Capítulo 35
A la mañana siguiente, iba de camino al cuartel cuando escuché pasos corriendo detrás de mí.
—¡Fia, para!
No aminoré la marcha. Sabía de quién era esa voz.
Briar llegó hasta mí un poco sin aliento, con el cabello del color del tofe despeinado.
—¿Podemos hablar un momento?
—Vamos a llegar tarde —respondí en tono cortante con la vista al frente.
—Lo sé, es que… —Se movió para ponerse delante de mí y obligarme a detenerme—. Siento mucho lo de anoche. Lo que dije en la cena.
Me crucé de brazos.
—¿Te refieres a cuando le anunciaste a media dársena que me estoy tirando al general?
Compuso una mueca.
—Sí. A eso. —Se frotó la nuca con pinta de sentirse verdaderamente incómodo—. Bebí demasiado y no estaba en mis cabales. Pensé… pensé que estaba siendo gracioso. Chinchándote. Pero me pasé de la raya, lo siento.
—Ni siquiera es cierto.
Miró más allá de mí, con los ojos distantes.
—Imagino que no era más que una suposición… A ver, no te juzgaría si lo estuvieras haciendo. Seguro que así fue como Narissa consiguió que la ascendieran a oficial tan rápido.
—No es que ella me caiga bien, pero también te estás pasando con esa suposición.
—Creo que lo que intento decir es que apreciaría esa estrategia si es lo que tienes en mente. Los ascensos aquí no son tan fáciles, no para los que no tenemos un legado ni hemos nacido en familias de militares.
—Bueno, pues te has equivocado. Desde luego, conmigo te has equivocado.
—Lo siento, Fia. De veras que lo siento mucho.
—Briar, la gente se dio la vuelta y se quedó mirando. ¿Tienes idea de qué clase de rumores…? —Me interrumpí con la frustración abriéndose paso en mi pecho—. ¿Por qué crees que es algo de lo que bromear a grito pelado en público?
—No lo sé —contestó, y levantó las manos a la defensiva—. Las copas hicieron que todo pareciera menos serio de lo que era. Y Raine mencionó las sesiones de entrenamiento privadas hace siglos, yo solo… —Se detuvo, con la mandíbula tensa—. Supongo que no solo hablaba el alcohol…
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Él soltó una carcajada áspera.
—¿En serio quieres saberlo? Estoy celoso, Fia.
Me quedé mirándolo sin saber qué decir.
—Te has presentado aquí con tus… habilidades únicas —continuó; las palabras salieron de él como si las hubiera estado reprimiendo durante semanas— y de pronto consigues lecciones privadas con el mismísimo general. ¿Sabes cuánta gente mataría por ese tipo de atención? ¿Por esa clase de oportunidad?
—Briar…
—Me he dejado la piel para llegar aquí —añadió, alzando un poco la voz hasta que se dio cuenta y la bajó—.
He ido en contra de toda mi familia. De mis padres, de mis cinco hermanos…
Todos me han despreciado por unirme a la Guardia.
Se piensan que los he abandonado. ¿Tienes idea de lo que es que toda tu familia te mire como si fueras un extraño?
La rabia que yo había estado conteniendo flaqueó.
—En realidad, sí —repuse con calma.
Él se detuvo y me miró confuso.
Respiré hondo.
—Antes de unirme a la Guardia, trabajaba en una botica. La mujer que la lleva, Ma, me dio trabajo, me enseñó todo lo que sabe. Además de Osta, ella era… Es lo más parecido a una familia que me queda.
A Briar se le suavizó un poco la expresión.
—Su hermano murió en la Guardia —proseguí—. Eso la destrozó. Y cuando yo me uní… —Tragué saliva con fuerza—. Lleva sin hablarme desde entonces. La perdí en el instante en el que me puse este uniforme.
—No… no lo sabía.
Bajé la vista a mis manos.
—No es algo en lo que me guste pensar precisamente… —dije con la voz apagada al final.
Permanecimos allí callados un momento; la tensión de antes desvaneciéndose a la molesta luz del día.
—Perdona —soltó, y en esta ocasión sonaba auténtico.
Me detuve y escogí las palabras con cuidado.
—Yo no pedí el entrenamiento privado. No pedí nada de esto.
—Tienes razón. Es que… la Guardia lo es todo para mí, Fia.
Es lo único que siempre ha sido mío. La única vía de escape que tenía para evitar ser un granjero más en una familia que jamás aspiraba a nada.
Mis padres, mis hermanos… Todos estaban felices con esa vida.
Pero yo quería más. Necesitaba más. Y a veces parece que tú… —Se calló.
—¿No lo valoro? —sugerí.
—Sí. —Tuvo pinta de sentir alivio cuando lo dije—. Sé que eso no es justo. Sé que tú tienes tus propios problemas, sobre todo siendo riftborne. Pero a veces… No sé. Daría lo que fuera por estar en tu posición.
Quería estar enfadada, aunque lo comprendía. La Guardia lo había salvado de una vida que no quería. Le había dado un propósito, un estatus, un reconocimiento. Todo lo que había anhelado con desesperación. Y sentía pánico de quedar eclipsado por alguien que ni siquiera lo quería.
