryk con su tono aterciopelado y el sarcasmo adornándole la voz.
Mercer lo empujó.
—Ambos sabemos que eso no ocurrirá. —Los dos hombres intercambiaron una risa antes de fijarse al fin en que estábamos allí.
—Reclutas, llegáis pronto. Solo he venido para enseñarle a vuestro instructor cómo pelear —explicó Laryk, regresando a su arrogancia natural—. Asumo que las dos lo estáis haciendo bien —añadió mientras se acercaba a la parte delantera de la clase.
Estaba acalorada.
Demasiado acalorada.
Y necesitaba agua.
Ya mismo.
Como si Niamh misma hubiera escuchado mis plegarias, Nazul entró en la sala.
En un santiamén, se me cortó el rollo.
Fui a poner los ojos en blanco cuando me saludó; no obstante, contuve el gesto.
Supuse que no había cejado en su empeño de perseguir a Osta, y yo no iba a pedírselo.
Si ella quería seguir viéndolo, eso era cosa suya.
Me había rogado que lo respetara, cosa a la que accedí. Pero nunca dije que lo aprobaría.
Raine y yo nos sentamos en la parte delantera de la sala. Me costó muchísimo no lanzar miradas furtivas en dirección a Laryk.
—Como podéis ver, tenemos el placer de contar con la presencia de nuestro general hoy.
—El teniente Mercer se apoyó contra el escritorio e hizo un gesto hacia Laryk, que se limitó a asentir a la sala con una expresión estoica.
Arqueó una ceja cuando hicimos contacto visual. Devolví mi atención a Mercer.
—Vamos a jugar a una especie de juego. Será divertido —dijo el general con una sonrisa misteriosa.
Todos los reclutas se removieron en sus asientos. Si la cara de Laryk era una señal, esto iba a ser cualquier cosa menos divertido.
—Además de robaros el aire a vuestro alrededor, ¿qué más utilizan nuestros enemigos para desorientar a sus oponentes? —preguntó Mercer a la clase.
—La oscuridad total —respondió Nazul mientras giraba una pluma entre los dedos.
—Vaya, la primera respuesta es correcta. Igual sí que estáis aprendiendo algo después de todo. —Mercer se irguió del escritorio y cogió algo que colgaba en la parte de atrás de la puerta—. ¿Alguien puede decirme qué es esto? —Alzó la mano y enseñó un trozo de tela negra fina.
—¿Una venda? —sugirió Briar.
—Dos respuestas correctas seguidas. Hoy estáis que os salís —dijo Mercer; era evidente de qué buen humor se encontraba.
Comencé a sospechar.
—El siguiente paso para prepararos es quitaros la visión durante el combate. Aunque vamos a subir las apuestas. —Le hizo un gesto al general, que se puso de pie y se dirigió hacia el tatami antes de darse la vuelta y dedicarnos una de sus sonrisitas.
—Madre mía de mi vida —susurró Raine mientras cojeaba de vuelta con nosotros.
Casi todos se agarraban un codo o una rodilla.
Todos los demás reclutas menos yo se habían enfrentado a Laryk y habían luchado hasta que se habían quedado sin aire para continuar.
Ni uno solo se le había acercado lo bastante para tocarlo.
El general no parecía ni cansado cuando se crujió los nudillos y se paseó mientras se quitaba el sudor de la frente.
Lo había pospuesto todo lo posible, pero ya me tocaba a mí.
Puse un pie en el tatami, reduciendo la distancia entre nosotros. Laryk me lanzó una mirada maliciosa y sostuvo la venda. Yo me planté delante de él, crucé los brazos y me di la vuelta.
—No esperes que te lo ponga fácil —me susurró a la par que aseguraba la tela sobre mis ojos.
—Más bien espero lo contrario, la verdad —bromeé cuando me rozó el brazo con la mano. Me estremecí. Una parte de mí deseó que no estuviéramos haciendo esto delante de toda la clase.
Su aliento se encontraba ahora junto a mi oído izquierdo.
—Si logras derribarme en el tatami, te contaré cuál es mi foco. —Escuché el reto en su voz. La determinación surgió en mi interior. Nadie había sido capaz de llegar tan lejos hasta ahora, pero motivar se le daba de fábula.
Sentí un escalofrío cuando se alejó.
—Prepárate —anunció; la severidad había vuelto a su voz.
Exhalé tranquila y presté toda mi atención a lo que podía sentir a mi alrededor. El tatami se movía cuando él daba círculos, aguzándome los sentidos a cada paso. Sabía que el ataque estaba al caer. Me preparé y me puse en mi posición de defensa.
Noté algo delante de mí, pero mi intento por esquivarlo quedó truncado cuando me agarró la cintura con las manos y me estampó de espaldas contra el tatami, dejándome sin aliento. Todo sucedió muy deprisa. Oí unas cuantas carcajadas de los demás reclutas y me puse colorada.
Me alcé sobre los codos. No obstante, me vi obligada a echarme hacia atrás cuando me agarró las muñecas y me inmovilizó.
Intenté retorcer la parte inferior del cuerpo para escapar de su agarre, pero su pierna acudió a mi cintura.
