Capítulo 32 #2
Parpadeé, tratando de ajustar mi visión, y mis piernas siguieron bombeando al mismo tiempo que mis pies golpeaban la tierra húmeda bajo ellos.
Todo el claro estaba sumido en un silencio cuando por fin llegué al lado de Osta.
Respiraba con dificultad y aún le temblaba todo el cuerpo de miedo, pero no había sufrido ningún daño.
—¡Osta! —espeté al mismo tiempo que la agarraba de las manos.
—E-estoy bien —consiguió susurrar, pero estaba centrada en la figura que tenía delante.
Alcé la vista y vi a Nazul mirándonos a ambas.
«¿Nazul?».
Paseé la mirada entre los dos varias veces antes de ponerme de pie.
Estiré la mano para ofrecérsela a Osta en el mismo instante que Nazul. Sin siquiera pararme a pensarlo, lo fulminé con los ojos, pero él me ignoró.
Osta se agarró de su mano y se levantó despacio, intentando mantener el equilibrio. Él la estabilizó con la otra mano.
—Osta, ¿verdad? —preguntó con la voz más suave que jamás le había oído. Ella se limitó a asentir—. Vamos a buscar un sitio en el que sentarnos —añadió, y la guio a unos asientos que había a un lado del claro.
Una ira candente ardía bajo mi conmoción. Raine corrió hacia Osta, y Briar la siguió poco después.
—Raine, Briar, vigiladla. Voy a averiguar quién ha hecho esto —gruñí, y me giré hacia el lago para ver a unas cuantas figuras atravesando las aguas poco profundas.
Baelor Soleil. Y su nuevo grupito de fans.
—Eso ha sido una locura, Baelor. No me puedo creer que el general Ashford te haya degradado —dijo uno de ellos con efusividad.
Baelor se encogió de hombros y le hizo un gesto al hombre a su izquierda para que fuera a por unas bebidas. El tipo se apresuró a ir a las mesas.
Me dirigí hacia él hecha una furia, cuando al fin fui capaz de distinguir su pelo rubio platino y su uniforme blanco y almidonado de la Guardia. Tenía el emblema de Escamas cosido a la tela.
El barro me salpicó las botas a medida que recorría la distancia entre nosotros. La ira me rugía por todo el cuerpo, y ya podía sentir los zarcillos sacudiéndose con expectación.
Él clavó la vista en mí, y algo peligroso encajó en su sitio mientras observaba mis movimientos; una mirada de emoción contenida se le dibujó en sus rasgos por lo general fríos como el hielo.
—Hay dos riftborne hoy aquí. No me lo esperaba.
—¿Has hecho eso a propósito? —pregunté furiosa, plantando los pies justo delante de él.
—Los Soleil nunca perdemos el control de las llamas.
Sus palabras se me clavaron como una daga. Casi no pude ni formular una respuesta.
—¿Qué coño te pasa, Baelor? —gritó Nazul a mis espaldas. Sentí el calor de su presencia mientras se acercaba.
Baelor lo miró inexpresivo.
—¿Tú has salvado a esa abominación? —le preguntó.
—Te has pasado, Baelor. Estás loco —gruñó Nazul, pero había duda en su voz.
—Mi deber es proteger este reino. Y no estará a salvo hasta que todos los riftborne desaparezcan. Antes también pensabas así —dijo con altanería.
—Yo jamás he querido que muriera nadie, Baelor.
De pronto, en el cielo florecieron nubes de tormenta y unos truenos retumbaron en el claro.
Raine se acercó, con el viento apartándole las trenzas hacia un lado.
Alzó la mano, como si estuviera agarrando algo del cielo, antes de bajar el brazo a toda prisa y de que un rayo cegador la siguiera. Cayó justo a los pies de Baelor.
Él ni se inmutó siquiera.
—Voy a acabar contigo, Baelor. Le estaré haciendo a este reino un puto favor —afirmó ella.
