Riftborne (Trilogía Esprithean 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

L a luna estaba baja y brillante tras la espesa niebla, y sus rayos de luz difusos se filtraban por las copas de los árboles.

Íbamos de camino a las afueras de la ciudad, a un claro en la frontera del valle Reyanthe.

El olor a lluvia reciente, pino y savia permanecía en el bosque, fluctuando en la brisa nocturna.

Briar y Raine se estaban riendo entre ellos mientras Osta y yo nos abríamos paso por la tierra húmeda bajo nuestros pies y sorteábamos las raíces enmarañadas y las zonas resbaladizas. Osta tenía una sonrisa casi permanente en el rostro desde que yo había llegado a casa después del entrenamiento.

Sentí un hormigueo en la nuca. No dejaba de mirar a mi alrededor para asegurarme de que nadie nos había visto o seguido. Tenía un mal presentimiento sobre esta noche, y se había vuelto más intenso desde que Osta se había unido a nosotros.

—Entonces ¿cuántos iniciados va a haber allí? —pregunté al mismo tiempo que miraba en dirección a Raine.

—No lo sé con exactitud. Solo he hablado con unos cuantos sobre ello —respondió despreocupada mientras centraba la atención en el camino por delante. Me percaté de que Briar le dio un codazo en el costado antes de ocultar una sonrisa.

Presioné los labios en una fina línea y gemí para mis adentros. Ya era demasiado tarde para darnos la vuelta, y a estas alturas Osta no lo iba a permitir. Su emoción era inigualable, y eso era irritante.

Inhalé hondo. Ella se aferró a mi brazo con más fuerza y se inclinó para susurrarme al oído.

—Fia, por favor, no te pongas tan cascarrabias esta noche. Vamos a pasarlo bien. Deja de estresarte. Por favor, hazlo por mí —me rogó mientras la brillante luna se le reflejaba en los ojos desde el cielo.

—Vamos a ver cómo va. Si se desmadra mucho, nos marchamos, ¿vale? —contesté en voz baja para que Raine y Briar no nos oyeran.

—Vale. —Sonrió y aceleró el paso, arrastrándome a mí junto a ella—. ¿Crees que le enseñarás a alguien tu foco esta noche? —me preguntó Osta vacilante.

—Bueno, la verdad es que no tenía intención de asesinar a nadie, así que lo veo poco probable. —Me reí por los nervios.

Un ruido sordo procedente del suelo hizo que Osta y yo nos detuviéramos de golpe.

—¿Qué ha sido eso? —le siseé a Raine, que aminoró la marcha y se volvió para mirarnos mientras andaba de espaldas por el sendero.

—Tal vez hayan llegado algunas personas antes. —Se encogió de hombros y nos tendió el brazo—. Nos tiene que quedar poco para llegar. —Osta aceleró el ritmo para alcanzarlos.

—¿No podrías manipular un poco el terreno, Briar?

Tengo la sensación de que voy a tropezarme con una raíz a cada paso que doy —refunfuñé.

Andar por el suelo irregular del bosque no era algo que disfrutase, y tampoco es que fuera muy buena en ello.

Por un segundo, mi mente vagó hacia la noche en la que todo cambió en las afueras de la arboleda.

Si no hubiera sido por la puta rama caída, mi vida ahora sería muy diferente…

—Qué va, cari. Estoy reservando toda mi energía para la fiesta —canturreó Briar, interrumpiendo mis pensamientos.

Mientras recorríamos el camino fatigados, empecé a notar los destellos de luz que danzaban por el sendero a lo lejos. Debíamos de estar acercándonos. El suelo volvió a retumbar, y yo casi perdí el equilibrio.

—¿Qué pueden estar haciendo? —pregunté, mirando a Raine.

—No tengo ni idea, pero suena bastante épico. —Esbozó una sonrisa.

A medida que nos aproximábamos, los murmullos de las conversaciones se elevaron. Entrecerré los ojos y giré la cabeza hacia un lado para oír mejor.

Había mucha gente. Y música.

Nos acercamos a la linde del claro y los sonidos se volvieron innegables. Miré mosqueada a Raine, que me estaba observando de reojo nerviosa.

—Imagino que se habrá corrido la voz. —Se encogió de hombros antes de entrar en el claro.

Resoplé y seguí a mis tres amigos, contemplando lo que debían de ser cien aossí bailando, charlando y haciendo sparring .

Por cómo vestían, eran reclutas e iniciados de todas las facciones de la Guardia: Cuerpo, Escamas, Colmillos e incluso Inmunidad habían venido.

Además del equipo V. Aparte de nosotros, había por lo menos diez iniciados de nuestro sector.

Sus uniformes negros eran fáciles de distinguir entre todas las camisas blancas que se dispersaban por el terreno.

Las mesas llenas de licores y frascos de elixires se alineaban en los límites del claro cerca del lago.

La gente los repartía y brindaba junta antes de tomárselos.

Las luces danzaban, serpenteaban entre la multitud y se elevaban para iluminar la niebla baja por encima de las copas de los árboles.

La música retumbaba y enviaba un sonido enérgico a los cuerpos que bailaban.

Apreté los dientes.

Aquello era una puta fiesta.

Con alcohol.

Y elixires.

E idiotas borrachos haciendo trucos de magia.

