Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

—Ahora debo pasar mucho de mi valioso tiempo limpiando tus desastres. —Pero había algo en su tono que contradecía sus palabras. Algo que se asemejaba más o menos al… ¿alivio?

—Yo no te he pedido que…

—No, nunca lo has hecho. Eso es parte del problema. —Se reclinó un poco, y, durante apenas un instante, se le suavizó la expresión—. No has podido ni aguantar un mes sin meterte en líos.

—No sabía que llevabas la cuenta.

—Alguien debe hacerlo. —La comisura de la boca se le contrajo.

—¿Estás arriesgando tu posición en la Guardia por esto? —pregunté con un tartamudeo mientras trataba de ignorar la manera en la que se me encogió el pecho.

—No te preocupes por eso. Solo necesito que te fíes de mí. No permitiré que te pase nada. Si no crees nada de lo que te he dicho hasta ahora, al menos cree esto.

Sus palabras agitaron algo en mi interior. La verdad era que… sí que confiaba en él. Y no estaba segura de cuándo había ocurrido eso.

—¿Lo sabías? —pregunté en un intento de apaciguar el dolor.

—¿El qué? ¿Que tenías esa habilidad? No. Pero desde el principio he pensado que tu foco era único. No se parece a nada que haya visto antes. Da la impresión de estar conectado con la mente de formas aún más fuertes de las que había creído en un inicio.

—Así es —solté antes de poder contenerme.

Se inclinó hacia delante, y noté que las mejillas me ardieron ante la cercanía.

—Continúa.

—Esta vez, cuando lo he llamado, en lugar de salir disparado contra la mente de Baelor como en ocasiones previas, he podido entrar en su cabeza con suavidad, casi con delicadeza, como si no fuera peligroso, como si no fuera una amenaza.

Y he sido capaz de notar cómo mi foco buscaba algo, un punto de acceso de algún tipo.

Y, en cuanto he dado con lo que estaba buscando en su mente, lo he sabido.

He sabido que podía controlarlo. La verdad es que no sé cómo explicarlo mejor.

Sé que no es mucho de lo que tirar… —Me detuve, dándome cuenta de que sonaba ridícula.

—Qué fuerte —susurró, claramente absorto en sus pensamientos.

Lo miré. Hacía mucho que no lo veía. Había echado de menos la cara que me devolvía la mirada, la misma que tenía esa misteriosa curiosidad que solía volverme loca. Ahora amenazaba con llevarme al límite.

—Supongo que es una forma de describirlo —susurré mientras ocultaba el rubor de las mejillas.

—Fia, esa es una habilidad peligrosa que conlleva un montón de riesgos.

No puedes contárselo a nadie. Lo digo en serio.

Debes convencer a tus amigos de que lo que vieron no era real.

Sé que va a ser difícil, pero nunca sabes en quién puedes confiar.

Todos aprendemos eso por las malas. De un modo u otro.

—Me miró con tal fijación que parecía que me iba a hacer un agujero en un lado de la cara.

—Lo intentaré. Al menos, me aseguraré de que no lo difundan —dije, volviendo la mirada hacia él.

Una parte de mí quería alzar la mano y tocarlo, pero entonces me percaté de lo oscura que estaba la habitación—.

Bueno, tengo que irme. Llego tarde —murmuré, y me puse de pie.

Mierda. La celebración de Osta iba a empezar de un momento a otro.

—¿A dónde vas? —Se levantó también; la preocupación grabada en su cara.

—Osta ha conseguido trabajo con lady Soleil. Gracias por eso, por cierto. Y Raine le va a hacer una fiesta para celebrarlo. No puedo perdérmela.

Laryk frunció los labios; era evidente que intentaba buscar una objeción válida.

—Como has dicho, tengo que hablar con ellos —lo tranquilicé, y me estiré hacia atrás para coger la bolsa.

—¿Dónde vas a decirles que has estado? —preguntó con la ceja alzada.