—Lo entiendo —solté al final—. De verdad. Pero tú también debes comprenderlo. ¿El entrenamiento privado? Es porque mi foco es peligroso e impredecible, no porque yo sea especial.
—Pero es que, quieras o no, eres especial —replicó en voz baja—. El general lo ve. Todos lo vemos.
—No sé de qué hablas —repuse.
Él se calló unos minutos mientras lo procesaba.
—Solo quiero que volvamos a estar bien.
—Sí. —Logré esbozar una pequeña sonrisa—. Yo también.
Nos quedamos allí plantados con incomodidad; ninguno de los dos sabía bien cómo concluir la conversación.
—Deberíamos volver al entrenamiento —propuse al final.
—Sí. —Se hizo a un lado para dejarme pasar y luego caminó junto a mí—. Para que conste, creo que eres la leche.
Solté una pequeña carcajada y sacudí la cabeza.
—Bueno, yo opino lo mismo de ti.
Mientras atravesábamos las verjas juntos, sentí una extraña mezcla de emociones. Me aliviaba hacer las paces, pero había algo inquietante en esta situación. En lo mucho que su identidad estaba ligada a su estatus aquí.
Me obligué a perdonarlo, o, como mínimo, a dejarlo estar.
Pero no pude quitarme esa sensación de la cabeza.
Transcurrieron unas cuantas semanas de entrenamiento implacable desde entonces.
Mis habilidades como sparring habían mejorado; había cambiado mi estrategia hacia la defensa.
Aprendí a esquivar con precisión, a desplazarme por el tatami con rápidos movimientos de pies y a ejecutar elegantes giros para cansar a mis oponentes.
Briar y yo nos intercambiamos la victoria en los dos encuentros, y conseguí así el primer triunfo en clase.
Sin embargo, enfrentarme a Nazul fue un desafío muy distinto.
Sus habilidades y entrenamiento de toda la vida hacían que le tuviera aprensión.
Sentí una oleada de orgullo al ejecutar un movimiento que lo derribó; un gran salto que lo hizo caer rodando por el tatami con mis piernas alrededor de sus hombros. Hasta Mercer pareció impresionado.
Continué practicando maniobras similares las semanas siguientes, pues reconocía que mi destreza residía más en aprovechar la fuerza y la agilidad de la parte inferior de mi cuerpo que en depender solo de los ataques con las manos.
El entrenamiento extra fue increíblemente útil en mi último combate con Raine, en el que por fin la vencí.
Por otro lado, Mercer ganaba cada combate en el que participaba. Aunque eso no nos sorprendía a ninguno.
Laryk se quedó en Luminaria, pero su disponibilidad era prácticamente inexistente. La elaboración de estrategias contra la amenaza en el oeste no se detenía solo porque hubiera regresado.
El Coágulo de Sangre, como había apodado a Narissa, se le pegaba como una lapa en casi cada momento libre que tenía.
Nuestras sesiones eran pocas y muy espaciadas en el tiempo. Sabía que había asuntos más importantes de los que ocuparse, así que intenté no pensar mucho en ello. Aun así, no podía evitar sentir una punzada de nostalgia por los días que entrenábamos juntos.
No paraban de enviar tropas a las líneas del frente. Tan solo permanecieron en Luminaria los reclutas y un puñado de iniciados y oficiales. El cuartel se quedó prácticamente desierto. No obstante, nuestro nivel de entrenamiento había aumentado.
Laryk era el único general que parecía haberse quedado en Luminaria por un periodo de tiempo prolongado. Ninguno sabía decir por qué. Yo se lo achacaba a que era el favorito del rey al mando y así este lo tenía cerca cada vez que quisiera recurrir a él.
Osta y yo nos despedimos en un mar de lágrimas el día que se marchó a la finca de los Soleil.
Yo la acompañé y la ayudé a llevar cajas y cajas de ropa y materiales.
Después de unos cuantos días viviendo sola en nuestro apartamento, la soledad hizo acto de presencia.
Nunca había vivido antes sola. Supongo que jamás me había fijado en lo mucho que me apoyaba en su cercanía o compañía.
Solicité la residencia en el cuartel. Fue fácil justificarlo cuando me percaté de que era inevitable que nos destinasen al oeste.
Por una vez, tuve suerte. Como Raine era la única otra mujer recluta de nuestra facción, el responsable de alojamiento aprobó mi petición de inmediato y me asignó su cuarto.
Trasladar mis pertenencias al cuartel no supuso tanto calvario como lo había sido hacerlo con las de Osta.
Toda mi ropa cabía en una única caja. Yo no era muy dada a los sentimentalismos que digamos, pero dejar nuestros muebles reciclados atrás sí que hizo que se me encogiera el corazón a lo bestia.
Ser recluta de la Guardia jamás me había parecido tan real.
Entre las formaciones estructuradas de la infantería por la mañana, la artillería subiendo las escaleras metálicas haciendo mucho ruido a todas horas de la noche y las comidas programadas, mi rutina diaria se había visto puesta patas arriba.
Hasta conseguir una pizca de privacidad se había vuelto complicado.
Aunque no me importaba compartir espacio con Raine.
Tras dos semanas en el cuartel, ella y yo fuimos al gimnasio de sparring y nos encontramos al teniente Mercer y a Laryk en un tatami en el fondo.
La estampa desde luego era digna de admirar.