Entonces, se subió encima de mí y me sometió las piernas, bloqueándolas con las suyas. Había acabado atrapada.
—Si esto fuera de verdad, estarías muerta —murmuró antes de soltarme—. De pie —me ordenó. Noté cómo se alejaba.
Puse las palmas sobre el tatami y me levanté. A los demás no los había provocado de la misma manera.
Tras cinco intentos fallidos más, me senté sin aliento. Quería atacarlo, quitarle esa mirada de suficiencia que sabía que tenía en la cara mientras se paseaba de un lado a otro, ansioso por otra ronda imposible.
—Otra vez —dijo con demasiado entusiasmo.
Me puse de pie haciendo equilibrios cuando lo escuché soltar una risita desde la otra punta del tatami y me empezó a hervir la sangre.
Y me harté. No iba a volver a dejarlo ganar.
Invoqué la telaraña, incitándola a que me subiera por la columna e instándola a tantear el terreno que me rodeaba.
Como una segunda visión. Detecté los fragmentos de una mente que se me acercaba despacio por detrás, reluciente como si alumbrase desde dentro.
Contuve una sonrisa maliciosa y me concentré todo lo que pude en rastrear a Laryk.
De repente, el pulso salió disparado hacia mí; yo lo evité a la derecha, doblándome cuando sentí que entró en contacto con mis muslos.
Un jadeo se propagó por la habitación en el instante en el que enganché las piernas en torno a él e hice que nos cayéramos al suelo con fuerza contra el tatami.
No obstante, yo no había acabado. Aún lo notaba.
Me liberé y lo derribé cuando se levantó, y nos caímos de espaldas.
Me estiré, le agarré los brazos y se los coloqué por encima de la cabeza mientras me sentaba a horcajadas sobre él, enroscando los tobillos alrededor de sus muslos.
No pude contener la sonrisa triunfante cuando le solté las manos y me quité la venda. No pensaba perderme la mirada de su cara.
La sala continuaba en silencio, a excepción de unos cuantos murmullos.
Bajé la mirada y vi que Laryk sonreía con una oscura y ardiente intensidad en los ojos.
—Impresionante —declaró—. Ahora, ¿te importaría soltarme?
Esta posición de poder… me sentaba mejor que bien. Hice caso omiso del calor que crecía en mi interior al verlo debajo de mí.
Con un movimiento rápido, desenrosqué los tobillos y me bajé, de vuelta sobre mis pies una vez más.
Él echó las piernas hacia atrás por encima de su cabeza y rodó hasta quedar en cuclillas y levantarse. Mira que era fanfarrón.
Lo observé mientras sujetaba la venda e inclinaba la cabeza de forma que el resto de la clase no pudiera ver mi sonrisa. No podía evitarlo, estaba radiante.
Se acercó despacio a mí, lo bastante como para susurrarme al oído mientras me quitaba la tela:
—Tramposa —murmuró. La palabra salió baja y aterciopelada, con un filo peligroso. El calor se propagó en mi interior cuando regresé a mi asiento, me removí e intenté controlar el ardor que me consumía por dentro.
La clase se acabó temprano, y yo rechacé la invitación de Raine de unirme a ella para cenar en el comedor. No me apetecía estar cerca de gente ahora mismo.
Corrí hacia el pasillo a tiempo de ver a dos pelirrojos caminando juntos por el corredor. El corazón se me quedó paralizado en el pecho, pero el fuego no hizo más que aumentar.
El Coágulo de Sangre volvió la vista en mi dirección y esbozó una sonrisa mientras pasaba el brazo por la cintura de Laryk. La furia explotó dentro de mí. Aparté los ojos de ellos dos y salí corriendo en la dirección opuesta.
Me precipité hacia mi habitación, cerré la puerta de un golpe a mis espaldas y eché el pestillo, agradecida de estar al fin sola.
Me acurruqué en la cama y miré al techo.
«¿Qué ve en ella?», tenía ganas de gritar.
Quería algo que se encontraba fuera de mi alcance.
Todo mi cuerpo se moría por que este calor se mitigara.
Por sentir sus manos sobre mí. Traté de centrarme en lo que había logrado…
Encontrarlo… Rastrear su mente. Había algo íntimo en ello, pero eso solo me dejó con ganas de más.
Y luego estaba la sensación de su cuerpo contra el mío. De sus piernas inmovilizándome. De su calor apoderándose de mis sentidos. Me ruboricé cuando pensé en sus brazos envolviéndome y en su peso presionándose contra mí. Un deseo ardiente se acumuló en mi interior y me dejó con ganas de más.
Necesitaba un alivio. Tal vez hacía tanto que no tenía relaciones físicas con nadie que hasta la violencia del sparring me encendía. A lo mejor no era por él…
Sabía que me estaba mintiendo a mí misma. Todo mi cuerpo había quedado calcinado ante su recuerdo.
Recuerdo que ojalá pudiera borrar. Eliminar.
Pero, de momento, al menos podía deshacerme de la tensión de mi cuerpo.
Dejé que mi mente y mis manos vagaran hasta que encontré lo que había estado buscando. No me detuve hasta que una oleada de euforia me atravesó.