Capítulo 30
–¿S eñorita Riftborne? ¿Puedes oírme? —oí que decía una voz masculina amable que me sacó de la oscuridad.
Intenté respirar hondo, pero los pulmones se me resistieron. Era como si estuvieran cargados de arena. Me ardía la garganta.
«Sí», quise decir, aunque en vez de eso me salió una tos.
Parpadeé con rapidez, tratando de enfocar la habitación.
—Tranquila, deja que te traiga un poco de agua. —Sentí cómo se retiraba una presión a los pies de la cama y después el sonido de un líquido echándose en un vaso.
—¿Dónde estoy? —pregunté con voz ronca mientras intentaba incorporarme.
Las paredes blancas y desnudas bordeaban la habitación, y las filas de camas estaban colocadas de forma ordenada separadas por cortinas finas. Las bandejas y el equipo médico se encontraban dispersos por todos lados.
—Has tenido algún problema con las pruebas de respiración —me contó el hombre mientras volvía a entrar en mi campo visual con un vaso en la mano. Lo agarré con ganas y me lo bebí de un trago.
Era bajito y tenía una sonrisa acogedora grabada en sus rasgos. Su túnica beis y sus pantalones anchos lo identificaban como miembro de la facción Inmunidad. Un oficial. Sentí que nos habíamos conocido antes, pero no sabía dónde.
—Les pasa algunas veces a los nuevos reclutas. —Suavizó la sonrisa y me dedicó un pequeño encogimiento de hombros—. Si quieres saber mi opinión, es una lección brutal, aunque me temo que necesaria.
—¿Se ha desmayado alguien más? —pregunté, acomodándome en la cama.
Arqueó una ceja.
—Bueno… —Miró al otro lado de la habitación vacía—. No, solo tú.
Suspiré y dejé caer la cabeza hacia atrás contra la almohada.
—Pero Callum me ha contado que has montado todo un espectáculo, así que no todo es malo. —Quiso alentarme, aunque pude sentir cómo me estaba sonrojando.
—¿Un espectáculo? —Me salió la voz más aguda por la vergüenza—. ¿Qué quieres decir?
—Por desgracia, no sé los detalles. Tendrás que preguntarle a mi marido. —Se encogió de hombros y me agarró el vaso vacío que tenía en la mano.
Abrí los ojos de par en par. De pronto, reconocí al hombre. Lo había visto en el Baile Tributo junto a Mercer antes de que Laryk lo llamara.
—¿El teniente?
—Halloway Mercer a tu servicio. Y no eres la primera que se sorprende.
Él le da las gracias a los Esprithe todos los días por que yo al fin me rendí a su coqueteo.
—Suspiró con una floritura dramática—. Tendrías que descansar un poco.
Te he dado unos analgésicos que deberían calmarte la garganta, pero funcionan mejor si no usas la voz.
—Se dirigió a la puerta antes de girarse—.
Me alegro de conocerte, por cierto. Laryk no para de hablar de su nuevo descubrimiento. —Me guiñó un ojo antes de salir.
En cuanto desapareció de mi vista, me levanté y recogí mis cosas.
Por muy segura que pareciera una habitación vacía, no me sentía cómoda sentada aquí sola.
Saqué la cabeza fuera de la sala y eché un vistazo por el pasillo justo cuando una figura vestida con un uniforme esmeralda pasó con una bandeja de viales de sangre y entró en una puerta que había al final del pasillo.
Era la misma rubia que había venido a recoger nuestros juramentos de sangre a la clase de Mercer. Me pareció raro que guardaran los viales en la zona de los sanadores. ¿Qué hacían con ellos una vez que los recogían?
Esperé a que cerrara la puerta y luego recorrí el pasillo con la esperanza de encontrar a Mercer antes de dejar el complejo.
Cuando di con él, me lo contó todo: cómo mi foco había empezado a manifestarse justo antes de que todo se volviera negro.