—¿Tienes alguna sugerencia? —repliqué, cruzándome de brazos.

Caminó hacia los espejos mientras se frotaba la barbilla.

Tras unos instantes, se dio la vuelta y me miró.

—Diles que el teniente Mercer te ha mandado a firmar unos documentos de tu primer día que se traspapelaron. Que, para cuando acabaste, la sesión ya se había terminado, así que te fuiste de compras.

Estuve a punto de reírme.

—¿De compras? —pregunté—. ¿En serio?

—Sí, Fia. De compras. Está claro que no tienes tiempo de ir a casa y cambiarte. Llevas la misma ropa de entrenamiento de antes. Y han pasado como mínimo dos horas.

—No lo pillo —admití, entrecerrando los ojos y cambiando el peso de un pie a otro.

—Ve atrás y dúchate. Ahora vuelvo —soltó, y se dirigió a la puerta principal.

—Espera…

—Dúchate, recluta. Es una orden —exigió sin volver a mirarme siquiera.

No tardé en salir de la ducha. Era innegable lo agradable que era estar limpia después de la atroz sesión de entrenamiento con Mercer.

Eché un vistazo al mueble del lavabo y me fijé en unos cuantos botes y frascos que no recordaba haber visto.

Me acerqué y los inspeccioné. Productos para el pelo…

, maquillaje…, ¿perfume? Observé mi reflejo en el espejo y vi que había un vestido colgando de la estantería de atrás.

Eso desde luego que no había estado allí antes.

¿Había entrado mientras me estaba duchando? No tenía límites…

El calor me produjo un hormigueo en la piel; sin embargo, no podía perder el tiempo embobada con fantasías inútiles.

Me estrujé el pelo lo mejor que pude con la toalla, pero ni de coña se iba a secar antes de que llegara al restaurante. Observé los productos del lavabo y agarré uno de los botes. Era algún tipo de crema de peinado.

Respiré hondo, me lo eché en el pelo y me recogí los mechones detrás de las orejas puntiagudas. No tenía costumbre de usar ningún producto que aportara peso a mis rizos, pero la crema iba bastante bien.

Mi melena parecía pulida, a excepción de unos cuantos bultos en la parte de arriba de los que no me había podido deshacer.

Cogí el lápiz delineador que… Espera, ¿en serio él acababa de ir a comprarme todo esto?

Puse los ojos en blanco al pensar en las veces que seguro que había hecho cosas similares por sus amantes en el pasado.

Me dio un vuelco el corazón. Nosotros no estábamos en esa situación. Esto no era más que una tapadera.

Alejé los pensamientos de mi mente y me delineé los ojos. Aún no me salía perfecto, aunque había mejorado mucho desde la última vez que lo había intentado en la habitación de Raine en el cuartel.

Me apresuré hacia el vestido.

Era ceñido. Ni siquiera me había subido la cremallera de la espalda todavía y ya me quedaba increíblemente pegado. Cada condenada curva de mi cuerpo quedaría expuesta. Inhalé hondo.

El escote era cuadrado, con unos tirantes sobre los hombros.

No llegaba a los tobillos, se quedaba bastante arriba, y, hasta que di un paso adelante, no me di cuenta de la tremenda raja que bajaba por la pierna izquierda.

Puse los ojos en blanco. Se creía en serio que mis amigos se iban a tragar que yo me compraría esto.

Alargué las manos para subirme la cremallera, pero no pude. No llegaba al tirador. Chasqueé la lengua y cogí los zapatos a juego antes de salir por la puerta. No me di tiempo a pensar en otra opción.

Laryk se hallaba sentado en el banco al otro lado del gimnasio, recostado, con las piernas cruzadas. Sus ojos parecieron volverse lava líquida cuando me vio. Se enderezó despacio mientras deslizaba la vista desde mis pies hasta donde nuestras miradas se encontraron.

—Vaya —soltó al fin con la voz más baja que antes—. Pero qué guapa estás.