—¿Todos protegéis a los riftborne? Deberían trataros como traidores —dijo con voz firme.
—Raine, Nazul, id a ver cómo está Osta —ordené, siendo al fin capaz de formular palabras. Raine se detuvo y posó la vista en mí. Pareció que algo en mi rostro la tranquilizó.
—Jódele la vida, Fia —soltó con una sonrisa perversa al tiempo que se volvía y se marchaba pavoneándose. Nazul permaneció unos segundos más, mirando con fuego en los ojos a Baelor, que tenía la vista centrada en algún punto entre nosotros, en nada en particular.
—Eres un activo de la Guardia, Nazul. Déjame a la riftborne a mí. Odiaría que te vieras envuelto en un fuego cruzado —espetó Baelor.
Nazul dio un paso al frente con actitud desafiante y los puños apretados en los lados. Si las venas protuberantes de su cuello eran indicativas de algo, estaba listo para luchar. Deslizó la vista hacia mí y yo asentí. Se apartó y después caminó cansado hacia el grupo.
—Qué tragedia que una de tu clase haya podido infiltrarse en la Guardia. Nuestro mando es débil. Está corrompido. —Baelor dio un paso a un lado y pisó la tierra quemada por el rayo de Raine.
—No tienes ni idea de lo que estás hablando —contesté, llamando a la telaraña.
Sus hilos vibraron de expectación mientras se me enroscaban en las vértebras.
Cada fibra parecía tararear de satisfacción mientras se tejía hacia arriba, impaciente por cumplir su propósito.
No obstante, esta vez la controlé yo. Pude sentir cada uno de sus movimientos como si fuera una extensión de mi propio ser.
—Has sido capaz de engatusar a un general de Sídhe. Lo has manipulado para que me degrade. Menuda blasfemia. Yo soy un Soleil, uno de los protectores elegidos de la tierra, dotado del foco más poderoso de todos: convertir a los enemigos en ceniza. —Baelor miró al cielo y cerró los ojos.
A esa distancia, podría incinerarme en un segundo.
—Has hecho que te degraden tú solito. Yo no he tenido nada que ver. —La telaraña canturreaba a través del vínculo como lo haría en mi mente, al acecho, aguardando el momento perfecto.
—Si te importa este reino tanto como finges, sacrifícate a las llamas ahora mismo. Haré que tu muerte sea rápida. —Me contempló con una sonrisa en los labios, pero aún tenía los ojos distantes, vacíos. Dio un paso hacia atrás y puso bastante distancia entre nosotros.
—Me encantaría verte intentarlo. —Las palabras se me escaparon antes de saber lo que estaba diciendo, pero sentaban bien.
Le ardieron los ojos, iluminados desde dentro. El fuego le envolvió las manos, y ensanchó la sonrisa.
Yo incité a los zarcillos a que se prepararan para atacar. Ahora salían de mí sin esfuerzo alguno. Casi pude sentir su furia entremezclándose con la mía. Querían atacar tanto como yo.
—Tu muerte fortificará la tierra —soltó. El claro se sumió en un silencio.
El fuego brotó de Baelor directo hacia mí; unas motas naranjas brillantes salieron volando en todas direcciones.
Con los ojos fijos en él llenos de rabia, la telaraña que orbitaba su mente cobró vida. No pude evitar sonreír cuando el viento se levantó a mi alrededor y me sacudió el pelo con un salvaje frenesí, como una tempestad arremolinándose por encima de mi cabeza.
El tiempo pareció transcurrir a cámara lenta.
En un instante, me sentí ingrávida. Los pies se me elevaron del suelo. La energía crepitó y se agitó, irradiando de lo más profundo de mi ser hasta que me ardieron los ojos y la visión se me volvió blanca.
Liberé el poder.
