Capítulo 29
C onseguí llegar al cuartel con solo un minuto de sobra.
Al seguir el ritmo con los demás, dejé que el sonido de los pies golpeando en el suelo me calmara la mente y redujera el dolor de lo que acababa de vivir en la botica.
Mi humor de perros debió de haber sido notable para Raine y para Briar, ya que los dos me dejaron a mi aire hasta que terminamos el calentamiento.
Me pareció inútil sacar el tema de mi discusión con Ma delante de mis amigos. Parecería muy ridículo en comparación con aquello a lo que nos enfrentábamos. Ese era mi viejo mundo.
El nuevo consistía en entrenamientos, aprendizaje y, por supuesto, una creciente ansiedad por el oeste, los espectros y cuándo nos destinarían. Apenas dormía por las noches. El miedo me mantenía en un estado constante de alerta.
—¿Estás bien? —preguntó Briar mientras avanzaba con sigilo hacia mí y me daba en el hombro.
—Sí —contesté, y le lancé mi mejor mirada de confianza. No estaba acostumbrada a que otras personas aparte de Osta o Ma se preocuparan por mí. O a que me hablaran siquiera, ya que estábamos. Era raro tener gente a mi lado. Gente con la que podía contar. Gente que podía contar conmigo.
Traté de apaciguar el pesimismo que comenzó a invadir mis pensamientos. Crear vínculos sería mucho más complicado si alguien salía herido… Si alguien…
Alejé el pensamiento.
Raine, tan arrolladora como siempre, saltó detrás de Briar, le rodeó los hombros con los brazos, se inclinó y susurró alto:
—¿Os habéis dado cuenta de que un tal Baelor Soleil no estaba calentando hoy? —Meneó las cejas.
Me di la vuelta para confirmar sus palabras y me fijé en que Nazul parecía muy fuera de lugar unos cuantos pasos por detrás del grupo. Era muy extraño verlo por una vez como el marginado.
Tras correr, volvimos de la pista al edificio.
Nos informaron en la última sesión de que teníamos que ver al teniente Mercer en una de las numerosas salas de sparring que había dentro del cuartel.
A lo mejor íbamos por fin a empezar a aprender combate en lugar de pasarnos el rato corriendo y haciendo ejercicios.
—¿Creéis que está dentro con el teniente? —pregunté con el mismo tono de voz bajo que ella.
—Lo dudo. Mercer jamás permitiría que nos saltáramos el calentamiento. Haría que Baelor se quedara después —respondió Briar con una sacudida de cabeza.
Apenas habíamos dado un paso en el interior del comedor cuando una voz conocida reverberó por el vestíbulo. Me quedé congelada en el sitio por el pánico.
—¿Fia? —dijo Eron con los brazos llenos de paquetes.
Podía imaginarme su sorpresa al verme ahí plantada con el uniforme de entrenamiento y rodeada de otros reclutas.
Me dio un vuelco el corazón.
Ni siquiera les había contado a Eron ni a Jacquelina todo lo que había ocurrido los últimos meses.
Me dio una repentina punzada de culpa. Logré avanzar y me acerqué a él mientras le hacía señas al grupo para que continuase sin mí.
Eron tenía los ojos abiertos de par en par por la sorpresa, y se le resbaló un paquete.
—No esperaba verte aquí —repliqué, y me agaché para cogerle la caja que se le había caído.
—Fia, ¿qué haces tú aquí? ¿Llevas… un uniforme?
—No tengo tiempo para explicártelo en este momento. Perdona. Te prometo que te lo contaré luego, pero ahora tengo que irme. No puedo llegar tarde —contesté, desesperada por que lo entendiera. No podía perder a Eron igual que lo había hecho con Ma.
Eron asintió antes de desviar la mirada.
Bajé la vista, dudando por un instante. Pero no sabía qué más hacer.
Qué más decir. Me giré sobre los talones y me dirigí a los gimnasios de entrenamiento.
La culpa me invadió y estuvo a punto de derrumbarme.
Seguro que estaba muy confundido. Hasta se sentiría traicionado.
Cada vez que creía que progresaba en mi vida personal, algún desastre me sacudía. No podía ganar.