El calor se propagó en mi interior ante la palabra, ante la forma en la que se le oscurecieron los ojos cuando volvió a recorrerme entera. Me obligué a apartar la vista, a romper cualquiera que fuera el hechizo que me hubiese lanzado.

—¿Puedes subirme la cremallera? —pregunté, girándome antes de poder ver su reacción.

Al segundo, posó las manos en mi espalda, buscando la cremallera. Estaba tan cerca que notaba su respiración en la nuca y el calor que irradiaba su cuerpo.

Dio con el tirador, pero no lo subió enseguida. En vez de eso, dejó los dedos en la parte baja de mi espalda; su tacto ardía a través de la tela.

—¿Sabes? —musitó, su voz apenas un murmullo—. Debo admitir que, cuando imaginaba en qué clase de problemas te meterías cuando me marchase, esto no se me pasó por la cabeza.

—¿Pensabas en los problemas en los que me metería? —susurré, intentando mantener la voz firme.

—Siempre. —La palabra me provocó un escalofrío de arriba abajo. Al fin agarró la cremallera, pero la subió con una insoportable lentitud—. Me quitaban el sueño la mayoría de las noches. Me preguntaba si volverías al cuartel tropezando ebria de nuevo.

La cremallera subió más, y me rozó cada centímetro de la columna vertebral con los nudillos.

—Parece un problema personal —solté.

—Me gusta tu melena así —susurró con los labios tan cerca de mi oído que casi los notaba.

Alzó la otra mano y apenas me rozó con los dedos el otro lado del cuello como si admirase su obra.

La caricia fue ligera como una pluma, pero prendió cada nervio de mi cuerpo—.

Aunque debo decir que tampoco me importa que la lleves salvaje.

Se me cortó la respiración. No había apartado la mano de mi hombro y con el pulgar trazaba un patrón distraído sobre mi clavícula. Ninguno de los dos se movió. Ninguno de los dos parecía respirar bien.

—Bueno, no tenía muchas opciones, considerando lo mojada que estaba hace unos momentos —respondí al fin.

El pulgar se detuvo sobre mi hombro.

—Vaya, qué imagen más interesante —musitó él; a pesar de que me apretó un poco más fuerte, la advertencia en su tono ya era clara.

—No te pases, general. —Me aparté antes de hacer nada estúpido como recostarme contra él—. Solo es pelo.

Me agaché para ponerme los zapatos y aproveché el momento para recomponerme. Cuando me enderecé, él seguía con los ojos clavados en mí con una intensidad que hizo que se me acelerara el pulso.

—Bueno, tengo que irme ya… Gracias por todo esto. Puedo devolverte el dinero del vestido —dije, fijándome en cualquier cosa menos en el modo en el que apretaba la mandíbula.

—Tonterías. Es un regalo. El negro te queda bien. —Su mirada permaneció sobre mí un segundo de más. Una parte de mí se moría de ganas de que alargara la mano. De que me tocara como lo había hecho la otra noche. De que redujera la distancia entre nosotros.

Pero no se movió.

—He notado tu preferencia por ese color —susurré mientras me encaminaba hacia la puerta.

Percibí cómo se detenía a mis espaldas un instante antes de seguirme.

—Me iré un poco después de ti —acabó diciendo—. Diviértete esta noche. Y recuerda todo lo que hemos hablado. Me aseguraré de que Mercer esté al tanto del plan.

Asentí y me paré en la puerta.

—Y gracias… por…

—¿Venir a salvarte? —susurró con esa sonrisa maliciosa.

—Sí, eso —repuse sin poder contener la sonrisa.

—Intenta no meterte en más problemas —me dijo cuando agarré el pomo de la puerta.

—Me portaré muy bien —contesté con los ojos en blanco.

—Buena chica. —Su voz me siguió hasta la calle, y noté la sonrisa en ella.

Salí al aire fresco de la noche; la piel aún me quemaba donde me había tocado.