Por suerte, no hubo ningún herido, pero todos los reclutas me vieron los ojos blancos brillantes antes de caerme al suelo.
Aquello fue toda una revelación. No sabía que también me ardían los ojos junto con los de mi objetivo…
Si no había sido obvio antes, lo fue tras mi pequeña batalla con la consciencia: era el eslabón más débil de los reclutas. La única que había terminado en la enfermería después de las pruebas de respiración.
Pasaron cuatro semanas; ya estábamos en la primera semana de Niamh.
Laryk todavía no había vuelto, seguía ayudando con la amenaza de los espectros en la frontera occidental.
Pensaba en él a menudo y me preguntaba lo que estaría haciendo.
Si se encontraría bien. Cómo de malas se habrían vuelto las cosas.
Ocupaba más mis pensamientos de lo que me gustaría admitir.
Mercer había comenzado a instruirnos con las técnicas fundamentales del combate cuerpo a cuerpo.
Habíamos aprendido ya los movimientos correctos de defensa y ataque, las posturas, el posicionamiento y los golpes básicos, pero aún teníamos que practicar con otros aossí, por ahora nos limitábamos a los sacos colgantes y los maniquíes.
Las armas no eran de mucha importancia, pues parecían inútiles contra nuestros atacantes, pero aprendimos a empuñarlas y lanzarlas de la misma manera.
Muchos de nosotros estábamos deseando probar nuestras nuevas habilidades recién aprendidas en un combate real de sparring , pero Mercer insistió en que aquel era el paso más importante y que era fundamental trabajar la memoria muscular, perfeccionar nuestras habilidades y entender las mecánicas del combate antes de pasar a formas más interactivas de entrenamiento.
No obstante, los espectros acechaban cada uno de mis pensamientos.
Mientras se desplegaban cada vez más y más tropas a Stormshire, el miedo de lo que se avecinaba incrementaba. Solo sería cuestión de tiempo que nos encontráramos en el oeste, luchando esta guerra desde el frente.
Baelor no volvió a las clases, y ninguno de nosotros se atrevió a preguntar el motivo. Creo que todos podíamos adivinar la razón por la que se había marchado de repente. Amenazar la vida de un general no era algo bien recibido.
Nazul se mantenía reservado la mayor parte del tiempo.
Participaba en todos los entrenamientos, pero apenas hablaba en clase, y desde luego no lo hacía con ninguno de nosotros.
Sin embargo, las miradas de condescendencia y los comentarios por lo bajo habían cesado.
Casi todo el tiempo me olvidaba de que estaba ahí.
—Ay, qué ilusión tengo por lo de esta noche —dijo Raine pensativa, sacudiendo la cabeza, mientras nos acercábamos a las verjas del cuartel.
Estreché los ojos y le dirigí una mirada de desaprobación.
Ya había expresado en más de una ocasión cómo me sentía sobre aquella pequeña reunión—.
Vamos, Fia. Anímate. Es fin de semana. Todos nos merecemos liberar un poco de estrés, y ninguno usamos los focos en el cuartel.
Ni siquiera has visto lo que puedo hacer en realidad.
— Le emanaron chispas de la punta de los dedos, brillando en patrones a lo largo de su palma.
Se le dibujó una sonrisa pícara en la cara.
—Si nos pillan, estaremos muertos —le recordé.
—No nos van a pillar, pero, incluso aunque así fuera, ¿qué iban a hacer? ¿Matar a los reclutas más valiosos junto con algunos de los iniciados más intrépidos…? —Apretó los labios y me miró a través de las pestañas.
«¿Iniciados?».
Me paré en seco en la calle.
—Por favor, dime que estás de broma.
—Relájate. No va a pasar nada. No nos delatarán. Ellos también quieren divertirse. Además, ya casi estamos terminando nuestro entrenamiento… Necesitamos empezar a hacer amistades con otros miembros del equipo V.
Puse los ojos en blanco; no obstante, seguí andando y acompasé el ritmo a los pasos agresivos de Raine.
