Capítulo 33
–¡O tra vez! —gritó Mercer desde el borde de la pista, haciéndonos señas para que repitiéramos el circuito de agilidad.
—Teniente, ¿cuántas veces lo vamos a hacer? —preguntó Raine suplicante.
Había perdido la cuenta después de la repetición treinta y dos.
—He dicho «otra vez», recluta —gruñó, y volvió la atención a la parte contraria del campo. Nunca había visto a Mercer tan cabreado.
Nos preparamos antes de lanzarnos a otra carrera por el circuito. El corazón me martilleaba en el pecho y los pulmones rogaban por aire. «Reduce la distancia… Unos pasos más…».
Crucé la línea de meta y me desplomé en el suelo. Con fuerza. Los demás reclutas fueron justo detrás, sujetándose las rodillas e intentando no vomitar.
—Ahora vuelvo. Podéis descansar de momento —anunció Mercer en tono neutro antes de marcharse del campo en dirección al cuartel.
—No quiero decirlo, pero…
—Fia, no empieces —soltó Raine, resollando y derrumbándose de espaldas.
—Es que os lo dije. —Me encogí de hombros cuando Raine y Briar me lanzaron miradas de ultraje.
—¡Tengo que sufrir el castigo que nos han puesto por vosotros, y yo ni siquiera fui! —exclamó Draven sin aliento.
Murmullos de una leve disculpa se propagaron por el grupo.
—Tenías que haber venido, Draven. Fia por fin nos enseñó de qué pasta está hecha —dijo Nazul. Lo miré; esperaba verle una expresión petulante en la cara, pero solo sonreía.
—No te preocupes. Ya me he enterado de todo. —Draven suspiró y colocó los brazos sobre la cabeza.
Al parecer, la revelación de mi foco había corrido como la pólvora por el cuartel.
Hice una mueca. Eso era lo último que quería.
No estaba segura de si había llegado ya a alguno de los altos mandos. Le di muchas vueltas durante el fin de semana y llegué a la conclusión de que nuestros superiores podrían considerar mi foco como una amenaza en lugar de una ventaja.
A decir verdad, no sabía que ocurriría eso. Creía que solo asustaría a Baelor un poco. Gemí. Todo el asunto no había sido más que un error. Tenía que haberme largado.
—¡Riftborne! —gritó Mercer a nuestras espaldas. Supuse que al fin empleaba mi apellido para dirigirse a mí. «Qué agradable».
Enderecé las piernas temblonas mientras me ponía de pie y me sacudí las hierbas y la tierra de la ropa de entrenamiento.
—Ven. Ahora mismo. —Mercer me hizo señas para que me acercara.
Atravesé el terreno en su dirección, y él se giró y me condujo hacia el cuartel.
No pude reprimir el tremendo nudo que se me había formado en el estómago y que ahora sentía como una losa.
Cuando nos aproximamos a la base de la colina, alcé la vista y me quedé sin aliento.
Laryk estaba en la verja oeste.
Había vuelto.
El corazón me dio volteretas en el pecho mientras yo urgía a mis piernas a avanzar más. Su primera misión al regresar sería imponerme su propio castigo personal, claro. Me dio un vuelco el estómago, y reprimí un indeseado escalofrío de emoción.
No había ni rastro de su pretenciosa diversión habitual en su cara, tan solo una indiferencia pétrea cuando reduje la distancia entre nosotros.
—Reúnete conmigo en el gimnasio en una hora. Hasta entonces, déjate ver por el cuartel —dijo de forma inexpresiva y se dio la vuelta para marcharse.
—¿A qué te refieres con que me deje ver? —pregunté, pero siguió caminando.
Miré de reojo a Mercer, que tenía la vista clavada en mí, aunque su tono fue más suave cuando habló:
—Fia, asegúrate de que la gente te vea en el cuartel. El entrenamiento de hoy es en una zona demasiado aislada. Quédate fuera y hazte notar. Ashford te lo explicará luego en el gimnasio. Ahora, vete.
Le lancé una mirada confusa, pero seguí las instrucciones y me abrí paso hacia la verja principal.
Me perdí un poco entre la multitud, a mi aire e intentando evitar que la ansiedad me comiera viva. ¿Qué sucedía? ¿Por qué era todo el mundo tan hermético? No pude evitar pensar que Laryk había regresado porque se había enterado de lo que le había hecho a Baelor.
¿Estaría cabreado? Le prometí que no me metería en problemas. Esprithe, ahora me sentía una imbécil por haber atacado a Baelor. Su padre era un poderoso general retirado. ¿Habría exigido él un castigo?
Deambulé entre los guardias que charlaban cerca de la verja principal, asegurándome de que unos cuantos me miraran.
No se me pasó por alto la falta de uniformes blancos.
Cuando me convertí en recluta, las calles estaban tan abarrotadas que apenas se podía caminar.
Ahora, no había más que un puñado de guardias en la entrada.
—¿Has visto a mi hijo? —preguntó una mujer, y me giré a la izquierda para mirarla—. Hace semanas que lo destinaron y no he sabido nada de él. Suele escribirme todos los días —dijo con las lágrimas empapándole las mejillas.
No me hablaba a mí, sino a un guardia a unos cuantos pasos.
—¿Quién es tu hijo? —le preguntó un moreno bajito de Colmillos prestándole atención a la mujer.