Menudo día de mierda.
Me las arreglé para colarme en el gimnasio de sparring justo antes de que diera comienzo la sesión informativa del día. Intenté centrarme en la clase en lugar de en mi encuentro con Eron.
Eché un vistazo por la habitación mientras tomaba asiento. Baelor seguía sin hacer acto de presencia. Una sensación de calma me embargó. Las cosas como eran, Veneno parecía mucho mejor sin él.
Mercer se paseó por la sala y recogió nuestra sangre en viales individuales antes de empezar la lección. La misma recluta rubia con el uniforme esmeralda vino y se los llevó en cuanto los dejó en la mesa. Un escalofrío me recorrió entera.
—Vamos a comenzar a pasar del acondicionamiento físico a las maniobras tácticas y el entrenamiento estratégico.
Aunque espero que todos y cada uno de vosotros sigáis con los calentamientos antes de clase —dijo el teniente Mercer mientras se dirigía al centro de la habitación—.
Todos os habéis vuelto más fuertes, rápidos y resilientes. Pero eso no es más que el principio.
Miré alrededor y me fijé en las reacciones de los demás. No estaba segura de que me gustara cómo sonaba eso.
—¿Alguien recuerda lo que mencioné de los espectros en vuestra primera sesión informativa? —preguntó.
—Que eran prácticamente imposibles de atrapar —respondió Raine, inclinándose hacia delante en el asiento.
—¿Qué más?
Intenté hacer memoria en busca de algún detalle.
—Creemos que están limitados a la frontera occidental. Que pierden poder cuanto más se alejan de su hogar. De la grieta entre mundos —dije.
—Anhelan poder. Parece que andan tras nuestras reservas de arcanita, lo que les permitiría adentrarse más en la isla —añadió Draven en voz baja y la mirada gacha.
—Cierto, pero no es la respuesta que buscaba. ¿Alguien recuerda lo que dije de su estilo de combate? —preguntó Mercer con calma.
—Te rodean, y, una vez que te atrapan, es prácticamente imposible escapar —contestó Briar con confianza.
Mercer se crujió los nudillos y se giró hacia la mesa.
—¿Conjuran la oscuridad y te distorsionan la vista? —se aventuró Raine.
—No puedes respirar —murmuré.
Mercer se detuvo en seco y se volvió hacia nosotros.
—Exacto —replicó él, asintiendo en mi dirección.
—Quieres decir que… ¿pueden asfixiarnos? —preguntó Nazul vacilante. Era la primera vez en todo el día que abría la boca.
—Te vacían el aire de los pulmones. Es como un vórtice de sombras. Salta a la vista que es una desventaja, dado que necesitamos oxígeno. —Mercer respiró hondo antes de proseguir—. Así que en eso es en lo que vamos a trabajar ahora.
—¿Hablas de practicar cómo contener la respiración? —preguntó Raine nerviosa.
—Algo así.
Por un momento, se me vino a la mente la cicatriz del general. Parecía una herida de hoja.
—Teniente Mercer, ¿atacan de otra manera? —pregunté. Los demás reclutas me lanzaron una mirada.
—Todavía hay mucho que no sabemos sobre ellos, pero sí.
El vórtice no parece ser su único modo de combate.
Solo es el que más utilizan. Ahora, prestad atención —añadió antes de girarse al escritorio y alargar el brazo.
De repente, los trozos de pergamino que se acumulaban en la superficie de madera se alzaron y volaron en forma de espiral en el aire. Podía notar el viento desde mi silla.
—Conque ese es tu foco… —soltó Briar asombrado.
Un dominador del viento.
—Lo que significa que yo en concreto estoy cualificado para simular los efectos del ataque de los espectros —agregó antes de volverse hacia nosotros.
Noté cómo se me formaba un nudo en la garganta. Prefería salir fuera a correr. ¿Era una opción?
La inquietud se propagó cuando todos intercambiamos miradas furtivas. Mercer continuó con su expresión de calma.
—Quiero que todos os pongáis en fila al fondo de la sala.
No hay técnica para esto, solo mucha repetición.