—No quiero que nadie salga herido. Tenemos que tener cuidado. Y no beber. —Le di un codazo en un costado, muy consciente de que parecía una aguafiestas, pero la idea me resultaba muy irresponsable en un momento como aquel.
—Lo que tú digas, mamá. —Suspiró exasperada antes de guiñarme un ojo.
—¡Fia! ¡Raine! —gritó una voz aguda a nuestras espaldas. Ambas nos giramos para ver a Osta corriendo por la calle en nuestra dirección con una sonrisa radiante en el rostro.
Acortamos la distancia entre nosotras, y Raine me lanzó una mirada divertida.
Osta se encorvó hacia delante sin aliento, haciéndonos un gesto para que le diéramos un minuto.
—Pareces… más contenta de lo habitual. —Sonreí—. ¿Qué ocurre?
—Lady… Soleil… ha… —respiraba hondo entre palabra y palabra— respondido… a mi… ¡carta! ¡Me ha ofrecido un trabajo a tiempo completo en su finca! —chilló y comenzó a dar saltos, casi arrugando el pergamino que tenía en la mano.
Antes de enterarme, ya le estaba rodeando los hombros con los brazos.
—Estoy muy orgullosa de ti —le susurré al oído. Sentí cómo se me humedecían los ojos.
—¡Eso es increíble, Osta! ¿Vas a vivir allí también? —le preguntó Raine. Hasta la voz de ella había subido una octava.
Solté a Osta y di un paso atrás a la par que me cruzaba de brazos. No sabía si aquella sonrisa era la más amplia que había esbozado en mi vida.
—Sí… A ver, ¡lo doy por hecho! ¡Quiere que empiece dentro de dos semanas! ¡Estoy que no quepo en mí! —Comenzó a dar vueltas con la carta aferrada al pecho.
—Osta, tienes que venir con nosotras esta noche…
—¡Por todos los Esprithe, Raine! —la interrumpí, y abrí los ojos de par en par mientras pronunciaba un «no» en silencio.
«¿Qué cojones?».
—Espera, ¿qué? ¿Hay una fiesta? ¡Me apunto! —gritó Osta, y volvió a dar saltitos.
—No, Osta, no es eso. Y de ninguna forma vas a venir. Es demasiado peligroso. Lo siento, pero mañana podemos ir todos a tomar una copa y celebrarlo contigo —le propuse.
Iba a matar a Raine.
Osta dejó de saltar y alternó la mirada entre una y otra varias veces. Parecía estar a punto de llorar.
—Fia, no le pasará nada. Y va a ser muy divertido. ¡Vamos, vive un poco! Ella sabe cuidar de sí misma; además, todos estaremos allí para protegerla —me rogó Raine, poniendo ojitos y pasándole un brazo a Osta por los hombros.
Aquello era una idea terrible. Sin embargo, ambas se me quedaron mirando como dos niñas que acabaran de ver cómo se hacía pedazos su juguete favorito.
Al final, suspiré y dije:
—Osta, tienes que quedarte donde yo te vea toda la noche. Lo digo en serio.
Esbozó una sonrisa traviesa.
—Esperad, ¿a dónde vamos? —preguntó, mirándonos con recelo.
—Luego te lo contará Fia. Tenemos que irnos al gimnasio de sparring .
Estoy muy contenta por ti, Osta. ¡Te veo esta noche!
—arrulló Raine mientras me enganchaba el brazo con el suyo y empezaba a tirar de mí en dirección a las verjas de la entrada.
Yo le di un apretón a Osta en la mano mientras nos marchábamos, y, a continuación, centré toda mi atención en la dominadora de los rayos que tenía al lado.
—Contigo no estoy yo tan contenta —le dije a Raine con rotundidad. Mis pasos reflejaban mi irritación.
—Fia, te preocupas demasiado.
Noté un sentimiento de desasosiego en la boca del estómago mientras andábamos hacia el cuartel.