Ella alargó un trozo de pergamino arrugado con un retrato dibujado.
—Este es el aspecto que tiene. Era miembro de Escamas. —Vislumbré la esperanza en sus ojos incluso a la distancia a la que me encontraba.
—Lo siento, señora, no lo sé —contestó el guardia, y la mujer asintió y fue hasta otro grupo que había al otro lado de la verja.
Me sentí muy culpable cuando la vi implorar en busca de respuestas, pues sabía que lo más probable era que jamás regresara. Incluso si alguien quisiera contárselo, no podría. No por primera vez, la desesperanza me invadió.
Mientras yo continuaba paseando, el sol descendió y se puso poco a poco tras las torres del cuartel.
No me marché hasta que estuve segura de que varias personas me vieron. El gimnasio se encontraba ahora a una manzana de distancia. No sabía si había transcurrido ya una hora o no, pero no podía esperar más. Necesitaba enterarme de lo que ocurría.
Al acercarme al conocido cristal reflectante, la puerta principal se abrió lentamente y escuché la voz de Laryk.
—Entra. Corre —soltó de modo abrupto. Bueno, él desde luego no se había tranquilizado todavía.
Suspiré, entré y me dirigí al banco.
—¿Qué has hecho, Fia? —preguntó con tono cortante.
—No sé de lo que…
—Mentira. —Sacudió la cabeza y fue al otro lado de la sala—. Te di solo una instrucción antes de marcharme. Una. No hagas nada estúpido. Y, no sé cómo, te las has arreglado para…
—Yo no…
—… controlar la mente del hijo de un general delante de todos —terminó de decir, y se giró rápido para mirarme—. Así que o tienes un don espectacular para ignorar órdenes directas, o has intentado a propósito provocarme un puto aneurisma desde la otra punta de la isla.
Parpadeé.
—No era mi intención.
Se rio, pero el sonido salió apagado y cargado de frustración.
—Que no era tu intención. Estupendo. Me aseguraré de incluirlo en el informe para el rey.
—¿Estás enfadado de verdad conmigo o solo quieres sacarme de quicio?
Detuvo su caminar y me miró a los ojos. Los suyos parecieron cansados de pronto, agotados. No brillaban con su habitual lustre esmeralda.
—¿Tienes idea de lo que me he encontrado a mi llegada?
No había atravesado siquiera las verjas de la ciudad cuando ya me habían puesto unos informes delante de las narices con tres versiones distintas de lo que había ocurrido.
—Respiró hondo—. Fia, la gente te va a ver ahora como a una amenaza.
Gente importante. Esa que no necesita pruebas para hacer desaparecer los problemas.
Si antes no te querían muerta, seguro que ahora sí.
—Bajó el tono de voz—. Y no puedo… —Se detuvo con la mandíbula tensa.
—La verdad es que ni siquiera sé cómo lo hice. Es decir…
—Eso da lo mismo. No podemos permitir que nadie crea la veracidad de esos rumores. —Se volvió hacia la pared y apoyó la frente contra las manos.
«¿Cómo?».
—Pero… pero la gente ya lo vio con sus propios ojos, como tú acabas de decir con tanta agresividad —repliqué despacio.
—Baelor lo está negando. Dice que eso jamás ocurrió.
Tienes una suerte increíble de que tu objetivo fuera él.
La gente de verdad se cree las palabras del hijo de un general, aunque no quiera —murmuró mirándome—.
La información tiende a transformarse cuando se difunde entre las masas.
Sacaremos provecho de eso. —Se acercó a mí y se cruzó de brazos—. ¿Comprendes lo que digo?
—¿Que mienta?
—Exacto. Estuviste bebiendo. Te envalentonaste. Quisiste darle un susto al chico y le dijiste que se disculpara, igual con un poquito de intimidación de más. Él se largó corriendo. Es todo lo que sabes. Déjalo así.
Me detuve.
—Atacó a Osta. ¿No habrá consecuencias por eso? —pregunté en voz baja.
—Ahora mismo, debemos elegir nuestras batallas de forma sabia, Fia. Ya se le ha degradado. Tenemos que capear esto. No puedo ir demasiado lejos, no si tenemos en cuenta a qué familia pertenece.
Volví la cabeza y asentí sin más.
—Ya he hablado con los demás generales. Les he garantizado que lo que te he contado es lo que ha sucedido de verdad. Mientras se lo traguen y tu historia cuadre con la de Baelor, no deberíamos tener nada de lo que preocuparnos —prosiguió, y se sentó a mi lado.
—Pero ¿por qué? —pregunté, y entrecerré los ojos.
—Porque, si el rey se entera de esto, no creo que sea agradable para ti. Sydian es un buen tipo, pero no va a hacer la vista gorda con una riftborne que podría ejercer poder sobre él. —Se detuvo y me observó con esa mirada indescifrable en los ojos.
—Pero ¿por qué me proteges? ¿No estás rompiendo un juramento? ¿Por qué ibas a correr ese riesgo? —pregunté, asustada de escuchar su respuesta.
Me miró otra vez antes de desviar la atención a la otra punta de la sala.
—Eres demasiado importante, Fia. Vale la pena el riesgo. —Suspiró y se deslizó la mano por los largos tirabuzones cobrizos—. No me gusta mucho la situación en la que nos has puesto.
—Actúas como si lo hubiera hecho a propósito —solté indignada.