Después de un rato, podréis estar sin oxígeno cada vez más tiempo.
Y eso es lo que podría salvaros la vida.
Muchos mueren en el campo de batalla por asfixia.
—Mercer se paseó delante de nosotros—. ¿Alguien quiere ser el primero?
Todos nos quedamos tan quietos que resultaba inquietante.
—No voy a mataros. Eso sería de lo más contraproducente —señaló con suavidad.
Como si eso fuera a hacer que nos sintiéramos mejor.
Posó la vista en Nazul con los ojos entrecerrados. Mercer le hizo señas al chico de cabello negro para que se adelantara. Nazul nos miró en la fila antes de agachar la cabeza y caminar hacia el teniente.
—Intenta permanecer relajado. Es el único modo de afrontarlo —aconsejó Mercer.
Nazul asintió con los ojos clavados en el suelo.
—Raine, empieza la cuenta atrás.
La chica cambió el peso de un pie a otro nerviosa.
—Cinco… —tartamudeó—. Cuatro, tres, dos, uno…
Mercer estiró el brazo hacia Nazul de golpe.
Noté que el pelo se me echó hacia atrás cuando una ráfaga de aire atravesó la estancia.
Acto seguido, tiró de la mano hacia atrás, y el cabello me cayó por la cara justo en el momento en el que Nazul jadeó.
Abrió los ojos de par en par, llenos de pánico cuando se agarró el cuello con las manos.
El teniente le estaba extrayendo el aire de los pulmones.
Solo unos segundos después, Nazul cayó de rodillas, pero Mercer continuó en la misma posición, todavía reteniendo el oxígeno.
Comenzaron a temblarme las manos. ¿Cómo iba yo a aguantar esto? Si ni siquiera era capaz de aguantar la respiración el tiempo suficiente para coger algo del fondo de una poza.
Esto continuó durante lo que pareció una eternidad antes de que Nazul se doblara y cayera al suelo, inmóvil. Al fin, Mercer transigió, y vi cómo el aire llenaba de nuevo los pulmones del chico, que se volvió sobre el estómago y jadeó sin parar. El sonido era horripilante.
—A decir verdad, eso ha sido bastante impresionante, recluta. La mayoría no aguanta tanto la primera vez.
Nazul ni siquiera se enteró de lo que dijo Mercer. Continuaba jadeando desesperado.
—Fia, te toca. —Mercer hizo un gesto con la cabeza en mi dirección mientras Nazul se arrastraba de vuelta a su sitio en la fila.
Abrí la boca para hablar, pero no pude decir nada.
Estaba hecha un manojo de nervios—. No tenemos todo el día.
Venga —añadió, aunque su mirada se suavizó cuando se cruzó con la mía.
Fui delante. No había manera de escaquearse de esto. Intenté concentrarme y saborear el último aliento antes de la inevitable lucha.
—Raine, cuenta otra vez.
Miré hacia atrás a mi amiga y vi su expresión pálida, pero asentí para darle el visto bueno antes de girarme de nuevo hacia el teniente.
—Cinco —dijo ella con la voz titubeándole. Noté cómo se me aceleraba el pulso, aunque traté de tranquilizarme. Tenía que relajarme—. Cuatro, tres, dos…
De súbito, noté la sacudida de aire. Inhalé una última vez y cerré los ojos.
El cuerpo se me fue hacia delante cuando me quedé sin aire en los pulmones, y mi mente entró en pánico.
Tragué e intenté centrarme en cualquier otra cosa, pero fue en vano.
Todos mis sentidos estaban al límite, y noté un conocido calor irradiar desde la base de mi columna.
El pánico me sacudió cuando sentí el primer zarcillo unirse a mis vértebras.
Mi cuerpo iba a entrar en modo defensa. Tenía que pararlo. Abrí los ojos.
Por instinto, jadeé en busca de un aire que no llegó, y para lo único que sirvió fue para hacer que la telaraña ascendiera más y a mayor velocidad.
Una luz blanca me latió en las venas. Noté cómo me tropezaba y perdía el equilibrio.
Tenía los ojos clavados en Mercer justo cuando la oscuridad se apoderó de mi visión.