Y a saber Fírinne qué más.

El calor me invadió al tiempo que el suelo bajo nosotros volvía a retumbar, en esta ocasión con mucha más fuerza.

Giré la cabeza hacia la izquierda cuando un pedazo de tierra gigante voló hacia el cielo.

Planeó un momento antes de caer a toda velocidad y explotar.

La multitud estalló en vítores y alzó las copas.

—¡Otra vez! —gritó alguien.

Me quedé con la boca abierta.

—¡Supongo que no eres el único dominador de la naturaleza aquí esta noche, Briar! —se burló Raine, y le dio un empujón.

Él nos dedicó a todas una sonrisa pícara.

—Eso no es nada. ¿Qué tal si hacemos una entrada a lo grande? —preguntó en voz baja y con un destello extraño en los ojos.

Briar alzó las manos de los costados. El suelo comenzó a retumbar y sacudirse de nuevo. Yo me agarré a Raine para mantener el equilibrio.

Por el rabillo del ojo, vi lo que parecían cientos de serpientes enredadas volando del suelo y arremetiendo contra nosotros. Procedían de un lado y otro.

A medida que se acercaban, reparé en que eran raíces de árboles que Briar había manipulado con su foco.

Los dos lados colisionaron con un fuerte crujido, y el chasquido de la madera reverberó en el espacio mientras las raíces se retorcían y se trenzaban entre sí para formar una pasarela elevada justo delante de nosotros que nos guiaba hasta el centro de la multitud.

Ahora todo el mundo nos estaba mirando, y el claro se había quedado en silencio de una forma espeluznante.

Briar levantó las manos, se subió a su creación y se aclaró la garganta. Miró al mar de aossí y se encogió de hombros, arrepentido.

—¡Sentimos llegar tarde! —gritó. La multitud estalló en fuertes vítores. El mal presentimiento que tenía no hizo más que intensificarse cuando nos subimos a la plataforma.

Dos horas más tarde, me encontraba en un lado del claro con Raine, que todavía seguía tambaleándose debido a su actuación con los rayos. Tuve que admitir que era lo más impresionante que había visto en toda la noche.

Iluminó los cielos y creó brasas centelleantes que atravesaron las nubes sobre nosotros mientras unos rayos de luz rasgaron el horizonte. Todos en el claro quedaron asombrados, observando estupefactos. Recibió más ovaciones que los ilusionistas y los dominadores del fuego juntos.

Me apoyé contra un árbol y aguardé a que Osta nos trajera las copas que había insistido en ir a buscar. La seguí con la mirada cuando cruzó la multitud acompañada de Briar, sin perderla de vista ni un segundo. Se me escapó un suspiro de alivio cuando los dos llegaron a la mesa más cercana al lago.

—Te dije que esto iba a ser divertido. —Raine me observó y alzó una ceja expectante.

—Es divertido, pero eso no quiere decir que no sea peligroso —bufé, aún con los ojos puestos en Osta. Raine soltó una risa grave y echó la cabeza hacia atrás.

—Qué cabezona eres, Fia. Te he pillado sonriendo antes cuando esos gemelos iniciados estaban haciendo una carrera. —Me dio un codazo en el costado.

La miré de reojo e intenté reprimir una sonrisa.

—Bueno, no se ve algo así todos los días. Se mueven tan rápido que son casi invisibles.

—Nos han regalado estos dones. Es una pena no usarlos. Sobre todo cuando son inofensivos —dijo Raine.

—Habla por ti. —Me reí. Mi «don» no tenía nada de inofensivo.

—Eh…, bueno, está claro que tú eres la excepción. —Me sonrió—. Reventadora de mentes.

No le había hablado nunca a Raine del incidente en el bosque.

El que cambió por completo el rumbo de mi vida.

Y ella jamás me había preguntado. Había habido muchas ocasiones en las que había pensado en contárselo todo, pero, cuando las palabras se me formaban en la punta de la lengua, no era capaz de sacarlas. Quizá algún día.

Volví la vista hacia las mesas cerca del lago en busca de Osta.

Briar y ella se habían apartado de las bebidas y estaban en la orilla del lago.

Mi amiga alzó los ojos para mirarme y me saludó con la mano, sonriendo con alegría.

La distancia entre ellos aumentó cuando ella esquivó una rama caída y Briar entabló conversación con un grupo a la izquierda.

Yo le devolví el saludo justo cuando unos puntitos de color naranja apagado se formaron detrás de su silueta.

Empecé a acercarme, tratando de poder ver mejor. Unas ramitas detrás de mí crujieron con las pisadas de Raine.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó, llena de curiosidad.

—No sé, pero vamos a descubrirlo. —Aceleré el paso.

De pronto, un torrente descomunal de fuego se elevó sobre el río.

—¡Osta! —grité al tiempo que echaba a correr en su dirección. No iba a llegar a tiempo.

El terror se apoderó de mí cuando el fuego crepitó a centímetros de Osta y el calor me estalló en la cara.

Grité cuando ella tropezó en el terreno rocoso.

Se cayó, se preparó para lo peor y puso los brazos por encima de la cabeza justo cuando un hombre corrió para interponerse entre la explosión y ella.

Las llamas parecieron golpear un muro y rebotar.

El tipo se quedó quieto hasta que el fuego se desvaneció en la noche.