Lo golpeó y estableció contacto con la mente de Baelor, pero no atacó. No exprimió… Las fibras la acariciaron con delicadeza y empezaron a extenderse como una enredadera insidiosa, buscando, explorando. Era embriagador. Me inundó una oleada de euforia.
Los zarcillos parecieron vibrar aún más fuerte cuando encontraron su blanco, y un susurro avanzó por las fibras que nos conectaban, un significado que todavía no entendía bien.
Pero que deseaba comprender.
Mi visión se recuperó con rapidez para ver cómo las llamas, a solo un suspiro de mi rostro, retrocedían. Se revolvieron mientras se retiraban hacia las manos de Baelor.
Él continuó con el cuerpo rígido, como si no hubiera nadie tras aquellos ojos resplandecientes. Poco a poco, la última chispa se desvaneció, y Baelor tembló en respuesta.
Un silencio se apoderó de la gente cuando Baelor se agachó y se arrodilló ante mí.
Y entonces lo comprendí.
Yo tenía el control.
«Márchate de este claro». Mandé las palabras por medio del vínculo.
Pude notar cómo su mente oponía resistencia, pero no le sirvió de nada. Iba a hacer lo que le había dicho. No sé cómo lo supe. Pero así fue.
Baelor se puso de pie. Sus movimientos eran rígidos y poco naturales mientras caminaba hacia la linde de los árboles. Todos los ojos estaban puestos en él al tiempo que pasaba al lado de un árbol de hoja perenne y desaparecía de la vista.
Solté el control de la mente de Baelor; los hilos volvieron a mi ser mientras sentía el suelo sólido bajo los pies una vez más.
La realidad me sobresaltó cuando vi las caras de estupefacción de mis amigos. Notaba que todo el mundo me estaba mirando. Una parte distante de mí quiso desaparecer. Me removí nerviosa mientras Raine sacudía la cabeza sorprendida y comenzaba a aplaudir.
Briar siguió su ejemplo, junto con Osta y Nazul, y se extendió por la muchedumbre despacio de una parte a la otra hasta que todo el claro se hizo eco del sonido.
—¡La riftborne es una puta leyenda! —gritó alguien, y la gente estalló en vítores.
Aún tenía la mente aturdida por la conmoción de todo, pero forcé una sonrisa. Ni la mismísima Sibyl podría haber anticipado este giro de los acontecimientos.
Por primera vez, sentí cómo me inundaba un gran alivio. Siempre me había considerado la más débil de las dos especies, el ratón en un mar lleno de serpientes.
Tal vez al final yo fuera una depredadora también.
Me giré para ver cómo mis amigos seguían mirándome sorprendidos.
—¡¿Qué coño, Fia?! —chilló Briar, marcando cada palabra. Se quedó otra vez con la boca abierta.
—¡Nos has estado engañando! —gritó Raine, que se acercó corriendo a rodearme con un brazo.
—¡Fia, no me puedo creer que acabes de hacer eso! —exclamó Osta, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué has hecho exactamente?
—No estoy segura. —Me encogí de hombros.
—Tendrás que explicárnoslo todo —respondió Raine—. Pero, primero, vamos a celebrarlo con una copa. —Se giró hacia las mesas justo cuando un fuerte viento se levantó en el claro e hizo que las hojas volaran en remolinos por el campo.
Todo el mundo se detuvo. Algo no iba bien. El cambio de energía flotaba denso en el aire.
El aire de los pulmones se me volvió hielo.
Corrí hacia Osta y la puse detrás de mí mientras observaba la oscuridad con los ojos entornados.
Una voz resonó en el claro.
—Se acabó la fiesta. Volved al cuartel. ¡A la de ya! —gritó el teniente Mercer al mismo tiempo que el viento se intensificó, pasó con rapidez entre la multitud y casi nos arrolló.
Nos miramos los unos a los otros presos del pánico antes de correr a la linde de los árboles y huir en dirección a Luminaria.
Nos habían pillado.